Apnea 21. Gros #2
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21. Gros #2

Está de rodillas detrás de mí, ajustándose un arnés negro a las caderas. Lo que lleva delante es liso, curvo, del color de la piel. Se lo unta despacio con la mano, mirándome.

Se me seca la boca.

—¿Has…?

—Con él. Nunca así.

—¿Lo quieres?

—Sí.

—Pídemelo.

—Fóllame, Leire. Fóllame con eso.

Me coge de las caderas. Fuerte, clavando los dedos. Noto la punta, fría un instante. Empuja.

Entra despacio, entera, abriéndome. Está más dura que nada que haya tenido dentro, y más honda, y cuando llega al fondo y sus muslos chocan con los míos se me va un gemido ronco, de animal.

—Dios. Mírate. Qué bien te entra.

Se mueve. No pregunta. No va con cuidado.

Me folla como le pedí a él y no supo: con todo el cuerpo, con las caderas, con golpes largos que me empujan contra el colchón.

Me agarra del pelo y me levanta la cabeza.

Con la otra mano me azota, y me muerde el hombro, y me habla al oído sin parar, entre jadeos.

—Esto querías. Que te cogieran así. Que te devoraran. Cuatro años aguantándote las ganas, tan educada, y mira lo que llevabas dentro. Estás hecha para esto. Para mí. Empuja. Fóllame tú también. Eso. Más. Así, así…

Empujo. La busco. Somos dos cuerpos chocando, sudados, y la cama cruje, y por la ventana del techo ha empezado a llover sobre nosotras.

Lo tiene todo. Lo que hay en un hombre y lo que no hay en ninguno. La dureza dentro y, contra mi espalda, sus pechos, pequeños, mojados, su vientre blando, su voz de mujer rompiéndose en mi oído. Su mano, que baja por delante y me toca justo donde él nunca supo.

—Me voy a correr.

—Todavía no. Aguanta. Mírame.

Sale. Me da la vuelta de un tirón, boca arriba, me sube las piernas a sus hombros y vuelve a entrar. De frente. Mirándome. Tiene el pelo pegado a la frente, los ojos negros, la boca abierta.

Y ahí cambia. Baja el ritmo. Se me echa encima, pecho contra pecho, y me besa, blanda, lenta, sin dejar de moverse dentro de mí.

—Ahora —dice contra mi boca—. Ahora sí. Conmigo.

Me corro mirándola. Sin gritar esta vez. Hondo, despacio, con las piernas alrededor de su cintura y las uñas en su espalda, y ella se corre conmigo, por el roce, por mí, con el silbido y luego con mi nombre.

Nos quedamos así. Ella dentro, encima, pesando. La lluvia en el cristal del techo.

Tengo mordiscos en la espalda, la marca de sus dedos en las caderas, el culo ardiendo. No he estado más cuidada en mi vida.

El sábado entero es eso. No lo cuento todo. La ducha, la cocina, el suelo del salón debajo de la bici. Aprendo a hacérselo yo con la mano mientras me mira, y a ver cómo se le va la voz cuando la tengo debajo. Dormimos una hora. Volvemos.

De todo eso cuento una. La de la bici.

Es por la tarde. Hemos comido pasta de pie, desnudas, en la cocina. Cruzo el salón para coger agua y me para en mitad de la alfombra, debajo de la bici colgada.

—Quieta. Ahí.

Me quedo. Está en el sofá, con una pierna encima del brazo, mirándome de abajo arriba.

—Levanta los brazos.

Los levanto. Rozo algo frío: la rueda de atrás. La bici está colgada baja, de dos ganchos, y la llanta me queda justo encima de la cabeza.

—Cógela. Con las dos manos.

La cojo. El neumático, áspero. El metal de los radios.

—No la sueltes. Pase lo que pase. Si la sueltas, paro.

Se levanta. Viene despacio. Yo estoy de pie, desnuda, estirada, con los brazos en alto y el cuerpo entero a la vista, y no puedo bajarlos porque no quiero que pare.

No me ha atado. Es peor. Me sujeto yo.

Da una vuelta a mi alrededor. Me mira. Me pasa un dedo por el costado, desde la axila hasta la cadera, y me encojo, y la rueda gira un poco entre mis manos.

Tic. Tic. Tic.

El piñón. Hace ese ruido de las bicis cuando la rueda va suelta.

—Me encanta —dice—. Así sé cuánto tiemblas.

Se pone detrás. Me aparta el pelo. Me muerde la nuca, y la rueda suena. Baja por la espalda con la boca, despacio, hasta los hoyuelos. Se arrodilla.

No la veo. Solo noto: sus manos en mis caderas, su aliento. Me separa los pies con los suyos.

—Inclínate un poco. Sin soltar.

Me inclino. Colgada de la rueda, con el culo hacia atrás.

Su lengua. Atrás.

Tic tic tic tic.

Se ríe contra mi piel.

Me lo hace así, de rodillas detrás de mí, con las manos abriéndome, sin prisa. Yo me agarro a la llanta hasta que se me clavan los radios. Me tiemblan los brazos, las piernas, y cada temblor lo canta la rueda en el salón silencioso.

Luego me rodea. Sin levantarse, de rodillas, pasa por debajo de mi brazo y se queda delante. Me mira desde abajo.

—Abre más.

Su boca, delante.

Se me escapa un grito. La rueda da media vuelta entera.

Va de un lado a otro. Delante, hasta que estoy a punto. Me deja. Se va detrás, y me afloja, me derrite. Vuelve delante. Tengo los brazos ardiendo, los dedos dormidos. No suelto.

—Leire. No puedo más. Los brazos.

—Sí puedes. Nadas ocho mil metros al día. Aguanta.

Me mete dos dedos, desde delante, y con la otra mano, por detrás, un pulgar que aprieta. Y la boca.

Tictictictictic.

Me corro de pie, colgada de una rueda de bicicleta, con las rodillas dobladas y un grito que se oye en el cuarto. La rueda gira loca. Ella me sujeta por las caderas para que no me caiga.

—Suelta —dice.

Suelto. Me caigo encima de ella, en la alfombra. Me frota los brazos, uno y otro, los hombros, con sus manos de fisio, hasta que vuelve la sangre.

La rueda sigue girando sola un rato largo, cada vez más despacio.

Tic. Tic. Tic.

A medianoche tenemos tanta hambre que nos tiembla el pulso.

Leire abre la nevera. Se queda mirando el táper.

—No —digo.

—Es lo único que hay.

—Leire, no.

—Me muero de hambre, Paula. Y huelen de maravilla.

Nos las comemos. Frías, desnudas, sentadas en su cama deshecha, pasándonos el táper. Están buenísimas. Es lo más ruin que he hecho nunca y me entra una risa nerviosa, horrible, que no puedo parar, y ella se ríe también, tapándose la boca.

Luego dejo de reírme.

El móvil, en la silla, encima de mi ropa doblada. Un mensaje, de las diez y media.

¿Qué tal la noche de chicas? ¿Les han gustado las croquetas? Mi madre dice que mañana a las dos. Te quiero.

Se me queda la croqueta en la garganta.

No lloro de golpe. Me va subiendo. Me tapo la cara con las manos, llenas de pan rallado, y se me rompe algo en el pecho, y lloro como no he llorado desde que me quedé fuera de aquellos Juegos por dos centésimas. Con hipo. Con mocos. Desnuda en la cama de otra.

Leire no dice nada. Quita el táper de en medio. Me abraza por detrás, entera, las piernas alrededor de las mías, la barbilla en mi hombro, y me sostiene.

—Tengo miedo —consigo decir.

—¿De qué?