10. Falta el aire
La noche antes de irme, Íñigo me hace la maleta.
No se lo pido. Lo encuentro en el dormitorio doblando mis camisetas en tres, como le enseñó su madre, metiendo los calcetines dentro de las zapatillas. Me ha comprado crema para los labios, de la de farmacia, porque ha leído que allí arriba se cortan.
—Tres semanas —dice—. Te voy a echar de menos.
—Y yo.
Me abraza por detrás. Me besa el cuello, primero el cuello, y noto su mano grande abrirse sobre mi tripa, pidiendo permiso. Hace tres semanas que no se lo doy.
—Íñigo. Mañana madrugo.
—Ya. —Quita la mano. Me besa el pelo—. Perdona. Descansa.
No se enfada. No se enfada nunca. Se duerme de lado, con una mano en mi cadera, y yo me quedo mirando la maleta cerrada a los pies de la cama, con mis camisetas dobladas en tres, y me siento la peor persona que conozco.
Luego pienso en dos camas y un baño, y se me olvida hasta eso.
La furgoneta sube durante una hora. Curva, curva, curva. Abajo queda Granada, pequeña y dorada; arriba, la nieve, tan blanca que hay que entornar los ojos. A mitad de subida se me taponan los oídos. Irati se marea. Bego, delante, no se vuelve.
Leire va en la primera fila. Yo, en la última. Entre las dos, todo el equipo.
El centro es un edificio largo, de hormigón, plantado en la ladera como un barco encallado. Dos mil trescientos veinte metros, dice una placa en la entrada. Me bajo de la furgoneta, cojo la maleta, subo los doce escalones de la puerta.
Al sexto tengo que pararme.
No estoy cansada: es que no entra. Abro la boca, tiro del aire, y el aire viene, frío, limpísimo, y no sirve.
Como beber un vaso de agua que no quita la sed.
El corazón me golpea en las sienes. Soy una de las tres mujeres más rápidas de España en doscientos metros y me he quedado sin respiración subiendo una escalera con una maleta.
—Bienvenidas —dice Bego desde arriba, sin compasión—. Dos días así. Luego el cuerpo aprende. Llaves.
Nos las da en mano; la nuestra es la 31 y me la entrega a mí.
Subo delante. La oigo detrás, en la escalera, su respiración corta, igual de inútil que la mía. Tres semanas sin oírla de cerca. Se me eriza la nuca.
Abro.
Es un cuarto pequeño. Mucho más pequeño de lo que había imaginado, y lo he imaginado mucho.
Dos camas de noventa, paralelas, con colchas azules.
Entre las dos, una mesilla con un flexo.
Mido el hueco con los ojos: un metro. Puede que menos.
Si estiro el brazo desde una, toco la otra.
Una ventana que da a la nieve. Un armario.
Y una puerta de contrachapado, estrecha, que es el baño.
Leire entra detrás de mí. Deja la mochila en el suelo. Mira las camas, la mesilla, el hueco.
—Joder —dice, muy bajo.
—¿Ventana o puerta?
—Me da igual.
—Pues ventana yo.
Dejo la maleta sobre la colcha. Ella se queda de pie junto a la otra cama, con las manos en los bolsillos de la sudadera. Cierra la puerta de la habitación con el talón. Estamos solas. Desde la sala de fisio no habíamos vuelto a estar solas en un cuarto cerrado.
—Vale —dice—. Vamos a hacer esto bien.
Me vuelvo.
—Son tres semanas. Nos jugamos las dos lo mismo y Bego no va a ceder, así que hay que convivir. Normas.
—Normas.
—Uno. La puerta del baño, cerrada. Siempre. Para ducharse, para cambiarse, para todo. Una entra con la ropa y sale vestida.
Levanta un dedo. No me mira; mira un punto de la pared, encima de mi hombro.
—Dos. Aquí nadie se pasea en toalla. Ni en bragas. Ni en nada. Pijama. Largo.
—Llevamos siete años duchándonos juntas.
—Dos —repite—. Tres. Luz apagada a las diez y media, cada una en su cama, y a dormir. No se habla a oscuras.
—¿Por qué no?
Se le mueve un músculo en la mandíbula.
