Apnea 3. Así se me pasa
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3. Así se me pasa

No se me pasa.

Le doy cuatro días. Soy una persona razonable y a las cosas hay que darles un plazo.

Cuatro días en los que hago todo lo que hay que hacer: entreno, como, doy mis clases, duermo ocho horas.

Me comporto como una mujer a la que no le pasa nada, con tanta aplicación que acabo agotada de lo normal que estoy siendo.

Y mientras tanto, miro.

No quiero mirar. Miro. Es como cuando tienes una herida en la boca y la lengua va sola.

La miro atarse el cordón del bañador con los dientes.

La miro beber agua, la garganta subiendo y bajando.

La miro reírse de algo que dice Maialen, con la cabeza hacia atrás.

La miro estirar los hombros contra la pared antes de entrenar, los brazos en cruz, el pecho abierto, y tengo que sentarme en el bordillo porque se me aflojan las rodillas.

Ella no me mira a mí. Eso es nuevo también.

Desde el pasillo, Leire me habla igual, me gasta las mismas bromas, me espera en la pared entre series.

Pero en el vestuario ha cambiado de alcachofa.

Sin decir nada. Ahora se ducha en la del fondo, la que gotea, la que nadie quiere.

Y el palmo que dejaba siempre se ha convertido en un metro.

Debería darme igual. No me da igual. Me descubro contando los metros.

Las noches son peores. De día tengo el agua, el cronómetro, veinte críos con manguitos.

De noche solo me tengo a mí. Me acuesto, apago la luz, y a los diez minutos estoy otra vez en el pasillo con un cuerpo mojado contra la espalda, o debajo de la ducha con los ojos abiertos.

Cada noche añado algo que no pasó. La segunda, su mano no se aparta de mi cadera.

La tercera, baja. La cuarta ni siquiera necesito el pasillo: me basta verla estirar contra la pared, los brazos en cruz, para notar cómo me abro.

La tercera es la que me asusta, y por eso la cuento.

Íñigo duerme. Yo estoy boca arriba, con las manos encima de la sábana, a la vista. Me he puesto una camiseta vieja y unas bragas de algodón, blancas, las más sosas que tengo, como si eso sirviera de algo.

Cierro los ojos y ya estoy en el pasillo.

Solo que esta vez no hay Irati. No hay nadie. Estoy agachada, con la toalla mal anudada, y oigo sus pies descalzos detrás de mí. Se para. No tendría por qué pararse; hay sitio.

Se pega a mi espalda.

Despacio. No es un empujón. Es alguien que se acerca porque quiere. Noto primero el calor, antes que la piel. Luego la piel: mojada, tibia de la ducha. Los pechos contra mis omóplatos, pequeños, firmes, con los pezones duros. La tripa en mis riñones. El muslo, entre los míos.

No me incorporo. En la cama, se me levantan las caderas un centímetro del colchón.

La mano. En la cadera, donde se abre la toalla. Cinco dedos. No dice «perdona». No se aparta. La deja ahí, abierta, y noto que respira en mi nuca, y que se le acelera el aire.

La mano se mueve.

Hacia delante. Por el hueso de la cadera, por debajo del borde de la toalla, hacia la tripa. Despacio, con toda la palma. Tiene los dedos largos. Me los abre encima del vientre, y aprieta, y me pega más a ella.

Aprieto los muslos en la cama. Tengo los pezones tan duros que me rozan con la camiseta cada vez que respiro, y respiro deprisa.

No sé qué viene después. Eso es lo que me asusta: que no lo sé.

Con un hombre sabría imaginarlo, tengo el guion.

Con ella no tengo nada. No sé qué hace una mujer con otra.

Solo tengo esa mano en la tripa, bajando, un dedo cada vez, y mi cabeza se queda ahí, atascada, en el borde, sin saber cómo se sigue.

Y el cuerpo sigue solo.

Me late entre las piernas con una fuerza que me da miedo. Noto cómo me abro, cómo me mojo, primero un poco y luego mucho, empapando el algodón, resbalándome hacia atrás. Muevo las caderas. Una vez. Contra nada, contra el aire, contra el peso de la sábana.

