Apnea 13. La cuchilla
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13. La cuchilla

Una nadadora se afeita entera antes de una carrera importante.

No es por el pelo. Con la cuchilla se va también parte de la piel muerta de la superficie, y lo que queda parece nuevo.

Al día siguiente, cuando te tiras, el agua no te roza: te toca.

La notas en cada centímetro, fría, viva, como si nadaras sin piel.

Hay quien dice que eso vale dos décimas.

Yo creo que vale más. Creo que es la única vez que una siente de verdad el agua.

Es un ritual. Se hace la noche antes, en las habitaciones, de dos en dos, porque a la espalda no llega nadie sola.

Llevo tres días pensando en esa frase.

Ha sido una semana de cascos y de colcha hasta la oreja. De «sales tú», «voy». Desde aquella noche apenas me mira a la cara, y yo no le he vuelto a dar las buenas noches. La rabia me ha durado toda la semana; la he ido alimentando, brazada a brazada, porque es mucho mejor que lo otro.

El viernes, después de cenar, subo la primera. Me encierro en el baño con la puerta que no cierra, una cuchilla nueva y un bote de espuma.

Me hago todo lo que alcanzo sola. Las piernas, por delante y por los lados, despacio, del tobillo a la ingle.

Los brazos. Las axilas. Y luego, sentada en el borde de la bañera, con un pie en el lavabo, lo demás.

Nunca me lo había quitado del todo. Siempre he dejado lo justo, lo correcto.

Hoy sigo pasando la cuchilla hasta que no queda nada, hasta que me miro y no me reconozco: lisa, desnuda de una manera nueva, con la piel rosada y tan sensible que el aire me la eriza.

No me pregunto por qué lo hago. Lo sé.

Me pongo el pantalón corto de dormir y un top de tirantes. Salgo.

Leire está sentada en su cama, con su cuchilla y su toalla en las rodillas, esperando turno. Levanta los ojos. Los baja enseguida. Pero los ha levantado: me ha visto las piernas, lisas, brillantes todavía de agua.

—Todo tuyo.

Pasa a mi lado. Cierra la puerta, que se queda entornada. Oigo el agua. Tarda veinte minutos. Yo los paso sentada en mi cama, con las manos debajo de los muslos, mirando una rendija de luz.

Cuando sale lleva un pantalón corto gris y un sujetador deportivo negro. Nada de pijama largo; no se puede afeitar una espalda con pijama. Tiene las piernas recién hechas, los brazos. Coge el móvil de la mesilla.

—Voy a decirle a Irati que me haga la espalda.

—Irati está con Nahia. Les quedan las dos por hacer.

—Pues a Maialen.

—Leire.

Se para, con el pulgar encima de la pantalla.

—Siéntate —digo.

No es una pregunta. Me sale grave, despacio. Me sale con su voz.

La veo oírlo. La veo reconocerlo. Se le mueve la garganta.

—Paula…

—Es una espalda. Llevo años haciéndosela a todo el equipo menos a ti, porque tú siempre te ibas con otra. Siéntate. Mañana hay jueces.

Deja el móvil. Muy despacio.

El baño es tan pequeño que no cabemos sin tocarnos. Ella se sienta en el borde de la bañera, de espaldas a mí, con los pies dentro. Yo me quedo de pie detrás, entre sus hombros y el lavabo. Lleno el vaso de agua caliente. Agito la espuma.

Tiene la espalda más hermosa que he visto nunca. Lo sé desde hace un mes; ahora la tengo a un palmo, bajo el fluorescente, entera para mí. Ancha arriba, estrecha abajo. Los omóplatos como dos alas. La línea de la columna bajando hasta el elástico gris, y a los lados, justo encima, los dos hoyuelos.

—Quítate el sujetador.

Se queda quieta un segundo. Luego se lo saca sin volverse y se cubre por delante con la toalla. Le tiemblan un poco los dedos.

