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Bego me lo hace pagar.

No lo dice. No hace falta. El lunes me pone seis mil metros; el martes, siete; el miércoles, una serie de dieciséis cien que termino agarrada a la corchera con arcadas. Es su manera de sacarme la cabeza del cubo: llenarme el cuerpo de tanto ácido que no quede sitio para nada más.

Casi funciona. De día, casi funciona.

El jueves salgo del agua con la espalda hecha un nudo. No es una forma de hablar. Tengo el trapecio derecho duro como una piedra, el hombro subido hacia la oreja, y cuando intento girar el cuello me baja un latigazo hasta el codo.

—A la camilla —dice Bego—. Que te mire Josu.

Pero Josu no está. Josu ha llamado a las seis: la niña con fiebre, no viene hasta el lunes.

Bego chasquea la lengua. Mira el reloj. Mira al equipo, que va saliendo hacia las duchas. Y la veo hacer la cuenta, la veo llegar al resultado un segundo antes de que abra la boca, y se me para el corazón.

—Aramburu.

Leire se vuelve, con la toalla al cuello.

—Descárgale la espalda a Ibarra. Y las piernas, ya que estás, que mañana hay test.

—Que se la descargue Maialen.

—Maialen no ha tocado una espalda en su vida. Tú tienes un título de fisioterapeuta colgado en casa de tu madre. Úsalo.

—Bego, yo no…

—No te lo estoy preguntando. Media hora. La necesito entera el domingo.

Se va. Nos quedamos las dos de pie en el borde de la piscina, con el agua cayéndonos por el cuerpo, sin mirarnos. Desde el autobús no hemos cruzado más que lo justo: sales tú, voy, buen parcial. Cuatro días. Ella ha vuelto a su metro. Yo he vuelto a mis noches.

—No hace falta —digo—. Me pongo calor en casa.

—Ha dicho que te descargue.

—Leire.

—Sécate. Te espero en la sala.

La sala de fisio es un cuarto sin ventana al final del pasillo, con una camilla, una estantería de vendas y un radiador que suena. Huele a árnica y a toalla limpia. He estado aquí cien veces, con las manos de Josu, que son unas manos de panadero, eficaces, sin misterio.

Leire está de espaldas, frotándose las palmas con aceite. Se ha puesto el pantalón del chándal y una camiseta de tirantes. Tiene el pelo mojado.

—Boca abajo —dice sin volverse—. Bájate el bañador hasta la cintura.

Lo hago. Me tumbo. Meto la cara en el agujero de la camilla y me quedo mirando las baldosas, sus pies descalzos, el borde del pantalón. Tengo la espalda desnuda y el aire del cuarto me pone la piel de gallina. Me echa una toalla sobre el culo y las piernas. Con mucho cuidado. Sin rozarme.

—Voy a empezar por el trapecio. Dime si te hago daño.

—Vale.

Oigo cómo respira. Una vez, honda, como antes de una salida.

Y me pone las manos encima.

Tengo que cerrar los ojos.

Son calientes. Eso es lo primero. Calientes y resbaladizas de aceite, más grandes de lo que parecen, con los dedos largos. Las apoya abiertas a los dos lados de mi columna, entre los omóplatos, y las deja ahí un momento, quietas, pesando. Nada más. Solo el peso.

Le pones la mano abierta y la dejas ahí, quieta. Que la note.

Se me escapa el aire por el agujero de la camilla.

Empieza a moverlas. Sube hacia los hombros, despacio, con toda la palma, y luego baja por los costados, y sube otra vez.

Sabe. Josu amasa; ella lee. Va buscando con las yemas, músculo por músculo, y cuando encuentra el nudo del trapecio se detiene encima y aprieta con el pulgar, poco a poco, cada vez más hondo.

Duele. Duele de una manera que me abre la boca.

—Respira —dice, bajito—. No lo aguantes. Suéltalo.

Suelto. El nudo cede bajo su dedo como un terrón en agua caliente, y lo que queda en su sitio no es alivio. Es otra cosa. Es un calor que se me derrama por la espalda y baja, baja, hasta donde no hay ningún músculo que descargar.

No habla más. Ella, que habla siempre. Trabaja en silencio, y en el silencio oigo todo: el radiador, el aceite entre su piel y la mía, su respiración encima de mí, que se le va acortando sin que ella lo quiera.

Baja a los dorsales. Me recorre los costados con las dos manos, desde la axila hasta la cintura, y en cada pasada sus dedos rozan el borde de mis pechos, aplastados contra la camilla. El borde. Nada. Un centímetro de piel. Se me endurecen los pezones contra la sábana de papel y aprieto los dientes.

Baja más. Los lumbares. Hunde los pulgares a los dos lados de la columna, justo encima del bañador enrollado, y empuja hacia fuera, hacia las caderas, abriéndome. Tengo dos hoyuelos ahí. No lo sabía de mí hasta que lo supe de ella. Los encuentra. Apoya un pulgar en cada uno.

Levanto las caderas.