Se me escapa un ruido por la nariz.

Íñigo se remueve. Me quedo de piedra.

No se despierta. Me busca dormido, me pasa un brazo por encima de la tripa. Justo donde, en mi cabeza, hay otra mano.

La suya es grande, pesada, conocida. No me dice nada.

Me quedo así, debajo de su brazo, con los ojos abiertos y las bragas mojadas, latiendo sola, hasta que se me pasa. Tarda una hora.

Cuatro noches. Cuatro bragas al fondo del cesto.

No me toco ninguna. Me agarro a eso como a una corchera. Mientras no me toque, no ha pasado nada; es solo el cuerpo haciendo cosas de cuerpo, como un calambre, como el hipo.

El viernes, en la ducha de casa, llego a una conclusión. Me parece tan sensata que casi me río de alivio.

Lo que tengo son ganas. Nada más. Ganas atrasadas, de las de verdad, de las que no he tenido nunca porque nunca me ha hecho falta: Íñigo y yo lo hacemos dos veces por semana, bien, con cariño, y a lo mejor resulta que mi cuerpo, a los veintiséis, ha decidido que quiere más.

Y como no se lo doy, se lo inventa. Coge lo primero que tiene delante.

Una compañera, un roce. Podría haber sido cualquiera.

Tengo un novio. Tengo un novio guapo, que me quiere, que está ahora mismo en el sofá viendo el baloncesto. El problema tiene una solución de una lógica aplastante.

Me lo follo, y así se me pasa.

Salgo del baño con la toalla. No me pongo el pijama. Cruzo el salón, me planto delante de la tele y la dejo caer.

Íñigo tarda un segundo en entender lo que está viendo. Luego se le abre la boca.

—Paula.

—Apaga eso.

No lo apaga; se le cae el mando. Me subo encima de él a horcajadas, en el sofá, desnuda, con el pelo mojado goteándole en la camiseta, y lo beso como no lo he besado nunca.

Con hambre. Con los dientes. Él hace un ruido de sorpresa dentro de mi boca y sus manos grandes me encuentran la espalda, la cintura, el culo, sin saber muy bien dónde quedarse.

—¿Qué te pasa? —se ríe contra mis labios.

—Nada. Que tengo ganas.

—Ya lo veo.

—Pues no hables.

Le saco la camiseta por la cabeza. Le desabrocho el pantalón con unas prisas que no me conozco, y él levanta las caderas para ayudarme, y ya está duro, claro que está duro, lleva cuatro años esperando sin saberlo a que yo haga exactamente esto.

Lo cojo con la mano. Está caliente, grueso, me llena los dedos. Le oigo coger aire.

Estoy mojada. Eso es lo que me dice que tengo razón: estoy mojada antes de que me toque, mojada desde la ducha, desde hace cuatro días. Era esto. Eran ganas. Me levanto un poco sobre las rodillas, lo coloco, y me dejo caer de golpe, hasta el fondo, sin el cuidado de siempre.

—Joder —dice Íñigo.

Me quedo quieta un segundo, llena, con las manos en sus hombros. Es bueno. Es muy bueno. Lo noto dentro, abriéndome, y pienso ves, ves como era esto, y empiezo a moverme.

No me muevo como siempre. Siempre nos movemos juntos, despacio, él encima, mirándonos.

Hoy lo monto. Hoy voy a mi ritmo, que es rápido y es egoísta, las caderas adelante y atrás, frotándome contra él en cada vuelta, buscando el sitio.

Él me agarra la cintura y me deja hacer con los ojos muy abiertos, como si no quisiera perderse nada.

—Estás… Dios, Paula. Estás preciosa.

Preciosa. No es eso lo que quiero oír. No sé qué quiero oír, pero no es eso.

—Dime algo —le pido.

—¿Qué?

—Algo. Dime lo que me estás haciendo.

Parpadea. Lo veo buscar, apurado, tan buen chico.

—Te… te estoy haciendo el amor.

