17. La cama de noventa
Una cama de noventa centímetros no está hecha para dos nadadoras.
Dormimos de lado, encajadas, con mi nariz en su nuca o la suya en la mía. Si una se da la vuelta, la otra se despierta. Se nos duermen los brazos. A las cuatro de la mañana alguien tiene siempre un pie fuera, helado.
No he dormido mejor en mi vida. Con Íñigo teníamos una de uno cincuenta y cada uno su lado.
El jueves me despierto antes que ella.
Es raro; siempre es al revés. Entra una luz gris por la ventana, de nieve. Está boca arriba, con un brazo doblado sobre la cabeza y la boca un poco abierta. Dormida no tiene nada de capitana. Tiene veintisiete años y una marca de la almohada en la mejilla.
La miro mucho rato. Me lo permito.
Tiene una cicatriz pequeña en la ceja, que nunca le había visto porque las gafas la tapan. Tiene las pestañas cortas y muy negras. Le late una vena en el cuello, despacio.
Pienso que hasta ahora, en esto, casi todo ha sido suyo. Ella me ha buscado la boca, ella me ha enseñado, ella me ha llevado. Yo me he dejado, que es lo que sé hacer. La he tocado una noche, guiada, con miedo; una vez en una ducha, otra en una piscina, anoche delante de un espejo.
A Leire la conozco de memoria en muchas cosas.
Sé cómo respira cuando va cómoda, cuándo va justa, cuándo está enfadada y cuándo aparta los ojos porque algo le puede demasiado.
Pero esto no. No sé todavía cómo responde su cuerpo cuando soy yo la que decide dónde tocarla. No sé ni dónde tiene cosquillas.
Aparto la colcha. Despacio, para no despertarla.
Empiezo a aprendérmela.
Al principio no es sexo, sino curiosidad, de la limpia. Le paso un dedo por la clavícula, a ver qué hace. Nada. Por el costado: se le eriza la piel. Por debajo del pecho, en el pliegue: suspira dormida. Detrás de la rodilla: da una patada, se ríe sin despertarse.
Cosquillas. Detrás de las rodillas. Lo apunto.
Le beso la tripa. El ombligo. Tiene un vello finísimo, rubio, que solo se ve a contraluz. Huele a sueño, a piel caliente, a nosotras.
—¿Qué haces? —Voz pastosa.
—Chsss. Estoy estudiando.
—¿Estudiando qué?
—A ti. Duérmete.
—No puedo dormirme con tu boca ahí.
—Pues no te duermas. Pero no te muevas. Hoy no mandas.
Abre un ojo. Me mira, entre divertida y alarmada.
—¿Ah, no?
—No. Hoy pregunto yo.
Se deja. Me cuesta creerlo, pero se deja: pone las manos debajo de la almohada, como las puse yo una noche en un hotel de Madrid, y me mira hacer.
Pruebo. Le rozo un pezón con la yema, apenas.
—¿Así?
—Mmm.
—¿O así? —Con la uña.
Coge aire.
—Así.
—¿Suave o fuerte?
—Empieza suave. Luego… Fuerte. Me gusta que duela un poco.
Eso no lo sabía. Lo apunto. Se lo hago: suave, con la lengua, mucho rato, y luego cierro los dientes y aprieto. Se arquea. Se le escapa un «joder» entre los labios.
Bajo. Voy preguntando. Es un juego y no lo es.
¿Aquí? ¿Más arriba? ¿Te gusta que te mire?
A algunas contesta con palabras. A la mayoría, con el cuerpo, y yo voy aprendiendo a leerlo como ella lee el mío: las caderas que se levantan, los dedos de los pies que se encogen, esa manera de girar la cara hacia un lado cuando algo le llega de verdad.
Descubro que la parte de dentro de las muñecas la vuelve loca. Que si le sujeto las caderas contra el colchón, sin dejarla moverse, se le corta la respiración. Que no le gusta que le hable mientras se lo hago, o eso dice.
—¿Por qué no?
—Porque me desconcentro. —Tiene las mejillas rojas—. La que habla soy yo.
—Ya. Tú hablas para no oírte.
Se queda callada. Le he dado.
En la piscina le robé dos frases suyas. Mías tengo pocas. He pedido, he dicho que sí, que siga, que no pare. Pero nunca he hablado como habla ella, para llevar yo la escena, para decirle lo que veo mientras la toco.
Me tumbo a su lado, de costado, con la mano entre sus piernas, moviéndola despacio, y acerco la boca a su oreja.
