Apnea 6. Preguntas
13%

6. Preguntas

El autobús de vuelta sale a las nueve. Me voy al fondo, a la última fila, la que nadie quiere porque bota. Me pego a la ventanilla, me subo la capucha, cierro los ojos. Tengo cinco horas para dormir y para no pensar.

Duro veinte minutos.

El asiento de al lado se hunde. No abro los ojos. No me hace falta. Lo sé por el olor, el gel, la piel, el mismo olor que llevaba la otra encima esta mañana, y por cómo cambia el aire a mi izquierda.

—Ibarra.

Abro los ojos. Leire está sentada a mi lado, con las rodillas contra el respaldo de delante y la sudadera cerrada hasta la barbilla para taparse el cuello.

No hay un metro. No hay ni un palmo: hay un reposabrazos.

Delante, el equipo entero duerme. Irati, tres filas más allá, con el antifaz. Bego, en la primera, de espaldas.

—Perdona —dice, bajito—. Por lo de anoche. No pensé en la pared. No pensé en nada, la verdad.

—No pidas perdón.

—Es que debería haberme…

—Leire. No pidas perdón.

Se calla y mira al frente. Tiene las manos entre las rodillas, y se frota un pulgar con el otro, despacio. Leire nunca está incómoda. Verla así me da algo parecido a ventaja, y no sé qué hacer con ella.

Pasa un kilómetro. Dos. Un cartel verde: Burgos, 210.

—¿Siempre hablas así?

Lo he dicho yo. Me oigo decirlo y no me lo creo.

Gira la cabeza muy despacio.

—¿Así cómo?

—Así. Todo el rato. Mandando.

Se le escapa una risa por la nariz. Se tapa la cara con una mano.

—Dios. Qué vergüenza.

—No lo digo por eso.

—¿Y por qué lo dices?

No lo sé. Me encojo de hombros dentro de la capucha. Fuera pasa una gasolinera, un campo marrón, una fila de chopos sin hojas.

—Porque no sabía que se podía —digo al final.

Baja la mano y me mira. Ya no sonríe. Tiene esa expresión del pasillo del vestuario, seria, atenta, la de alguien que acaba de oír un ruido en una casa donde creía estar sola.

—¿Íñigo no habla?

—Íñigo pregunta «¿así?».

—¿Y tú qué dices?

—«Así».

No se ríe. Se lo agradezco tanto que se me cierra la garganta.

—Vale —dice solo.

Otro kilómetro. Tengo la pregunta en la boca desde hace una semana. Pesa. Me la he tragado en el vestuario, en la cama, debajo del agua. Ahora la noto subir y sé que si no la suelto en este autobús, con todas dormidas y ella a un reposabrazos, no la voy a soltar nunca.

—¿Cómo es?

—¿Cómo es qué?

—Con una mujer.

El motor. Las ruedas. Alguien ronca dos filas más allá.

Leire no contesta enseguida. Mira el respaldo de delante. Se pasa la lengua por los dientes. Cuando habla, lo hace más bajo todavía, casi sin mover los labios.

—Paula. ¿Por qué me lo preguntas?

—Por curiosidad.

—Curiosidad.

—Sí.

—¿Seguro que quieres que te lo cuente? Porque yo, si cuento, cuento. No sé hacerlo de otra manera.

Asiento con la cabeza. No me sale la voz.

Respira hondo. Se hunde un poco en el asiento, hasta que su hombro queda a la altura del mío. No me toca. Pero noto el calor a través de las dos sudaderas.

—Es más lento —dice—. Eso lo primero. No hay prisa, porque no hay un sitio al que llegar. Con un tío hay un guion, ¿no? Empieza, sube, él termina, se acaba. Con una mujer no hay final. Puedes estar dos horas. Puedes estar una noche. Se acaba cuando ya no podéis más, y a veces ni entonces.

Miro por la ventanilla. Tengo que mirar por la ventanilla.

