18. Allá abajo
El sábado es la última noche. La furgoneta sale el domingo a las nueve.
Estamos en su cama, después. Yo, boca arriba, desnuda, con la piel todavía ardiendo.
Ella, de lado, con la cabeza apoyada en una mano, pasándome un dedo por el esternón.
Tengo las piernas flojas y esa pesadez dulce entre los muslos.
Me ha hecho correrme dos veces con la boca y me estaba diciendo, muy seria, que iba a por la tercera.
Suena el móvil.
Las dos miramos la mesilla. La pantalla, encendida, ilumina el techo. Íñigo. Una foto suya, sonriendo, en la playa de Zarautz.
—Te dije que le llamaras tú —dice Leire.
—Se me ha pasado.
Suena. Suena. El dedo de Leire se ha quedado quieto en mi esternón.
—Cógelo.
—Leire…
—Cógelo. Lleva tres semanas esperando.
Lo cojo. No sé por qué lo cojo así, tumbada, desnuda, en la cama de otra, con su olor encima. Debería levantarme, salir al pasillo. No me da tiempo a pensarlo.
—Hola.
—¡Hombre! —Su voz. Contenta, cálida, sin una sombra—. Pensaba que te había tragado la nieve. ¿Qué tal, campeona?
—Bien. Cansada.
—Ya me imagino. Oye, que mañana te recojo yo en el aeropuerto, ¿eh? He pedido salir antes. Y he hecho la compra, que teníamos la nevera vacía. Y mi madre dice que el domingo que viene comemos allí, que ha hecho no sé qué de hojaldre que te gusta.
—Qué bien.
—¿Estás bien? Te noto rara.
—Es la altura. No se duerme.
Leire se ha apartado. Despacio, sin ruido. Se sienta en el borde de la cama, de espaldas a mí. Le veo la espalda, la que le afeité yo, los hombros subidos. Busca su camiseta en el suelo.
—¿Estás sola? —pregunta Íñigo—. ¿Puedes hablar?
Miro esa espalda.
—Sí. Estoy sola. Leire ha bajado a… a estirar.
Los hombros se le quedan inmóviles un segundo. Luego se pone la camiseta. El pantalón. Cruza el metro y se sienta en la otra cama, la mía, la que está hecha. Vestida. Con los codos en las rodillas, mirando el suelo.
—¿Qué tal con ella? —dice Íñigo—. Con lo de las plazas y eso. Debe de ser raro, compartir cuarto con la que te puede dejar fuera.
—Es… Bien. Nos llevamos bien.
—Me alegro. Es maja, Leire. Me cayó muy bien en la cena.
Cierro los ojos.
Él sigue hablando. Me cuenta lo de la pieza que por fin encaja en la línea de montaje, lo del coche, que ha pasado la ITV.
Yo digo «ya» en los sitios donde hay que decir «ya».
Y mientras lo escucho, tumbada, con el cuerpo todavía latiéndome por lo que me ha hecho otra persona, me pasa una cosa que no esperaba.
No siento asco de él. Ojalá. Sería más fácil.
Siento lo de siempre: que es bueno. Que es la persona más buena que conozco. Que tiene las manos grandes y limpias y recoge la mesa sin que se lo pidan. Que me ha querido cuatro años sin fallar un día.
Y que en cuatro años no me ha hecho sentir ni la mitad de lo que ella me hace con un dedo en el esternón.
¿Por qué?
La pregunta me vuelve entera, ahí, con su voz en la oreja. Él lo ha hecho todo bien. Ha sido paciente, generoso, atento. Ha preguntado «¿así?». ¿Qué más se le puede pedir a alguien? ¿Por qué con todo eso yo repasaba parciales, y con ella se me olvida cómo me llamo?
Miro a Leire. Sentada en mi cama, con la mandíbula apretada y los nudillos blancos. Furiosa. Herida. Aguantando.
Se me encoge el estómago. Ahora mismo, con él al teléfono. Solo de verla así, con esa rabia quieta, noto cómo me abro otra vez, cómo me mojo, sin que me toque, sin que me mire siquiera.
