5. La pared del hotel
El autobús sale el viernes a las cuatro y Leire se sienta delante, sola, con los cascos puestos.
Yo me siento detrás, con Irati, que se duerme en Vitoria con la boca abierta contra mi hombro.
Son cinco horas hasta Madrid. Cinco horas mirando una nuca: el pelo corto, castaño, recién cortado; la goma de los cascos; el hueso que le asoma por el cuello de la sudadera cuando inclina la cabeza hacia la ventanilla.
En algún momento, pasado Burgos, saca el móvil.
Escribe. Sonríe a la pantalla. Escribe otra vez.
La de la bici vive en Madrid.
Me pongo yo también los cascos y no enciendo la música.
El sábado nado mal.
No fatal. Mal. Es peor, porque de lo fatal una se puede reír.
Salgo tarde, me como el primer viraje, y en el tercer cincuenta, donde se decide un doscientos, en vez de mentirle al cuerpo le digo la verdad: que no sé qué hago aquí, que llevo una semana sin dormir, que en la calle de al lado hay una mujer a la que no puedo dejar de mirar.
Toco la pared tres décimas después que ella. Tres. Nunca le había regalado tanto.
—¿Tú qué tienes? —Bego me espera con la toalla y no me la da—. Y no me digas que nada.
—Un mal día.
—Un mal día lo tiene cualquiera. Tú llevas una semana nadando como si tuvieras la cabeza metida en un cubo. Arréglalo. Me da igual lo que sea. Arréglalo.
Me tira la toalla a la cara.
Leire me espera en el pasillo de vestuarios, con el chándal ya puesto y el pelo mojado. Ha ganado la prueba. No lo celebra.
—Eh. —Se apoya en la pared, a un metro. Siempre a un metro—. Tú no nadas así.
—Ya.
—No me gusta ganarte así.
—Pues haber ido más despacio.
Se ríe por la nariz. Luego se pone seria, me busca los ojos, y yo los aparto hacia el suelo, hacia sus zapatillas, hacia cualquier sitio.
—Paula. De verdad. ¿Es por lo de las plazas? Porque si es por eso…
—No es por eso.
—¿Es Íñigo?
—No es nada, Leire. Déjalo.
Levanta las dos manos, despacio, como quien suelta algo que quema.
—Lo dejo.
En la cena del equipo, en un italiano al lado del hotel, come deprisa. A las diez mira el móvil. A las diez y cuarto se levanta, deja un billete en la mesa.
—Señoras, yo me retiro.
—¿Te retiras o te retiran? —dice Irati con la boca llena.
—Buenas noches, Irati.
—¡Salúdala de mi parte!
Leire le enseña el dedo sin volverse. Yo la sigo con la vista hasta la puerta, la veo subirse la cremallera, salir a la calle, girar a la izquierda. Tengo un trozo de pizza en la mano. Lo dejo en el plato. Se me ha cerrado el estómago como un puño.
La habitación es la 214. La suya, la 216.
Me doy cuenta al meterme en la cama: mi cabecero da a la pared medianera. Podría cambiarle la cama a Irati. No se la cambio.
Irati se pone los tapones, el antifaz, se despide con la mano y en cuatro minutos ronca, un ronquido pequeño y regular, de gato. Yo apago la luz. Me quedo boca arriba, con las manos encima de la sábana. Son las once y media. El hotel hace ruidos de hotel: un ascensor, una cisterna, una tele lejos.
La 216, en silencio.
Pienso que a lo mejor no vuelve. Que duerme en casa de la otra. Me digo que eso sería lo mejor, y me lo digo con tanta convicción que casi no noto que estoy aguantando la respiración para oír.
A las doce y diez, el ascensor. Pasos en la moqueta. Dos personas. Una risa que no es la de Leire, más aguda, que se corta de golpe. La tarjeta en la cerradura, el pitido, la puerta.
Chsss, dice la voz de Leire, muy clara, al otro lado. Que tengo a medio equipo durmiendo.
La puerta se cierra.
No debería oír nada más. Es una pared. Pero es una pared de hotel, de pladur, hueca, y yo tengo la cabeza a un palmo y el oído de alguien que lleva toda la vida escuchando debajo del agua.
