Apnea 9. Sin excusas
19%

9. Sin excusas

Nueve días.

Nueve días con Leire en la calle dos, al otro lado de la piscina.

Nueve días de «buenos días» dicho a nadie, de tres metros en el vestuario, de la ducha del fondo, la que gotea.

No es antipática. Es peor: es correcta. Me pasa los tiempos de Bego, me sujeta la puerta, me dice «buen entreno, Ibarra» mirándome a la altura de la clavícula.

Yo nado bien. Eso es lo raro. Nado mejor que nunca, con una rabia limpia que no sabía que tenía, y Bego apunta mis parciales levantando una ceja. No sabe que cada brazada es una pregunta. ¿Qué he hecho? ¿Qué has notado? ¿Por qué te tiemblan las manos si la que no sabe lo que hace soy yo?

Con Íñigo no he vuelto a hacerlo. Estoy cansada, le digo. La carga, el test, las plazas. Él me trae una manta, me pone la mano en el pelo, me dice que no pasa nada. Y no pasa nada, es verdad. Hace cuatro años que con Íñigo no pasa nada.

El viernes se va a Bilbao, a una feria de no sé qué maquinaria. Dos noches. Me besa en la puerta, me dice que hay caldo en la nevera.

Cierro. Echo la llave.

Es la primera vez en un mes que estoy sola en una casa.

No lo planeo. Quiero que conste. Ceno el caldo, friego el cazo, veo media película sin enterarme. A las once me lavo los dientes, me pongo la camiseta vieja de dormir y unas bragas blancas, de algodón, y me meto en la cama por mi lado, aunque hoy toda la cama sea mía.

Apago la luz.

No tardo ni un minuto. Ya ni siquiera llega como una imagen; llega como un sitio. El cuarto sin ventana, el radiador, el olor a árnica. Mi cara en el agujero de la camilla. Y en lo alto del muslo, por dentro, donde lleva nueve días sin borrarse, la forma de un pulgar.

Noto cómo me abro. Así, sin más, tumbada boca arriba en mi cama, con las manos encima de la sábana. Noto el calor bajar, juntarse, y luego la humedad, primero poca y enseguida mucha, empapando el algodón, resbalándome hacia atrás. Aprieto los muslos y es como apretar una fruta.

Empiezo con la lista. Me la sé de memoria.

Es la ovulación. No: ovulé hace diez días, lo llevo apuntado.

Son los nervios de las plazas. No: nunca he nadado más tranquila.

Es que llevo dos semanas sin hacerlo con Íñigo. No: llevo dos semanas sin hacerlo con Íñigo porque no quiero hacerlo con Íñigo.

Es curiosidad. Es que es mi rival. Es que la tengo todo el día delante. Es que me contó cosas en un autobús y la cabeza mezcla.

Las voy diciendo y se me van cayendo, una por una, como se le caen a una los brazos en el último largo. Y cuando se me cae la última me quedo a oscuras, con el corazón en la garganta y las bragas mojadas, y no tengo ninguna más.

No me queda ni una excusa.

Saco una mano de encima de la sábana.

Me la pongo en la tripa, abierta. La dejo ahí, quieta.

Que la note. Que piense en dónde podría estar esa mano.

Tengo la piel ardiendo debajo de la camiseta.

Respiro. La mano sube y baja con mi respiración, y yo pienso en dónde podría estar, y de quién podría ser, y solo de pensarlo se me levantan las caderas del colchón.

Cierro los ojos y dejo de pelear.

Estoy en la camilla. Boca abajo, con el bañador en la cintura y las piernas abiertas. He dicho su nombre. Y esta vez su mano no desaparece.

Esta vez se queda. Esta vez oigo cómo suelta el aire, largo, vencida, y noto que se inclina sobre mí, su pelo mojado goteándome en la espalda, y su voz, la de la pared del hotel, grave, sin prisa, a un dedo de mi oreja:

Date la vuelta.

Sigo boca arriba en mi cama, con los ojos cerrados. Me subo la camiseta con las dos manos, hasta el cuello, y el aire de la habitación me da en los pechos y se me ponen los pezones tan duros que duelen.

Mírate, dice ella. Mira cómo estás. Y no te he tocado.

No me toco los pechos todavía. No bajo todavía. Eso es lo importante: no bajas. Me paso las yemas por las costillas, por los costados, por el borde, ese centímetro que ella rozó en cada pasada, y es tan poco y es tanto que se me escapa un gemido con la boca cerrada.

Dime qué quieres.

No puedo. Me da vergüenza. Estoy sola en mi casa, a oscuras, con la puerta cerrada con llave, y me da vergüenza decírselo a alguien que no está.

No. Con todas las palabras. Dímelo bien.

—Chúpamelos —digo.

Lo digo en voz alta. Se queda sonando en la habitación, mi voz, ronca, una voz que no conozco. No he dicho nunca nada en una cama. Veintiséis años. Y al oírme me cruza un latigazo de las tetas al coño que me dobla las rodillas.

Ella tenía razón. Me mojo solo de oírme.

