Apnea 21. Gros
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21. Gros

La mentira me la preparo el jueves, fregando los platos.

—El sábado duermo en casa de Irati. Noche de equipo. Bego quiere que hagamos piña antes del campeonato.

Lo digo de espaldas, con las manos en el agua. Me sale lisa, sin una arruga. Me doy miedo.

—Qué bien —dice Íñigo desde la mesa—. Os vendrá bien, después de tanta tensión con las plazas. ¿Te llevo?

—No hace falta. Voy andando.

—Pues os hago algo. Unas croquetas. A Irati le encantaron las de Navidad.

—Íñigo, no…

—Que sí, mujer. Si no me cuesta nada.

El viernes por la noche lo veo en la cocina, con el delantal, dando forma a la masa con dos cucharas. Cuarenta croquetas. Las pasa por huevo, por pan rallado, las fríe de seis en seis, las pone a escurrir en papel. Silba. Está contento de hacer algo para mis amigas.

Yo lo miro desde el sofá y me pasa lo mismo que cuando me besó la marca.

Lo quiero. Eso es lo que nadie entendería si lo contara.

No es que haya dejado de quererlo; ojalá, sería más limpio.

Lo quiero como se quiere una casa en la que has sido feliz.

Sé cómo dobla las camisetas, cómo se ríe con los monólogos malos, cómo me tapa los pies cuando me quedo dormida en el sofá.

Me ha visto llorar por dos centésimas que me costaron unos Juegos, y esa noche no dijo nada, me hizo un colacao y se sentó a mi lado hasta las tres.

No ha hecho nada malo. Ni una sola cosa. Y yo voy a romperle la vida.

Porque eso es lo que es. No hay una manera buena de decirle a un hombre así «me acuesto con otra persona y contigo no siento nada». No existe esa frase. Le he dado vueltas cuatro noches y todas las versiones terminan igual: con su cara. Con esa cara abierta, limpia, descomponiéndose.

Tengo miedo. No uno: muchos, y los voy contando como parciales.

Miedo a su cara.

Miedo a mi madre, que lo adora, que ya le llama «hijo», y a la frase que va a decir, que me la sé: ¿y ahora qué eres, entonces?

Miedo a esa pregunta, porque no tengo respuesta. No sé qué soy. Hace dos meses era una chica con novio. Ahora soy una chica con novio que se moja cuando otra mujer le toca el hombro. No tengo palabra para eso. Las que conozco me quedan grandes o me dan vértigo.

Miedo a que sea solo hambre. A tirar cuatro años buenos, una vida entera, ordenada, tranquila, por algo que a lo mejor se quema en tres meses.

Y el peor. El que me despierta.

El viernes, mientras Íñigo mete las croquetas en un táper y lo cierra con cuidado, me acuerdo de un folio escrito con rotulador. CAMPEONA. Y de otra cosa, que me contó Leire con la luz del techo encendida: un novio de toda la vida que venía a verla a las competiciones con una pancarta.

Se me cae el vaso en el fregadero.

Nado en la calle cinco. Tengo un novio con un cartel. Me acuesto con Leire a escondidas y le digo «dame tiempo».

No me parezco a Marina. Soy Marina. Estoy exactamente donde estuvo ella, haciendo exactamente lo que hizo, y lo único que me separa es lo que haga cuando llegue el día.

Y no sé qué voy a hacer. Esa es la verdad.

Me gustaría decir que yo nunca la señalaría con el dedo delante de Bego.

Pero tampoco me habría creído capaz de mentir fregando platos.

—¿Estás bien? —Íñigo, con el táper en la mano—. Te has puesto blanca.

—Se me ha resbalado.

Me besa la frente.

El sábado a las diez estoy en un portal de la calle Zabaleta, con una mochila al hombro y cuarenta croquetas.

No llamo.

Me quedo delante del telefonillo cinco minutos.

Pasa una señora con un carro. Huele a mar; la Zurriola está a dos calles.

Tengo el dedo a un centímetro del botón, y pienso que todavía puedo darme la vuelta.

Subir la cuesta, entrar en casa, decirle que se ha suspendido.

Comerme las croquetas con él viendo el baloncesto. Seguir siendo buena.

Pienso en un banco de vestuario. En una mano en la nuca.

Llamo.

Es un quinto sin ascensor, abuhardillado, con el techo inclinado y dos ventanas al cielo.

Pequeño. Limpio. Una bici colgada de la pared, una estantería con más libros de los que esperaba, una planta enorme que casi toca la viga.

Y en una balda, torcido, medio escondido detrás de unas medallas, un título enmarcado: Graduada en Fisioterapia.

Leire abre descalza, con una camisa de hombre que le llega a medio muslo. Sonríe. Y deja de sonreír.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Paula.

Le pongo el táper en las manos.

—Croquetas. Las ha hecho él. Anoche, con un delantal. Para vosotras. Para la noche de equipo en casa de Irati.

Mira el táper. Me mira a mí. Cierra la puerta despacio.

No me toca. Se queda con las croquetas en las manos, en mitad de su casa, y cuando habla no hay ni rastro de la voz del vestuario.

—¿Quieres irte?

—No.

—Puedes. No me enfado. Te lo juro. Si subes esa cuesta ahora, el lunes nado a tu lado igual.

—No quiero irme. —Se me rompe la voz—. Eso es lo malo. Que tengo cuarenta croquetas suyas en tu casa y no quiero irme. ¿Qué clase de persona soy?

—Una que no sabe mentir sin que le duela. —Deja el táper en la encimera. Se acerca—. Marina se reía. Me contaba las excusas que le ponía y se reía. Tú has llegado con cara de entierro. No sois lo mismo, aunque nades en su calle.

