Apnea 15. Tres días
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15. Tres días

No sé contar esos tres días en orden. No tienen orden. Tienen agua, comidas a las que llego tarde, entrenamientos que nado con el cuerpo dolorido y feliz, y una habitación de doce metros cuadrados donde ya solo se usa una cama.

La otra sigue hecha. La deshacemos cada mañana a puñetazos, por si entra alguien.

No dormimos. A dos mil trescientos metros no se puede, y nosotras ya ni lo intentamos.

Aprendo cosas. Aprendo que duerme boca abajo, con un brazo colgando.

Que se le eriza la nuca si le soplo. Que cuando está muy excitada deja de mandar y empieza a decir mi nombre, bajito, como una pregunta.

Aprendo mi propio cuerpo, que resulta que no conocía: que me puedo correr solo con su boca en los pechos, que puedo dos veces seguidas, tres, que hay un sitio dentro de mí que nadie había encontrado en diez años y que ella encontró en diez minutos.

Y aprendo a tener hambre. Eso es lo más nuevo. Yo no he tenido hambre nunca; he tenido apetito, ordenado, dos veces por semana. Ahora la veo atarse el bañador con los dientes y tengo que agarrarme al poyete.

Y no dejo de preguntarme por qué.

Me lo pregunto en el agua, en el comedor, tumbada a su lado con el corazón todavía desbocado.

¿Por qué con ella sí? Llevo cuatro años con un hombre que me quiere, que conoce mi cuerpo, que pone todo el cuidado del mundo.

Nunca, ni una sola vez, me he corrido con Íñigo como me corro con Leire.

Ni parecido. Con él era una ola corta y a dormir.

Con ella me rompo, lloro, pierdo la cuenta, y a los diez minutos quiero más.

Busco la razón como busco una décima. ¿Es que ella tiene mi mismo cuerpo y sabe dónde? También. ¿Es que habla, que me lo va diciendo todo, que me obliga a pedirlo? También. ¿Es que está prohibido, que es nuevo, que todo lo que me hace me lo hacen por primera vez? Seguramente.

Pero hay otra cosa, y me cuesta mirarla.

Con Íñigo siempre es lo mismo. El cuello, el hombro, la mano en la tripa pidiendo permiso, «¿así?

», «así». El mismo orden, la misma postura, el mismo cuidado.

Lo hace con amor, eso no se lo quito. Pero me toca como se toca algo que se puede romper.

No me devora. No hay juego, no hay sorpresa, no hay un solo martes distinto de otro martes.

Y yo estoy cansada. Llevo años cansada y creía que era de entrenar.

Leire me toca como alguien que ha pasado hambre.

Le tiemblan las manos. Me mira y se le va el color de la cara.

Me muerde, me sujeta, me dice al oído cosas que me ponen la piel de gallina, y cada vez es otra cosa, en otro sitio, de otra manera.

Nadie me había deseado así, y resulta que eso, sentirme deseada hasta ese punto, me pone más que nada.

Y estoy descubriendo lo que quiero yo, que es lo más raro de todo, porque nunca me lo había preguntado.

Quiero algo salvaje. Quiero que me muerdan.

Que me digan guarradas. Que me pongan a cuatro patas y me cojan del pelo.

Que me coman por delante y por detrás, sin dejar nada.

Cosas que jamás le he pedido a Íñigo y que no sabría ni cómo pedirle, porque me miraría con esa cara suya, tan buena, preguntándose si me pasa algo.

No sé si es porque es una mujer o porque es ella. Sé que cada vez que me roza se me encoge el estómago como el primer día, y que no se me pasa, y que no quiero que se me pase.

De esos tres días me quedo con cuatro sitios.

La ducha.

Es domingo, después de comer. La hora de la siesta, el pasillo en silencio. Se mete a ducharse y deja la puerta abierta. Abierta del todo. Me mira por encima del hombro mientras se quita la camiseta.

—Norma uno —le digo desde la cama.

—Ven aquí.

La ducha es un plato de setenta por setenta con una mampara que no cierra.

Apenas cabemos. El agua nos cae a las dos, caliente, y ella me besa contra los azulejos con las manos en mi culo, y yo noto su cuerpo mojado contra el mío, resbaladizo, y pienso en un pasillo, en un champú que rodó debajo de un banco, en un segundo que me costó un mes de bragas.

Baja la mano. Se la paro.

—No. Hoy yo.

—Paula…

—Quiero hacerlo con la boca. Quiero saber a qué sabes tú.

Se le dilatan los ojos. Abre la boca para decir que no hace falta, lo veo, y la cierra.

Me arrodillo. El plato de ducha es duro, el agua me cae en la espalda. La tengo delante: los muslos largos, fuertes, la tripa, la línea estrecha de vello castaño mojado. La miro desde abajo, como me miró ella en la bañera. Tiene una mano apoyada en la pared y la otra no sabe dónde ponerla.

—No sé hacerlo —le digo.

—Sí sabes. —Ronca—. Hazlo como te gustaría que te lo hicieran. No hay más secreto.

Le beso el hueso de la cadera. El muslo, por dentro, la piel más suave. Le levanto una pierna, se la pongo sobre mi hombro, y ella se agarra a la barra de la mampara.

Huele a jabón y, debajo, a ella. A ganas. La abro con los dedos. Es rosa, oscura, brillante, y la miro mucho rato, porque quiero aprendérmela, y noto cómo le tiembla el muslo en mi hombro solo de que la mire.

Saco la lengua.

Una vez. De abajo arriba. Entera.

