Apnea 20. A deshora #2
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20. A deshora #2

—Lo he pensado toda la noche —dice al fin—. Después de tu mensaje. Me he sentado en la cocina y me he dicho: Aramburu, esto ya lo has vivido, sabes cómo acaba, sal de ahí. Y no he podido. ¿Sabes por qué?

Niego.

—Porque con Marina fui yo. Yo la miraba, yo la buscaba, yo estaba ahí cada vez que ella tenía curiosidad.

Ella se dejó. Contigo he hecho todo lo contrario.

Siete años dejando un palmo. Me cambié de ducha, me cambié de calle, pedí otra habitación.

Te dije que no en un autobús, en una camilla y en una cama.

Y has venido tú. Tres veces. Me besaste tú, de pie en una bañera, con una cuchilla en la mano.

—Se le tuerce la boca—. Marina nunca me dijo nada a la cara.

Tú me dijiste «no decides tú lo que siento». Nadie me había hablado así.

Me pasa el pulgar por el labio.

—La norma no era por las compañeras ni por los novios.

Era para que no me volvieran a usar. Y tú no me estás usando.

Puede que me dejes. Puede que dentro de un mes vuelvas con él y yo me quede otra vez mirando al suelo en este vestuario.

Lo sé. Lo tengo contado. Pero prefiero que me rompas tú a pasarme otros siete años dejando un palmo.

No sé qué decir. Tengo un nudo en la garganta.

—Solo hay una cosa que no voy a hacer —añade, más baja—.

No voy a ser un secreto para siempre. Con ella lo fui, y cuando salió a la luz no había nadie de mi parte.

Ahora te doy tiempo, porque hay unas plazas por medio y porque no quiero que nades con eso encima.

Pero después del campeonato, o esto se puede decir en voz alta, o no es nada.

Se levanta. Se baja por fin el bañador, se mete debajo de la ducha del fondo, la que gotea.

—Vístete, anda. Que Patxi tiene que fregar.

Me visto con las manos torpes. Me ato las zapatillas sentada en el banco, y tengo que parar un momento, con el cordón en la mano, porque noto en el culo, todavía, el calor exacto de una palma.

Al salir me cruzo con el conserje, que viene con el cubo.

—Buenos días, Paula. ¿Qué tal la montaña?

—Muy bien, Patxi.

—Se te ve buena cara.

—Es que he dormido —digo.

Y salgo a la calle, a la lluvia, riéndome sola.

El miércoles, Ander vuelve a faltar.

Esta vez la coordinadora no tiene que decirme a quién ha llamado. A las cinco menos cinco se abre la puerta de la piscina pequeña y entra un bañador negro con una camiseta blanca que le queda grande.

—Buenas tardes, señoras y señores.

Veinte críos chillan. La adoran desde lo del tiburón.

Durante dos horas no nos tocamos. Sujetamos barrigas, repartimos churros.

Unai flota ya solo, con los brazos en cruz, mirando el techo; cuando lo consigue busca a Leire con los ojos, y ella le levanta el pulgar desde la otra punta.

Yo la miro por encima de las cabezas. Tiene la camiseta mojada, pegada. Sabe que la miro.

A las siete se van. Albornoces, madres, la niña de las trenzas, que hoy no pregunta nada.

A las siete y diez estamos solas.

Ella sale al pasillo. Oigo girar una llave. Vuelve. Apaga los fluorescentes del techo y deja solo las luces de dentro del agua, dos focos amarillos bajo la superficie.

La piscina pequeña se queda como un acuario. Treinta grados. Medio metro de agua quieta, dorada.

—¿Mandas tú? —pregunto. Me sale un hilo.

—Mando yo. —Se quita la camiseta blanca—. Túmbate.

—¿Dónde?

—En el agua. Boca arriba. Mira al techo.

Se me para el corazón.

No se lo he contado. No le he contado nunca lo de aquella noche, la primera, cuando me arqueé en mi cama buscando una mano debajo de la espalda.

—¿Cómo sabes…?

—¿El qué?

—Nada.

Me mira. Entorna los ojos.

—Me lo cuentas luego. Túmbate.

Me dejo caer hacia atrás. Estoy rígida, como Unai. Se me hunden las piernas.

Sus manos.

Una debajo de la nuca. Otra en mitad de la espalda. Abiertas, grandes. No aprietan. Me sostienen.

—Respira —dice, muy bajo—. Despacio. Yo te tengo.

Se me llenan los ojos de agua, y no es de la piscina.

Respiro. Una vez. Dos. Se me afloja la tripa. Suben las piernas solas. Floto.

