Apnea 19. Fingir
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19. Fingir

Íñigo está en llegadas con un cartel.

Es un folio, escrito con rotulador: CAMPEONA. Lo sujeta con las dos manos, a la altura del pecho, sonriendo como un crío. La gente lo mira al pasar y sonríe también. Es imposible no quererlo.

Me abraza. Me levanta del suelo. Huele a suavizante y a chicle de menta.

—Estás más delgada. ¿No os daban de comer allí arriba?

—Sí nos daban.

—Pues hoy cenas en condiciones.

Me coge la maleta. Por encima de su hombro veo pasar al equipo hacia la salida: Irati, las mellizas, Bego con su carpeta. Y la última, con la capucha puesta y la mochila a la espalda, Leire.

No se para. No gira la cabeza. Pasa a tres metros, mirando al frente, y lo único que la delata es la mano con que agarra la correa de la mochila, demasiado fuerte.

Íñigo la ve.

—¡Leire! ¡Eh! ¡Enhorabuena por las marcas!

Ella levanta dos dedos sin volverse. Las puertas de cristal se abren y se la tragan.

—Qué seria —dice Íñigo—. ¿Habéis acabado mal?

—Está cansada.

Me llevo la mano al pecho, por encima de la sudadera. Aprieto.

Ha hecho cena. Ha puesto mantel. Ha comprado el vino que me gusta, aunque en temporada no bebo, y una vela, una vela de verdad, en el centro de la mesa.

Me cuenta sus tres semanas. Yo le cuento la altura, la nieve, lo de no dormir. Todo verdad. Es asombroso la cantidad de verdad que se puede contar sin decir nada.

Después recoge la mesa. No me deja ayudar. Lo miro desde el sofá, de espaldas, fregando, con las mangas remangadas, y pienso: díselo. Ahora. Levántate y díselo.

No me levanto. No sé cómo se empieza esa frase. No sé si hay algo que decir, o si en una semana esto será, como dice Leire, una cosa rara que me pasó en la montaña. Y soy una cobarde. Eso también lo estoy aprendiendo de mí.

Se seca las manos. Viene. Se sienta a mi lado y me pasa el brazo por los hombros.

—Te he echado mucho de menos.

Me besa el cuello.

Primero el cuello.

Sé lo que viene. Lo sé con una exactitud que hoy me da vértigo. El cuello. Luego el hombro. Luego su mano grande, abierta sobre mi tripa, bajando despacio, pidiendo permiso sin palabras.

Ahí está. La mano. En la tripa.

Esa mano es mía. No es tuya. Tú no decides adónde va.

Cierro los ojos con fuerza.

Podría decir que estoy cansada. Lo he dicho tres semanas antes de irme.

Pero llevo veintiún días fuera, él ha puesto una vela, y hay otra cosa, peor, más fría: quiero saber.

Quiero comprobarlo. A lo mejor Leire tiene razón y era la altura.

A lo mejor, aquí abajo, con aire, en mi casa, con mi novio, mi cuerpo vuelve a ser el de antes y todo esto se cierra solo, sin que yo tenga que romper nada.

Abro un poco las piernas.

En la cama, a oscuras. Siempre a oscuras; nunca me había fijado.

—Deja la luz —le digo.

—¿Sí? —Se sorprende. Se ríe—. Vale.

Me quita la camiseta. Y se queda quieto.

—¿Y esto?

La marca. Encima del pezón izquierdo. Ya no es roja; es morada, con el borde amarillento, y se distinguen, si uno sabe mirar, los dientes.

Íñigo no sabe mirar.

—Un golpe —digo—. Con la corchera. En un viraje.

—Pobre. —Frunce el ceño. Lo toca con la yema, apenas, con ese cuidado suyo—. Tiene que doler.

Se inclina. Y le da un beso. Suave, con los labios cerrados, encima de los dientes de Leire, como se le besa una herida a un niño.

No he sentido una vergüenza así en mi vida.

Sigue. Los pechos, uno y luego el otro, el mismo tiempo en cada uno. Con los labios. Con la lengua, un poco. Bien hecho. Correcto. Espero. Espero a que se me encoja el estómago, a que algo tire.

Nada.

No me desagrada; sencillamente no pasa. Es como si me tocara a través de un cristal. Noto su boca, tibia, y pienso en lo que me han hecho en ese mismo sitio: los dientes, la succión, el tirón que me levantaba la espalda de la cama.

—Muérdeme —le digo.

Levanta la cabeza.

—¿Qué?

—Muérdeme. Un poco. Ahí.

—¿Morderte? —Se ríe, desconcertado—. Paula, que tienes un moratón al lado.

—Me da igual. Hazlo.

Lo intenta. Me coge el pezón entre los dientes con tanta delicadeza que es casi una caricia, y enseguida suelta y me mira.

—¿Te he hecho daño?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro, Íñigo.

Baja. Me quita las bragas, me separa los muslos con las dos manos. Y ahí también se para, un segundo, al ver que no queda nada.

—Anda. ¿Te lo has quitado todo?

—Para la toma de tiempos.

—Ah. Claro. —Sonríe—. Te queda bien.

Su lengua me encuentra a la primera. Conoce el camino y no se desvía. Hace exactamente lo que ha hecho siempre, en el mismo sitio, al mismo ritmo, y yo miro el techo de mi dormitorio, con la luz encendida, y cuento.

No parciales. Cuento las veces. Dos por semana, cuatro años.

Cuatrocientas, más o menos. Cuatrocientas veces esto, idéntico: el cuello, el hombro, la tripa, los pechos, la boca, él encima.

El mismo orden. La misma postura. Ni una sola vez me ha dado la vuelta.

