Apnea 22. El cajón
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22. El cajón

El hojaldre de la madre de Íñigo lleva crema y almendra. Me sirve dos trozos.

—Come, hija, que estás en los huesos. ¿Y qué tal la noche con las chicas?

—Muy bien.

—¿Les gustaron las croquetas de este?

—Mucho. No quedó ni una.

Íñigo sonríe, orgulloso, y me pone la mano en la rodilla por debajo del mantel. Yo estoy sentada con mucho cuidado, de medio lado, porque me arde el culo. Debajo de la blusa, abrochada hasta arriba, llevo una docena de mordiscos. Cada vez que me apoyo en el respaldo noto uno.

—A ver si después del campeonato ese os decidís —dice su madre, cortando más hojaldre—. Que cuatro años ya son años. Yo a tu edad ya tenía a este.

—Ama…

—¿Qué? No digo nada. Digo que hay una ermita en Igeldo preciosa.

Me río donde hay que reírse. Tengo un trozo de almendra en la boca que no consigo tragar.

A partir de ese domingo tengo dos vidas, y las llevo con una eficacia que me espanta. Por la mañana, el agua. A mediodía, mi casa, la comida, Íñigo que vuelve de Hernani. Por la tarde le digo que doy una hora más de cursillo, que hay fisio, que Bego ha puesto doble sesión.

De cinco a ocho estoy en un quinto sin ascensor de la calle Zabaleta.

A las ocho y media, en mi cocina, duchada, poniendo la mesa.

No sé cuánto se puede vivir así. Sé que cada tarde, al subir esos cinco pisos, se me olvida la pregunta.

Leire tiene un cajón.

Es el de la mesilla, el de abajo. La primera tarde lo abre delante de mí, sin ceremonia, como quien enseña una caja de herramientas. Yo me quedo mirando. No sabía que existía ni la mitad.

—No te asustes —dice, divertida—. No vamos a usarlo todo hoy.

—¿Y cuándo?

—Una cosa cada tarde. Elijo yo. Tú no preguntas qué toca. Subes, te desnudas, doblas la ropa en la silla y me esperas.

Me late todo solo de oírlo.

Con Íñigo, cuatrocientas veces lo mismo.

Aquí no hay dos tardes iguales. Y lo que más me desarma no es lo que hay en el cajón.

Es ella. Sabe. Me mira un segundo al entrar y sabe si ese día necesito que me rompa o que me acune.

Me lee la respiración, las caderas, las manos.

Sabe cuándo apretar y cuándo esperar, cuándo decirme una barbaridad al oído y cuándo callarse.

Nunca me pregunta «¿así?». Yo solo tengo que dejarme llevar.

Se me da bien. Es lo único en mi vida que no me cuesta.

Las gomas.

Son las mías. Las de entrenar, de látex azul, las que uso para calentar los hombros antes de una carrera. Las saca de mi propia mochila mientras yo espero desnuda en el borde de la cama, con las manos en las rodillas.

—Túmbate. Los brazos arriba.

Me tumbo. Me pasa una goma por cada muñeca y las ata a los barrotes del cabecero. Sin apretar; lo justo para que note, al tirar, que no puedo bajarlas. Tiro. No puedo. Algo se me afloja en el vientre.

—¿Bien?

—Sí.

—Si se te duermen las manos, me lo dices. Lo demás no me lo dices. Lo demás lo decido yo.

Luego me pone unas gafas de nadar. Tintadas, de competición, de las de cristal ahumado. Las suyas. Me ajusta la goma detrás de la cabeza con cuidado, me aparta el pelo.

No veo nada. Un gris oscuro, y el borde apretándome los ojos.

—Ahora ya sabes lo que he visto yo de ti durante siete años —dice, muy cerca—. Casi nada. Una mejilla, una boca. Y con eso llegaba a casa enferma.

No me toca.

