8. La cena
Maialen cumple treinta y uno el sábado y nos lleva a una sidrería de Astigarraga.
Con parejas. Lo dice el mensaje del grupo: traed a quien queráis, que pago yo la primera ronda y luego cada una se rasca el bolsillo.
Íñigo se pone la camisa azul, la de las bodas. Le hace ilusión. Dice que nunca conoce a mis compañeras más que de vista, que parece que las tengo escondidas.
Yo me cambio tres veces. No sé para quién.
La sidrería es una nave larga, de piedra, con mesas corridas de madera y, al fondo, las barricas.
Huele a manzana ácida, a tortilla de bacalao, a brasa.
Hay que comer de pie o en bancos, y cada vez que alguien grita «¡txotx!
» se levanta medio comedor, vaso en mano, y hace cola delante de una barrica para coger el chorro al vuelo.
Estamos casi todas. Las mellizas con sus novios. Irati con un chico que no le llega al hombro. Bego, sola, con una chaqueta que no le he visto nunca. Maialen, en la cabecera, con una corona de cartón.
Leire llega la última.
Sola. Vaqueros negros, una camisa blanca remangada, el pelo todavía húmedo. Saluda con dos dedos desde la puerta. Recorre la mesa buscando sitio, y el único que queda está enfrente de nosotros, un poco en diagonal.
Se sienta. No me mira. Lleva dos días sin mirarme, desde la camilla; nada en la calle dos y me dice «buen entreno» a la altura de la clavícula.
—¡Leire! —Íñigo se levanta, le tiende la mano por encima de las chuletas—. Por fin. Paula habla de ti todo el rato.
Me quedo quieta con el tenedor a medio camino.
—¿Ah, sí? —Leire le estrecha la mano. Sonríe, correcta—. Espero que bien.
—Dice que le sacas siempre una décima. Que la tienes frita.
—Tu novia tiene más fondo que nadie en este país. Si un día se lo cree, me saca ella un cuerpo a mí.
—¿Ves? —Íñigo se vuelve hacia mí, encantado, y me pone la mano en la nuca—. Te lo digo siempre. Que no te lo crees.
La mano en mi nuca. Grande, tibia, abierta. Me acaricia con el pulgar el nacimiento del pelo, distraído, mientras le pregunta a Leire por el Europeo, por las plazas, por cuántas horas entrenamos.
Leire contesta. Es amable. Mira a Íñigo a la cara todo el tiempo.
Una vez, solo una, se le bajan los ojos. A la mano. Al pulgar que me roza el cuello. Un instante. Se le mueve la mandíbula.
Luego coge el vaso y bebe.
—¡Txotx!
Nos levantamos todos. La cola delante de la barrica es un apretón de gente riéndose, con los vasos en alto. El sidrero abre la espita; sale un chorro fino, dorado, que cruza dos metros de aire, y hay que pasar de uno en uno, coger un dedo de sidra y apartarse.
Íñigo se ha quedado en la mesa, discutiendo de baloncesto con un novio de melliza.
Me encuentro en la cola detrás de Leire.
No lo he buscado. O sí. Tengo su espalda delante, la camisa blanca, la nuca recién cortada. Entre mi pecho y sus omóplatos hay un palmo, y detrás de mí empuja medio comedor.
No se vuelve. Sabe que soy yo. Lo sé por cómo se le suben los hombros.
Y entonces llega la otra.
No la he visto venir. Aparece por un lado, colándose, con el vaso en la mano y una risa fácil. Veintitantos años. El pelo rapado por un lado y largo por el otro, un aro en la nariz, una camiseta de tirantes en pleno febrero. Guapa de una manera que no pide permiso.
—Tú eres Leire —dice—. La capitana. Mi prima habla de ti todo el rato.
—¿Tu prima?
—Maialen. Soy Nora. —Le pone la mano en la cintura. Así, sin más, como quien se apoya en una barandilla—. Me ha dicho que eres la única de su equipo que merece la pena.
Leire se ríe.
La risa corta, de garganta. Hace días que no se la oigo. Se la está dando a otra.
—Tu prima exagera.
—Mi prima no exagera nunca. Es de Hernani.
Se ríen las dos. Nora no ha quitado la mano. Se acerca más, le dice algo al oído, por encima del ruido, y Leire inclina la cabeza para oírla. Le veo el perfil. Sonríe.
Yo estoy a un palmo, con un vaso vacío, y se me cierra el pecho y me queda un sabor agrio en la boca.
Les toca. Leire pone el vaso, coge el chorro limpio, de lado, sin derramar una gota. Nora aplaude y bebe del vaso de Leire.
A mí la sidra me cae en la muñeca.
El baño de la sidrería es un cuarto helado, con un lavabo de piedra y un espejo picado.