Al principio no distingo palabras. Oigo dos golpes secos contra el suelo y otro más sordo contra la pared. La risa vuelve y se corta de golpe.
El corazón me va tan fuerte que tengo miedo de que despierte a Irati.
Luego cruje una cama. Y la voz de Leire, baja, grave, más grave que de día:
—Túmbate.
Una sola palabra. Se me eriza todo el cuerpo, desde la nuca hasta las piernas.
No es una pregunta. No es «¿así?». Es una orden dicha sin prisa, con una calma absoluta. Después cruje el colchón y llega un suspiro largo que no es de Leire.
Durante un rato me llegan jadeos y el murmullo de Leire. No para. Eso es lo que me deshace: que no para de hablar. No distingo las palabras, solo el tono, oscuro, continuo, paciente. De vez en cuando una frase sube y me llega entera a través del yeso:
—…despacio. He dicho despacio.
Y la otra gime, un gemido que es una queja.
—…no. Todavía no. Mírame.
Aprieto los muslos. Tengo las dos manos encima de la sábana, los puños cerrados sobre la tela, y entre las piernas un latido tan fuerte que lo noto en las ingles, en la tripa, en los dientes.
Estoy mojada. No me hace falta comprobarlo.
Lo noto correr. Noto la tela de las bragas pegada, y la sábana debajo, y el aire frío de la habitación en cada sitio donde estoy mojada.
—Dime qué quieres.
Eso llega clarísimo. Como si me lo hubiera dicho a mí, a un palmo, en la oreja.
La otra contesta algo. No lo oigo. Leire sí:
—No. Con todas las palabras. Dímelo bien.
Y la otra se lo dice. Tampoco lo oigo, pero oigo cómo lo dice, la vergüenza y el hambre en la voz, y oigo la risa corta de Leire, de garganta, la misma que le sale cuando Irati dice una tontería, solo que aquí no tiene nada de inocente.
—Eso sí. Abre las piernas.
Se me escapa el aire por la boca.
Me pongo de lado, de cara a la pared. No lo decido.
Encojo las rodillas, meto las dos manos debajo de la almohada, donde no puedan hacer nada, y me quedo así, hecha un ovillo, con la frente casi tocando el papel pintado.
Al otro lado empieza un golpeteo contra la pared.
Lento primero. Tac, tac, y cada golpe me entra por la frente y me baja por la columna hasta donde más me late.
La otra ya no intenta callarse. Gime, cada vez más alto, y entre gemido y gemido dice cosas, sí, ahí, joder, Leire, no pares. Dice su nombre. Lo dice muchas veces. Yo muevo los labios con ella sin darme cuenta.
Y Leire sigue hablando. Más rápido ahora, más ronca, con la respiración metida entre las palabras:
—Así. Así, muy bien. Qué mojada estás. Mira cómo estás. ¿Lo notas? ¿Notas lo que te estoy haciendo?
Dime lo que me estás haciendo, le pedí yo a Íñigo. Te estoy haciendo el amor.
Muerdo la almohada.
Muevo las caderas. No las manos: las manos siguen debajo de la almohada, me lo juro a mí misma, agarradas la una a la otra.
Pero las caderas se me van solas contra el colchón, una vez, pequeña, y el roce de mis propios muslos apretados es tan brutal que se me nubla la vista.
Me quedo rígida. Paro. No. No voy a hacer esto.
No voy a correrme en una cama de hotel, al lado de Irati, escuchando a mi compañera de equipo follarse a otra.
No me muevo. Es lo más difícil que he hecho en mi vida, y he nadado un ochocientos con fiebre.
Al otro lado, la voz de la otra se quiebra en un grito largo que se corta de golpe. Suenan tres golpes más contra la pared y se para. Jadeos. Una risa floja, incrédula. Madre mía, dice la voz aguda. Madre mía.
Silencio. Algún roce que no sé identificar.
Pienso que se ha acabado. Suelto el aire. Me duelen las mandíbulas de apretar.
Y entonces la voz aguda dice, mimosa:
—Ahora tú.
—No hace falta.
—Calla. Ven aquí.
La cama cruje otra vez. Y entonces Leire deja de hablar.
Es peor. Es mil veces peor que las palabras.
Porque ahora lo que oigo es a ella, solo a ella: su respiración, que conozco mejor que la mía.
