21. Gros #3
—De todo. De hacerle daño. De mi madre. De no saber qué soy. —Trago—. De ser ella. De que llegue el día y yo haga lo mismo que hizo ella.
Tarda en contestar. Me besa el hombro, encima de un mordisco.
—Marina no tenía miedo —dice—. Por eso le fue tan fácil.
Me aprieta más.
—Tú estás aquí llorando por un tío al que quieres, con la boca llena de sus croquetas. Eso no lo hace alguien que va a señalarme con el dedo. —Una pausa—. Pero no puedo decidirlo yo por ti. Eso no. En la cama, lo que quieras. Ahí fuera, no.
Fuera llueve sobre el cristal.
Mañana, a las dos, hay hojaldre en casa de su madre.
Me despierto el domingo con la cara hinchada de llorar y un brazo suyo por encima.
Entra una luz gris por la ventana del techo. Tengo el cuerpo molido, dulce, lleno de sitios que duelen bien. Y debajo, intacta, la piedra: las croquetas, el mensaje, las dos de la tarde.
Leire está despierta. Me mira.
—Sigues ahí —dice.
—¿Dónde?
—En esa cabeza. Dándole vueltas.
No contesto. Me tapo los ojos con el antebrazo.
—Castígame —le digo.
No sé de dónde me sale. Lo oigo y me arde la cara.
Se queda callada. Luego me baja el brazo, con cuidado.
—¿Por qué?
—Porque soy una persona horrible. Porque él está en casa pensando que he dormido en un sofá y yo… —Se me cierra la garganta—. Me lo merezco.
—No.
Lo dice seria. Se incorpora sobre un codo.
—Por eso no, Paula. Eso no es un juego y no lo voy a convertir en uno. Lo que tengas que arreglar con él lo arreglas tú, vestida, hablando. Yo no te pego para que te sientas mejor por mentirle. Eso sería una guarrada de las de verdad.
Me da tanta vergüenza que quiero meterme debajo del colchón.
—Perdona.
—No pidas perdón. —Le cambia la voz; le baja, se le pone lenta—. Ahora. Si quieres que te castigue por otra cosa, tengo una.
La miro.
—Siete años.
—¿Qué?
—Siete años en la calle de al lado. Siete temporadas viéndome la cara cada tres brazadas, y no me miraste ni una vez. Ni una. Yo llegando a casa enferma, y tú repasando parciales. —Entorna los ojos—. Eso sí me lo debes. Has sido muy mala conmigo, Ibarra.
Se me escapa la risa, mojada. Y debajo de la risa, un latido.
—Siete años —repite—. Siete.
Entiendo.
—Mandas tú —digo.
Se sienta en el borde de la cama, con los pies en el suelo. Se da una palmada en los muslos.
—Aquí. Boca abajo.
Me tumbo atravesada sobre sus rodillas. Desnuda, con el culo arriba, la cara colgando hacia la alfombra, el pelo cayéndome. Me sujeta la cintura con un brazo. Noto sus muslos duros debajo de mi tripa.
Me acaricia primero. La mano abierta, tibia, dando vueltas despacio. Me relajo.
El primero me pilla así.
Seco, con toda la palma. Suena en la buhardilla entera. Doy un grito, más de sorpresa que de otra cosa, y enseguida llega el calor, extendiéndose, bajando.
—Uno. Por la primera temporada. Llegué yo de esperarte en la pared y tú ni «buenos días».
Me acaricia encima. Suave. El contraste me eriza hasta la nuca.
El segundo, en el otro lado.
—Dos. Por el año que te echaste novio. Me lo contaste tú en el vestuario, tan contenta. Me fui a casa andando hasta Hondarribia.
Me río y gimo a la vez.
El tercero, más fuerte. El cuarto, encima del tercero. Me arde. Me arde y me late, y entre uno y otro me pasa los dedos por donde quema, y luego más abajo, entre las piernas, un roce, y los retira.
—Estás mojadísima. Para ser un castigo.
—Sí.
—¿Te gusta que te pegue?
—Sí.
—Dímelo bien.
—Me gusta que me pegues. Estoy muy cachonda.
—Ya lo veo. Me estás mojando la rodilla. —Me mete dos dedos, de golpe, hasta el fondo, y los saca—. Cinco.
El quinto me levanta de sus piernas. Me sujeta.
Mete la otra mano por debajo, entre su muslo y mi pecho. Me coge un pezón. Lo pellizca, lo retuerce, despacio, mientras con la de arriba me acaricia el culo ardiendo.
—Seis. Por Madrid. Por dejarme irme con otra teniendo la oreja en la pared.
Cae. Grito contra la alfombra.
Me tiemblan las piernas. Estoy abierta sobre sus rodillas, colgando, roja, mojada, y no me he sentido tan ligera en dos meses. No pienso en nada. No hay croquetas. No hay dos de la tarde. Hay una mano.
—Y siete —dice, muy bajo—. Por la camilla. Por abrirme las piernas y no saber lo que hacías.
No me lo da.
Espero. Con el culo en alto, encogida, esperando el golpe.
No llega. Llega su boca.
Me besa donde arde. Un lado, el otro. Me pasa la lengua, fría sobre la piel caliente, y me abre con los pulgares, y la lengua baja. Atrás. Ahí.
Se me va la voz en un quejido largo.
Me come así, doblada sobre ella, con una mano en mi pezón y la otra por debajo, en el clítoris, en círculos. Las tres cosas. No aguanto ni un minuto. Me corro colgando de sus rodillas, con espasmos que me sacuden entera, apretándole los muslos con la tripa.
Me levanta. Me sienta encima de ella, a horcajadas, con cuidado, porque no puedo apoyar el culo.
—El séptimo te lo guardo —dice contra mi boca—. Para cuando te lo ganes.
Me abraza. Me quedo con la cara en su cuello.
La piedra sigue ahí. No se ha ido; no era eso lo que tenía que quitármela. Pero puedo respirar alrededor.
A la una me visto. Me pongo una blusa de las que se abrochan hasta arriba.
A las dos tengo que sentarme en una silla de comedor.