No lo decido. Es un centímetro, una nada, el culo que se me va solo hacia sus manos. Lo bajo enseguida. Pero ella lo ha notado. Se le paran los pulgares.

Un segundo. Dos.

—Las piernas —dice. Tiene la voz rara.

Aparta la toalla hacia arriba. Me la deja sobre el culo, doblada, y noto el aire en los muslos.

Más aceite; lo oigo en sus palmas. Empieza por los gemelos, y eso lo aguanto, eso es casi normal, sus manos subiendo del tobillo a la corva con una presión larga que me arrastra la sangre. Una pierna. La otra.

Luego sube.

Los isquios. La parte de atrás del muslo, donde una nadadora lo guarda todo.

Me coge el muslo derecho con las dos manos, los pulgares juntos en el centro, y empuja hacia arriba, lento, hondo, desde la rodilla hasta el pliegue del culo.

Se para justo ahí, en el borde de la toalla. Vuelve a bajar. Vuelve a subir.

Estoy mojada. Lo estoy desde que me ha puesto las manos en la espalda, pero ahora lo noto correr, caliente, y llevo el bañador, el bañador húmedo y fino de entrenar, y no hay nada que esconda nada.

Cada vez que sus manos suben, me tiro un poco de la piel, me abro un poco.

Pienso que tiene que verlo. Que no puede no verlo.

La idea, en vez de darme vergüenza, me arranca un latido tan fuerte que se me encogen los dedos de los pies.

Cambia el agarre. Una mano por fuera, otra por dentro.

La de dentro.

Sube por la cara interna del muslo, que es la piel más suave que hay en un cuerpo, lo dijo ella, lo dijo en un autobús, y la sube con la palma entera, despacio, apretando, y los dedos le quedan hacia arriba, hacia mí.

Diez centímetros. Cinco. Noto el calor de su mano antes de que llegue.

Noto el borde de su dedo índice a nada, a un pelo, de donde me estoy deshaciendo.

Separo las piernas.

Eso tampoco lo decido. Y esta vez no es un centímetro. Se me abren los muslos sobre la camilla, despacio, sin pudor, como una pregunta dicha con todas las palabras.

Se me escapa un ruido. Pequeño, ronco. Del fondo de la garganta. No lo había hecho nunca.

Su mano se queda quieta.

No se aparta. Se queda ahí, abierta, caliente, en lo más alto de mi muslo, con el canto del dedo rozando la costura del bañador. Y tiembla. La mano de Leire Aramburu, que no tiembla ni encima del poyete en una final, tiembla contra mi piel.

No respiro. Ella tampoco.

Entonces el pulgar se mueve.

Un centímetro. Hacia dentro. Lo arrastra muy despacio por el pliegue de la ingle, por encima de la tela mojada, y lo noto exactamente, lo noto en cada nervio que tengo, y sé que ella lo nota también: lo mojada que estoy, lo caliente, lo abierta. Oigo cómo coge aire entre los dientes.

El silbido.

—Leire —digo.

No sé qué estoy pidiendo. Solo sé que lo pido.

Y su mano desaparece.

De golpe. Como si le hubieran dado una descarga.

Oigo un paso atrás, la estantería que tiembla, un bote de algo que rueda por el suelo.

Levanto la cabeza. Está contra la pared, a dos metros, con las manos brillantes de aceite levantadas delante del pecho, lejos del cuerpo, como si fueran de otra.

Tiene la cara blanca. Los ojos muy oscuros.

El pecho le sube y le baja debajo de la camiseta de tirantes, y se le marcan los pezones, duros, clarísimos, a través de la tela.

Nos miramos.

Yo estoy medio incorporada sobre los codos, con la espalda desnuda, el bañador en la cintura, las piernas todavía abiertas. No las cierro.

—Ya está —dice.

—No.

—Ya está, Paula. —Le falla la voz. Coge una toalla, se limpia las manos con una violencia que da miedo, dedo por dedo—. Estás descargada. Ponte calor esta noche.

—Leire, espera.

—No puedo hacer esto.

—¿El qué?

Me mira. Por un momento pienso que va a decirlo. Lo tiene en la boca, lo veo, igual que yo tuve aquella pregunta.

—Tienes novio —dice en cambio, muy bajo—. Y no tienes ni idea de lo que estás haciendo. Y yo sí.

Tira la toalla al cesto. Abre la puerta.

—Leire.

Se para en el umbral, de espaldas. Tiene los hombros subidos, tensos, el cuello rojo.

—Dile a Bego que te vea Josu el lunes. Yo no te vuelvo a tocar.

La puerta se cierra.

Me quedo sola con el radiador. Me dejo caer boca abajo, despacio, y meto la cara en el agujero. No puedo parar de temblar. Tengo la espalda suelta, blanda, sin un solo nudo, y entre las piernas sigo latiendo contra la camilla, vacía, abierta, a medio centímetro de donde su pulgar se detuvo.

En lo alto del muslo derecho, por dentro, me arde todavía el contacto de su piel.