La he oído siete años al otro lado de una corchera.
Sé cómo respira cuando va cómoda y cómo respira cuando va al límite, y ahora ese mismo ritmo se le acorta, se le rompe. Apenas hace ruido.
—Ahí —dice, una sola vez, muy bajo. Casi con rabia.
Pego la palma de la mano a la pared.
No sé por qué lo hago. La saco de debajo de la almohada y la pongo abierta contra el papel pintado, los cinco dedos. La pared está fría. Vibra un poco.
Su respiración se acelera. Se le entrecorta. Y entonces lo oigo: el silbido.
Ese silbido pequeño, entre los dientes, que le sale en el agua cuando va justa, en los últimos quince metros, cuando ya no le queda nada y sigue. Lo reconocería entre mil. Lo he oído cada mañana durante años. Nunca así.
El silbido se corta. Después, un golpe sordo al otro lado y una exhalación larga, temblorosa, que termina en algo que podría ser una palabra y no lo es.
Yo tengo la mano en la pared, la boca abierta contra la almohada y los ojos llenos de lágrimas que no sé de dónde han salido.
No me he tocado. Lo repito como un mérito. No me he tocado.
Estoy tan mojada que me ha traspasado el pijama.
No duermo. A las tres las oigo otra vez, más corto, más perezoso, y me pongo los cascos con un pódcast de economía a todo volumen.
A las cinco me ducho con agua fría hasta que me castañetean los dientes.
A las seis y media estoy vestida, sentada en el borde de la cama, mirando cómo se hace de día en un patio interior.
A las siete menos cuarto no aguanto más la habitación. Cojo la tarjeta, abro la puerta sin hacer ruido para no despertar a Irati, salgo al pasillo.
La puerta de la 216 se abre a la vez.
Sale una chica. Alta, con rizos, la cazadora en la mano y los cordones sin atar. Guapa. Mucho. Tiene la boca hinchada y esa cara de sueño feliz que yo no he tenido nunca. Detrás, sujetando la puerta con el hombro, descalza, con una camiseta gris que le llega a medio muslo y nada más, está Leire.
La chica se vuelve, le coge la cara, la besa. Un beso largo, de despedida, con la mano en la nuca. Leire se deja. Tiene los ojos cerrados.
Los abre por encima del hombro de la otra, y me ve.
No se aparta. Termina el beso. Pero algo le cambia en la cara, rápido, antes de que pueda esconderlo.
—Hablamos —le dice a la chica.
—No vas a llamar.
—No.
La chica se ríe, sin rencor, le da una palmada en la cadera y pasa a mi lado hacia el ascensor. Huele a ella. A Leire. Al gel que usa, a su piel. Me aparto para dejarla pasar y tengo que apoyarme en el marco.
Nos quedamos solas en el pasillo. Ella con su camiseta gris, las piernas desnudas, el pelo aplastado de un lado. Tiene una marca roja en el cuello, debajo de la oreja.
—Buenos días, Ibarra. —Lo intenta con la voz de siempre. Le sale casi—. Qué madrugadora.
—No he dormido.
—¿Irati y sus ronquidos?
Podría decir que sí. Sería lo fácil, lo sensato, lo que diría la Paula de hace quince días. Abro la boca para decirlo.
—Las paredes son de papel —digo.
Se queda quieta.
La veo entenderlo. La veo mirar la puerta de la 214, luego la suya, luego calcular dónde está cada cama.
Y entonces pasa una cosa que no he visto en siete temporadas: Leire Aramburu, la capitana, la que cruza la piscina como su salón, la que dijo en una cena que le gustaban las mujeres con la misma voz con que pidió el postre, se pone roja.
Roja de verdad, desde el cuello de la camiseta hasta la raíz del pelo.
—¿Se oía?
—Todo.
Traga saliva. Se estira el borde de la camiseta hacia abajo con una mano, un gesto inútil, de cría.
—¿Todo, todo?
La miro. Esta vez no aparto los ojos. Estoy demasiado cansada para apartarlos.
—Hablas mucho —digo.
Y me voy por el pasillo hacia el ascensor, con las piernas que no me sostienen, sin saber qué es lo que acabo de hacer ni por qué, de pronto, a pesar de todo, tengo ganas de reírme.