Apnea 20. A deshora
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20. A deshora

A las seis menos diez estoy sentada en el bordillo, con los pies en el agua.

Veintisiete grados y medio. San Sebastián a oscuras, la lluvia de lado. Todo igual que hace dos meses, y yo mirando la puerta del vestuario como una perra mira la puerta de casa.

Entra Irati. Las mellizas. Maialen.

A las seis menos dos, el empujón de hombro. Las gafas colgando de dos dedos.

—Buenos días, señoras.

Lo dice. Con su voz de siempre, de capitana. Cruza la playa de la piscina como quien cruza su salón. Y al pasar por delante de mí, sin pararse, sin bajar los ojos, deja caer la mano y me roza el hombro con las yemas.

Un segundo. Menos.

Me recorre un escalofrío hasta los pies.

Nada en la cuatro. Yo, en la cinco. En los largos de vuelta saco la boca del agua y ahí está, la mejilla, el cristal ahumado. Me mira. Cada tres brazadas. No aparta la vista ni una vez.

Bego apunta parciales y no dice nada, pero la veo mirar el cronómetro, luego a nosotras, luego el cronómetro.

—Lo que sea que os hayan dado en esa montaña —gruñe al final—, que os lo sigan dando.

Cuando salimos, Leire se quita el gorro, se sacude el pelo y dice, sin mirarme, para que lo oiga quien quiera:

—Ibarra, quédate a estirar. Tienes los hombros hechos una pena.

—Vale.

—Yo también me quedo —dice Irati.

—Tú tienes clase a las ocho y media. Largo.

Estiramos veinte minutos en la colchoneta del fondo, correctísimas, a dos metros la una de la otra, mientras las demás se duchan, se visten, se van. Oigo las taquillas. Las risas. La puerta, una vez, otra. Cuento. Seis. Siete.

Silencio.

Leire se levanta. No me dice nada. Echa a andar hacia el vestuario y yo voy detrás, descalza, con el bañador todavía mojado y el corazón en la boca.

El vestuario está vacío. Huele a vapor, a champú de las demás.

Una ducha gotea. Fuera, en el pasillo, se oye una radio pequeña, una tertulia, y el roce de una fregona contra el suelo.

Patxi. El conserje pasa la fregona todos los días a las ocho menos cuarto, de la entrada hacia dentro.

Tarda diez minutos en llegar a esta puerta.

Leire cierra. No hay pestillo. Nunca ha habido pestillo.

Se vuelve. Se apoya de espaldas en la puerta y me mira.

No es la de la montaña, la que temblaba. Tampoco es la de la última noche, la que lloraba encima de mí. Es otra. Tranquila. Con los ojos muy oscuros y una calma que me afloja las rodillas.

—¿Dónde te tocó?

No me lo esperaba. Trago saliva.

—Leire…

—No estoy enfadada. Te lo pregunto. ¿Dónde te tocó anoche?

Me llevo la mano al cuello.

—Enséñamelo.

Me bajo los tirantes del bañador. Me señalo. El cuello. El hombro. Los pechos. Bajo el bañador hasta la cintura y me quedo ahí, medio desnuda, con la marca morada encima del pezón.

La mira. Se le suaviza algo en la boca.

—Me dijiste que te la besó.

—Sí.

—Ven.

Voy. Me coge por la cintura, me da la vuelta, me pone a mí contra la puerta.

Y baja la cabeza y me pasa la lengua por el cuello, despacio, ancha, de la clavícula a la oreja.

Por el hombro. Me borra. Va sitio por sitio, sin prisa, lamiendo, mordiendo, dejando su boca donde estuvo la de él.

Cuando llega al pecho y cierra los dientes sobre la marca, justo encima, apretando hasta que duele, se me escapa un gemido.

—Chsss. —Me pone un dedo en los labios—. Patxi.

La fregona. La radio. Todavía lejos.

