Apnea 15. Tres días #2
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15. Tres días #2

Nos sentamos en el banco de arriba, con las toallas, separadas, correctísimas. El calor aprieta. Huele a madera caliente, a eucalipto. Me corre el sudor entre los pechos. Le corre a ella por el cuello, por la clavícula, una gota, despacio.

La miro. Me mira.

—Ni se te ocurra —dice—. Aquí entra cualquiera.

Me paso la lengua por los labios.

—Paula.

Me abro la toalla.

Solo eso. La dejo caer a los lados, sentada donde estoy, y separo las rodillas. Estoy brillante de sudor de arriba abajo. La veo tragar. Veo cómo mira la puerta de cristal, el vestuario vacío al otro lado, y luego a mí. La puerta. A mí.

—Me vas a matar —dice.

Cruza el banco en un segundo. No me besa: no hay tiempo. Me pone una mano en la boca y la otra entre las piernas.

Grito contra su palma solo con el primer roce.

—Chsss. Callada. Como te oiga alguien nos echan a las dos.

Me separa más las rodillas. Pasa los dedos por mí, despacio una sola vez, como si necesitara comprobar algo. La veo cerrar los ojos un instante.

—Joder, Paula.

Vuelve a mirar la puerta de cristal.

—¿Esto querías?

Asiento debajo de su mano.

—Dímelo.

Aparta un poco la palma de mi boca, lo justo.

—Sí.

—¿Sí, qué?

Trago aire.

—Que me toques.

Me cubre la boca otra vez y hunde dos dedos en mí.

Se me escapa otro grito contra su mano. Le agarro la muñeca.

—Así —consigo decir cuando afloja apenas la presión—. No pares.

Me habla al oído, rápido, entre dientes, mientras empieza a moverlos.

—¿Querías que te follara aquí? ¿Con el equipo a diez metros?

Asiento otra vez. No sabía esto de mí hasta ahora, pero sí. Sí a todo.

—Mira cómo estás.

Saca los dedos casi del todo y vuelve a metérmelos.

—Empapada. Y esto no es sudor.

Aprieto los muslos alrededor de su mano.

—Más.

La palabra me sale sola.

Leire me mira. Esa mirada.

—¿Te pone que nos puedan ver?

—Sí.

Casi no tengo voz.

—Dios. Sí.

—Eres una caja de sorpresas, Ibarra. Siete años con cara de buena y mírate ahora. Abierta de piernas en una sauna, mojándome la mano hasta la muñeca.

Entonces deja de contenerse.

Me folla deprisa. Fuerte. Sin la paciencia de las noches. El calor me marea, la madera me quema la espalda y su mano vuelve a taparme la boca porque ya no soy capaz de callarme. Cada golpe de sus dedos me levanta del banco.

Le muerdo la palma.

Ella sisea y no la quita.

—Leire…

—Lo sé.

Niega con la cabeza y mira otra vez hacia la puerta.

—Pero rápido. Pídemelo.

La agarro del brazo.

—Haz que me corra.

Algo le cambia en la cara.

—Córrete. Ya. Rápido, que vienen. Córrete, Paula. Ahora.

Y mi cuerpo obedece.

Me corro con los ojos en blanco, mordiéndole la mano, apretándole los dedos, en silencio, con un espasmo que me sacude contra la madera. Diez segundos. Quince.

Voces. La puerta del vestuario.

Saca la mano. Me cierra la toalla de un tirón. Cuando Maialen abre el cristal ahumado, con las mellizas detrás, Leire está en la otra punta del banco, con los codos en las rodillas, mirando la estufa.

—Uf, qué calor hace aquí —dice Maialen.

—Mucho —digo yo. Me tiembla la voz. Me tiemblan las piernas debajo de la toalla.

—Estás como un tomate, Paula. ¿Cuánto lleváis?

—Demasiado —dice Leire, levantándose—. Yo me salgo.

Pasa por delante de mí. No me mira. Pero al abrir la puerta se lleva la mano derecha a la boca, como quien se limpia el sudor, y se chupa dos dedos.

Tengo que quedarme otros cinco minutos sentada, con Maialen contándome lo de su rodilla, porque no me sostengo.

La camilla.

—Te debo media descarga —dice el martes, después de comer.

Tardo en entender. Luego me acuerdo, y se me encoge el vientre: un cuarto sin ventana, un radiador, una mano que se paró en lo más alto de mi muslo. Yo no te vuelvo a tocar.

La sala de fisioterapia del centro está en el sótano, al final de un pasillo. A la hora de la siesta no hay nadie. Tiene una camilla ancha, una estufa de infrarrojos y una estantería llena de botes.

Cierra la puerta. Aquí sí hay pestillo. Lo echa.

—Desnúdate del todo. Boca abajo.

Me tumbo. Meto la cara en el agujero. Veo sus pies descalzos, el suelo de linóleo. Me tiemblan las manos, igual que aquel día, solo que ahora sé de qué.

No me pone toalla.

Enciende la estufa. El calor me cae en la espalda, rojo, lento. La oigo frotarse las palmas con aceite. Huele a almendra.