Pasa un minuto. La oigo moverse por la habitación, descalza. Abre el cajón. Lo cierra. Oigo la tela de su camisa al caer. Luego, nada. Un silencio tan largo que empiezo a dudar de que siga ahí.

—¿Leire?

—Chsss. Estoy mirándote.

Me arde toda la piel. Estoy atada, a ciegas, abierta sobre una sábana blanca, y sé que en algún sitio, de pie, hay una mujer recorriéndome con los ojos. No saber dónde es casi insoportable. Se me endurecen los pezones solos. Aprieto los muslos.

—No. Ábrelos.

Los abro. El aire de la habitación me da de lleno donde estoy mojada.

Un zumbido. Bajito, como de insecto.

Sin ver, todo es piel. El zumbido se acerca, se aleja. No sé de dónde va a venir. De pronto lo tengo en la cara interna de un tobillo: una vibración mínima, del tamaño de un dedal. Doy un respingo. Sube por la pantorrilla, despacio. Se va.

Vuelve en el costado, debajo de la axila. En el cuello. Me rodea un pecho, en espiral, cada vuelta más pequeña, y cuando ya lo tengo casi en el pezón, cuando levanto la espalda para ir a buscarlo, se aparta.

—Quieta. Tú no buscas. Tú esperas.

Gimo de frustración. Se ríe, bajito.

Y entonces su boca, donde no la esperaba: detrás de la rodilla. Un beso húmedo, lento, con lengua. No sabía que ahí se podía sentir nada. Me recorre un escalofrío hasta la nuca.

La boca, en el pliegue del codo. En la axila, que me hace retorcerme. En el hueso de la cadera. El zumbido, mientras tanto, bajando por el esternón, por la tripa, tan despacio que me tiemblan las piernas.

No sé cuánto dura. Pierdo el tiempo. Me tiene así, de un sitio a otro, sin tocarme nunca donde quiero, hasta que soy una sola cosa tensa, levantada del colchón, tirando de las gomas.

—Por favor.

—¿Por favor qué?

—Tócame. Ahí.

Me lo apoya entre las piernas. Un segundo. Justo encima.

Grito. Se me arquea el cuerpo entero.

Lo quita.

—Todavía no.

—Leire…

—He dicho que todavía no.

Otra vez. La boca en un pezón, por fin, chupando fuerte, y el zumbido rozándome por dentro de los muslos, cada vez más arriba. Vuelve a apoyarlo. Dos segundos, tres. Lo noto subir, enorme, ya, ya.

Lo quita.

Se me saltan las lágrimas debajo de las gafas.

Me lleva así cinco veces. Diez. No lo sé. Me lleva hasta el mismo borde, exacto, me deja colgada, temblando contra las gomas, y espera a que baje para volver a subirme. Le suplico. Me oigo suplicar con palabras que no he usado en mi vida, con la voz rota, sin vergüenza ninguna.

—Dime qué eres.

—Tuya.

—Dime cómo estás.

—Muy cachonda. No puedo más. Por favor, Leire, por favor…

—Ahora sí.

Me lo apoya y lo deja. Quieto. No lo quita. Y baja la boca a mi pecho, y me mete dos dedos, hondo, de golpe.

No es una ola. Es todas las que me ha quitado, juntas.

Me deshago con un grito que no reconozco, tan fuerte que las gomas se tensan hasta el límite y el cabecero golpea la pared.

Me sacude de arriba abajo, una vez, otra, otra, y ella no afloja, me lo saca todo, hasta que estoy llorando y riéndome a la vez, sin aire.

Me quita las gafas. La luz me hace daño. Tiene la cara encima de la mía, el pelo en la frente, los ojos brillantes.

—Hola.

Me desata. Me besa las muñecas, una y otra, donde ha quedado la marca azul del látex.

El muslo.

Es un arnés pequeño, de una sola correa ancha, de cuero negro. No va en las caderas. La miro abrochárselo alrededor del muslo derecho, a medio camino entre la rodilla y la ingle, y no entiendo.

—¿Ahí?

—Ahí. Ya verás.