Me lavo la muñeca. Me echo agua en la cara. Me miro: las mejillas rojas, la melena suelta después de meses llevándola recogida, los ojos brillantes de alguien que ha bebido, y no he bebido.
Se abre la puerta.
Leire. Con las manos pegajosas de sidra, levantadas, buscando el grifo.
Se para al verme.
Un segundo creo que va a darse la vuelta. No lo hace. Entra. Deja que la puerta se cierre. Se pone a mi lado, en el lavabo, que es estrecho, y abre el agua.
Nos vemos en el espejo. Las dos. Ella no levanta los ojos de sus manos.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Perfectamente.
—Tienes mala cara.
—Es la sidra.
—No has probado la sidra. Estamos en temporada.
Me callo. Se enjabona. Dedo por dedo, despacio.
—Tu novio es un buen tío —dice.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes. —Ahora sí me mira, en el espejo—. Lo digo en serio. Te mira como si fueras un milagro. No hay muchos así. Cuídalo.
No entiendo por qué me dice eso. No entiendo por qué me duele.
—¿Quién es esa?
—¿Quién?
—La del pelo.
—La prima de Maialen.
—Ya. Eso lo he oído. —Me agarro al borde del lavabo—. ¿Te vas a ir con ella?
Cierra el grifo. El silencio de pronto es enorme. Fuera, lejos, alguien grita «¡txotx!».
Se seca las manos en los vaqueros. Me mira en el espejo, muy quieta, con una expresión que no le sé leer.
—¿A ti qué más te da?
Abro la boca.
Me da. No sé por qué, pero me da. Me dio en Madrid, con la oreja en una pared. Me da ahora.
—Nada —digo.
Aparta los ojos del espejo.
—Pues eso.
Va hacia la puerta. Pone la mano en el pomo. Se queda así, de espaldas.
—Sí —dice—. Me voy a ir con ella. Es lo que hago, Paula. Me voy con una, es fácil, nadie sale herido, y por la mañana no me quedo a desayunar. —Baja la voz—. Es lo único que sé hacer para no pensar.
—¿Para no pensar en qué?
No contesta.
Abre. El ruido de la sidrería entra de golpe.
—Vuelve a la mesa. Te está buscando.
Se van antes del postre.
Las veo por el ventanal, desde el banco, con la mano de Íñigo otra vez en la nuca. Nora lleva la cazadora de Leire por los hombros. Cruzan el aparcamiento de grava hacia un Ibiza viejo, rojo. Nora se ríe de algo, se cuelga de su brazo.
Leire le abre la puerta del copiloto.
Antes de rodear el coche, se para. Se vuelve hacia la sidrería. Desde dentro apenas la distingo detrás de mi propio reflejo y del cristal empañado, pero sé que mira hacia aquí. Un rato.
Luego se sube y arranca.
—Qué maja es Leire —dice Íñigo en el coche, de vuelta, con una mano en el volante—. No me la imaginaba así. Tan seria que parece en las fotos.
—Ya.
—¿Tiene pareja?
—No.
—Pues esa chica, la del aro, le estaba haciendo ojitos toda la noche. —Se ríe—. Hacen buena pareja, ¿no?
Miro por la ventanilla. Las siluetas negras de los manzanos a los lados de la carretera.
—No sé —digo—. No me he fijado.
En casa me besa el cuello. Primero el cuello.
—Estoy muy cansada —le digo.
Es la primera vez en cuatro años que se lo digo así, sin dejarle llegar al hombro. Se aparta enseguida. Me pregunta si me encuentro mal. Me trae un vaso de agua.
Se duerme en tres minutos.
Yo me quedo boca arriba.
No sé dónde están. Mi cabeza las mete en un piso cualquiera y lo llena con lo que sí conozco: un golpe contra una pared, una cama que cruje, esa voz. Túmbate. Despacio. He dicho despacio. Dime qué quieres.
Se lo está diciendo a ella. A la del aro en la nariz. Ahora mismo.
Me arde el pecho. Me arde de una manera que no tiene nombre decente. Tengo novio. Tengo un novio que me mira como si fuera un milagro, lo ha dicho ella, y estoy aquí, con los puños cerrados sobre la sábana, queriendo arrancarle el pelo a una desconocida.
Y estoy mojada.
Eso es lo que no me perdono. Que la imagino con otra, inclinada sobre otra, con esa voz, y los celos y lo otro son la misma cosa, y me late tan fuerte entre las piernas que tengo que apretar los muslos.
¿A ti qué más te da?
Me da.
Me da todo.
No me toco. Me quedo quieta, con las manos encima de la sábana, hasta que se hace de día.
El lunes llega con ojeras. Cuando faltan dos minutos, el empujón de hombro. No dice «buenos días, señoras».
Tiene una marca en el cuello. Pequeña, morada, debajo de la oreja.
No se la ha hecho nadie que se quedara a desayunar.