—Porque no. Y cuatro. —Ahora sí me mira. Un segundo—. De lo de la camilla no se habla. No pasó.
—Sí pasó.
—Paula.
—¿Y si yo quiero hablar?
—Cuatro —dice. Le tiembla un poco la voz y lo arregla subiéndola—. No pasó. Tú tienes novio, yo tengo dos normas, y dentro de ocho semanas nos jugamos dos plazas con Carlota Rey. Eso es lo que hay en esta habitación. ¿Estamos?
Podría discutir. Hace un mes habría bajado la cabeza y habría dicho que sí a todo, porque soy una persona de órdenes, de seguirlas. Pero hace un mes no me había corrido tres veces diciendo su nombre.
La miro. La miro despacio, de abajo arriba: las zapatillas, el chándal, las manos cerradas dentro de los bolsillos, el cuello, la boca. Tarda en entender lo que estoy haciendo. Cuando lo entiende, se pone rígida.
—Estamos —digo.
Y sonrío. Poco. Con media boca, como sonríe ella.
Se da la vuelta y se pone a deshacer la mochila con unas prisas que no vienen a cuento.
El primer entrenamiento es una humillación. Bego nos lo había avisado y da igual: nadar a esta altura es nadar con una bolsa de plástico en la cabeza. A los doscientos metros me arde el pecho. A los cuatrocientos veo puntos. Salgo de cada viraje boqueando como un pez en una mesa.
Pero Bego ha repartido las calles. No ha preguntado a nadie.
Cuatro y cinco.
Largo de ida, nuca contra nuca. Viraje. Largo de vuelta.
Saco la boca del agua, y ahí está. La mejilla. La boca torcida, abierta, tragando un aire que no llega. El cristal ahumado.
Tres semanas sin esa cara. Casi me ahogo, y no es por la altura.
Ella también me ve. Lo sé porque en el siguiente largo de vuelta tarda una brazada de más en meter la cabeza.
La primera norma dura cinco horas.
No lo hago adrede. O sí. Ya no estoy muy segura de dónde termina una cosa y empieza la otra.
Vuelvo de la cena con dolor de cabeza, el dolor de la altura, una cinta apretada alrededor de la frente, y me meto en el baño a ducharme.
Cierro la puerta. La cierro, de verdad. Pero es de contrachapado, está hinchada por el vapor de mil duchas, y el pestillo no encaja. Se queda entornada. Un dedo. Dos.
La veo, la rendija. Estoy desnuda, con la mano en el grifo, y la veo.
No la empujo.
Me meto debajo del agua. El baño es tan pequeño que la mampara casi toca la puerta.
Me enjabono despacio. El pelo. Los hombros.
Me paso las manos por los pechos, por la tripa, y sé, lo sé con toda la piel, que a dos metros hay una mujer tumbada en una cama con una rendija de luz y de vapor en la pared de enfrente.
No oigo nada. Ni una página, ni el móvil, ni un muelle. Un silencio de alguien que no se mueve.
Estoy mojada antes de cerrar el grifo, y no es del agua.
Cuando voy a secarme descubro la segunda cosa que no he hecho adrede. El pijama. Está encima de mi cama, doblado en tres.
Me envuelvo en la toalla. Es una toalla de centro deportivo, corta, áspera, que me tapa del pecho al principio del muslo y ni un centímetro más.
Abro la puerta.
Leire está tumbada boca arriba, vestida, con las manos cruzadas sobre el estómago y los ojos clavados en el techo. Tan clavados que se nota el esfuerzo.
—Se me ha olvidado el pijama.
—Ya.
—Y la puerta no cierra. El pestillo.
—Ya lo he visto.
Lo ha visto. Lo dice con la voz plana, raspada.
Paso por delante de su cama. El hueco es tan estrecho que la toalla le roza la colcha.
Huelo a gel, a piel caliente; lo sé porque me huelo yo.
Veo cómo se le hinchan las aletas de la nariz.
Cómo se le cierran los dedos unos contra otros hasta que se le ponen blancos los nudillos.
No mira. Ni una vez. Tiene la mandíbula tan apretada que le late un músculo debajo de la oreja, justo donde la otra le dejó aquella marca.