Le pongo la espuma con la mano. Abierta, desde la nuca hasta la cintura, despacio.

Está caliente. Tiene la piel caliente, tensa, y cuando mi palma le cruza los omóplatos noto cómo se le corta la respiración.

Es la primera vez que la toco queriendo.

En siete años. Extiendo la espuma con las dos manos, por los hombros, por los costados, hasta que le rozo con las yemas el principio de los pechos.

Se agarra al borde de la bañera.

—No te muevas —digo—. Que te corto.

Cojo su cuchilla.

La primera pasada va del hombro a la cintura, larga, lenta.

Deja un camino de piel limpia en la espuma, rosada, nueva.

Aclaro en el vaso. Otra. Voy muy despacio.

Con la mano libre le sujeto el hombro, o la cintura, o le aparto el pelo corto de la nuca, y cada sitio donde la toco se le pone la carne de gallina.

No habla. Ella, que habla siempre. Solo respira, por la nariz, cada vez más corto.

Así que hablo yo.

—No soy Marina.

Se pone rígida debajo de la cuchilla.

—No te muevas. —Otra pasada, por el centro, siguiendo la columna—. No soy Marina y no quiero que me vuelvas a poner su nombre. No sé qué soy. No lo sé, Leire, no voy a mentirte. No sé qué va a pasar cuando vuelva a casa. Hace un mes no me había planteado nada de esto, en eso tienes razón.

Aclaro. El agua del vaso se llena de espuma.

—Pero no decides tú lo que siento. Eso no. Llevo toda la vida dejando que los demás sepan por mí lo que me conviene. Tú no. Tú eres la única persona con la que me he enterado de algo yo sola.

Última pasada. Los lumbares. Le bajo un centímetro el elástico del pantalón con un dedo, y paso la cuchilla por encima de los hoyuelos, uno, otro. Se le escapa un sonido. Pequeño, entre los dientes.

Mojo la toalla en agua caliente. Le limpio la espalda despacio. Y luego dejo la toalla y le paso la mano, solo la mano, por la piel recién hecha. Es como tocar otra cosa. Seda. Agua.

—Ya está.

Le acerco el sujetador. Se lo pone sin volverse, todavía con la cabeza baja.

No se levanta. Tiene las manos agarradas al borde de la bañera.

—Ahora tú a mí.

Le paso mi cuchilla. Cambiamos. Me siento donde estaba ella, de espaldas, con los pies en la bañera.

No me bajo los tirantes. Me saco el top por la cabeza y lo dejo en el suelo.

—Paula. —Voz ahogada, detrás de mí—. Norma dos.

—Tú tampoco llevas el pijama largo.

Silencio. El bote de espuma, agitado demasiado tiempo.

Y sus manos.

Cierro los ojos. Son las de la camilla: calientes, largas, sabias.

Me extienden la espuma de la nuca a la cintura, y tiemblan.

No lo esconde. No puede. Me recorre los costados y esta vez no hay sábana de papel debajo, no hay camilla: estoy sentada, erguida, con los pechos al aire, y cuando sus dedos llegan al borde no hay nada que los pare, salvo ella.

Se para. Ahí. A un centímetro.

La cuchilla. Me afeita con una delicadeza que me da ganas de llorar. Pasadas cortas, exactas. Me sujeta con la otra mano abierta en la cintura, y esa mano me quema.

—Ya —dice. Ronca.

—Me faltan los muslos. Por detrás. No llego bien.

—Paula.

—Por favor.

Me levanto. Me pongo de pie dentro de la bañera, de espaldas a ella, con las manos apoyadas en los azulejos. El pantalón corto es muy corto. Oigo cómo se arrodilla en la alfombrilla. Oigo cómo traga.

La espuma, fría, en la parte de atrás del muslo.

Su mano subiendo. La cuchilla detrás, despacio, desde la corva hasta el pliegue del culo.