—Escúchame. —Me habla al oído, muy bajo, sin soltarme—. Me has escrito que quieres algo y que él no te lo da. No me lo has dicho con esas palabras, pero lo he entendido. Que te pide permiso. Que te trata como si fueras de cristal.

Asiento.

—Yo no te voy a pedir permiso. Te lo pido ahora, una vez, y ya. A partir de hoy, cuando estemos solas, mando yo. Tú no piensas, no decides, no preguntas. Yo te digo lo que hay que hacer y tú lo haces. Y si algo no quieres, dices mi nombre entero, Leire Aramburu, y paro en seco. ¿Quieres?

Se me ha secado la boca. Soy una persona de órdenes. Lo he sido toda la vida, siguiendo las de los demás sin ganas, por costumbre, porque era lo que tocaba.

Nunca había deseado obedecer.

—Sí.

—Dilo.

—Mandas tú.

Sonríe, apenas.

—Quítate el bañador. Del todo. Despacio.

Me lo quito. Mojado, pegado, bajándolo por las caderas, por los muslos. Lo dejo en el suelo. Estoy desnuda en mitad del vestuario del club, donde me he desnudado todos los días de mi vida adulta, y nunca había estado desnuda aquí.

Ella sigue con el suyo puesto. Me mira de arriba abajo.

—Date la vuelta. Las manos en el banco.

El banco de madera, el de las taquillas, bajo. Me inclino. Apoyo las palmas.

—Más. Los codos. Eso. Separa las piernas.

Las separo. Estoy doblada por la cintura, con el culo en alto, abierta, de espaldas a ella. Me arde la cara. Me arde todo. No veo nada más que la madera del banco, mi pelo mojado cayendo, mis propios pechos colgando.

No me toca.

Oigo sus pies descalzos. Da una vuelta a mi alrededor, despacio. Se para detrás.

—Mírate —dice—. La buena de Ibarra. Siete años cambiándote en este banco con la toalla bien puesta. Si te vieran.

Se me encoge el vientre.

—Estás mojadísima. Te lo veo desde aquí. Te brilla hasta medio muslo, y no te he puesto un dedo. ¿Eso es del agua?

Niego con la cabeza.

—No te oigo.

—No.

—¿De qué es?

—De ti.

—¿Desde cuándo?

—Desde que has entrado. Desde que me has tocado el hombro.

Se ríe, bajito.

Y entonces su mano. Abierta, en la nuca. Baja por toda la columna, lenta, pesada, hasta los hoyuelos. Se queda ahí. Con la otra me agarra la cadera. Fuerte. Clavándome los dedos, como le pedí a él y no supo.

Me tiemblan los brazos en el banco.

—Esto es lo que querías anoche, ¿verdad? Que te cogiera alguien con ganas.

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Me preguntó si estaba incómoda.

—¿Estás incómoda?

—No.

Me da un azote. Uno. Seco, con la palma abierta, en el culo mojado. Suena en todo el vestuario. No duele; arde, y el ardor me baja directo entre las piernas. Abro la boca sin sonido.

—¿Y ahora?

—No.

Se pega a mí. Noto su bañador húmedo contra el culo, sus muslos detrás de los míos. Se inclina sobre mi espalda, me cubre, y me coge del pelo. Me lo enrolla en el puño, despacio, y tira. La cabeza hacia atrás, el cuello tenso.

Gimo. No puedo no gemir.

—Calladita. —En mi oreja—. Si haces ruido, paro.

Fuera, la fregona. Más cerca. La radio dice algo del tiempo.

Me mete la mano entre las piernas, desde atrás. No me acaricia. Me coge con toda la palma, y aprieta. Y luego dos dedos, hasta el fondo, de una vez.

Muerdo el aire.

—Así. Qué bien entras. —Me habla todo el rato, en un hilo, la boca pegada a mi oído, el puño en mi pelo—. Me he pasado la noche pensando en esto. En ti, debajo de él, sin sentir nada, con mi marca en el pecho. En que lo que te pone soy yo. Dímelo.