Se sienta en la butaca del salón, desnuda, con las piernas abiertas y la espalda recta. Lo que lleva sujeto al muslo apunta hacia arriba, curvo, del color de la piel. Se da una palmada en la otra pierna.

—Ven. Siéntate aquí. Mirándome.

Me acerco. Me pongo a horcajadas sobre su muslo, con una rodilla a cada lado, las manos en sus hombros. Me quedo en el aire, sin atreverme.

—Despacio —dice—. A tu ritmo. Yo no me muevo.

Me dejo caer poco a poco. Entra hondo, más de lo que esperaba, y cuando termino de sentarme, debajo, contra mí, noto su carne: el muslo caliente, duro, el músculo de nadadora. Estoy llena por dentro y apoyada por fuera, a la vez.

Se me abre la boca.

—¿Ves? —Sonríe—. Así tengo las dos manos libres. Y la boca.

Las usa. Me coge el culo con las dos manos y me mueve, adelante y atrás, despacio, enseñándome el vaivén. Con cada ida me froto contra su muslo. Con cada vuelta, lo de dentro me toca en un sitio que me nubla la vista.

Tiene mis pechos a la altura de la cara. No los suelta. Chupa uno, largo, con los ojos cerrados; muerde el otro; vuelve. Y entre uno y otro, mirándome desde abajo, habla.

—Muévete tú. Como te guste. No hay manera de hacerlo mal. Úsame.

Me muevo. Torpe primero. Luego encuentro el ángulo, un balanceo corto, apretado, y se me escapa un gemido.

—Eso. Ahí lo tienes. Mira cómo cabalgas. Mira qué cara pones. —Me aprieta el culo—. Me estás empapando la pierna, Paula. Te noto resbalar.

Es verdad. Me oigo. Cada vez que me deslizo sobre su piel hace un ruido húmedo, y en vez de avergonzarme me enciende más.

Ella tensa el muslo debajo de mí. Lo levanta un poco en cada golpe, a contratiempo, y es como montar algo vivo, que responde.

Me agarro a su cuello. Echo la cabeza hacia atrás.

El pelo me cae por la espalda y ella lo coge con una mano, lo enrolla, tira lo justo para que se me abra la garganta, y me muerde ahí.

—Más rápido. No te guardes nada. Quiero verte perder la cabeza encima de mí.

Voy más rápido. Ya no hay elegancia; me froto contra ella como un animal, sudando, con los muslos ardiendo del esfuerzo.

Me mete un dedo en la boca.

—Chupa.

Chupo. Me lo saca, mojado. Lo baja por mi espalda, despacio, vértebra a vértebra. Entre las nalgas. Lo deja ahí, justo ahí, apretando apenas, haciendo un círculo pequeño.

Se me van los ojos. Pierdo el ritmo. Doy un quejido que es casi un sollozo.

—Ya. Ya lo sé —susurra contra mi pecho—. Eso te vuelve loca. Lo vi el sábado, cuando te puse la lengua. Te cambió la cara. —Aprieta un poco más; la yema entra, nada, un centímetro—. No te pares. Sigue cabalgando. Las dos cosas.

Las dos cosas. Lo de dentro, hondo. Su muslo, debajo. Su dedo, detrás. Su boca, que ha vuelto a mi pezón y chupa al ritmo de mis caderas.

—Me voy a correr.

—Encima de mí. Mójame entera. Venga.

Me deshago sentada en su pierna, clavada, apretándole el dedo sin querer, con un grito largo contra su pelo. Me tiemblan tanto los muslos que me sostiene ella, con las dos manos, y me sigue meciendo despacio hasta que se me acaba.

Me quedo caída sobre su hombro. Le he dejado el muslo brillante.

—Para esto sirven las piernas de una nadadora —dice en mi oreja—. Y nadie me lo había agradecido.

En el brazo de la butaca se enciende mi móvil. Lo leo sin querer.

¿Compro pan o queda de ayer?