Una pierna. La otra. Tiene la cara a la altura de mis caderas; noto su aliento, caliente, entrecortado, en la piel mojada.

Me aparta el borde del pantalón con un dedo para llegar más arriba.

Estoy tan mojada que tengo que apretar la frente contra los azulejos.

Me aclara con la mano. Con el agua tibia, la palma abierta, subiendo por dentro del muslo. Más arriba. Se detiene.

Me doy la vuelta.

Está de rodillas delante de mí, con la cuchilla en una mano y la otra todavía en el aire. Tiene la boca abierta. Me mira desde abajo: los muslos, el pantalón, la tripa, los pechos desnudos, con los pezones tan duros que duelen. Sube hasta mis ojos. Los suyos están negros.

—No me hagas esto —susurra.

Le quito la cuchilla de la mano. La dejo en el lavabo. Le cojo la cara con las dos manos, esa cara que llevo tanto tiempo viendo a trozos, cada tres brazadas, y la levanto hacia mí, y me inclino.

—Paula, no.

—Dime que no quieres.

Se le llenan los ojos.

—No puedo decirte eso.

—Entonces cállate.

La beso.

Ella lo dijo, en un autobús: una boca de mujer es otra cosa.

No me preparó. Es blanda. Es tan blanda que no entiendo cómo he podido besar otra cosa durante diez años.

No pincha, no empuja, no va a ningún sitio.

Se abre. Sabe a pasta de dientes y a algo debajo, dulce, suyo.

Le rozo el labio con la lengua y hace un ruido, un gemido roto, de alguien que ha aguantado demasiado.

Un segundo se queda quieta. De rodillas, con las manos a los lados, sin tocarme, dejándose besar, temblando.

Luego se rompe.

Se levanta de golpe. Me coge por la cintura, me saca de la bañera casi en volandas, me empuja contra el lavabo.

Me besa ella. Me besa con hambre, con los dientes, con las dos manos en mi cara, en mi pelo, en mi nuca.

Me come la boca. Noto su cuerpo contra el mío, por fin, de frente, los muslos, la tripa, el sujetador áspero contra mis pezones.

—Joder —dice dentro de mi boca—. Joder, Paula. Siete años. No sabes. No tienes ni idea.

—Pues enséñamelo.

Me sube al lavabo. La porcelana, helada, debajo de los muslos recién afeitados; se me escapa un grito. Se mete entre mis piernas. Me besa el cuello, debajo de la oreja, me lo muerde, y baja, y sé adónde va, lo sé desde hace un mes, lo he visto tres veces con los ojos cerrados.

Se para delante de mis pechos. Los mira. Me mira a mí.

—¿En esto pensabas?

—Sí.

—Dímelo.

—Chúpamelos.

Cierra los ojos un instante, como si le hubiera dado un golpe. Luego baja la cabeza.

La lengua plana primero.

No se parecía. Nada de lo que me hice se parecía.

Es caliente, ancha, lenta, viva. Me cruza el pezón entero y se me va la cabeza hacia atrás contra el espejo.

La punta. Rápida, dura, jugando, y yo le clavo las uñas en los hombros.

Y entonces cierra la boca, y chupa, fuerte, con hambre, con ese ruido húmedo, y tira, y me muerde un poco, y con la mano me coge el otro y lo aprieta entre los dedos.

Me oigo. Estoy gimiendo con la boca abierta, sin taparme, con Irati a dos puertas. Me da igual. Le agarro el pelo corto y la aprieto contra mí.

—Qué tetas tienes —dice contra mi piel, sin aire—. Las he mirado tanto. No sabes las veces que me he corrido pensando en hacerte esto.

Cambia. La otra. Me arqueo contra ella. Tengo las piernas alrededor de su cintura y me estoy frotando contra ella sin darme cuenta, contra su tripa dura, con el pantalón empapado.

