Apnea 11. A oscuras
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11. A oscuras

El cuerpo aprende. Bego tenía razón, como siempre. Al tercer día subo la escalera sin pararme; al cuarto termino un cuatrocientos sin ver puntos. La sangre se me espesa, dicen, fabrica lo que le falta. El cuerpo es obediente: si le quitas el aire, inventa otra manera de respirar.

Lo que no aprende es a dormir.

Y la norma tres se cae sola, porque nadie puede estar cuatro noches despierta a un metro de otra persona despierta sin decir nada.

La primera en hablar es ella, la segunda noche.

¿Estás bien? ¿Respiras? Respiro. La tercera noche soy yo: le pregunto por qué estudió fisioterapia y no ejerce.

Tarda en contestar. Luego contesta, mirando al techo, con la voz baja de la oscuridad, y me cuenta que su madre limpia un ambulatorio en Errenteria y quería una hija con bata blanca; que se sacó el título por ella, a ratos, entre entrenamientos; que el día que nade su última carrera tendrá veintinueve o treinta años y unas manos que saben hacer una cosa, y que le da pánico.

No sabía nada de eso. Siete temporadas.

Yo le cuento lo de mi madre, que pregunta si el Europeo se paga. Lo de los Juegos, las dos centésimas. Que a veces doy clase a los críos del cursillo y pienso que eso es lo único de verdad útil que hago en el día.

A oscuras es fácil. No se ven las caras. Las palabras salen de una cama, cruzan el metro y entran en la otra. Me doy cuenta de que la norma no era contra mí. Era contra esto. Leire sabía, antes que yo, lo que pasa cuando dos personas se hablan sin verse.

La cuarta noche le pregunto por la primera chica.

—Paula.

—Solo eso. No te pregunto qué hacíais.

Suspira. Pero me lo cuenta. Dieciséis años, un campamento de natación en Jaca, una monitora de diecinueve con una trenza. Un beso detrás de las duchas que le duró todo el invierno.

—¿Y lo supiste? ¿Así, de golpe?

—Lo supe siempre. Eso fue solo cuando dejé de tener que imaginármelo.

Me quedo callada. Lo supe siempre. Yo no he sabido nada nunca. Yo he ido donde me decían: al agua, a la carrera, a los brazos del primer chico bueno que me quiso. He necesitado veintiséis años y un pasillo estrecho.

—Duérmete —dice.

No me duermo. Ella tampoco. Lo oigo.

La quinta noche hay tormenta. El viento golpea el edificio como si quisiera arrancarlo de la ladera, y la nieve cruje contra el cristal. Han cortado la calefacción a las once. Estamos cada una debajo de su colcha azul, y la luna, entre nube y nube, entra y sale del hueco.

Llevo cinco días mirándola. Con permiso, casi: en una habitación de doce metros cuadrados no hay otro sitio donde mirar.

La he visto dormida a las seis de la mañana, boca abajo, con un brazo colgando.

La he visto salir del baño vestida de pies a cabeza, con el pelo mojado y el pijama abrochado hasta arriba, cumpliendo sus normas una por una como quien reza.

He visto cómo le cuesta. Cómo aparta los ojos.

Cómo se le pone la voz cuando me agacho a por las zapatillas.

Llevo cinco noches con las manos encima de la sábana.

Hoy no puedo más.

—Leire.

—Mmm.

—Tengo que decirte una cosa.

—Si es de la camilla, norma cuatro.

—No es de la camilla. Es de después.

Silencio. El viento.

—Me toqué pensando en ti.

Lo suelto así. Sin adorno. Lo he ensayado de veinte maneras y al final me sale la más corta.

No se mueve. No respira. Pasa tanto rato que pienso que no me ha oído, y entonces oigo los muelles, un crujido mínimo, como de alguien que se ha puesto rígido de la cabeza a los pies.

—No me digas eso.

—Tres veces.

—Paula, cállate.

—En mi casa. La noche que Íñigo se fue a Bilbao.

—Cállate. —Tiene la voz estrangulada—. Por favor. No sabes lo que… Tú no sabes lo que me estás haciendo.

—Pues dímelo tú. Que la que sabe eres tú.

Otra vez el silencio. Pero ya no es el mismo. Es un silencio que respira. La oigo, al otro lado del hueco, coger aire por la nariz y soltarlo por la boca, corto, entrecortado. La conozco. Sé cómo respira cuando va cómoda.

No va cómoda.