Me llevo dos dedos a la boca. Los mojo bien. Y me rozo un pezón con ellos, apenas, en círculo, húmedos, tibios, como una lengua.

La lengua plana primero.

La veo. La tengo encima, con los codos a los lados de mi cuerpo, el pelo corto cayéndole en la frente, los ojos castaños con esa mota más clara.

Me mira. Baja la cabeza despacio, sin dejar de mirarme, y me pasa la lengua entera por el pezón, ancha, caliente, lenta.

Arqueo la espalda. Levanto el pecho hacia mis propios dedos como si fueran su boca.

Luego la punta.

La punta. Rápida, dura, dando golpecitos, jugando. Me lo hago con la yema, con la uña, y se me escapa el aire a trozos. El otro pecho. Lo cojo con la otra mano, lo aprieto, y veo sus dedos largos, brillantes de aceite, hundiéndose en mi carne.

—Leire.

También lo digo en voz alta. Su nombre. En mi cama, en la de Íñigo. Me da igual. Lo vuelvo a decir.

Y luego chupas.

Me pellizco el pezón entre dos dedos mojados y tiro, y aprieto, fuerte, mucho más fuerte de lo que nadie me lo ha hecho nunca, y es su boca cerrándose, es Leire chupándome el pezón con hambre, con los ojos cerrados, con ese ruido húmedo, metiéndoselo entero, mordiendo un poco, soltando, volviendo.

Gimo. Alto. Sin taparme. Me retuerzo en la cama con las piernas abiertas y las bragas mojadas y las dos manos en los pechos, y no he bajado, todavía no he bajado, y ya lo noto venir.

No puede ser. No me he tocado. No puede ser solo con esto.

¿Lo notas?, dice su voz, entrecortada, contra mi piel. ¿Notas lo que te estoy haciendo?

—Sí.

Dímelo.

—Me estás comiendo las tetas. Me estás… Dios. No pares.

Bajo una mano. No aguanto más. La meto por debajo del elástico y me encuentro, y me asusto de mí: estoy hinchada, abierta, tan mojada que los dedos me resbalan sin encontrar dónde agarrarse.

Nunca he estado así. No sabía que un cuerpo podía ponerse así.

Me rozo el clítoris con la yema, una vez, y casi grito.

Con la otra mano sigo en el pezón. Tirando. Apretando. Su boca.

No hago círculos. No hago nada de lo que sé hacer, lo de siempre, lo ordenado.

Me froto con toda la palma, deprisa, sin elegancia, con las caderas levantadas del colchón, y en mi cabeza ella no ha bajado, ella sigue arriba, pegada a mi pecho, chupando, chupando, mirándome desde ahí con los ojos oscuros, y me lo está diciendo, me lo va diciendo todo, así, muy bien, qué mojada estás, córrete, Paula, córrete para mí—

Mi nombre. Dice mi nombre.

Me rompo.

No sé contarlo. Me coge desde la planta de los pies.

Me levanta la espalda entera de la cama, en arco, la cabeza hacia atrás, la boca abierta en un grito que no sale porque no me queda aire.

Se me cierran los muslos sobre la mano con una fuerza que me hace daño.

Y me atraviesa, una vez, y otra, y otra, olas largas, brutales, cada una más honda que la anterior, y entre una y otra creo que ya está y no está, viene más, sigue viniendo, y me oigo sollozar, me oigo decir Leire, Leire, Leire como una loca, y noto que me mojo la mano, las bragas, la sábana, que me corro como no sabía que una mujer se podía correr.

Tardo en volver.

Cuando vuelvo estoy de lado, encogida, con la mano todavía entre las piernas y la camiseta en el cuello. Tiemblo. Tiemblo de verdad, a sacudidas, los muslos, la tripa, la mandíbula. Tengo la cara mojada. Me toco la mejilla con la mano limpia: son lágrimas.

Y me río.

Me sale sola, una risa floja, rota, sin aire, con la cara contra la almohada. Madre mía, dijo aquella chica al otro lado de la pared. Madre mía. Ahora la entiendo.

No me lo creo. Me quedo mirando el techo a oscuras, con el pecho subiendo y bajando, y no me lo creo.

Tengo veintiséis años. Llevo diez acostándome con hombres.

He tenido orgasmos, claro que sí, pequeños, limpios, educados.

Creía que era eso. Creía que eso era todo lo que había, y que la gente exageraba.

Nadie exageraba.

Me ha bastado con imaginar su boca en mis pezones. Ni siquiera la he dejado bajar.

El pensamiento me da un latigazo. Flojo, cansado, pero ahí. Ni siquiera la he dejado bajar. Noto cómo me late otra vez, contra mis propios dedos, que no he quitado.

—No —digo en voz alta, y me río otra vez—. No puede ser.

Puede.

La segunda vez sí la dejo bajar. Despacio, besándome la tripa, las caderas, la parte de dentro de los muslos.

Me quito las bragas con los pies. Abro las piernas del todo, las rodillas caídas a los lados, sin pudor, como en la camilla, y cuando en mi cabeza me pasa la lengua, una vez, de abajo arriba, entera, sin prisa, me meto dos dedos curvados hacia mí, como ella enseñó en el aire en la última fila de un autobús.