Lo nota. Baja la mano. Me la pone encima, por fuera, sobre la tela.

Se queda inmóvil.

—Dios mío. Paula. Cómo estás.

—Tócame.

—Dímelo bien.

—Méteme la mano. Tócame el coño, Leire. Por favor.

No he dicho esa palabra en voz alta en mi vida. Me sale sola, y al oírla se me contrae todo.

Aparta el pantalón a un lado. Sus dedos.

Grita ella. No yo: ella. Un sonido ronco, de asombro, cuando me toca y no encuentra nada, ni un pelo, solo piel lisa, nueva, hinchada, mojada.

—Te lo has… —Se le quiebra la voz—. ¿Para mí?

—Para ti.

Apoya la frente en la mía. Respira como al final de un doscientos.

Y me toca. Despacio. Me abre con dos dedos, me recorre de abajo arriba, y la piel recién afeitada lo siente todo multiplicado, cada yema, cada milímetro.

Tiemblo. Me encuentra el clítoris con el pulgar y hace círculos, pequeños, exactos, sabiendo.

No pregunta «¿así?». No le hace falta. Me lee como me lee los hombros.

—Mírame —dice—. No cierres los ojos. Quiero verte. Así. Qué mojada estás. No puedo ni agarrarte. Mira cómo me empapas la mano. ¿Lo notas? ¿Notas lo que te estoy haciendo?

—Sí.

—¿Qué te estoy haciendo?

—Me estás… Me estás follando con la mano.

—Todavía no. Ahora.

Me mete dos dedos. Hondo. Curvados hacia ella.

Se me abre la boca sin sonido. Es otra cosa. Sabe dónde. Empuja, despacio, y con el pulgar no suelta, y baja la cabeza y me coge un pezón con la boca, y son las tres cosas a la vez, los dedos dentro, el pulgar, la lengua, y yo ya no soy una persona, soy algo abierto encima de un lavabo.

—Estás dentro —digo. Es lo único que sé decir—. Te noto dentro.

—Estoy dentro. Te tengo. Muévete. Fóllate mis dedos, eso es, así, qué bien, qué apretada estás. Cuánto he querido estar aquí. Córrete. Córrete en mi mano, Paula, déjame notarlo.

Me rompo.

Me coge tan fuerte que le muerdo el hombro para no gritar.

Me cierro alrededor de sus dedos, una vez, otra, otra, y ella no para, no saca la mano, me lleva más allá, más, hablándome al oído, así, así, todo, dámelo todo, hasta que se me doblan los brazos y caigo contra su cuello, temblando, con las piernas colgando y lágrimas en la cara.

Me sostiene. Con el brazo libre, apretada, toda contra ella. La otra mano sigue dentro, quieta, notando cómo le lato.

Tardamos en poder respirar. No hay aire en esta montaña.

—Acabo de romper la norma —dice al fin, con la boca en mi pelo. No suena arrepentida. Suena a alguien que ha soltado un peso que llevaba mucho tiempo.

—Las dos.

—Las cuatro.

Me río. Ella también, contra mi cuello. Saca los dedos despacio y gimo. Se los mira, brillantes. Me mira a mí. Y sin dejar de mirarme se los mete en la boca.

Se me para el corazón.

—Llevo siete años queriendo saber a qué sabes —dice.

Me bajo del lavabo. No me sostienen las piernas; me agarro a ella. Tiene el sujetador puesto todavía. No la he tocado. No le he hecho nada, y está temblando igual que yo, con los ojos negros y la boca hinchada.

Le cojo la mano.

—Ven a la cama.

—Mañana hay jueces.

—Me da igual.

—Paula, yo no… Si empiezo no voy a saber parar.

—No quiero que pares. Quiero que me enseñes.

Tiro de ella. Cruzamos la puerta de contrachapado, que nunca ha cerrado.

En la mesilla, el reloj marca las diez y media.

Nadie apaga la luz.