—Eres tú.

—Muévete. Empuja hacia atrás. Fóllate mi mano, que yo te vea.

Empujo. Contra sus dedos, con las caderas, doblada sobre el banco.

Es exactamente la postura de anoche. Y no tiene nada que ver.

Anoche era una mujer colocada, esperando.

Ahora soy un animal. Me muevo sin elegancia, buscando, con el pelo tirante y la espalda arqueada, y oigo el ruido que hace mi propio cuerpo, húmedo, sucio, y su respiración rota en mi nuca.

—Eso es. Mira cómo te gusta. Mira lo guarra que te pones cuando alguien te lo hace como hay que hacerlo.

La palabra me cruza como el azote.

Mete un tercer dedo. Con el pulgar, arriba, me roza donde nadie me ha tocado nunca. Apenas. Una presión, un círculo. Doy un respingo.

—¿Aquí tampoco? —Susurra—. ¿Nadie?

Niego. No puedo hablar.

—Ya. Pues eso es mío también. No hoy. El sábado. —Aprieta un poco, solo un poco, y se me doblan los codos—. Hoy solo quiero que sepas que existe.

Pasos en el pasillo. La fregona contra el rodapié, justo al otro lado. La radio, pegada a la puerta.

Nos quedamos inmóviles. Yo, doblada, abierta, con tres dedos dentro y un puño en el pelo. Ella, encima.

Dos golpes de nudillos en la madera.

—¿Queda alguien? Que voy a entrar a fregar.

Se me para el corazón.

Leire no saca la mano. No me suelta el pelo. Levanta la cabeza y contesta, con una voz perfectamente normal, alegre, de capitana:

—¡Dos minutos, Patxi! ¡Estoy en bolas!

—¡Ay, perdona, hija! Sin prisa. Empiezo por el de chicos.

—¡Gracias!

Los pasos se alejan. La radio.

Y mientras se alejan, sin haber dejado de mirar la puerta, Leire curva los dedos y empuja.

Me corro en el acto.

Sin aviso. Sin poder prepararme. Me tapa la boca con la mano del pelo, justo a tiempo, y grito contra su palma, doblada sobre el banco donde me he puesto los calcetines tantas mañanas, con las piernas temblando y los ojos en blanco.

Me sacude de arriba abajo. Me aprieto alrededor de sus dedos una vez y otra, y ella me sostiene, me aguanta el peso con el brazo cruzado bajo mi vientre, diciéndome al oído así, así, toda, qué bien, qué buena eres.

Me quedo colgando de su brazo. Sin piernas.

Me da la vuelta. Me sienta en el banco. Se arrodilla delante, entre mis rodillas, y me besa. Blanda. Despacio. La otra Leire, la de las cuatro de la mañana.

—¿Bien?

Asiento. No tengo voz.

—¿Demasiado?

Niego. Se me escapa la risa, floja, tonta.

—Más —consigo decir.

Se ríe contra mi boca.

—El sábado. Vivo en Gros, en la calle Zabaleta. Te mando el número. Ven por la mañana y trae cepillo de dientes. A él dile lo que quieras: que hay concentración, que duermes en casa de Irati. No te voy a decir qué tienes que hacer con tu vida, Paula. Eso no entra en el juego. Eso es tuyo.

Se me encoge algo, y no es de deseo.

—Voy a decírselo.

—No me lo prometas.

—Voy a decírselo. Dame hasta el campeonato. No puedo… No sé hacerle eso ahora, y nadar, y…

—No me lo prometas —repite. Me pone dos dedos en la boca. Saben a mí—. No quiero promesas. Ya tuve. Quiero el sábado.

—¿Y tu norma? —pregunto contra sus dedos—. Las dos. Ni compañeras ni chicas con novio. Yo soy las dos cosas.

Se queda callada. Me mira un rato largo, arrodillada entre mis piernas.