12. Marina
Cuando me despierto, su cama está hecha.
Hecha de verdad, con la colcha azul estirada y la almohada en su sitio, como si no hubiera dormido nadie. Son las seis y cuarto. Fuera ha dejado de nevar y la ladera es de un blanco que hace daño.
Me quedo un momento tumbada, mirando esa cama. Tengo el cuerpo flojo, contento, con una pesadez nueva en los muslos. Me acuerdo de todo. De cada palabra. Me tapo la cara con la almohada y me río contra ella como una cría.
En el comedor, Leire está en la otra punta de la mesa, entre Bego y Maialen, con un café entre las manos. No levanta la vista cuando entro.
—¿Y a ti qué te pasa? —Irati me mira por encima de las tostadas—. Tienes cara de haber dormido.
—He dormido.
—Aquí no duerme nadie. Yo llevo cinco noches viendo el techo. ¿Qué te has tomado?
—Nada.
—Pues pásame un poco de nada.
Me sirvo el desayuno. Me siento. La miro, a seis sillas de distancia. Tiene ojeras, la mandíbula apretada, y un cuidado enorme en no mover los ojos de la taza.
No me asusto. Todavía no. Pienso: le da vergüenza. Pienso: esta noche.
En el agua nada como si la persiguieran. No me espera en la pared.
Esa tarde, cuando subo de la sesión de gimnasio, me la encuentro en la habitación. Sentada en el borde de su cama, vestida, con las zapatillas puestas y los codos en las rodillas. Ha encendido la luz del techo, la grande, la fea, la que no usamos nunca.
—Cierra —dice.
Cierro. Me quedo de pie, con la toalla al cuello.
—Siéntate. Ahí, en la tuya. Tenemos que hablar. Con luz.
Me siento. El metro entre las dos camas, a la luz del fluorescente, no tiene nada de la noche. Es un trozo de suelo de terrazo con una mesilla.
—Lo de anoche no se repite.
—Leire…
—Déjame. Si no lo digo de un tirón, no lo digo. —Se mira las manos—. Me preguntaste en el autobús por qué tengo una norma. Te dije que otro día. Es hoy.
Respira hondo.
—Se llamaba Marina. Se llama; no se ha muerto. Nadaba en el club. Tú no la conociste por dos meses: se fue en junio y tú llegaste en septiembre.
No sé por qué, pero se me encoge algo en el estómago antes de que siga.
—Yo tenía veinte años. Ella, veintidós. Guapa, lista, la mejor del equipo, con un novio de toda la vida que venía a verla a las competiciones con una pancarta. Y un día, en un campeonato en Palma, compartiendo habitación, me dijo que tenía curiosidad.
La palabra cae en el terrazo. Curiosidad.
—Yo llevaba un año loca por ella y callándomelo, que es lo que hago yo.
Así que cuando me dijo eso, no pensé. Fueron tres meses.
A escondidas, claro, en los viajes, en su coche, en el cuarto de material.
Me decía que conmigo era distinto. Que nunca había sentido nada igual.
Que iba a dejarlo. —Se le tuerce la boca—. Todas las cosas que se dicen.
—¿Y qué pasó?
—Que nos vieron. Una compañera, en el vestuario, tarde.
Nada grave, un beso. Pero al día siguiente lo sabía todo el club.
Y Marina… —Se frota la cara con las dos manos—.
Marina dijo que había sido yo. Que yo llevaba meses insistiendo.
Que la había confundido, que se había aprovechado un momento malo con su novio y yo había estado ahí, encima, sin dejarla en paz.
Lo dijo delante de Bego. Lo dijo llorando.
Y la creyeron, porque ella tenía un novio con una pancarta y yo era la lesbiana del equipo.
No digo nada. No hay nada que se pueda decir.
—Se casó con él el verano siguiente. Tienen una cría.
Me la encuentro a veces en la Concha y cruza de acera.
—Baja las manos. Tiene los ojos secos, duros—.
Y yo me quedé. Con veinte años, en un vestuario donde durante una temporada entera las demás se tapaban con la toalla cuando entraba yo.
¿Sabes lo que es eso? Ducharte la última.
Que nadie quiera compartir habitación contigo.
Bego no dijo nunca nada, pero estuvo un año poniéndome en individual.
No por privilegio de capitana. Yo no era capitana de nada.
La habitación individual. Irati riéndose: qué morro tienes, tía.
—Así que aprendí. No miro. No rozo. Dejo siempre sitio. Me lo gané a pulso, Paula; tardé años en que se les olvidara, en que una cría como Irati pudiera hacerme bromas sobre mis novias sin que nadie se pusiera tenso. Y lo hice así: siendo la que nunca, jamás, toca a una compañera.
Un palmo. Siete años dejando un palmo.
—Y entonces llegaste tú —dice, más bajo—. En septiembre. Con diecinueve años y esa manera de nadar. Y Bego te puso en su calle.
Me quedo helada.
—¿La cinco?
—La cinco era la de Marina.
Tardo en poder tragar. Siete temporadas. Cada mañana de siete temporadas ha sacado la boca del agua, en los largos de vuelta, y se ha encontrado mi cara en el sitio exacto donde había estado la otra.
—Yo no soy Marina.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Me estás mirando y la estás viendo a ella.
—Te estoy mirando y estoy viendo a una tía con novio que hace un mes no se había planteado esto en su vida.
—Lo dice sin crueldad. Cansada—. Que está a dos mil metros, lejos de casa, sin dormir, con el cuerpo revuelto, en una habitación con la única lesbiana que conoce.
No te estoy insultando. Te estoy diciendo lo que veo. Y lo que veo ya lo he visto.
—No es curiosidad.
—Marina también dijo que no lo era. Al final.
—Leire.
