Apnea 4. El cursillo
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4. El cursillo

Los miércoles y los viernes, de cinco a siete, doy clase a los pequeños.

Es en la piscina pequeña, la de enseñanza: doce metros de largo, el agua a treinta grados y medio metro de fondo. Veinte críos de seis años con manguitos, gritando. No se parece en nada a lo que hago por las mañanas. Por las mañanas nado contra un cronómetro. Por las tardes sujeto barrigas.

Somos dos monitores. Ander, que estudia Magisterio, y yo.

Ese miércoles Ander no viene. Gastroenteritis, me dice la coordinadora por teléfono; que no me preocupe, que manda a alguien.

A las cinco menos cinco estoy metida en el agua hasta la cintura, con una camiseta del club encima del bañador, repartiendo churros de colores, cuando se abre la puerta de la piscina pequeña.

—Buenas tardes, señoras y señores.

Se me cae un churro.

Lleva un bañador negro y una camiseta blanca del cursillo, que le queda grande. Chanclas. El pelo seco, revuelto. Cruza el borde de la piscina como quien cruza su salón, y veinte críos se vuelven a mirarla.

—¿Tú qué haces aquí? —Me sale más seco de lo que quería.

—Trabajar. Me ha llamado la coordinadora porque Ander está malo. —Se encoge de hombros—. Si me ofrecen dos horas, las cojo. Tengo un alquiler.

Siete temporadas, y nunca me había imaginado a Leire Aramburu dando clase a niños.

Se quita las chanclas. Se mete en el agua, a dos metros de mí. La camiseta blanca se le empapa hasta el pecho y se le pega.

Miro los churros.

—A ver —dice, dando una palmada—. ¿Quién sabe hacer el tiburón?

Veinte manos.

Es otra. No hay otra manera de decirlo. La capitana que no levanta la voz, que llega la última y manda sin pedirlo, se pone un churro verde en la cabeza a modo de aleta y persigue a los críos por medio metro de agua haciendo ruidos con la boca.

Se deja atrapar. Se deja hundir por seis niños a la vez y sale escupiendo, con el pelo en los ojos, muerta de risa.

Tiene una risa que no le conocía, no esa corta de garganta, sino una larga, de tripa.

Me quedo con una tabla en las manos, mirándola, hasta que una niña me tira de la camiseta.

—Profe. Profe. Que Unai no quiere.

Unai nunca quiere. Tiene seis años, unos ojos enormes y pánico a meter la cara en el agua. Llevo dos meses con él. Está agarrado al bordillo con las dos manos, temblando, mientras los demás hacen el tiburón.

Voy hacia él. Leire llega antes.

No le dice nada. Se sienta a su lado, en el escalón, con el agua por el pecho. Mira lo que mira él: la piscina, los otros.

—A mí también me daba miedo —dice al rato.

Unai la mira de reojo.

—Mentira.

—Verdad. Hasta los ocho. Me llevaba mi madre a la playa de Hondarribia y yo no pasaba de las rodillas. Me daba miedo no poder respirar.

—¿Y qué hiciste?

—Me enseñaron un truco. ¿Quieres saberlo?

Él se lo piensa. Asiente, muy serio.

—El truco es que no tienes que meter la cara. Al revés. Miras al techo. —Se levanta, le tiende las manos—. Te tumbas boca arriba, como en la cama, y yo te sujeto. No te suelto. Y tú solo tienes que hacer una cosa.

—¿Cuál?

—Respirar.

Lo coge. Le pone una mano debajo de la nuca y otra debajo de la espalda, abiertas, y lo va tumbando en el agua, despacio. El crío está rígido como una tabla. Tiene los ojos apretados.

—Respira —le dice, bajito—. Despacio. Yo te tengo.

No sabía que tenía esa voz. Grave, lenta, sin una gota de prisa. Una voz que no pregunta si puedes; da por hecho que sí.

—Coge aire. Suéltalo. Otra vez. Eso es. Muy bien. No te suelto.

Unai respira. Una vez, dos. Se le afloja la tripa. Abre un ojo, mira el techo. Flota.

—¿Ves? —dice ella—. El agua te quiere arriba. Solo hay que dejarla.

Yo estoy de pie, a un metro, con el agua por la cintura, y no puedo apartar los ojos de sus manos.

Son grandes para ser de mujer. Los dedos largos. Sostienen la espalda de un niño con una firmeza tranquila, sin apretar, y algo en mí, muy abajo, se pregunta qué se sentirá.

Me doy la vuelta. Me pongo a recoger churros que nadie me ha pedido que recoja.

A las siete se van los críos, envueltos en albornoces, de la mano de sus madres. Una niña con trenzas se para delante de Leire.

—¿Tú tienes novio?

—No.

—¿Y novia?

Se me para el pulso. Leire no se inmuta.