—Se empieza por la boca. Mucho tiempo. Una boca de mujer es otra cosa, es blanda, no pincha, y besa sin intentar llegar a ningún lado.

Luego el cuello. Aquí. —No me toca; se toca ella, dos dedos debajo de su propia oreja, justo encima de la marca roja—.

Y vas bajando. Y lo que pasa, lo que no te cuenta nadie, es que sabes.

Sabes lo que estás tocando porque tú tienes lo mismo.

Sabes lo que es que te rocen un pezón por encima de la tela, casi nada, y que se te ponga duro, y que te duela de ganas de que te lo cojan con la boca.

Lo sabes desde dentro. Así que no hace falta adivinar.

Lo haces como te gustaría que te lo hicieran.

Despacio. Con la lengua plana primero, y luego la punta. Y luego chupas.

Cruzo las piernas.

Lo hago con mucho cuidado, como si no fuera nada, como quien cambia de postura en un viaje largo. Aprieto un muslo contra el otro. Me he puesto mallas esta mañana, unas mallas finas, grises, y me doy cuenta ahora de que ha sido un error.

—Puedes estar ahí una eternidad —sigue, con la vista en el respaldo—.

En los pechos. A muchas les basta casi con eso.

Notas cómo se le va cambiando la respiración, cómo levanta la espalda de la cama para meterse más en tu boca.

Y tú no bajas. Eso es lo importante. No bajas todavía.

Le pones la mano en la tripa, abierta, y la dejas ahí, quieta.

Que la note. Que piense en dónde podría estar esa mano.

Tengo los pezones duros contra el sujetador. Me rozan con cada bote del autobús. Me hundo más en la capucha.

—Y por eso hablo. —Vuelve un poco la cara hacia mí.

No del todo—. Me has preguntado por qué hablo.

Hablo porque es otra forma de tocar. Le dices lo que le vas a hacer antes de hacérselo, y ya se lo estás haciendo.

Le dices «ahora voy a bajar», y no bajas, y la ves abrir las piernas sola.

Le preguntas qué quiere. No porque no lo sepas.

Lo sabes de sobra. Se lo preguntas porque decirlo en voz alta la pone más que cualquier cosa que le hagas con las manos.

A casi todas les cuesta. Les da vergüenza.

Y cuando por fin lo dicen, con todas las palabras, lo notas. Se mojan solo de oírse.

Se mojan solo de oírse.

Yo me estoy mojando solo de oírla.

No es como las noches. Las noches son un calor que crece.

Esto es un pulso, fuerte, exacto, justo en el centro, que late al ritmo de su voz.

Con cada frase, un latido. Noto cómo me abro.

Noto la humedad empapando el algodón, y luego la malla, y me aterra pensar en el asiento.

Aprieto más los muslos. Es peor. El autobús vibra, un temblor grave que sube por el asiento y se me mete exactamente donde no debe, y tengo que morderme el carrillo por dentro para no hacer ningún ruido.

—Y cuando bajas —dice Leire, muy despacio—, bajas con la boca.

Cierro los ojos.

—Le besas la tripa. Las caderas, el hueso.

La parte de dentro de los muslos, que es la piel más suave que hay en un cuerpo.

Y la hueles. Eso también es distinto. Huele a ganas.

La abres con los dedos, despacio, la miras, y está tan mojada que brilla.

Y entonces le pasas la lengua. Una vez. De abajo arriba, entera, sin prisa.

Se me escapa el aire por la nariz. Corto. Lo oye; tiene que oírlo.

—Y ya no hay manera de parar. Ahí es donde se nota quién sabe y quién no.

Hay que escuchar. Cada una es distinta; a una le gusta suave y en círculos, a otra fuerte y en el mismo sitio, y te lo dice el cuerpo: las caderas, las manos en tu pelo, cómo te aprieta la cabeza con los muslos.

Tú solo tienes que seguirla. Y cuando está a punto, cuando la notas temblar, le metes dos dedos.

Así. —Curva dos dedos en el aire, hacia arriba, apenas un gesto, entre sus rodillas—.