Ahí está la respuesta, y es de una simpleza que da vergüenza.
A Íñigo lo quiero. A ella la deseo. Nunca había deseado a nadie.
Creía que era lo mismo, que querer a alguien y dejarse hacer con cariño era desear.
No lo es. Desear es esto: una cosa que te coge por dentro y tira, que no pide permiso, que no es buena ni educada.
Que duele un poco. No sabía que podía desear así, y la que me lo ha enseñado es esa mujer de ahí, con el pelo corto y las manos temblando.
—¿Paula? ¿Sigues ahí?
—Sí. Perdona.
—Te dejo dormir. Mañana a las cinco estoy en llegadas. —Una pausa—. Te quiero.
Leire levanta la cabeza. Me mira.
Podría no decirlo. Podría decir «hasta mañana». Tengo la boca abierta, y los ojos de ella encima, negros, esperando.
—Y yo —digo.
Cuelgo.
El silencio dura mucho. Fuera, el viento.
—«Y yo» —repite Leire. Muy bajo.
—Leire.
—«Estoy sola.» «Ha bajado a estirar.» —Se ríe, una risa seca, sin aire—. Mientes bien, Ibarra. No lo sabía. Tampoco lo sabía de Marina, hasta que la oí.
—No me llames Marina.
—No te he llamado Marina.
—¿Qué querías que le dijera? ¿Por teléfono? ¿«Estoy desnuda en la cama de Leire, que por cierto te cae muy bien»?
—Quería que no lo cogieras con mi sabor en la boca.
Me callo. Tiene razón, y lo sabe.
Se levanta. Se queda de pie en el hueco, entre las dos camas, mirándome desde arriba. Yo sigo tumbada, desnuda. No me he tapado.
—Mañana bajamos —dice—. Él te recoge a las cinco. Te lleva a casa, te ha hecho la compra. El domingo que viene, hojaldre con su madre. ¿Y yo? Dime. ¿Yo dónde estoy, en esa semana?
—No lo sé.
—Ya. —Asiente, despacio—. Allá abajo esto no existe, ¿verdad? Esto es la montaña. La altura, que no deja dormir.
—No digas eso.
—Pues dime tú otra cosa. Dime qué le vas a decir.
—No lo sé, Leire. No lo sé. —Me incorporo sobre los codos. Me tiembla la voz—. Hace un mes yo no sabía ni que esto existía. No sé qué soy. No sé cómo se deja a alguien que no ha hecho nada malo. Solo sé una cosa.
—Cuál.
—Que con él no me he corrido así nunca. Ni una vez. En cuatro años. Y contigo no puedo parar. Y no sé si es porque eres una mujer o porque eres tú, y me da igual, porque ahora mismo, con él al teléfono, te he mirado ahí sentada, cabreada, y me he puesto así.
Abro las piernas. Que lo vea.
Lo ve. Se le corta la respiración. Le veo en la cara las dos cosas a la vez, la rabia y el hambre, peleándose.
—No me hagas eso ahora —dice entre dientes—. Estoy muy enfadada.
—Pues enfádate.
—Paula.
—Enfádate conmigo. Aquí. No te vayas a tu pared con los cascos. Házmelo enfadada.
Tarda un segundo. Uno.
Se me echa encima.
No hay boca blanda. No hay «despacio». Me coge las dos muñecas con una mano y me las clava en la almohada, por encima de la cabeza, y me besa con los dientes, y con la rodilla me abre los muslos de un golpe.
Lleva la ropa puesta. La tela áspera del pantalón contra mi piel desnuda, recién corrida, sensible. Grito en su boca.
—¿Así te folla él? —Me lo dice contra el cuello, mordiendo—. Dime. ¿Así?
—No.
—¿Te sujeta? ¿Te deja marcas?
—No.
Me muerde el pecho. Fuerte. Encima del pezón, donde mañana el bañador no va a tapar. Me arqueo contra ella.
—Pues que te la vea. Que te la vea mañana cuando te quite la camiseta y se pregunte quién te la ha hecho.