No me ducho en el club. No puedo. Me visto encima del aceite, con las manos torpes, y me voy a casa andando bajo la lluvia.

Íñigo no ha vuelto de Hernani.

Me meto en la ducha con el agua muy caliente. Tengo su aceite por toda la espalda, por las piernas. Huele a árnica. Me froto con la esponja hasta ponerme roja y sigo notando las manos, cada sitio, en orden: los hombros, los costados, los hoyuelos.

Lo alto del muslo. Por dentro.

Apoyo la frente en los azulejos.

Estoy hinchada. Me duele. Me duele de verdad, un dolor sordo, lleno, de algo que se ha quedado a medias. Llevo así desde la camilla. He cruzado media ciudad así.

Cojo la alcachofa. Es de las de mango, con el tubo largo. Me aclaro el pelo. Los hombros. El pecho; el chorro me da en un pezón y doy un respingo.

Me aclaro la tripa.

Me digo que me estoy lavando. Que tengo aceite ahí también, entre los muslos, de su mano. Es verdad. Hay que quitarlo.

Bajo la alcachofa.

El chorro me da de lleno.

Se me escapa un grito. Me tapo la boca. Estoy sola en casa y me tapo la boca.

Es agua. Caliente, a presión, una docena de hilos finos golpeándome exactamente donde me late. No es una mano. No son mis dedos. Tengo una mano en la pared y la otra sujetando un mango de plástico; no me estoy tocando. Me estoy aclarando.

Abro un poco las piernas.

Muevo la alcachofa. Un círculo pequeño. Más cerca.

Se me doblan las rodillas. Me tengo que sentar en el borde de la bañera, con un pie en la pared, y sigo, con el chorro fijo, los ojos cerrados, y debajo de los párpados no hay agua: hay un pulgar. Un pulgar que se mueve un centímetro, despacio, por encima de un bañador mojado.

Leire, dije. Pidiendo.

Lo digo otra vez. Bajito, dentro de la ducha.

—Leire.

Me oigo. Es mi voz, ronca, diciendo el nombre de mi compañera de equipo con una alcachofa entre las piernas.

Sube. Sube rapidísimo, mucho más que con la almohada, sin freno. Me tiemblan los muslos. Estoy ahí. Estoy ya, un segundo más, y voy a saber por fin lo que hay al otro lado.

La llave en la cerradura.

—¡Paula! ¿Estás en casa? ¡He traído pan!

Giro el mando de golpe. Agua fría. Helada. Me cae en el vientre como un cubo.

Me quedo sentada en el borde de la bañera, tiritando, con los dientes apretados, con todo el cuerpo gritando.

—¡Estoy en la ducha!

—¡Vale! ¡No tengas prisa!

No he terminado. Otra vez. Y no eran mis manos.

Me miro en el espejo empañado al salir. Paso la palma por el vaho.

Tengo la cara de alguien a quien le han quitado el plato de delante dos veces. Ya no sé cuánto más voy a poder decir que no cuenta.

Al día siguiente llego a las seis menos diez y miro la puerta.

Entran Irati, las mellizas y Maialen.

A las seis menos dos, el empujón de hombro. Las gafas colgando de dos dedos.

No dice «buenos días, señoras».

Pasa por delante de mí sin mirarme. Deja tres metros, no uno. Va directa a Bego, que está apuntando algo en la carpeta, y le habla en voz baja. Bego levanta la cabeza. Frunce el ceño. Me mira a mí por encima del hombro de Leire, una mirada corta, de las suyas, de cronómetro.

—¿Seguro? —le oigo decir.

Leire asiente.

Bego se encoge de hombros. Da dos palmadas.

—Cambio de calles. Aramburu, a la dos. Irati, tú subes a la cuatro, con Ibarra.

—¿Yo? —Irati se quita un casco—. ¿A la cuatro? ¿Qué he hecho?

—Nadar despacio. A ver si a su lado espabilas.

Nadie dice nada. Pero noto cómo se miran las mellizas. Siete temporadas. En siete temporadas Leire no ha nadado en otra calle que la cuatro, ni yo en otra que la cinco, y no hay nadie en este club que no lo sepa.

Ella ya está en el otro lado de la piscina. Se mete el pelo en el gorro de un solo gesto. Se escupe en las gafas. Se tira.

Yo me quedo en el borde de la cinco, con los pies en el agua a veintisiete grados y medio.

Salgo con Irati. Largo de ida. Viraje. Largo de vuelta.

Cada tres brazadas saco la boca del agua, y donde ha estado siempre su cara hay una cría de veintidós que respira hacia el otro lado.

No entiendo nada. No entiendo qué he hecho, ni qué ha hecho ella, ni por qué me escuecen los ojos dentro de las gafas, yo, que no lloro, que no he llorado desde que me quedé fuera de unos Juegos por dos centésimas.

Solo entiendo una cosa, y la entiendo con todo el cuerpo, en el tercer cincuenta, donde ya no se puede mentir.

No era curiosidad.