22. El cajón #2
Leire también lo ha visto. No dice nada. Se desabrocha la correa, despacio, y me deja a mí decidir cuánto tardo en levantarme.
Tardo. Contesto todavía sentada encima de ella, con el pulgar torpe.
Queda.
Es verdad. Queda pan. Y aun así me sabe a mentira.
La encimera.
Llego empapada de lluvia y no me deja ni quitarme el abrigo.
Me sube a la encimera de la cocina, me baja las mallas hasta los tobillos. Lleva el arnés puesto debajo del pantalón del chándal; lo ha estado llevando toda la tarde, esperándome. Solo de saberlo se me doblan las piernas.
La altura es exacta. Ella de pie, yo sentada en el borde, con los talones en sus riñones. Entra de un golpe, vestidas las dos, mi abrigo mojado, su sudadera. Me agarro a su cuello.
Es rápido y es brutal. Sin palabras bonitas. La cafetera tiembla, se cae un vaso. Me muerde la boca y me folla contra los azulejos como si llevara tres días sin verme, y lleva veinte horas.
—Te he echado de menos —jadea—. Esta mañana, en el agua. Te veía la cara cada tres brazadas y solo podía pensar en esto.
Me corro con el gorro de lana puesto.
Después me lo quita, me seca el pelo con un trapo de cocina, y me hace un colacao.
El cuarto de material.
No todo pasa en el quinto.
Un martes, después del entreno, Bego nos manda a las dos a por las palas y los pull-buoys. El cuarto de material está al fondo del pasillo de vestuarios: un cubo sin ventana, con estanterías de metal, corcheras enrolladas, torres de tablas y una bombilla.
Entro yo primero. Ella detrás. La puerta se cierra sola, con el peso.
Olor a goma, a cloro seco, a humedad. Estamos en bañador, con el cuerpo todavía mojado. No hay sitio; entre las estanterías cabe una persona de lado.
La miro.
—No —dice.
—No he dicho nada.
—Te conozco la cara. Aquí no.
—¿Por qué? En el vestuario sí y aquí no.
Se le mueve la mandíbula. Mira la bombilla, las tablas, cualquier cosa.
—Porque aquí fue con ella.
Tardo un segundo. En su coche, en el cuarto de material.
—¿Aquí?
—Ahí. Contra esa estantería. —La señala con la barbilla, sin mirarla—. Tres meses. No he vuelto a entrar sola. Mando a Irati a por las tablas.
Miro la estantería. Metal gris, palas amarillas. No tiene nada. Y Leire, que no le tiene miedo a una final, está pegada a la puerta con los hombros subidos.
Siento una cosa caliente en el pecho. No son celos. Es otra cosa: ganas de pasar un trapo.
—Pues por eso —digo.
—¿Por eso qué?
—Que no quiero que este cuarto sea de ella.
Me acerco. De lado, entre las tablas. Le pongo las manos en la cintura.
—Paula. Mando yo.
—Aquí no. Aquí mando yo cinco minutos. Luego te lo devuelvo.
No protesta. Le tiemblan un poco las manos.
La llevo hasta la estantería. Esa. La apoyo de espaldas contra el metal; suenan las palas. Le bajo los tirantes del bañador negro, mojado, hasta la cintura. Tiene la piel fría de la piscina y los pezones duros.
Se los caliento con la boca.
Suelta el aire. Se agarra a un estante por encima de la cabeza.
Me arrodillo. El suelo es de cemento, áspero, con arena. Le bajo el bañador por las caderas, por los muslos. Le levanto una pierna y se la apoyo en una torre de tablas.
—Mírame —le digo desde abajo—. No mires la pared. Mírame a mí.
Me mira.
Se lo hago con la boca, despacio, como me enseñó. Sabe a cloro primero, y enseguida a ella. Le sujeto las caderas contra el metal para que no se mueva, que sé que le corta la respiración. No aparta los ojos. Los tiene muy abiertos, oscuros, brillantes.
Fuera, en el pasillo, pasan voces. Las mellizas. Una taquilla.
No paro.
—Soy yo —le digo contra la piel—. Aquí. Ahora. Dime quién soy.
—Paula.
—Otra vez.
—Paula. Paula. Joder. Paula.
Se corre con mi nombre, mordiéndose el puño, y la estantería tiembla y se cae un pull-buoy, que rebota en el cemento.
Nos quedamos quietas. Las voces siguen de largo.
Se deja resbalar hasta el suelo. Se sienta a mi lado, con el bañador en los tobillos, entre las corcheras. Apoya la cabeza en mi hombro.
—Ya está —digo—. Ya es nuestro.
Se ríe sin aire. Se limpia los ojos con la muñeca.
—Te han sobrado dos minutos.
—Pues te los devuelvo.
