16. Dinero prestado
Esa noche duerme en su cama y yo en la mía. Es la primera vez en cuatro días que se usan las dos.
Por la mañana le escribo a Íñigo: Perdona. Mucha carga, llego muerta y me duermo. Todo bien. Te llamo el sábado. Me contesta en un minuto, con un corazón. No me pregunta nada más. Nunca pregunta nada más.
Leire no saca el tema. Nada conmigo, come conmigo, y por la noche, después de un rato largo mirando el techo, cruza el metro y se mete en mi cama sin decir palabra.
Hacemos lo que hacemos. Pero algo ha entrado en la habitación con ese mensaje y no se va.
Está en la mesilla, boca abajo, con la pantalla apagada.
Nos quedan cuatro días de montaña. Los gastamos como quien gasta dinero que no es suyo.
El miércoles Bego nos da la tarde libre. Descanso activo, lo llama: que nos dé el aire, que andemos, que no la molestemos.
El equipo entero sube por la pista forestal, con raquetas de nieve alquiladas en la recepción. Irati se cae cada diez metros. Las mellizas se hacen fotos. Nosotras nos vamos quedando atrás, sin decirlo, un poco más en cada curva, hasta que las voces de las demás son un ruido lejano entre los pinos.
No hay nadie. La nieve se traga los sonidos. El cielo es de un azul que no existe abajo.
Leire me coge la mano.
Con guantes. Dos guantes de lana, gordos, torpes. Es la primera vez que me la coge fuera de una cama, a la luz del día, andando. Me da un vuelco más grande que todo lo que me ha hecho en tres noches.
—¿Puedo? —pregunta, mirando al frente.
—Ya la tienes.
—Ya. Pero puedo soltarla.
—No la sueltes.
Andamos así un rato, sin hablar, con las raquetas crujiendo.
—¿Cuántas? —digo.
—¿Cuántas qué?
—Mujeres.
Se ríe por la nariz. Echa vaho.
—¿De verdad quieres saberlo?
—No. Sí.
—Bastantes. No llevo la cuenta, y no es por presumir; es que casi ninguna cuenta. Una noche, dos. La de la bici, tres semanas. —Se encoge de hombros—. Soy muy buena para una noche. Sé lo que hay que hacer, lo hago bien, y por la mañana me voy antes de que quieran desayunar.
—¿Por qué?
—Porque si desayuno, me preguntan cosas.
Y si me preguntan cosas, tengo que contar que hay una tía en mi equipo, con novio, a la que le veo la cara cada tres brazadas.
—Me aprieta el guante—. Solo hubo una que duró.
Ane. Dos años. La dejé hecha polvo, o me dejó ella, no lo sé.
Se cansó de dormir con alguien que estaba en otro sitio.
Pienso en una chica con rizos saliendo de una habitación de hotel. No vas a llamar. No.
—¿Y yo? —pregunto. Me sale pequeña la voz—. ¿Yo qué soy?
Se para. Me suelta la mano, se quita un guante con los dientes, y me pone los dedos fríos en la mejilla.
—Tú eres la razón por la que llevo siete años sin poder estar de verdad con nadie.
No es lo que preguntaba.
—No. Digo yo. Qué soy yo, ahora. Tengo novio. Me gustan los hombres, o eso creía. Y estoy aquí. —Trago—. No sé cómo se llama lo que soy.
Me mira un rato. Tiene la nariz roja de frío.
—No tienes que saberlo esta semana. Ni este mes.
Yo lo supe a los dieciséis porque no me quedó otra, pero no todo el mundo lo sabe así.
Hay quien tarda. Hay quien no le pone nombre nunca y vive tan tranquila.
—Me limpia un copo de la ceja—. No te lo voy a poner yo.
Bastante te han dicho ya los demás lo que eras.
Se me cierra la garganta. Nadie me había hablado así.
La beso. Ahí, en mitad de una pista forestal, con raquetas, con las narices heladas y el vaho mezclándose.
Un grito, arriba, entre los árboles. Irati, que se ha vuelto a caer.
Nos separamos. Se pone el guante. Seguimos andando, a un palmo, como dos compañeras.
Esa noche no me lleva a la cama.
—Vístete —dice a las once—. Chándal. Ven.
Bajamos descalzas dos pisos mientras el centro duerme. Al fondo de un pasillo hay una puerta doble: la sala de musculación. Leire empuja la puerta; no está cerrada, porque aquí arriba no se cierra nada.