Dura menos. Es más hondo. Me corro con su nombre entre los dientes y la almohada mordida.

La tercera ya no llevo la cuenta de dónde tiene la boca.

A las dos de la mañana estoy sentada en el suelo de la ducha, con el agua caliente cayéndome en la nuca y las rodillas contra el pecho.

He cambiado las sábanas. He abierto la ventana. Tengo los pezones tan sensibles que me duele el agua, y entre las piernas una flojera dulce, apaleada, que no he sentido en mi vida.

Ya no tengo lista. Así que pruebo a decir la verdad, a ver cómo suena.

—Me gusta Leire.

Suena a agua contra los azulejos. No se cae el techo.

No digo «me gustan las mujeres». No lo sé.

No he mirado nunca a otra; ni la chica de los rizos, que era guapísima, me movió nada que no fueran celos.

No sé qué soy. Sé que hay una persona, una sola, con el pelo corto y una risa de garganta y dos hoyuelos encima del culo, que me ha tocado un segundo en un pasillo y un centímetro en una camilla, y que con eso me ha dado más que nadie en diez años.

Y que me ha dicho que no me vuelve a tocar.

Apoyo la frente en las rodillas.

Tienes novio. Y no tienes ni idea de lo que estás haciendo. Y yo sí.

Ella sí. Ella lo ha sabido todo el rato. El palmo. Siete años dejando un palmo. La ducha del fondo. La calle dos. No se aparta de mí porque le dé asco, ni porque yo haya hecho algo mal.

Se aparta porque le tiemblan las manos.

Levanto la cabeza. El agua me cae en la cara.

Ahora no tengo miedo. Tengo otra cosa. Se parece a lo que siento encima del poyete, agachada, con los dedos en el borde, cuando sé que la carrera va a doler y quiero que empiece ya.

El lunes hay un papel nuevo en el corcho.

Lo veo desde la puerta. Las mellizas ya están delante, e Irati, con el dedo en alto.

—¡Sierra Nevada! —grita—. ¡Tres semanas! ¡Nos vamos el domingo!

—Ya lo sabíamos, Irati. Está en el calendario desde septiembre.

—Ya, pero ahora están las habitaciones.

Me acerco. Es una hoja con el escudo del club. Concentración en altura. Centro de Alto Rendimiento. 2.320 metros. Fechas, horarios, material. Y abajo, una tabla.

Habitaciones dobles. Distribución por pruebas.

Leo de arriba abajo. Las mellizas. Maialen y Nahia. Irati con una de las pequeñas.

La última línea.

Ibarra — Aramburu.

Se me queda el dedo encima del papel.

—No.

No lo he dicho yo. Lo ha dicho alguien detrás de mí, muy bajo. Me vuelvo.

Leire está en mitad del pasillo, en bañador, con las gafas colgando de dos dedos. Mira el corcho. Tiene la cara que tenía contra la pared de la sala de fisio.

—Bego. —Levanta la voz—. ¡Bego!

Bego asoma por la puerta de la piscina, con la carpeta.

—Qué.

—Las habitaciones. Cámbiame.

—No.

—Me pongo con Irati. Me da igual que ronque.

—He dicho que no. —Bego se acerca despacio.

Nos mira a las dos, primero a ella, luego a mí, con esos ojos de cronómetro que lo miden todo—.

Sois mis dos doscientos. Os quiero tres semanas comiendo lo mismo, durmiendo lo mismo y despertándoos a la vez.

Quiero que de día os matéis en el agua y que de noche os aguantéis.

No sé qué os pasa desde Madrid ni me importa.

Ya te cambié de calle, Aramburu, y no te pregunté por qué. De habitación no te cambio.

—Bego…

—Dos camas, un baño, veintiún días. Lo arregláis allí arriba. O no lo arregláis, pero me nadáis el relevo. ¿Estamos?

Silencio. Irati nos mira con la boca abierta. Hasta ella se ha callado.

—Estamos —digo yo.

Leire vuelve la cabeza hacia mí.

Es la primera vez en nueve días que me mira a los ojos.

Y yo no los aparto. No me pongo roja. La miro como la miré en el pasillo del hotel, solo que ahora no estoy cansada: ahora sé.

Sé qué cara pone debajo de la toalla. Sé cómo le suena la voz a través de una pared.

Sé lo que le he hecho hacerme tres veces, en la cama de mi novio, sin que ella se entere.

Algo de todo eso se me debe de ver. Porque Leire Aramburu, la capitana, traga saliva, y da medio paso atrás.

—Estamos —dice al fin. Casi no se la oye.

Bego da dos palmadas.

—Pues al agua. Que allí arriba no hay aire y os vais a acordar de mí.

Leire pasa a mi lado hacia la piscina. Deja tres metros.

Yo me quedo delante del corcho un momento más, mirando dos apellidos en una misma línea.

Dos camas. Un baño. Veintiún días.

A dos mil trescientos metros dicen que cuesta respirar.

No creo que sea por la altura.