Cierro los ojos para no ver la cara que pongo.

Sigo. Más fuerte. Le cojo una mano y me la llevo al pecho y él me lo acaricia con la palma, suave, redondo, y yo le aprieto los dedos con los míos para que apriete, para que pellizque, y pellizca un poco, con miedo de hacerme daño.

No me hace daño. Ojalá. Subo y bajo, y el sofá cruje, y tengo el pelo mojado pegado a la espalda y el calor creciéndome en la tripa, grande, mucho más grande que el otro día.

Va a ser bueno. Va a ser el mejor que he tenido con él y luego se me habrá pasado y el lunes entraré en el vestuario y no miraré a nadie.

Piensa en él, me ordeno. Con los ojos cerrados, piensa en él. Sus manos. Sus hombros. La cara que pone.

Lo intento. Lo juro. Tengo su cara ahí, la sujeto, y aprieto las caderas, y ya viene, lo noto subir desde muy abajo, ya no hay forma de pararlo—

Y se me va su cara.

No la suelto yo. Se va sola, como una diapositiva que alguien cambia, y en su sitio hay un banco de madera y una taquilla abierta.

Leire. De pie, de perfil. Desnuda.

Se está secando el pelo. Nada más que eso.

Tiene los dos brazos levantados, la toalla en la cabeza, y se frota con ganas, a su manera brusca, y con cada sacudida se le mueven los pechos, pequeños, altos, los pezones oscuros todavía mojados.

Una gota le baja por el costado, despacio, costilla por costilla, hasta el hueso de la cadera.

Tiene los ojos cerrados debajo de la toalla.

No sabe que la miro. Se frota el pelo, y el vientre se le tensa, y la gota llega a la línea de vello castaño y se queda ahí, brillando.

Me corro.

No es una ola corta. No es limpio ni es educado.

Me parte por la mitad. Me arranca un grito que no he oído salir de mi boca en la vida, ronco, feo, y se me doblan los brazos y caigo contra el pecho de Íñigo temblando, apretándolo dentro, una vez y otra y otra, con las piernas que no me obedecen y los dedos clavados en el respaldo del sofá.

Dura. Dura tanto que me da tiempo a tener miedo.

Y durante todo lo que dura, hasta el último espasmo, ella sigue ahí, secándose el pelo.

—Hostia —jadea Íñigo. Se ha corrido conmigo; lo noto, lejos, como algo que le pasa a otra—. Hostia, Paula. ¿Qué ha sido eso?

No puedo contestar. Tengo la cara escondida en su cuello y los ojos muy abiertos.

—Nunca te habías… —Se ríe, feliz, sin aire, me besa el pelo mojado—. Madre mía. Tendrías que tener ganas más a menudo.

Me acaricia la espalda con sus manos grandes, limpias. Está contento. Está orgulloso. Cree que ha sido él.

Yo me quedo encima, muy quieta, con el corazón desbocado y una sensación que tardo en reconocer porque no la he tenido nunca. No es culpa, todavía. Se le parece. Es la sensación de haber robado algo delante de todo el mundo y que nadie se haya dado cuenta.

El fin de semana me lo paso convenciéndome.

Se me da bien. El sábado ya tengo una versión: fue una imagen suelta. El cerebro, en ese momento, dispara cosas al azar; lo he leído en algún sitio. Podría haber visto la cara de Bego, o la lista de la compra. Vi un vestuario porque me paso media vida en un vestuario.

El domingo tengo otra mejor: da igual lo que viera, porque ya está.

Lo he sacado. Eran ganas y las he gastado, todas, de golpe, encima de mi novio, que es donde hay que gastarlas.

Me noto el cuerpo tranquilo, pesado, saciado.

El domingo por la noche me acuesto y no hay pasillo ni ducha.

Duermo nueve horas. Las bragas, por la mañana, secas.

Se me ha pasado.

El lunes voy a la piscina casi contenta. Llueve, es de noche, hace un frío que corta, y yo subo la cuesta del club con la mochila al hombro pensando en parciales. En parciales. Como una persona normal.