Cojo el pijama. Podría volver al baño. Sería lo que dice la norma.
Me quedo donde estoy, de espaldas a ella, junto a la ventana. Dejo caer la toalla.
No me doy prisa. Me pongo primero el pantalón, una pierna, la otra, me lo subo. Luego la camiseta, con los brazos en alto, la espalda al aire un momento largo. Fuera, en el cristal negro, se refleja la habitación: mi cuerpo, la lámpara, y detrás, pequeña, una cara que ha dejado de mirar al techo.
Nuestros ojos se encuentran en el cristal.
Ella los cierra. Los aprieta. Se da la vuelta hacia la pared con un movimiento brusco que hace gemir los muelles.
—Apaga la luz cuando acabes —dice.
Son las diez y cuarto.
No se puede dormir a dos mil trescientos metros. También nos lo habían avisado. El cuerpo, que no encuentra oxígeno, se despierta cada veinte minutos para comprobar que sigue vivo. Tengo la boca seca, el pulso en las sienes, y un metro a mi izquierda, en la oscuridad, a alguien que tampoco duerme.
La oigo. No hay pared esta vez. Oigo cada vez que traga, cada vez que cambia de postura, el roce de sus piernas contra la sábana. Oigo que respira demasiado deprisa para estar dormida y demasiado despacio para ser solo la altura.
A las doce me incorporo de golpe. No lo finjo: me he despertado de un mal sueño con la sensación de tener a alguien sentado en el pecho. Tiro del aire. No entra. Tiro otra vez, más fuerte, y hago un ruido feo, de asmática.
—Eh. —Su voz, enseguida, despierta del todo—. Paula. Eh.
—No puedo… No me llega.
—Sí te llega. Es la altura. Le pasa a todo el mundo la primera noche. Túmbate.
—No…
—Túmbate.
Una sola palabra. Grave. Sin prisa.
Me tumbo.
Oigo cómo se gira hacia mí. No se levanta, no cruza el metro. Pero su voz me llega tan cerca en lo oscuro que es como tenerla en la almohada.
—Escúchame. No tires del aire, que es peor. Por la nariz. Despacio. Cuatro tiempos. Conmigo. Uno… dos… tres… cuatro. Aguanta. Ahora suéltalo por la boca. Largo. Así. Muy bien. Otra vez.
Respiro. Con ella. Cuatro tiempos dentro, cuatro fuera. Habla bajito, sin parar, con esa calma absoluta, y el puño que tengo en el pecho se va abriendo dedo a dedo.
—Así. Eso es. No pienses. Solo escúchame. Coge aire… Suéltalo. Despacio. He dicho despacio.
He dicho despacio.
Se me para la respiración en mitad de la cuenta.
Ella también se da cuenta. La oigo callarse. Oigo el silencio exacto de alguien que acaba de escucharse a sí misma, y que sabe dónde he oído yo esa frase antes, y con qué voz, y a través de qué.
El aire ya me llega. Me llega de sobra. Lo que no puedo es soltarlo. Estoy tumbada boca arriba, en la oscuridad, con las manos encima de la sábana, y entre las piernas ese pulso que ya conozco, exacto, fuerte, al ritmo de una voz que se ha quedado muda.
—Sigue —digo.
—Ya estás bien.
—Sigue hablando.
—Norma tres, Paula.
—Me has hablado tú primero.
No contesta. Pasa mucho rato. Un minuto. Dos. Fuera, el viento empuja la nieve contra el cristal.
Entonces noto algo. Abro los ojos. Hay luna, una luna de montaña, dura, que entra por la ventana y cae justo en el hueco entre las dos camas.
Su mano está ahí.
Se le ha salido del colchón. O la ha sacado. Cuelga del borde, abierta, la palma hacia arriba, los dedos largos un poco curvados. Blanca en la luz de la luna. Quieta.
No sé si está dormida. No lo creo.
Saco la mía de debajo de la sábana. Muy despacio. La dejo caer en el hueco. Estiro el brazo, y el hombro, y los dedos, todo lo que dan.
No llego.
Se queda ahí, mi mano, colgando en el aire frío, delante de la suya. Las dos abiertas. Las dos quietas.
Entre sus dedos y los míos queda un palmo.