Enciende una sola luz, la del fondo. Barras, discos, bancos, olor a goma y a hierro. Y una pared entera de espejo, del suelo al techo.
Me lleva hasta el centro. Me pone de cara al espejo. Se queda detrás.
Nos veo. A las dos. Ella, más baja, más ancha de hombros, el pelo corto revuelto, la cara asomando por encima de mi hombro. Yo, larga, pálida, con la melena suelta y los ojos muy abiertos.
—¿Qué hacemos aquí?
—Quiero que veas una cosa.
Me baja la cremallera de la sudadera, desde atrás, despacio. Me la quita. No llevo nada debajo. Me veo los pechos en el espejo, blancos, con la marca del bañador, los pezones encogiéndose con el frío de la sala.
Cruzo los brazos. Un reflejo.
—No. —Me los baja con suavidad—. Mírate.
—Leire, me da vergüenza.
—Ya lo sé. Por eso. Tú no te has mirado nunca. Te pasas la vida en bañador delante de un espejo y no te has visto ni una vez. —Me habla al oído, con los ojos en los míos a través del cristal—. Te miras para corregirte el codo. Para ver si has cogido peso. Nunca así.
Me baja el pantalón. Las bragas. Me quedo desnuda del todo en mitad de una sala de pesas, a la luz de un fluorescente, delante de mí misma.
Ella sigue vestida. Me rodea la cintura con un brazo.
—Dime qué ves.
—A mí.
—¿Y qué más?
—No sé. Los hombros muy anchos. Poco pecho. Las piernas…
—No. Eso es lo que te han dicho. —Me pone la mano abierta en el esternón—. Te voy a decir lo que veo yo. Lo que llevo todo este tiempo viendo a trozos.
Me recorre con la mano mientras habla. Despacio, sin apretar, como quien enseña una cosa en un mapa.
—Veo este cuello. Largo. Me he pasado temporadas queriendo morderlo.
—Baja—. Estos hombros, que no son anchos: son los más bonitos de la piscina.
El lunar. Aquí. Las tetas, que caben en una mano, en la mía, mira, justas.
—Me coge una, entera. Me veo en el espejo, su mano morena sobre mi piel blanca, el pezón entre sus dedos—.
Esta tripa. Esta cintura. Y estas piernas, que no se acaban nunca.
Me oigo respirar.
Miro a la mujer del espejo. Tiene la boca entreabierta. Se le están subiendo los colores, del pecho al cuello, a manchas. Se le han oscurecido los ojos grises. Tiene una mano de otra en un pecho y la espalda arqueada hacia ella.
No la conozco. Es guapa. Nunca me había parecido guapa.
—Eso —dice Leire, bajito—. Eso es lo que veo. ¿Lo ves ahora?
Asiento.
—Pues no cierres los ojos. Pase lo que pase. Quiero que veas la cara que pones. Quiero que sepas lo que tengo delante cada vez que te toco.
Baja la otra mano. Por la tripa, por el vientre. Me mete los dedos entre las piernas, desde atrás, pegada a mi espalda.
Se me cierran los ojos solos.
—Ábrelos.
Los abro.
Es insoportable y no puedo dejar de mirar. La veo tocarme. Veo su mano moverse, sus nudillos, su muñeca. Veo cómo me cambia la cara: cómo se me afloja la boca, cómo se me juntan las cejas, cómo me muerdo el labio. Veo mis propias caderas empezar a moverse contra sus dedos, solas, sin pudor.
—Mira qué mojada estás. Se ve desde aquí. Te brilla. —Me muerde el hombro, sin dejar de mirarme en el cristal—. Mira lo que haces cuando te meto los dedos.
Me los mete. Dos. Me veo abrir la boca en un grito mudo, echar la cabeza hacia atrás contra su hombro, ponerme de puntillas.
—¿Ves? Eso. Eso es lo que me vuelve loca. Esa cara. No hay nada en el mundo como esa cara.
La mujer del espejo es deseada. Se le nota. Tiene a otra detrás, comiéndosela con los ojos, temblando de ganas, y ella lo sabe, y le gusta. Le gusta que la miren así. Se abre más. Se agarra un pecho con su propia mano, se lo aprieta, mirándose.
Soy yo. Esa soy yo.
—Me voy a correr —le digo a mi reflejo.
—Mírate. No te lo pierdas.