Llego a las seis menos diez. Me siento en el bordillo, meto los pies en el agua. Veintisiete grados y medio. No miro la puerta. Entra Irati, bostezando. Entran las mellizas. No miro. Me ajusto las gafas, me estiro el gorro sobre las orejas, respiro hondo. Estoy bien. Estoy perfectamente.

Cuando faltan dos minutos, la puerta del vestuario se abre de un empujón de hombro.

—Buenos días, señoras.

No es que la mire. Es que levanto la cabeza porque alguien ha hablado, como haría cualquiera.

Y me da un vuelco.

No sé decirlo de otra manera: como un cuerpo en un viraje.

Se me va el aire. Se me calienta la cara, el cuello, las orejas debajo del gorro.

Leire cruza la playa de la piscina con las gafas colgando de dos dedos, el bañador negro, los hombros todavía secos, y yo la estoy viendo así y al mismo tiempo la estoy viendo de perfil, con los brazos en alto y una gota bajándole por las costillas, y sé qué cara pone cuando se seca el pelo, y sé lo que hice yo mientras la veía.

Es como si ella pudiera saberlo. Como si lo llevara yo escrito en la frente.

—Ibarra. —Se ha parado delante de mí. Frunce el ceño—. ¿Estás bien?

—Sí.

—Estás roja.

—He subido la cuesta corriendo.

—Tú no has corrido en tu vida.

—Pues hoy sí.

Me mira un segundo más. Tiene los ojos castaños, con una mota más clara en el izquierdo. Tampoco lo sabía. Voy sumando cosas que no sabía y cada una pesa.

—Vale —dice, despacio. Y luego, más bajo, sin la broma en la voz—: Si te pasa algo, me lo dices. Que nos estemos jugando una plaza no cambia eso.

—No me pasa nada.

—Vale.

Se va a su calle. Deja un metro al pasar. Yo me dejo caer al agua sin calentar el cuello, de cualquier manera, y me hundo hasta el fondo y me quedo ahí abajo, sentada en los azulejos, soltando el aire poco a poco, hasta que me arden los pulmones.

No me pasa nada, repito, con el agua apretándome los oídos.

No me pasa nada. Tengo novio. Me gustan los hombres.

Me han gustado siempre; nunca me he planteado otra cosa, nunca ha habido otra cosa que plantearse.

Es una racha. Son los nervios. Es que es mi rival y la tengo en la cabeza todo el día y la cabeza mezcla.

Subo a por aire.

Ella está colgada de la corchera, esperándome para salir juntas, como siempre. Me sonríe con media boca.

—¿Lista?

—Lista.

Salimos. Largo de ida, nuca contra nuca. Viraje. Largo de vuelta.

Cada tres brazadas saco la boca del agua, y ahí está su cara. Y cada tres brazadas me lo vuelvo a negar.

Al salir, Bego ha pegado un papel en el corcho, al lado de las taquillas. Irati lo lee en voz alta, con el dedo:

—Desplazamiento del fin de semana. Salida el viernes a las cuatro. Habitaciones… Mellizas, juntas, qué sorpresa. Maialen con Nahia. Ibarra conmigo. —Se vuelve hacia mí, encantada—. ¡Te aviso de que ronco!

—Ya lo sé. Llevo cuatro años durmiendo contigo.

—Y Aramburu, individual. —Irati resopla—. Claro, la capitana. Qué morro tienes, tía.

Leire, de espaldas, metiendo las cosas en la mochila, se encoge de hombros.

—Privilegios del cargo.

—Privilegios para llevarte a quien quieras, que nos conocemos.

—Irati.

—¿Qué? ¿No vive en Madrid la de la bici?

Leire no contesta. Cierra la cremallera de un tirón. Y yo, que no me pasa nada, que tengo novio, que ya lo he sacado todo, me quedo mirando ese papel, la palabra individual al lado de su apellido, y noto algo nuevo, pequeño y agrio, justo debajo del esternón.

Tardo todo el camino a casa en ponerle nombre.

Son celos.