Hacia ti. Y no sueltas con la boca. Y se te corre en la lengua, apretándote los dedos, y es…

Se para.

El silencio me obliga a abrir los ojos.

Me está mirando. No al respaldo: a mí. A mi boca, que tengo entreabierta.

A mis manos, agarradas a los puños de la sudadera.

A mis piernas, cruzadas con tanta fuerza que me tiembla un poco la de arriba.

Lo ve todo. Leire lleva años leyéndome los hombros para saber cómo voy en una serie; no hay nada en mi cuerpo que no sepa traducir.

Se le ha ido el color de la cara. Y la respiración, esa respiración que conozco, se le ha puesto corta.

—Paula —dice.

Solo eso. Mi nombre. Así no lo había dicho nunca.

No contesto. No puedo. Estoy a un latido de algo que no sé qué es, sentada en un autobús, vestida, sin que nadie me haya puesto un dedo encima.

Leire aparta la vista. De golpe, como aquel día apartó el cuerpo. Se incorpora en el asiento, se pasa las dos manos por la cara, por el pelo. Cuando vuelve a hablar tiene la voz de siempre, la de capitana, solo que un poco ronca.

—Bueno. Pues eso. Ya lo sabes. —Carraspea—. Curiosidad satisfecha.

—Sí.

—Era curiosidad.

No es una pregunta, pero lo deja en el aire, y me doy cuenta de que me está ofreciendo una salida. Una puerta abierta, con la mano en el pomo. Solo tengo que cruzarla.

—Era curiosidad —repito.

Asiente. Despacio. Algo se le apaga en la cara, o se le cierra, no sé.

—Mejor. —Se levanta. Se agarra al respaldo de delante porque el autobús coge una curva—. Porque yo tengo una norma, Ibarra. Dos, en realidad. No me lío con chicas que tienen novio. Y no me lío con compañeras.

—Nadie ha dicho nada de liarse.

—No. Nadie ha dicho nada.

Se queda un segundo de pie en el pasillo, mirándome desde arriba. Yo sigo con las piernas cruzadas. No las descruzo. No me atrevo.

—¿Por qué? —pregunto—. Lo de la norma.

—Otro día.

—Leire.

—Otro día, Paula. Duerme un poco. Tienes una cara de espanto.

Se va por el pasillo, agarrándose a los asientos, hasta la segunda fila. La veo sentarse. La veo ponerse los cascos, subirse la capucha, apoyar la frente en el cristal.

Yo me quedo en el fondo.

Tardo un rato en poder descruzar las piernas.

Cuando lo hago, despacio, el aire frío me llega a través de la malla y me arranca un escalofrío que me sube hasta la nuca.

Estoy mojadísima. Me lo noto en los muslos.

Me quito la sudadera y me la ato a la cintura, con las mangas por delante, como cuando tenía trece años y me bajaba la regla en clase.

Quedan tres horas hasta San Sebastián.

Las paso todas con los ojos abiertos, mirando una capucha gris en la segunda fila, repitiéndome las palabras una por una. La lengua plana primero. Luego la punta. Y luego chupas. No se me va a olvidar ninguna. Lo sé con la misma certeza con que sé mis parciales.

Íñigo está esperando en la parada, con el coche en doble fila y las luces de emergencia. Ha venido a buscarme sin que se lo pida, porque llueve. Me coge la mochila, me da un beso en la boca, corto, tibio, con sabor a chicle de menta.

—¿Qué tal ha ido?

—Mal. He nadado fatal.

—Bueno. Un mal día lo tiene cualquiera. —Me abre la puerta—. ¿Y por qué llevas la sudadera así, con el frío que hace?

—Tenía calor en el autobús.

Me subo. Por el retrovisor, mientras él rodea el coche, veo a las demás bajando con las bolsas, a Irati bostezando, a Bego contando cabezas. Y a Leire, la última, parada bajo la marquesina con la mochila al hombro.