El agua está a la temperatura de la piel; no sé dónde acabo yo. Tengo los oídos sumergidos y el mundo se ha quedado sin ruido: solo mi respiración, enorme, y el latido. Arriba, el techo oscuro. Abajo, dos manos.

—El agua te quiere arriba —dice su voz, lejos, por encima de la superficie—. Solo hay que dejarla.

No puedo agarrarme a nada. No hay borde, no hay cabecero, no hay sábana. Si me pongo tensa, me hundo. Solo puedo fiarme.

Me fío.

La mano de la espalda se mueve. Despacio. Baja por la columna, por debajo del agua, hasta la cintura. Me sostiene ahí. La otra sigue en la nuca.

—No te muevas. No me ayudes. Tú flota.

Me baja un tirante. El otro. Con una sola mano, sin prisa. Me enrolla el bañador hasta la cintura; el agua caliente me cubre los pechos y los descubre, con cada respiración. Los pezones me salen a la superficie, duros, al aire.

Se inclina. Su boca.

Me chupa un pezón mojado, sosteniéndome. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no arquearme: si me arqueo, me hundo. Me quedo quieta, abierta, flotando, mientras me come los pechos despacio, uno y otro, con el agua lamiéndome los costados.

—Leire…

—Chsss. Respira. No me hagas soltarte.

Me baja el bañador del todo. Lo saca por los pies y lo deja flotando, una mancha azul marino a la deriva.

Desnuda. Boca arriba. En el agua de los niños, con dos focos amarillos debajo.

La mano de la cintura baja más. Me pasa por debajo del culo, me levanta un poco las caderas, hasta la superficie. Y sus dedos, desde abajo, entre mis piernas, me abren.

El agua entra con ellos. Caliente.

Se me escapa un gemido que resuena en los azulejos.

—Callada. Que hay gente en el gimnasio de arriba. —No deja de mover la mano—. ¿Qué era lo que no me has contado?

—Ahora no…

—Ahora. O te suelto.

No me suelta. Me toca más despacio todavía, en círculos, sin llegar.

—La primera noche. —Lo digo al techo, a trozos—. Cuando viniste al cursillo. No fue un pasillo ni una ducha. Fue esto. Me imaginé esto. Tus manos debajo. «Yo te tengo.»

Se le paran los dedos.

—¿Con esto te mojaste? ¿Con que te sujetara?

—Empapada. Sin nada más. Solo las manos.

No dice nada. La oigo respirar, por encima del agua. Cuando habla, se le ha roto la voz.

—Nadie me había querido para eso.

Me mete dos dedos. Hondo. Y me sostiene, con la otra mano firme en la nuca, mientras me folla despacio dentro del agua, mirándome la cara.

Es lo más extraño que me ha hecho. No peso. No tengo dónde empujar. Me muevo con lo que ella me mueve, una ola pequeña que va de sus dedos a mi garganta. El agua se me mete en los oídos y solo oigo mi propio cuerpo.

—Mírame.

La miro. La tengo encima, inclinada, con el pelo corto goteando.

—Te tengo. Suéltate. No te vas a hundir.

Me suelto.

Me corro flotando. Sin poder agarrarme, sin poder cerrar las piernas, abierta en el agua tibia, con la boca abierta y los ojos en los suyos. El orgasmo me atraviesa despacio, y por un segundo creo que me voy al fondo.

No me voy. Su mano no se mueve de mi nuca.

Después me recoge. Me sienta en el escalón, con el agua por el pecho, y me abraza, y yo le tiemblo encima como un crío que acaba de aprender a nadar.

—Ahora tú —le digo cuando puedo.

—¿Yo qué?

—Túmbate. Boca arriba.

Se ríe.

—Yo no floto.

—Todo el mundo flota.

—Yo no. Soy todo músculo. Me hundo como una piedra; pregúntale a Bego. Es lo único que no sé hacer en una piscina.

—Túmbate.

Lo intenta. Le pongo una mano debajo de la nuca y otra en la espalda, como ella a mí. Está dura como una tabla. Se le hunden los pies, las caderas. Traga agua, se incorpora, tose.

—¿Ves?

—No es el músculo. —La miro—. Es que no te dejas. Estás empujando contra mi mano.

Se queda callada.

—Otra vez. No hagas nada. No me ayudes.

Se tumba. La noto, bajo las palmas: la espalda en tensión, los hombros subidos, lista para sostenerse sola. Como siempre.

—Respira —le digo—. Despacio. Yo te tengo.

Cierra los ojos.

Tarda. Tarda mucho. La siento pelear. Y luego, poco a poco, un músculo cada vez, se le va el peso. Me cae en las manos. Los pies le suben a la superficie.

Flota.

Abre los ojos. Mira el techo, asombrada, con el agua en las orejas.

—No me sueltes —dice.

—No te suelto.