Me quedo helada.

—¿Cómo sabes que…?

—Porque lo llevas escrito. Escúchame. No te voy a decir que no pasa nada, porque pasa. Hay un tío bueno que va a sufrir, y eso no lo arregla nadie. Tampoco te voy a empujar. Eso lo decides tú, cuando puedas. Pero hoy has venido. Y aquí dentro, este fin de semana, no tienes que decidir nada.

La miro.

—Para eso mando yo —dice, más bajo—. ¿Te acuerdas? Tú no piensas. No eliges. Lo eliges todo ahí fuera, todo el día, y te pesa. Aquí no. Aquí me das eso a mí y descansas.

Sé que es una trampa. Sé que es demasiado cómodo, que dejar de pensar no es lo mismo que resolver. Lo sé perfectamente.

Se me afloja todo el cuerpo.

—Mandas tú.

Mete el táper en la nevera. Cierra. Y cuando se vuelve ya es la otra, con los ojos oscuros y esa calma.

—Quítate la ropa. Toda. Déjala en esa silla, doblada. Y espérame en la cama.

La cama está bajo la ventana del techo. Sábanas blancas, luz de mañana, el cielo gris de Gros encima.

La espero desnuda, sentada en el borde, con las manos en las rodillas. Tarda. Oigo el agua, un cajón. Cada minuto que tarda me mojo un poco más.

Cuando entra se ha quitado la camisa. Se queda de pie delante de mí, y me levanta la barbilla con dos dedos.

—Dime qué le pediste. La otra noche. Todo.

Trago saliva.

—Que me mordiera.

—¿Qué más?

—Que me pusiera a cuatro patas. Que me cogiera fuerte. Que me tirara del pelo.

—¿Qué más?

—Que me dijera guarradas.

—¿Y qué más quieres, que no le pediste porque no te atreviste?

Me arde la cara. Bajo los ojos y ella me los sube.

—Dímelo. Con todas las palabras.

—Que me comas entera. —Un hilo—. Por delante y por detrás.

Se le dilatan las pupilas. Respira.

—Date la vuelta. De rodillas en la cama. Las manos delante.

Me pongo a cuatro patas en mitad de las sábanas blancas. Con la luz del cielo encima, entera, sin una sombra donde esconderme.

—Baja el pecho. La cara en la almohada. El culo arriba. Así. Separa más las rodillas. —Oigo cómo se arrodilla detrás de mí—. Mira qué vista. No te muevas.

Empieza por morder.

La nuca. El hombro, fuerte, hasta que gimo.

Baja por la espalda con los dientes, vértebra a vértebra, dejando una marca cada palmo.

Los costados. Los hoyuelos. Me muerde el culo, la carne llena, a un lado y al otro, y luego me da un azote encima del mordisco, y otro, con la palma abierta, que me empujan hacia delante y me arrancan el aire.

—¿Así?

La pregunta de él. En su boca es otra cosa.

—Más.

Más. Me arde la piel. Me tiemblan los muslos. Me enrolla el pelo en el puño y tira, y con la otra mano me abre.

—Estás chorreando, Paula. Te cae por dentro del muslo. Eres mi guarrita, ¿lo sabías? Con esa cara de buena. Cuarenta croquetas en la nevera y tú aquí, con el culo en pompa, esperando a que te coma.

Me dobla la vergüenza. Y debajo de la vergüenza, justo debajo, algo se abre de golpe, caliente, como una compuerta.

—Dilo.

—Soy tu guarrita.

—Otra vez.

—Soy tu guarrita. Cómeme. Por favor.

Me suelta el pelo. Me coge de las caderas con las dos manos. Y baja la boca.

Por delante primero. Desde atrás, con la lengua plana, larga, de abajo arriba. Entra en mí. Me bebe. Yo hundo la cara en la almohada y empujo hacia ella, sin pudor, abierta, y ella me sujeta y me come despacio, con ruido, con hambre.

Y sigue subiendo.

No para donde paran todos. Sube. Me separa con los pulgares, y noto su aliento donde nadie, nunca, y me pongo rígida entera.

—Leire…

—Chsss. Dijiste entera. Respira.

Su lengua.

No sé contarlo. Es lo más prohibido que me han hecho y lo más suave.

Un círculo, lento, mojado, caliente. Me recorre una vergüenza que me quema las orejas, y casi en el mismo segundo la vergüenza se da la vuelta y se convierte en otra cosa, en un placer oscuro, nuevo, que no sabía que existía y que me afloja las rodillas.

Gimo contra la almohada, largo, con una voz que no es mía.

—Eso es. Suéltate. No hay nada tuyo que no me guste.

Me lame ahí, sin prisa, y con la mano, por debajo, me encuentra el clítoris. Dos dedos, en círculos. Las dos cosas. Y luego me mete el pulgar delante, hondo, y son tres, la lengua detrás, los dedos, el pulgar, y yo ya no estoy en ningún sitio.

—No puedo más —sollozo.

—Sí puedes. Córrete así. Con mi lengua en el culo. Venga.

Me corro a gritos. Con la boca en la almohada, las manos crispadas en las sábanas, el cuerpo entero sacudido de atrás adelante. Me dura una barbaridad. Me caigo de bruces, aplastada, temblando, y ella sigue, me sigue hasta abajo, lamiéndome despacio mientras me deshago.

No me deja descansar.

—Arriba. A cuatro patas otra vez. No he terminado contigo.

Me levanto con los brazos de trapo. Oigo el cajón de la mesilla. Unas hebillas.

Vuelvo la cabeza.