15. Tres días #3
—Ya te lo pongo yo.
La piscina.
La idea es mía. Ya todas son mías; eso también es nuevo.
El martes, a las doce y media de la noche, salimos descalzas de la habitación.
El pasillo, la escalera, la puerta de vestuarios que no se cierra con llave porque aquí arriba no hay nadie a quien cerrarle nada.
La piscina está a oscuras. Solo las luces de emergencia, verdes, y la luna entrando por la cristalera, encima de la nieve.
Cincuenta metros de agua negra, plana.
A las doce y media de la noche, el agua todavía no es de nadie.
—Estás loca —susurra Leire—. Si baja el vigilante…
—No baja. Hace la ronda a las dos. Lo he mirado.
—¿Lo has mirado?
—Tres noches.
Me mira como si no me conociera. Luego se ríe, bajito, tapándose la boca.
Me quito la camiseta. El pantalón. Me quedo desnuda en el borde, con la luna encima. No he nadado desnuda en mi vida. Diecinueve años metiéndome en el agua, y siempre con algo entre ella y yo.
Me tiro.
Es otra cosa. Es como la mañana de los jueces, multiplicado. El agua me toca toda. Entre las piernas, en los pechos, fría un segundo y luego tibia, veintisiete grados y medio, lamiéndome. Salgo a la superficie con un jadeo.
Ella se ha desnudado. Está de pie en el poyete de la calle cuatro. La luna le dibuja los hombros, los pechos, la cintura, las piernas. Es la cosa más hermosa que ha pisado esta piscina.
Se tira. Entra sin ruido. La veo venir por debajo del agua, una sombra larga, y sale pegada a mí.
Nos besamos flotando. El agua nos sostiene. No pesa nada: me rodea la cintura con las piernas y yo la llevo, despacio, hacia la pared, hacia la esquina de la escalera, donde hacemos pie.
La pongo contra el borde. De espaldas a la pared, los codos apoyados en el rebosadero, como al final de una serie.
—¿Qué haces?
—Mandar.
—¿Tú?
—Calla. —Le pongo un dedo en la boca—. Hablas mucho.
Se le escapa la risa por la nariz. Y luego ya no se ríe, porque he bajado la mano.
Debajo del agua es distinto. Más lento, más resbaladizo, todo amortiguado. La toco despacio. La abro. Le meto dos dedos y el agua entra con ellos, tibia, y ella echa la cabeza hacia atrás contra el borde.
Me sé su cuerpo. Tres días y me lo sé. Sé dónde, sé cuánto. Sé que si curvo los dedos y aprieto con la palma arriba, sin moverla casi, solo apretando, se le va la voz.
Se le va.
Pero esta vez no se queda en silencio. Esta vez pasa algo que no ha pasado.
La noto resistirse, apretar los dientes, buscar el silbido, lo contenido, lo suyo.
Y no lo encuentra. Le bajo la boca a un pezón, mojado, frío, duro, y chupo, y con la otra mano le cojo el culo y la aprieto contra mis dedos, y ella abre la boca y lo que sale no es aire.
Es un gemido. Alto. De verdad. Resuena en la nave vacía, rebota en la cristalera, vuelve.
Se tapa la boca con la mano, asustada de sí misma. Se la quito.
—No. Quiero oírte.
—No puedo, yo no… Yo nunca hago ruido.
—Conmigo sí.
Empujo. Más hondo. Más fuerte. El agua chapotea contra el borde.
—Paula. Dios. Paula.
—Pídemelo.
Abre los ojos. Negros, enormes, incrédulos. Es su frase. Se la he quitado.
—Pídemelo bien, Leire. Con todas las palabras.
Le tiembla la boca. La capitana. La que manda sin que nadie se lo pida. La veo luchar un segundo con toda una vida de no pedir nada a nadie.
—Fóllame —dice. Se le rompe la voz—. Fóllame fuerte. No pares. Por favor, no pares, hazme lo que quieras, soy tuya, joder, soy tuya desde hace siete años…
La follo. Contra la pared de la calle cuatro, con la luna encima, con el agua hasta el pecho. Ella grita. Grita mi nombre, y palabras sueltas, sucias, que no le he oído nunca, y se agarra al rebosadero con los dos brazos y sube las piernas y me rodea, abierta, entregada, sin una sola norma.
No hay silbido. Se corre a gritos, con la cabeza hacia atrás y el cuello tenso, sacudiéndose, salpicando, y el eco se lo devuelve la nave. Es largo. La sostengo. La noto cerrarse en mis dedos una vez y otra y otra.
Luego se me cae encima. Floja, temblando, con la cara en mi cuello. Tiene la respiración rota. Tardo en darme cuenta de que no es solo la respiración.
Está llorando.
—Eh. —La abrazo. La sostengo en el agua—. Eh. ¿Qué pasa?
—Nada. —Se ríe y llora a la vez—. Nada. Que nunca… Nunca me había soltado así. Con nadie. Siempre soy yo la que… —Niega con la cabeza contra mi hombro—. Me has desarmado, Ibarra. No sé qué has hecho. Me has desarmado.
La beso. El pelo mojado, la sien, los párpados.
Flotamos. La piscina está en calma otra vez, negra, plana. Encima de la cristalera, la nieve brilla.
Pienso que nunca he sido tan feliz. Lo pienso con esas palabras, que no son mías, que no he usado nunca. Me da un miedo terrible.
Subimos a la una y cuarto, mojadas, tapándonos la risa con la mano.
En la mesilla, mi móvil tiene la pantalla encendida.
Tres llamadas perdidas. Íñigo. Y un mensaje, de las doce menos diez:
¿Estás bien? Llevas tres días sin contestarme. Me estoy preocupando. Llámame aunque sea tarde.
Leire lo ve por encima de mi hombro. No dice nada.
Se aparta. Un paso.
Un palmo.