Me los cobra. De pie, contra las tablas, con la mano tapándome la boca.
Salimos con las palas y los pull-buoys. Bego mira el reloj.
—¿Os habéis perdido?
—Estaban al fondo —dice Leire.
—Ya. —Bego apunta algo en la carpeta—. Tienes arena en las rodillas, Ibarra.
Las pinzas.
Son pequeñas, de metal, con las puntas forradas de goma negra y una cadenita fina que las une. Las saca del cajón y me las pone en la palma.
—Pesan poco —dice—. Aprietan lo que tú quieras. Tienen una ruedecita.
Sé para qué son antes de que me lo diga. Me late el pecho solo de mirarlas.
—Desde la primera noche —dice, sentándose detrás de mí en la cama— sé que lo tuyo son los pezones. Te lo noté en la camilla. Te corres casi sin que te toque en otro sitio. Me lo contaste tú: la primera vez que te tocaste pensando en mí, fue con eso.
—Sí.
—Pues hoy no te los voy a soltar en toda la tarde.
Estoy sentada entre sus piernas, de espaldas a ella, apoyada en su pecho. Me coge los míos desde atrás. Me los prepara: los acaricia, los pellizca, tira, hasta que los tengo duros y oscuros y me arqueo contra sus manos.
La primera pinza.
La abre. La coloca, con mucho cuidado, justo en la base. La suelta.
Cojo aire entre los dientes. Es un mordisco. Fijo, constante, que no afloja.
—¿Mucho?
—No. Más.
Gira la ruedecita. Un poco. Otro poco.
—Ahí —digo, sin voz.
La otra. Lo mismo.
Me miro. La cadenita cuelga entre mis pechos, plateada, moviéndose con mi respiración. Con cada latido noto las dos pinzas. Es como tener su boca en los dos a la vez, chupando sin parar, sin cansarse.
—Preciosa —dice en mi oreja. Y coge la cadena con un dedo, por el centro, y tira. Apenas.
Se me escapa un grito.
El tirón me baja directo, una línea de fuego de los pezones al coño. Me mojo de golpe; lo noto correr.
—Eso pensaba —murmura.
Me tumba boca arriba. Se pone encima, de rodillas, sin tocarme más que con la cadena. Juega. Tira un poco hacia arriba y me levanta la espalda del colchón. La deja caer, fría, sobre mi esternón. La enrolla en un dedo. Me mira la cara todo el rato.
Baja la cabeza. Me pasa la punta de la lengua por un pezón, apretado, hinchado entre la goma.
Es demasiado. Está tan sensible que la lengua parece lija. Me retuerzo.
—Leire, por favor.
—¿Por favor qué? No te he tocado.
—Abajo. Tócame abajo.
—Todavía no. Quiero ver una cosa.
Se mete la cadena en la boca. La sujeta entre los dientes. Y se echa hacia atrás, despacio, tirando con la cabeza, con las dos manos libres apoyadas en mis muslos, abriéndomelos.
No me toca. Solo tira. Suelta. Tira.
No me lo creo. Lo noto venir, desde el pecho, sin una mano entre las piernas, sin nada. Como aquella noche sola en mi cama. Solo con esto.
—Me voy a correr —le aviso, incrédula.
Asiente, con la cadena en los dientes y los ojos riéndose.
Tira una vez más, larga.
Me corro así. Con las piernas abiertas y vacías, sin que nadie me roce, arqueada, colgando de dos pinzas y una cadenita. Me sacude de arriba abajo.
Suelta la cadena. Baja la boca, por fin, entre mis muslos, y me come mientras todavía tiemblo, y con una mano, arriba, sigue jugando con la cadena, y vuelvo a irme sin haber bajado.
Lo mejor es al final.
—Ahora viene lo bueno —dice—. Respira.
Abre una pinza.
La sangre vuelve de golpe. Es un calambre brutal, dulcísimo, que me arranca un sollozo. Ella lo estaba esperando: cierra la boca sobre el pezón liberado en el mismo segundo, tibia, blanda, y chupa despacio, calmándolo.
La otra.
Lloro. De gusto, de alivio, no lo sé.
Luego me los besa los dos mucho rato, con una ternura que no pega con nada de lo anterior, y me pone crema, y me tapa.
Esa noche, en la cocina, Íñigo me abraza por detrás mientras escurro la pasta. Me aprieta el pecho con el antebrazo y doy un respingo.
—¿Te he hecho daño?
—Es el bañador nuevo, que roza.
—Pues cámbialo, mujer.
Me besa la nuca. Me cree. Siempre me cree, y cada vez me cuesta menos que lo haga.
Al día siguiente, en el agua, me roza el bañador. Pienso en ella en cada viraje.
Bajo dos décimas.