—Abajo te espera un chico que te hace la maleta, Paula.
Me lo contaste tú. Te dobla las camisetas en tres.
—Se le quiebra un poco la voz y la endereza—.
Dentro de dos semanas bajas, él te recoge, y esto habrá sido una cosa rara que te pasó en la montaña.
Y a ti se te pasará. Y yo me quedaré otra vez en el vestuario, mirando al suelo. No puedo. Una vez pude. Dos no.
Se levanta. Coge la sudadera de la silla.
—No soy un experimento. No soy tus vacaciones en la nieve. Lo de anoche fue culpa mía, que soy la que sabe, y te pido perdón. No se repite.
—No me pidas perdón.
—Pues no te lo pido. Pero no se repite.
Abre la puerta. Se para, con la mano en el pomo, sin volverse.
—Y que conste una cosa, porque no quiero que te quedes con otra idea. No es que no quiera. —Aprieta el pomo como si fuera a arrancarlo—. Es que quiero tanto que no me fío ni de mí.
Se va.
Esa noche se acuesta con los cascos puestos, de cara a la pared. La siguiente, también. Y la otra.
No hay luna. No hay mano en el hueco. Hay una espalda, una colcha azul hasta la oreja y el zumbido mínimo de una música que no distingo. Cumple sus normas con una exactitud que da miedo: la puerta del baño, el pijama largo, las diez y media.
Yo cumplo las mías, que son no llorar y no suplicar.
Los primeros dos días estoy triste. Me arrastro por el agua, mastico sin hambre, miro el móvil. Íñigo me escribe cada noche: ¿Qué tal hoy? Aquí llueve. Te echo de menos. Le contesto bien, cansada, y yo. Cada mensaje me pesa como una piedra en el bolsillo.
Al tercer día dejo de estar triste.
Me pasa en mitad de una serie, en un largo de vuelta, cuando saco la boca del agua y veo su cara, la mejilla, el cristal ahumado, mirando deliberadamente al fondo para no encontrarme. La pena se me convierte en rabia.
Rabia contra una tal Marina, a la que no he visto nunca y a la que cruzaría la cara en mitad de la Concha.
Y rabia contra Leire.
Porque lo ha decidido ella. Ella sola, sentada en su cama, con la luz del techo encendida: quién soy, qué siento, cuánto me va a durar y con quién voy a acabar.
Me ha puesto en la calle de otra, me ha dado el nombre de otra, y me ha explicado mi propia vida como si yo fuera una niña que no sabe lo que se hace.
No tienes ni idea de lo que estás haciendo. Y yo sí.
Llevo veintiséis años dejando que otros sepan por mí. Mi madre, lo que hay que estudiar. Bego, cuántos metros. Íñigo, sin querer, con su cuidado, cómo tengo que correrme. Soy una persona de órdenes. De seguirlas.
Nado el siguiente cien con los dientes apretados y Bego mira el cronómetro dos veces.
El martes hay control. Nada oficial: un doscientos desde arriba, calles cuatro y cinco, para ver cómo va asimilando el cuerpo la altura.
Subo al poyete. A mi izquierda, ella se agacha, agarra el borde, mete la cabeza entre los brazos. La espalda. Los dorsales como dos alas plegadas. No la miro sin verla. La miro viéndola, sabiendo lo que hay debajo de ese bañador y cómo suena cuando se rompe.
El silbato.
Ella sale medio cuerpo por delante. Más explosión. Yo, más fondo. Nuestra historia en una frase.
Pero el fondo, a dos mil trescientos metros, lo es todo.
Primer cincuenta. Segundo. Viraje, largo de vuelta, su cara. Esta vez me mira. No puede evitarlo, va al límite y el cuerpo hace lo que sabe. Mejilla, boca, cristal.
Tercer cincuenta. Donde no se puede mentir.
No le miento a nadie. Le digo a mi cuerpo la verdad: que estoy furiosa, que la quiero, que no soy Marina, que nadie más va a decidir por mí qué es lo que siento. Y el cuerpo, en vez de hundirse, se enciende. Noto el ácido subir por los antebrazos y me da igual. Le como el hombro. Le como la cabeza.
Último viraje. Último largo. Su cara, cada tres brazadas, cada vez más atrás.
Toco la pared.
Me cuelgo del borde, ciega, con el pecho reventando. No hay aire en esta montaña. Arriba, la voz de Bego, y por una vez le noto algo que casi es alegría:
—Ibarra, dos cero cuatro tres. Aramburu, dos cero cuatro cuatro. Para la altura que hay, una barbaridad las dos. —Pausa—. Ya era hora, Ibarra.
Una décima.
Siete años. Lo que dura un parpadeo. Esta vez, del otro lado.
Me quito las gafas. Ella está colgada de la corchera, a un palmo, con el cerco rojo alrededor de los ojos y la boca buscando aire. Me mira. No hay rencor en su cara. Hay otra cosa, peor de ver: orgullo. Está orgullosa de mí.
—Enhorabuena —dice, sin resuello—. No te he visto venir.
—No. —Me sale la voz dura, rota por la falta de aire—. Estabas mirando a otra.
Se le borra la sonrisa.
Salgo del agua de un salto, sin escalera, como sale ella. Me quedo de pie en el borde, con el cuerpo mojado, y no le doy la mano.
—Atención todas. —Bego da dos palmadas—.
El sábado hay toma de tiempos oficial. Vienen jueces de la Federación, cuenta como marca.
Os quiero como si fuera una final: bañador de competición y rasuradas de arriba abajo.
Enteras. La noche antes, en las habitaciones.
Ayudaos entre vosotras con la espalda, como siempre.
No miro a Leire.
No me hace falta. La oigo, a mi espalda, dejar de respirar.