Me mete la mano entre las piernas. Sin preparar nada. No hace falta: estoy mojadísima. Tres dedos. De golpe, hasta el fondo. Se me abre la boca sin sonido.
—Mírate. Mira cómo estás. Acabas de decirle «y yo» y estás así. ¿Para quién estás así, Paula?
—Para ti.
—Más alto.
—Para ti. Joder. Para ti.
Me folla con rabia. Con todo el brazo, con el hombro, con el peso del cuerpo.
La cama golpea la pared, tac, tac, y me da igual quién haya al otro lado.
Me suelta las muñecas solo para taparme la boca cuando empiezo a gritar, y yo le muerdo la palma, y le clavo las uñas en la espalda por debajo de la camiseta, se la araño de arriba abajo, la espalda que le afeité, y ella sisea y empuja más.
—¿Te hace esto? ¿Te ha hecho esto alguna vez?
—Nunca.
—Dilo entero.
—Nadie me ha follado así nunca. Nadie. Solo tú.
—¿De quién eres?
Se me llenan los ojos de lágrimas. No de pena. De lo otro, que ya está ahí, subiendo, enorme.
—Tuya.
—Otra vez.
—Tuya, Leire. Soy tuya. No pares, no pares, no…
Curva los dedos. Aprieta con la palma. Baja la boca a mi pezón, el de la marca, y chupa encima del mordisco, y duele, y es eso, el dolor justo, lo que me tira.
Me voy. No es una marea ni una ola. Es un golpe.
Me sacude de pies a cabeza, me dobla contra ella, me arranca un grito ronco contra su mano que nadie en este pasillo puede no haber oído.
Me corro apretándole los dedos, mojándole la muñeca, las sábanas, con las piernas temblando sin control.
Y ella no para. Me lo saca todo, hasta el último espasmo, con los ojos clavados en mi cara, negros, brillantes, mojados.
Cuando termino, estoy llorando. Ella también.
Se queda encima de mí, vestida, jadeando, con la frente en mi clavícula. Saca la mano despacio. Me quedo vacía y temblando.
No me besa. No dice «hola». No me aparta el pelo de la cara.
—Esto es lo que hay —dice, sin levantar la cabeza—. Esto es lo que me haces. Me conviertes en alguien que no conozco.
—Leire…
—No. —Se incorpora. Se limpia los ojos con el dorso de la mano, brusca—. No me digas nada bonito ahora. No te lo voy a creer.
La cojo por la camiseta antes de que se levante. Tiro de ella. La tumbo, le bajo el pantalón sin pedir permiso, y le hago con la boca lo que he aprendido, con rabia yo también, sujetándole las caderas, hasta que se rompe con los dientes apretados y un sollozo en lugar del silbido.
Luego nos quedamos tumbadas, una al lado de la otra, sin tocarnos. Mirando el techo. La luz encendida.
Tengo la marca de sus dientes en el pecho. Late.
—Mañana —dice, mucho rato después—, en la furgoneta, yo delante y tú detrás.
—Vale.
—Y en el aeropuerto no me esperes. No quiero verlo recogerte.
—Vale.
—Y si allí abajo se te pasa… —Se le quiebra la voz. La endereza—. Si se te pasa, dímelo rápido. No me tengas tres meses. Eso es lo único que te pido.
Busco su mano en la sábana. La encuentro. Tarda, pero aprieta.
—No se me va a pasar.
No contesta.
La furgoneta baja durante una hora. Curva, curva, curva. La nieve se queda arriba. A mitad de bajada se me destaponan los oídos, de golpe, con un chasquido.
Y entra el aire.
Entra todo. Espeso, húmedo, a montones. Después de tres semanas respirando a medias, es demasiado. Me marea. Me llena el pecho hasta que duele.
Ella va en la primera fila, con la capucha puesta. Yo, en la última. Entre las dos, todo el equipo.
Me llevo la mano al pecho, por debajo de la sudadera. Aprieto la marca con dos dedos.
Duele. Bien.
En el bolsillo, el móvil vibra.
Ya estoy saliendo para el aeropuerto. Qué ganas de verte.