Sabe a sal. A algo dulce debajo de la sal. A agua caliente. Es el sabor más limpio que he probado, y lo que me cruza el cuerpo al notarlo no es extrañeza: es hambre. Vuelvo. Otra vez. La lamo despacio, por todas partes, aprendiendo, y arriba oigo cómo coge aire entre los dientes.

—Así. Así, muy bien. Más… un poco más arriba. Ahí. Plana, la lengua plana. No tengas prisa. Joder, Paula. Qué boca tienes.

Me guía. Con la voz y con la mano, que por fin encuentra dónde ponerse: en mi pelo mojado, sin apretar.

Hago lo que me gustaría. Círculos, pequeños.

Luego quieta, dejándola latir. Luego la punta, rápida.

Noto cada cosa en sus caderas, que se mueven contra mi boca; en su muslo, que me aprieta el cuello.

—Méteme los dedos. Dos. Eso. Hacia ti, ya sabes dónde… Ahí. Ahí. No pares. No…

Se calla.

Ya conozco ese silencio. Me pone más que todas sus palabras. Levanto los ojos sin apartar la boca: tiene la cabeza contra los azulejos, el agua cayéndole por la cara, los ojos cerrados, la boca abierta. La mano cerrada en la barra. Se le marca cada músculo de la tripa.

Yo le estoy haciendo esto. Yo, de rodillas, con la boca.

Chupo. Suave. Se le doblan las rodillas.

—Paula. Paula. Paula.

Como una pregunta. Contesto con la lengua.

Se corre en mi boca con el silbido, el aire parado, un espasmo largo que le noto en los dedos, en los labios, en todo. La pierna de mi hombro se le cierra con fuerza. La sujeto por las caderas para que no se caiga y sigo, despacio, como ella me enseñó, hasta que me tira del pelo, sin fuerzas.

—Ya. Ya, por favor. Sube.

Subo. Me besa. Le sabe mi boca a ella y gime al notarlo.

—¿Seguro que no lo habías hecho nunca?

—Seguro.

Me da la vuelta, de cara a la pared, y me lo cobra.

Me pone las manos en los azulejos, abiertas, por encima de la cabeza. Se pega a mi espalda. El agua nos cae a las dos.

—Tengo que contarte una cosa —le digo a la pared.

—¿Ahora?

—Ahora. Si no, no te la cuento nunca.

Me besa el hombro. Espera.

—El día de la camilla. Cuando te fuiste. Llegué a casa con tu aceite encima y me metí en la ducha. Y cogí la alcachofa.

Se queda quieta.

—Me dije que me estaba aclarando. Que no eran mis manos, que no contaba. La bajé. —Me arde la cara contra los azulejos—. Dije tu nombre. En voz alta. Fue la primera vez.

—¿Y?

—Y llegó Íñigo con el pan. Me eché agua fría.

Oigo cómo coge aire. Cómo se le escapa una risa incrédula, y debajo de la risa, otra cosa.

—Me estás diciendo —dice despacio— que mientras yo estaba en mi casa, tirada en el suelo de la cocina, pensando que te había dado asco, tú estabas en una bañera con una alcachofa entre las piernas diciendo mi nombre.

—Sí.

—Y no terminaste.

—No.

Se estira por encima de mi hombro. Descuelga la alcachofa de su soporte. Es de mango, con un tubo de metal; el agua sale a presión, en hilos finos.

—Pues eso no puede quedarse así.

Se me doblan las rodillas antes de que haga nada.

—No sueltes la pared.

Me pasa el chorro por la nuca. Por la espalda, despacio, siguiendo la columna. Por los hoyuelos. Con la otra mano me rodea la cintura y me pega a ella; tengo sus pechos mojados contra los omóplatos, como aquel segundo en un pasillo.

Baja el chorro por delante. Me lo pasa por un pezón, a un dedo de distancia. Doy un grito.

—Chsss. Las paredes. —Se ríe en mi oreja—. ¿Así empezaste?

—Sí.

—¿Y luego bajaste?

—Sí.

Baja. La tripa. Más abajo. Me separa los pies con el suyo.

El chorro me da de lleno.

No es como aquel día. Aquel día estaba sola, con el mango de plástico en la mano, mintiéndome. Ahora lo sujeta ella. Lo mueve ella, en círculos pequeños, acercándolo y alejándolo, y con la otra mano me abre, para que el agua me encuentre mejor.

—Dilo —me pide—. Como lo dijiste.

—Leire.

—Otra vez. Que te oiga yo esta vez.

—Leire. Leire…

Me mete dos dedos, desde atrás, sin apartar el agua. Las dos cosas. Los hilos calientes golpeándome arriba y sus dedos dentro, curvados, apretando.

Se me van las manos por los azulejos. Me sostiene ella, con el antebrazo cruzado bajo mi vientre.

—Ahora no viene nadie con el pan —susurra—. Ahora terminas.

Termino. De pie, contra la pared de una ducha de setenta por setenta, con el agua a presión y su mano y su voz. Me sacude tan fuerte que le muerdo el brazo. Me dura lo que no me duró aquel día y dos semanas más.

Cierra el grifo. Me da la vuelta. Me aparta el pelo mojado de la cara.

—¿Alguna otra cosa que no terminaras y que yo deba saber?

Me río, sin aire.

—Una almohada.

—Luego me la cuentas.

La sauna.

El lunes por la tarde Bego nos manda a recuperación: baño frío, sauna, estiramientos. La sauna del centro es un cubo de madera para seis, al fondo del vestuario, con una puerta de cristal ahumado.

Estamos solas. Las demás van al baño frío primero. Tenemos diez minutos, quizá menos.