Ni una sola vez me ha cogido del pelo, ni me ha dicho al oído nada que me pusiera roja, ni me lo ha hecho en la cocina, en la ducha, contra una puerta.

Nunca me ha mirado como si fuera a comerme.

No es culpa suya. Yo tampoco se lo he pedido. No sabía que se podía pedir. Creía que el sexo era esto, una cosa amable que hacen dos personas que se quieren antes de dormir, y que lo demás eran las películas.

—¿Así? —pregunta contra mi piel.

Abro la boca para decir «así».

No me sale.

—Espera.

Me incorporo. Me doy la vuelta. Me pongo a cuatro patas en mitad de la cama, con las rodillas separadas y los codos en el colchón, y lo miro por encima del hombro.

—Así. Hazlo así.

Se queda de rodillas detrás de mí, parpadeando. No lo hemos hecho nunca así. En cuatro años.

—¿Estás segura? ¿No estás incómoda?

—No estoy incómoda. Cógeme de las caderas. Fuerte.

Me coge de las caderas. Suave. Entra despacio, con cuidado, preguntándome con cada centímetro, y se mueve como se mueve siempre, acompasado, atento, solo que desde otro ángulo.

—Más fuerte.

—No quiero hacerte daño.

—No me haces daño. Más. Tírame del pelo.

—Paula…

—Dime algo. Dime lo que me estás haciendo. Dime una guarrada.

Silencio. Solo su respiración, y la cama.

—No… No me sale. —Se le nota el apuro en la voz—. No sé, cariño, yo no… A ti te respeto. No me sale hablarte así.

A ti te respeto.

Apoyo la frente en la almohada.

Ahí está todo. En esa frase, dicha con todo el amor del mundo. Me respeta. Me quiere. Me cuida. Y por eso me folla como si yo fuera de cristal, con el deseo rebajado con agua, para no manchar nada. Lo que tiene conmigo es ternura. Y yo he vivido cuatro años creyendo que la ternura era el techo.

Hay otra mujer, a quince minutos de aquí, en un piso de Gros que no conozco, que también me respeta. Que lloró en una piscina encima de mi hombro. Y que anoche me clavó las muñecas en una almohada y me preguntó de quién era.

Con Leire, el respeto no apaga el deseo.

Íñigo se mueve detrás de mí, con cuidado. Yo cierro los ojos e intento ayudarme. Lo intento de verdad. Pienso en ella. En la sauna, en su mano en mi boca. En el lavabo. En su voz: mira cómo estás.

Algo se mueve. Poco. Lejos. Y se apaga enseguida, porque las manos que tengo en las caderas son grandes, y limpias, y no aprietan.

No voy a llegar. Lo sé con la misma certeza con que sé, a falta de cincuenta metros, que una carrera está perdida.

Él está cerca. Lo noto en el ritmo. Y está esperándome, como siempre, porque es incapaz de terminar sin mí; puede estar así diez minutos más, aguantando, preguntando.

Así que hago una cosa que no he hecho nunca.

Gimo. Un poco más alto. Aprieto por dentro, a propósito. Arqueo la espalda, cierro los puños en la sábana, suelto el aire a trozos, como sé que se suelta. Digo su nombre.

Finjo.

Me sale bien. Me sale tan bien que me da frío. Él se corre enseguida, aliviado, feliz, con la frente en mi espalda, diciendo que me quiere.

—Hostia —jadea—. Así también está bien, ¿eh? Tendremos que repetirlo.

Se deja caer a mi lado. Me pasa el brazo por la cintura, me besa el hombro.

—¿Tú bien?

—Muy bien.

—Te he echado tanto de menos.

En tres minutos está dormido. De lado, con la mano en mi cadera.

Me quedo boca arriba, con la luz encendida.

Estoy seca. Eso es lo que más me asusta. No es que me haya quedado a medias, con ganas, latiendo. Es que no hay nada. Mi cuerpo, que en la montaña se mojaba con oírla respirar al otro lado de una corchera, se ha quedado mudo.

No era la altura.

Aquí abajo hay todo el aire del mundo, y no puedo respirar.

Le aparto la mano de mi cadera, despacio. Me levanto. En el baño, sentada en el borde de la bañera, con el móvil en las rodillas, miro mucho rato un nombre en la pantalla. Leire capi. Así la tengo guardada desde hace tres temporadas.

Si se te pasa, dímelo rápido. No me tengas tres meses.

Escribo. Borro. Escribo.

No se me ha pasado.

Lo mando antes de pensarlo. Es la una y diez.

Los dos tics, grises. Se ponen azules casi al instante. Está despierta. Está, como yo, sentada en algún sitio a oscuras con el móvil en la mano.

Escribiendo…

Para.

Escribiendo…

Para otra vez. Me la imagino. Sé qué cara está poniendo.

Al final llega. Tres palabras.

¿Has estado con él?

Podría mentir. Se me da bien, ya lo sabemos las dos.

Sí.

Nada. Un minuto. Dos. Me muerdo el nudillo.

Y he fingido. Nunca lo había hecho. No he sentido nada, Leire. Nada. Tenía tu marca en el pecho y me la ha besado y casi me muero.

Escribiendo…

Mañana a las seis menos diez. En el agua.

Y luego, cuando ya creo que no va a decir más:

Yo tampoco he dormido.

Apago la pantalla. Me quedo sentada en el borde de la bañera, con el móvil apretado contra el pecho, encima de un moratón con forma de dientes.

Sonrío. Sola, a oscuras, a la una de la mañana, con mi novio durmiendo al otro lado de la pared.

Soy una persona horrible. Y, aun así, me siento despierta.