Me miro. Me veo llegar: la tripa que se tensa, los muslos que tiemblan, mi cara, roja, abierta, con los ojos clavados en los míos. Me veo correrme. Es la primera vez en mi vida que me veo, y es lo más descarado y lo más hermoso que he visto, y me dobla las rodillas.
Me sostiene. Me sienta en un banco de pesas, de cara al espejo. Se arrodilla entre mis piernas, de espaldas al cristal.
—Ahora mírame a mí —dice.
Baja la cabeza.
La veo dos veces. Debajo de mí, su pelo corto entre mis muslos. Y en el espejo, enfrente, su espalda, su nuca, sus hombros moviéndose, y por encima mi cara, mis manos en su pelo.
Veo lo que hace falta para darme esto. La veo trabajar, entregada, de rodillas en un suelo de goma, con todo el cuerpo. Nadie se había arrodillado así delante de mí. Íñigo bajaba, cumplía, subía. Ella se queda. Le veo en la espalda las ganas que tiene.
Me corro otra vez mirándonos a las dos.
Cuando levanta la cara, mojada, sonriendo, la cojo por la sudadera y la subo al banco conmigo.
—Ahora tú. Aquí. Delante del espejo.
Se le va la sonrisa.
—No. Yo no…
—Tú tampoco te has visto.
Traga saliva. Mira el cristal por encima de mi hombro. Se ve: la capitana, despeinada, con la boca hinchada.
—Me da miedo —dice.
—A mí también me daba.
La desnudo. La siento entre mis piernas, de espaldas a mí, las dos de cara al espejo. Le abro las rodillas con las mías. Bajo la mano.
La tengo sentada entre mis piernas, con la espalda contra mi pecho. Es más ancha que yo; tengo que asomarme por encima de su hombro para vernos.
No hablo. No sé hablar como ella. Solo la toco, despacio, y miro.
Ella también mira. Al principio se mira como se mira una nadadora: los hombros, la postura, lo que sobra y lo que falta. Luego le paso la mano por el pecho, abierta, y se le va el aire, y la veo ver eso. Su propia boca abriéndose. Sus propios pezones, oscuros, endureciéndose entre mis dedos.
Se le escapa un sonido pequeño, de sorpresa.
Bajo la mano por su tripa. Dura, plana, con una línea fina de vello que no había visto hasta tenerla así, a la luz. Se le encoge debajo de mi palma. Le abro un poco más las rodillas con las mías.
No cierra los ojos. Quiere y no puede: los tiene clavados en el espejo.
La toco. Está mojada, mucho; lo veo brillar en el cristal antes de notarlo en los dedos. Me los lleno. La recorro despacio, aprendiéndola todavía, y busco en el espejo lo que no sé leer con la mano: la ceja que se le levanta, la mandíbula que se le afloja. Ahí. No. Un poco más arriba. Ahí.
Se le doblan los dedos de los pies contra el suelo de goma.
Está viendo lo que yo veo. A una mujer de veintisiete años, fuerte, con el pelo corto revuelto, sentada en un banco de pesas con las piernas abiertas, a la que alguien toca con cuidado. Sin que ella tenga que hacer nada. Sin dar una sola orden.
Se le llenan los ojos de agua. No aparta la vista.
—Así —dice. Muy bajo. No me lo dice a mí. Se lo dice a la del espejo—. Así soy.
La aprieto contra mí con el otro brazo. Le meto dos dedos, como me los mete ella. Le apoyo la barbilla en el hombro y nos miro a las dos: su cara, la mía detrás, las cuatro manos.
No hay silbido esta vez. Lo busca, lo veo, aprieta los dientes; y luego se ve hacerlo, se ve en el cristal conteniéndose, y afloja. Abre la boca. Gime, bajito, mirándose.
Se corre con los ojos abiertos. La veo yo y se ve ella: cómo se le rompe la cara, cómo se le va la cabeza hacia atrás contra mi hombro, cómo le tiemblan los muslos. Es largo. No se esconde de ningún segundo.
Después se queda apoyada en mí, floja, respirando.
—No me había visto nunca —dice.
—Ya lo sé.
—Creía que ponía cara de dar miedo.
—Pones cara de tener veintisiete años.
Se ríe. Se limpia los ojos con el antebrazo. En el espejo, dos mujeres desnudas en un banco de pesas, abrazadas, con una luz fea de fluorescente encima.
No he visto nada más bonito.