—Tampoco.

—¿Y la profe?

—La profe tiene novio.

—¿Y es guapo?

Leire me mira por encima de la cabeza de la niña. Medio segundo.

—Mucho —dice—. Y muy bueno. Hace croquetas.

La niña se va, satisfecha.

Nos quedamos solas en la piscina pequeña, recogiendo tablas. El agua, caliente, plana. Se ha hecho de noche en los cristales.

—Se te dan bien —digo.

—Me gustan. No te juzgan. Si les das miedo, lloran, y si les caes bien, se te suben encima. —Apila los churros—. Tú también lo haces bien. Tienes paciencia.

—No sabía que hacías esto.

—Hay muchas cosas que no sabes.

Lo dice sin mala intención, pero sigo pensando en la frase.

Me meto en el agua para coger una tabla que flota en el centro. Ella me mira desde el bordillo, con los brazos cruzados, la camiseta mojada.

—Tienes el codo caído.

—¿Qué?

—En el agarre. El derecho. Cuando vas cansada, se te cae el codo y pierdes agua. Te lo llevo viendo años.

Me quedo con la tabla en la mano.

—¿Y por qué no me lo has dicho?

—No me lo has preguntado. —Se encoge de hombros—. Y es mi rival la que nada en la calle de al lado. No voy a regalarle una décima.

—Me la estás regalando ahora.

Tarda en contestar.

—Ya. No sé por qué.

Se mete en el agua. Viene hasta donde estoy. Se para a un palmo. Exacto.

—Pon el brazo. Como si fueras a tirar.

Lo pongo. Estirado delante, la mano entrando en el agua.

—¿Ves? Ahí. Baja el codo antes que la mano. —Coge un churro, uno azul, y me toca con la punta por debajo del codo, empujando hacia arriba—. Tiene que quedarse alto. Así.

Con un churro. Me corrige con un trozo de espuma de un metro, para no ponerme la mano.

—No lo noto —digo.

—Sube más.

—No sé cuánto.

—Más. Ahí. No. —Resopla—. Mira, fíjate en mí.

Se pone de perfil. Estira el brazo. Hace el gesto, despacio, y yo veo el codo quedarse arriba, el antebrazo caer, el hombro girar debajo de la camiseta mojada, cada músculo.

No estoy mirando el codo.

—¿Lo ves?

—Sí. —No he visto nada—. Pónmelo tú. El brazo. Que si no, no me entero.

No sé por qué lo digo. Es lo normal; Bego me coloca los brazos veinte veces al día. Cualquier entrenador lo hace.

Leire se queda quieta. Tiene el churro en la mano. Me mira el brazo, tendido en el agua entre las dos, y luego la cara.

—No —dice.

—¿Por qué?

—Porque no.

No es borde. Es casi suave. Pero deja claro que no va a decir nada más.

Me da el churro. Sale del agua por la escalera, despacio, con el agua resbalándole por las piernas. De espaldas a mí, se quita la camiseta blanca, la retuerce con las dos manos; el agua cae al suelo en un chorro. La espalda. El bañador negro. Los hombros.

—El codo —dice sin volverse—. Arriba. Acuérdate mañana, en el tercer cincuenta.

Se va.

Me quedo en medio metro de agua caliente, con el brazo todavía estirado, sintiéndome idiota.

Esa noche no pienso en el pasillo ni en la ducha.

Íñigo duerme. Yo estoy boca arriba, con las manos encima de la sábana, y lo que me viene es una cosa tan inocente que tardo en entender por qué me late así.

Estoy tumbada en el agua. Caliente, a treinta grados. Miro un techo. Y debajo de mí, sosteniéndome, una mano abierta en la nuca y otra en mitad de la espalda. Grandes. Los dedos largos. No aprietan. No me sueltan.

Respira. Yo te tengo.

Me arqueo en la cama. Solo un poco, la espalda, como buscando esa mano.

No hay nada sucio en lo que imagino. No hay ni piel. Hay una voz grave que da por hecho que puedo, y dos manos que me aguantan el peso.

Y estoy mojada. Otra vez. Con eso.

Me doy la vuelta, de cara a la pared. Aprieto las rodillas contra el pecho.

A mí nadie me ha sostenido así. Íñigo me abraza, me tapa los pies, me hace la cena. Me cuida. Pero no me sostiene. Soy yo la que nada, la que aguanta, la que no se queja. Llevo diecinueve años flotando sola.

No sabía que quería que alguien me pusiera una mano debajo.

El jueves, en el tercer cincuenta, subo el codo.

Noto el agua. La agarro mejor que nunca. Toco la pared dos décimas más rápido que en toda la temporada, y cuando saco la cabeza, sin aire, la busco al otro lado de la corchera.

No me mira. Se está ajustando las gafas.

Pero sonríe. Media boca, hacia el agua.