—Aquel día —dice, y su voz me llega desde arriba, tranquila— tenías el trapecio como una piedra. Y yo tenía las manos encima de ti después de tanto tiempo sin tocarte, con permiso, con una excusa. Estuve a punto de desmayarme.

Me pone las manos en la espalda. Abiertas, calientes, pesando.

Suelto el aire por el agujero.

—Te fui bajando. Así. —Baja, con toda la palma, despacio, por los lados de la columna—. Y a cada centímetro pensaba: para aquí. Para aquí. Y no paraba.

Es la misma descarga. Los mismos gestos, en el mismo orden: los hombros, los dorsales, los costados. Sus dedos rozan el borde de mis pechos, aplastados contra la camilla. Aquel día se detuvieron ahí.

Hoy no.

Se meten por debajo. Me coge los pechos con las manos llenas de aceite, desde atrás, resbalando. Me pellizca los pezones contra el cuero de la camilla.

Gimo contra el agujero.

—Esto es lo que quería hacer —susurra—. Esto. Y tú levantaste las caderas. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—Un centímetro. Creí que me lo había imaginado.

Levanto las caderas. No un centímetro: todo. El culo arriba, ofrecido.

Se ríe, ronca.

Más aceite. Lo deja caer directamente, tibio, un hilo en mitad de la espalda que me corre por la columna hasta los hoyuelos y sigue. Lo extiende con las dos manos. Los lumbares. Los pulgares en los hoyuelos, uno en cada uno, abriendo.

Luego el culo. Eso aquel día no lo tocó. Me lo amasa despacio, hondo, con el aceite; me lo separa y me lo junta, y cada vez que lo abre noto el calor de la estufa entre las nalgas.

Las piernas. Los gemelos, las corvas. Sube.

Los isquios. Una mano por fuera, otra por dentro.

La de dentro.

Sube por la cara interna del muslo con la palma entera, resbalando, y esta vez no hay bañador, no hay costura, no hay nada. La noto venir. Diez centímetros. Cinco.

Separo las piernas. Como entonces.

—Dijiste mi nombre —dice—. «Leire.» Así, pidiendo. Y yo me fui contra la pared. Dime qué me estabas pidiendo.

—Esto.

—¿El qué?

—Que no pararas. Que subieras la mano.

La sube.

Me cubre con la palma aceitada, de atrás adelante. Resbala. Todo resbala: su mano, mi piel, lo que me sale. No sé qué es aceite y qué soy yo. Me frota despacio, larga, sin ninguna prisa.

—Date la vuelta.

Me giro. Boca arriba, desnuda, brillante de aceite de los hombros a las rodillas, con la luz roja de la estufa encima. Ella está de pie junto a la camilla, vestida, con las mangas remangadas hasta el codo y los antebrazos relucientes.

Me mira como un fisio mira un cuerpo. Como algo que se sabe de memoria y va a arreglar.

—A ver dónde te duele.

Me lo hace con ese cuidado. Con oficio. Me masajea los pechos como si fueran un músculo cargado: desde fuera hacia dentro, en círculos, apretando, soltando.

La tripa. Me hunde los dedos debajo de las costillas y me hace respirar.

Los muslos, por delante, con los dos pulgares, de la rodilla a la ingle.

Una vez. Otra. Cada vez llega más arriba.

Estoy temblando sobre la camilla.

—Aquí tienes mucha tensión —dice, seria, poniéndome la mano abierta entre las piernas.

Me da la risa. Se me corta enseguida.

—Hay que soltarla. Respira.

Dos dedos, dentro, curvados. El talón de la mano, arriba, apretando. No los mueve casi. Presiona. Como cuando me deshizo el nudo del trapecio: poco a poco, cada vez más hondo, sin soltar.

—No lo aguantes. Suéltalo.

Con la otra mano me coge un pecho, resbaladizo. Se inclina. Me habla al oído, sin dejar de apretar.

—Eso es. Ya cede. Lo noto. Qué bien respondes. Un cuerpo así es un regalo para una fisio; no hay que hacer casi nada. Solo saber dónde poner el dedo.

Lo pone.

Se me levanta la espalda de la camilla. Me agarro a los bordes de cuero. Me viene despacio, hondo, como vino aquel nudo: un terrón deshaciéndose en agua caliente.

—Ahí. Ahí lo tienes. Déjalo ir.

Lo dejo ir. Me corro larga, callada, con la boca abierta y los ojos en la luz roja, apretándole los dedos, resbalando sobre el cuero. Ella no afloja hasta el final. Luego saca la mano, despacio, y me la pone abierta sobre el vientre.

—Ya está —dice—. Estás descargada.

Me río. Sin aire, floja, con el cuerpo de trapo.

—Dijiste que no me volvías a tocar.

—He dicho muchas tonterías en mi vida. Esa, la más gorda.

Coge una toalla. Me limpia el aceite ella, por delante y por detrás, con la misma mano de fisio. Me seca entre los dedos de los pies.

—Ponte calor esta noche —dice.

—¿Dónde?