Apnea 14. Despacio
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14. Despacio

Me tumba en su cama. No en la mía: en la suya, la de la puerta, la que lleva dos semanas mirando desde el otro lado del hueco.

Huele a ella. La almohada, la colcha, las sábanas. Hundo la cara un segundo y respiro.

Leire se queda de pie, mirándome. Con la luz encendida.

Tengo el pantalón corto torcido, mojado, los pechos al aire con la marca roja de su boca, las piernas flojas.

No me tapo. Hace un mes me habría muerto antes que dejar que alguien me mirara así, despacio, de arriba abajo, con una lámpara encima.

—Quítamelo —digo.

Se arrodilla en el colchón. Mete los dedos en la cinturilla. Tira, y yo levanto las caderas, y el pantalón baja por mis muslos recién afeitados, por las rodillas, por los pies. Lo deja caer al suelo.

No dice nada. Me mira. Se le mueve la garganta.

—Leire.

—Calla un momento. Déjame. —Tiene la voz tomada—. Llevo siete años imaginándome esto con los ojos cerrados. Déjame verlo con los ojos abiertos.

Me deja ahí, desnuda del todo, un minuto entero. Noto su mirada como una mano. En los hombros, en los pechos, en la tripa, que me sube y me baja. Más abajo. Se queda ahí. Aprieto los muslos sin querer y ella niega con la cabeza, muy despacio.

—No. Ábrelos.

Los abro.

Se muerde el labio. Cierra los ojos, los vuelve a abrir, como quien comprueba que no está soñando.

—Eres lo más bonito que he visto en mi vida —dice—. Y voy a tardar toda la noche.

Tarda.

Empieza por la boca, como dijo. Se tumba a mi lado, de costado, vestida todavía con el sujetador negro y el pantalón gris, y me besa.

Solo eso. Mucho tiempo. No tengo cómo medirlo; el reloj de la mesilla dice cosas que no entiendo.

Me besa sin ir a ningún sitio, blanda, lenta, con la mano abierta en mi mejilla.

Me pasa la lengua por el labio de abajo.

Me muerde un poco. Se aparta para mirarme y vuelve.

Yo no sabía que besar era esto. Creía que era la puerta de otra cosa. Con Leire, besar no es la puerta de nada.

Luego la mano. Baja de mi mejilla al cuello, del cuello a la clavícula. No va a los pechos. Los rodea. Me recorre el esternón con un dedo, el costado, las costillas una por una, la cintura. Me pone la palma abierta en la tripa y la deja ahí. Quieta. Pesando.

—¿Te acuerdas?

—Sí.

—¿Qué te dije?

—Que la note. Que piense en dónde podría estar.

—¿Y en qué piensas?

No contesto. Levanto las caderas contra su mano. Ella sonríe contra mi boca y no la baja.

—Todavía no. No tenemos prisa. No hay ningún sitio al que llegar, Paula. Eso es lo que quiero que aprendas esta noche. Que no hay final.

Me besa el cuello. Debajo de la oreja, donde se nota el pulso. Baja. Me habla mientras baja, sin parar, la boca pegada a mi piel, y cada palabra es un soplo caliente.

—Aquí hueles a jabón. Aquí a ti. Tienes un lunar en este hombro, lo conozco, lo he visto mil veces desde la calle cuatro. Nunca pensé que iba a ponerle la lengua.

Se la pone.

Los pechos. Ya no tiene la urgencia del lavabo.

Me los besa enteros, por debajo, por los lados, dando vueltas cada vez más pequeñas, sin llegar al centro, hasta que estoy arqueada, buscándole la boca con el pezón como una ciega.

Cuando por fin lo coge, despacio, con los labios nada más, se me escapa un sollozo.

—Chsss. Ya. Ya lo sé. Te gusta mucho esto, ¿verdad? Lo noté el primer día. En la camilla. Te pasé los dedos por aquí, por el borde, y se te puso la piel de gallina hasta los riñones. Casi me muero.

Chupa. Suave. Luego fuerte. Luego suave otra vez. Me tiene ahí una eternidad, de un pecho al otro, con la mano quieta en mi tripa, y yo me retuerzo debajo, mojando su sábana, con los dedos en su pelo. Noto que podría correrme así. Solo con esto. Lo noto venir desde lejos, redondo, lento.

Ella también lo nota. Afloja.

—No. Así no. Quiero que te corras en mi boca.

Se me encoge todo el cuerpo.

Baja. La tripa. Me mete la lengua en el ombligo y me río, nerviosa, sin aire, y ella se ríe también contra mi piel. Las caderas. Me besa el hueso, uno, luego el otro. Me coge las piernas por debajo de las rodillas y me las dobla, me las abre, se tumba entre ellas con los codos en el colchón.

Levanto la cabeza. Tengo que verlo.

Está ahí. Su pelo corto, castaño, entre mis muslos. Los hombros anchos. Me mira desde abajo, por encima de mi tripa, con los ojos negros y brillantes.

—La parte de dentro de los muslos —dice— es la piel más suave que hay en un cuerpo.

Me la besa. Un lado. El otro. Sube, tan despacio que me tiemblan las piernas en sus manos. Noto su aliento donde estoy más mojada. Se queda ahí, a un dedo, respirándome.

—Hueles a ganas.

—Leire, por favor.

—¿Por favor qué?

—Cómeme.

Me abre con los dedos. Con cuidado. Me mira. Me mira mucho rato, ahí, con una atención que me arde en la cara, y yo dejo caer la cabeza en la almohada y me tapo los ojos con el brazo.

—No te tapes. Estás preciosa. Estás tan mojada… Y sin nada, toda lisa, para mí… —Se le rompe la voz—. Mírame, Paula. Mira cómo te lo hago.

Bajo el brazo. La miro.