Tengo el corazón en la garganta. Entre las piernas, ese pulso. Estoy mojada desde que he dicho la primera frase, desde que me he oído decirla.

—Pregúntame en qué pensaba.

—No.

—Pregúntamelo.

La luna sale. La veo: boca arriba, la colcha hasta el pecho, un brazo doblado sobre los ojos, como si le molestara una luz. Tiene la boca entreabierta. Le sube y le baja la colcha.

Tarda. Tarda una eternidad.

—¿En qué pensabas?

Casi no es voz. Es un hilo, ronco, vencido.

—En tu boca.

Se le escapa un sonido. Pequeño. Del pecho.

—¿Dónde?

—En mis pezones.

—Dios.

—La lengua plana primero. Luego la punta. Y luego…

—Y luego chupas —termina ella, en un susurro, y se le rompe la voz en la última sílaba.

Ya está. Lo noto como se nota en el agua el momento exacto en que la otra cede: no se ve, se sabe. Baja el brazo de los ojos. No me mira; mira al techo. Pero deja de estar rígida.

—Escúchame bien —dice. Y ya es la otra voz. La de la pared. Grave, despacio, sin un temblor—. No voy a tocarte. ¿Me oyes? No voy a cruzar ese metro. Tú tienes novio y yo tengo una norma, y mientras yo esté en esta cama y tú en esa, no la he roto.

—Vale.

—Pero no puedo más, Paula. Llevo siete años sin poder más. Y tú vienes y me dices eso.

Siete años. Se me cierran los ojos.

—Así que vas a hacer lo que yo te diga. Y yo no me voy a mover de aquí. ¿Estamos?

—Estamos.

—Quítate el pantalón.

Me lo quito. Debajo de la colcha, con las manos torpes, levantando las caderas. El pantalón del pijama, largo, de norma dos, y las bragas con él. La sábana fría contra el culo desnudo. Me recorre un escalofrío.

—¿Ya?

—Ya.

—Súbete la camiseta. Hasta arriba.

Me la subo. El aire helado de la habitación sin calefacción me muerde los pechos. Se me ponen los pezones como piedras.

—Aparta la colcha. Quiero que tengas frío.

La aparto. Me quedo desnuda de las clavículas a los pies, en una cama de noventa, con la luna entrando y saliendo. No sé si me ve. Sé que podría.

—Ahora pon una mano en la tripa. Abierta. Y no la muevas.

La pongo. Me arde la piel debajo.

—Esa mano es mía —dice—. No es tuya. Tú no decides adónde va. ¿Está claro?

Asiento. Se me olvida que no me ve.

—Sí.

—Bien. Con la otra, tócate un pezón. Solo uno. Con un dedo mojado. Despacio. Como si no tuvieras ninguna prisa, porque yo no la tendría.

Me mojo el dedo en la boca. Me rozo. Un círculo. Se me arquea la espalda sola.

—Así. Eso es mi lengua. Plana. Caliente. Te estoy mirando mientras lo hago. Me gusta mirarte. No sabes las veces que te he mirado, Paula. En la ducha. Con los ojos cerrados tú, y yo mirándote el agua bajar por la espalda y pensando que si no me iba me iba a volver loca.

Gimo. No lo puedo evitar. Sale solo, con la boca abierta.

—Eso. No te calles. Quiero oírte. Ahora pellízcalo. Fuerte. Más. Esa es mi boca cerrándose. Te lo estoy chupando. Te lo meto entero y tiro, y tú levantas la espalda de la cama para dármelo.

Levanto la espalda de la cama.

Ya no hay nada elegante en mí. Tengo las piernas abiertas sobre la sábana, las rodillas caídas, y la mano de la tripa, la suya, quieta, pesando, a cuatro dedos de donde me estoy derritiendo. La noto ahí como una brasa. Me tiemblan los muslos de las ganas de bajarla.

—Leire.

—¿Qué quieres?

—Baja.

—Dímelo bien.

—Baja la mano. Por favor.

—Todavía no. —Se le oye la sonrisa, y debajo de la sonrisa, el aire que le falta—. ¿Estás mojada?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Mucho. Estoy… Me noto la sábana.

Un sonido ronco, al otro lado. Y luego otro ruido, que reconozco aunque no lo haya oído nunca: tela. Una cinturilla elástica. La colcha que se mueve con un ritmo pequeño, contenido.

Se está tocando.