No me sale nada. Me entra la risa.
—¿Qué?
—Que no sé. Me da vergüenza.
—Pues no lo hagas.
—Calla. Déjame.
Respiro. Pienso en lo que me dice ella. No me sirve; son sus palabras. Pienso en lo que veo.
—Estás muy mojada —le digo. Me sale bajito, ridículo.
Se ríe.
—No te rías.
—Perdona.
—Estás muy mojada. —Otra vez. Más firme—. Te noto en los dedos. Estás caliente y resbalas, y es por mí. Me acabo de dar cuenta. Estás así porque te he mirado dormir.
Ya no se ríe.
—Me gusta tocarte. No sabía que me iba a gustar tanto. Creía que lo bueno era que me lo hicieran. Pero te meto los dedos y me aprietas, y me… —Se me encoge el vientre de oírme—. Me pongo cachonda solo de hacértelo. Ahora mismo. No me has tocado y estoy mojada.
Se le ha cortado el aire. Tiene los ojos cerrados, la boca abierta.
—Sigue —susurra.
—Me gusta cómo hueles. Me gusta cómo sabes; el otro día, en la ducha, no quería parar.
Me gusta que seas tan dura con todo el mundo y que aquí te pongas así, blanda, abierta de piernas en una cama de noventa.
—Curvo los dedos. Aprieto con la palma—.
Me gusta que te dé miedo. Que no te dejes con nadie y conmigo sí.
Gime. Alto. Se tapa la boca con el dorso de la mano.
—No te tapes. Quiero oírte. —Le quito la mano—. Eres mía. ¿Lo sabes? Llevas siete años siéndolo y yo sin enterarme. Córrete, Leire. Córrete para mí, que quiero verte la cara.
Se corre con mi nombre, con las muñecas debajo de la almohada y la cara vuelta hacia mí, mirándome, sin silbido, sin esconder nada.
Se queda jadeando. Luego me mira con los ojos como platos.
—¿De dónde has sacado eso?
—No lo sé.
Se ríe, temblando todavía.
Me sube encima de ella. Me besa.
Dos golpes en la puerta.
Nos quedamos de piedra.
—¿Chicas? —La voz de Irati, al otro lado, a medio metro—. ¿Estáis despiertas? Que son las siete y veinte y Bego está abajo con una cara…
El pomo se mueve.
No hay pestillo. Aquí arriba no se cierra nada.
Salto. No sé cómo: en un segundo estoy en la otra cama, la de la ventana, metida debajo de la colcha azul hasta la barbilla, desnuda, con el corazón saliéndoseme por la boca.
Leire se ha tapado con la sábana y tiene mi camiseta en la mano, sin saber qué hacer con ella. La mete debajo de la almohada.
La puerta se abre un palmo. La cabeza de Irati, con el pelo de punta.
—¿Qué hacéis todavía en la cama?
—Dormir —dice Leire. Con voz de capitana, ronca—. Se nos ha pasado. La altura.
Irati nos mira. A una, a otra. Mi cama, con la colcha perfectamente estirada por los lados, como si alguien acabara de meterse dentro sin deshacerla. La cama de Leire, que parece un campo de batalla. Mi pantalón del pijama, en el suelo, en mitad del hueco.
Se le queda la boca un poco abierta.
—Vale —dice despacio—. Pues… Eso. Que bajéis.
Cierra.
Oímos sus pasos alejarse por el pasillo. Muy despacio al principio. Luego corriendo.
Leire se tapa la cara con la almohada. Le tiemblan los hombros.
—No tiene gracia —siseo.
—Tu pantalón. —Se ahoga de la risa—. En mitad del hueco. Como una bandera.
—¡Leire!
—No se ha dado cuenta. Es Irati. Irati no se da cuenta ni de que respira.
Me río yo también, al final, de puros nervios, debajo de una colcha azul.
Pero mientras me visto, deprisa, de espaldas, se me pasa la risa.
En la mesilla está mi móvil. Boca abajo. Lleva así dos días. Sé lo que hay debajo sin darle la vuelta: mensajes, de la misma persona, cada noche a la misma hora. ¿Qué tal hoy? Aquí llueve. Te echo de menos.
No los he abierto.
Acabo de decirle a una mujer «eres mía» en una cama de noventa. Y hay un hombre, mil kilómetros más abajo, que cree que soy suya, y que no ha hecho nada para dejar de creerlo.
Leire me ve mirar el móvil. Se le va la sonrisa.
No dice nada. Se ata las zapatillas.
Nos quedan tres noches.