Saca la lengua. Y me la pasa. Una vez. De abajo arriba, entera, sin prisa.

No grito. No me sale. Se me va todo el aire en un gemido largo, bajo, que no reconozco, y se me levantan las caderas de la cama y ella me las sujeta con el antebrazo cruzado sobre el vientre.

Otra vez. Otra.

Nadie me lo había hecho así. Íñigo conocía el camino y no se desviaba; iba, llegaba, cumplía.

Leire no va a ningún sitio. Se pasea. Me lame despacio, con la lengua plana, por todas partes, por los lados, por dentro, bebiéndome, y hace ruidos, pequeños gemidos de gusto, como quien come algo que lleva años deseando.

Me recorre con la punta. Me rodea el clítoris sin tocarlo, una vuelta, dos, diez.

Cuando por fin lo roza, apenas, de lado, veo una luz blanca.

—Ahí —digo.

No necesitaba decírselo. Ya estaba ahí. Me lee las caderas, las manos, el temblor de los muslos. Encuentra lo que me gusta antes de que yo lo sepa: suave, en círculos, y luego un poco más fuerte, y luego quieta, la lengua quieta y caliente encima, dejándome latir contra ella.

Levanta la boca un segundo. Tiene la barbilla mojada.

—Sabes mejor de lo que me imaginaba. Podría quedarme aquí hasta mañana. ¿Quieres que me quede aquí hasta mañana?

—Sí.

—¿Quieres mis dedos?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos. Como en el lavabo.

Me los da. Despacio, hondo, curvados. Y vuelve con la boca.

Ya no pienso. No hay parciales, no hay plazas, no hay un chico abajo doblando camisetas. Hay una lengua, dos dedos, y una voz que de vez en cuando se separa de mí lo justo para decirme cosas, así, mi vida, muévete, dámelo, qué bien sabes, y que me vibra dentro cuando habla sin apartarse.

Sube despacio. No es una ola. Es una marea. Va llenándome desde los pies, sin urgencia, sin borde, y yo me dejo, floto, con las manos en su pelo y los ojos abiertos mirando el techo de una habitación a dos mil trescientos metros.

—Me voy —le aviso, con un hilo de voz.

No afloja ni acelera. Sigue exactamente igual. Eso es lo que me deshace: que no cambia nada, que me sostiene ahí, constante, paciente, mientras me voy abriendo.

Me corro en su boca. Larguísimo. Sin sacudidas, sin gritar: un orgasmo hondo y lento que me arquea y me deja colgada, temblando, con la boca abierta, una eternidad. Se me cierran los muslos alrededor de su cabeza. Ella gime contra mí, y me lame despacio mientras dura, y no para cuando termina.

No para.

—Leire. Ya. Ya está.

—No está. —Contra mi piel—. Te he dicho que no hay final. Respira. Déjame.

Me sujeta. Baja el ritmo, me lame alrededor, donde no duele, espera a que el cuerpo se me calme. Y cuando se me calma, vuelve. Tan suave que casi no es nada. Y la marea, que creía que se había ido, sube otra vez.

La segunda me coge llorando.

La tercera no sé distinguirla de la segunda.

En algún momento sube. Se tumba encima de mí, despacio, todo su peso. Me besa. Sabe a mí. Tengo la cara mojada, el pelo pegado a la frente, las piernas que no son mías.

—Hola —dice.

—Hola.

Se ríe. Me aparta el pelo de la cara con dos dedos. Me mira con una ternura que me asusta más que todo lo anterior.

Sigue vestida. El sujetador negro, el pantalón gris. Todo ha sido para mí. Noto, contra mi muslo, que el pantalón está húmedo.

Le pongo las manos en la espalda. La piel que le he afeitado yo. Seda. Subo hasta el elástico del sujetador.

—Ahora tú —digo.

Se pone tensa.

—No hace falta.

La misma frase. A través de una pared, en Madrid, con otra.

—Calla —le digo—. Ven aquí.

—Paula, de verdad. Esta noche era para ti. Yo estoy bien, yo…

—Tú llevas siete años sin poder más. Me lo has dicho. Y siempre das, ¿verdad? A todas. Y luego dices que no hace falta.

No contesta. Le tiembla la barbilla.

—Yo no sé hacerlo —le digo—. No he tocado a una mujer en mi vida. Así que me vas a tener que enseñar. Pero quiero. No sabes cómo quiero.

Le saco el sujetador por la cabeza. Ella levanta los brazos, dócil de pronto, como una niña.

Sus pechos. Los he visto mil veces debajo de una ducha y nunca así, a un palmo, para mí. Pequeños, altos, los pezones oscuros, apretados. Los toco con las yemas. Se le corta el aire.

La tumbo boca arriba. Le bajo el pantalón. Ella me ayuda con los pies, y se queda desnuda en la cama, con un brazo sobre los ojos.

—No te tapes —le digo—. Tú a mí no me has dejado.

Baja el brazo. Está roja hasta el cuello.

La miro como me ha mirado ella. Los hombros, la tripa dura, las caderas. La línea estrecha de vello castaño, recortada, y debajo, entre los muslos entreabiertos, brillando.

Por mí. Está así por mí. Sin que la haya tocado.

Empiezo por donde sé. Por la boca. Luego el cuello, donde otra le dejó una marca; le dejo yo una encima. Los pechos. Me meto un pezón en la boca y es lo más raro y lo más fácil que he hecho nunca. Sabes lo que estás tocando porque tú tienes lo mismo. La lengua plana. La punta. Chupo.

Se arquea. Se agarra a la sábana. No gime: coge aire por la nariz y lo suelta por la boca, corto, roto.

—Háblame —le pido—. Dime cómo.

—Así. Así está bien. Más… Más fuerte. Muerde un poco.