A un metro de mí, Leire Aramburu tiene la mano entre las piernas.

Giro la cabeza. La luna sale un segundo y la veo: de perfil, la barbilla levantada, los ojos cerrados, el brazo perdido debajo de la colcha y el hombro que sube y baja, despacio.

Se muerde el labio. Es lo más hermoso que he visto en mi vida.

—No me mires —dice, sin abrir los ojos.

—No puedo no mirarte.

—Entonces mírame. —Traga saliva—. Baja la mano. Despacio. No te toques todavía. Solo ábrete con dos dedos y dime cómo estás.

Bajo. La mano que no es mía. Me abro. Estoy tan hinchada, tan resbaladiza, que me asusto otra vez.

—Mojadísima —digo. Me sale la palabra sola—. Muchísimo, Leire.

—Joder. —Se le acelera el hombro—. Vale. Ahora un dedo. Arriba. Ya sabes dónde. En círculos, pequeños. Es mi lengua. Estoy entre tus piernas, tengo tus muslos en los hombros, y te estoy comiendo despacio, despacio, y sabes tan bien que no pienso parar aunque me lo pidas.

Me toco.

Es demasiado. El primer roce me arranca un grito corto que ahogo contra el hombro. El viento lo tapa. Dos habitaciones más allá duerme Irati; al fondo del pasillo, Bego. Me da igual. Hago círculos, pequeños, como ella dice, y cada palabra suya me cae encima como un dedo más.

—Así. Qué bien lo haces. Mueve las caderas. Fóllate mi boca, Paula. Eso. Ahora mete dos dedos. Hacia ti. Hondo. Son los míos. Te estoy follando con los dedos y no dejo de lamerte y estás tan apretada, tan caliente…

Se le cortan las frases. Ya no manda como antes. Habla a golpes, entre jadeos, con la colcha moviéndose rápido, sin disimulo. Oigo el ruido húmedo de mi propia mano. Oigo el de la suya.

—Dime qué notas.

—Te noto dentro.

—¿Sí?

—Estás dentro. No pares. No pares de hablar.

—No paro. Estoy aquí. Te tengo. Mírame.

La miro. Ha vuelto la cara hacia mí. Tiene los ojos abiertos, negros, enormes, la boca abierta, el pelo pegado a la frente. Nos miramos a través del hueco, cada una en su cama, cada una con su mano, sin tocarnos, y es como si me estuviera atravesando.

—Me voy a correr —digo. Nunca lo he dicho en voz alta. A nadie.

—Espera.

—No puedo.

—Espérame. Un segundo. Aguanta. Aguanta, que voy contigo.

Aguanto. Con los dientes apretados, con los dedos de los pies encogidos, al borde, temblando, mirándola. La veo arquearse. Veo cómo se le tensa el cuello. Y oigo, entre sus dientes, fino, el silbido.

—Ahora —dice—. Córrete. Córrete para mí, Paula.

Mi nombre.

Me rompo con los ojos abiertos. No los cierro.

Quiero verla. Me coge desde los pies y me levanta de la cama, y me muerdo el antebrazo para no gritar, y la veo a ella irse al mismo tiempo, en silencio, la cabeza hacia atrás, la boca abierta sin sonido, un golpe sordo de su mano libre contra el colchón, una, dos veces.

Tiembla. Tiemblo. Me atraviesa una ola y otra, larguísimas, y en ninguna dejo de mirarla.

Luego, el viento. La nieve contra el cristal. Dos respiraciones rotas, desacompasadas, que poco a poco se van buscando hasta ir a la vez.

No me tapo. Estoy desnuda, abierta, mojada hasta los muslos, con el corazón desbocado, y no tengo frío.

Ella se ha quedado mirando al techo. Tiene un brazo sobre la frente. Le brillan los ojos.

—No te he tocado —dice al cabo de mucho rato. Muy bajo.

—No.

—No me he movido de esta cama.

—No.

—Entonces no ha pasado nada.

Lo dice como quien se agarra a una corchera. Con las dos manos, sin aire, sabiendo que no aguanta el peso.

Podría discutírselo. Podría decirle que ha pasado todo. Que me ha tenido más ella desde esa cama, sin rozarme, que nadie encima de mí en diez años. Que me ha dicho «siete años» y que eso ya no se desdice.

No se lo digo. Tiro de la colcha, me tapo, me pongo de lado, de cara a ella. En el hueco entre las dos camas, la luna.

—No —le digo—. Todavía no.