No mira al autobús ni a las otras. Mira el coche. Me mira a mí, a través del cristal mojado, mientras Íñigo se sienta, se inclina, me pone el cinturón como si yo fuera una niña y me besa otra vez.

Se sube la capucha. Se da la vuelta. Echa a andar bajo la lluvia, cuesta abajo, sola.

Íñigo arranca.

—¿Tienes hambre? He hecho lentejas.

—Mucha —digo.

Íñigo cree que hablo de las lentejas.

Esa noche ya no me falta guion.

Me lo ha dado ella, palabra por palabra, en la última fila de un autobús. Me lo sé de memoria; no se me va a olvidar ninguna.

Íñigo se ha dormido con la tele puesta, en el sofá. Lo tapo con la manta. Me voy a la cama sola.

Me tumbo de lado. Me pongo la almohada de él entre las rodillas, porque me duelen las piernas del viaje. Eso me digo. Es verdad que me duelen.

Cierro los ojos.

Es más lento. Se empieza por la boca. Mucho tiempo.

La oigo. Tengo su voz exacta, baja, sin mover casi los labios. Y esta vez no estoy en un pasillo. Estoy en una cama que no conozco, y la tengo encima, y me besa.

No sé cómo besa. Me lo invento. Una boca blanda, que no pincha, que no va a ningún sitio.

Luego el cuello. Aquí.

Se me eriza el cuello. De verdad, en mi cama, sola.

Y vas bajando. Sabes lo que es que te rocen un pezón por encima de la tela, casi nada, y que se te ponga duro, y que te duela de ganas de que te lo cojan con la boca.

Lo sé. Lo estoy sabiendo ahora. Los tengo duros contra la camiseta. Me duelen de ganas.

La lengua plana primero. Luego la punta. Y luego chupas.

Se me escapa el aire. Aprieto las rodillas contra la almohada.

No me toco. Tengo una mano debajo de la mejilla y la otra agarrada al borde del colchón. No me toco.

Le pones la mano en la tripa, abierta, y la dejas ahí. Que piense en dónde podría estar esa mano.

Pienso.

Y cuando bajas, bajas con la boca.

Se me mueven las caderas.

No lo decido. Es un balanceo pequeño, hacia delante. La almohada está ahí, entre mis muslos, donde la he puesto porque me dolían las piernas. Es gorda, firme. Me roza.

Me quedo quieta. El corazón me va como en una final.

La abres con los dedos, despacio, la miras, y está tan mojada que brilla. Y entonces le pasas la lengua. Una vez. De abajo arriba, entera, sin prisa.

Me muevo otra vez.

No son mis manos. Eso es lo que me digo, con una claridad de abogado. Mis manos están arriba, a la vista. Es una almohada. Es que me estoy colocando. No cuenta.

Me froto contra ella. Despacio. De abajo arriba. Una vez. Otra.

Estoy tan mojada que noto la funda humedecerse a través de las bragas. La aprieto más entre las piernas, con las dos rodillas, y muevo las caderas contra ella como no las he movido nunca debajo de nadie, buscando, con la boca abierta contra mi propio brazo.

Y cuando está a punto, cuando la notas temblar, le metes dos dedos. Así. Hacia ti.

Veo sus dedos. Curvados, en el aire, entre sus rodillas.

Lo noto venir. Lo reconozco: es lo del sofá, lo de aquella noche, solo que más grande, mucho más, subiendo desde muy abajo.

Estoy a tres movimientos. A dos.

Abro los ojos.

Es la almohada de Íñigo. Huele a él. A su champú.

Me aparto como si quemara. La tiro al suelo. Me quedo boca arriba, jadeando, con las piernas abiertas y vacías, y entre ellas un hambre que me duele hasta los riñones, cortada en seco, latiendo.

No he terminado. Me agarro a eso. No he terminado y no eran mis manos.

Me levanto. Le cambio la funda a la almohada, a oscuras, y meto la otra en el fondo del cesto.

Ya no sé cuántas cosas tengo ahí escondidas.