2. Un palmo
Al día siguiente llego a las seis menos diez, como siempre, y hago una cosa que no he hecho nunca: miro la puerta.
No lo decido. Me doy cuenta cuando ya lo estoy haciendo.
Estoy sentada en el borde, con los pies en el agua, ajustándome la goma de las gafas, y cada vez que alguien empuja la puerta del vestuario levanto la cabeza.
Irati. Las mellizas. Maialen con su bolsa de hielo. Bajo la cabeza. La vuelvo a levantar.
Cuando faltan dos minutos entra Leire, con el hombro por delante, las gafas colgando de dos dedos, y yo aparto la vista tan deprisa que me hago daño en el cuello.
—Buenos días, señoras.
No contesto. Me meto en el agua.
Es la décima, me digo en el primer largo. Es que ayer casi la cojo. Cuando una está a punto de ganar a alguien, lo mira distinto; es normal, es deporte, le pasa a todo el mundo. Me lo digo durante cuatrocientos metros y a los cuatrocientos metros casi me lo he creído.
Bego nos saca del agua antes de la serie principal. Eso tampoco pasa nunca.
—Sentaos. Cinco minutos.
Nos sentamos en el bordillo, las ocho en fila, todavía mojadas, con las toallas por los hombros. Bego se queda de pie delante, con la carpeta contra el pecho.
—Ha salido la normativa del Europeo. Os la resumo, que sé que no leéis.
Doscientos libre: dos plazas. Se deciden en el Campeonato de España, en la final, a una carrera.
No valen marcas de antes, no valen méritos, no vale que yo llame a nadie.
Las dos primeras que toquen la pared con la mínima se van. La tercera se queda en casa.
Silencio. Solo el motor de la depuradora.
—Hoy por hoy hay tres mujeres en España nadando en esos tiempos. Dos están aquí sentadas. —No nos mira. No hace falta—. La otra es Carlota Rey, que además va a nadar en su piscina, con su gente en la grada. Así que las cuentas son fáciles. Tres para dos.
Noto a Irati mirándonos de reojo, a mí y a Leire, como quien mira un partido de tenis.
—Luego está el relevo —sigue Bego—. El cuatro por doscientos.
Si ganáis el relevo con la marca que yo creo que podéis hacer, van las cuatro.
Y para eso os necesito a las dos enteras y tirando la una de la otra, como lleváis siete años tirando.
¿Me explico? Sois compañeras hasta el poyete.
Encima del poyete, cada una a lo suyo. Y al bajar, compañeras otra vez.
Quien no sepa hacer eso, que me lo diga hoy.
Nadie dice nada.
—Pues al agua. Trece semanas. No me sobra ni un día.
Me levanto. Tengo la boca seca, que es una cosa rara de tener dentro de una piscina. Dos plazas. Llevo desde los quince años nadando para una frase como esa, y ahora que la tengo delante, lo primero que pienso no es voy a ir. Lo primero que pienso es o ella o yo.
—Pues nada, Ibarra. —Leire se ha parado a mi lado. Se está metiendo el pelo en el gorro y me mira con media sonrisa, tranquila, como si Bego acabara de leer el menú—. A matarnos.
—A matarnos.
—Con cariño.
—Con el justo.
Se ríe. Esa risa corta. Y se tira de cabeza, y yo me quedo un segundo de más mirando el agujero que deja en el agua.
La serie es larga y dura: ocho cuatrocientos. No hay sitio para pensar en un cuatrocientos, y lo agradezco. Pero en los largos de vuelta, cada tres brazadas, ahí está. La mejilla. La boca. El cristal ahumado.
Ayer lo conté como una curiosidad: siete temporadas mirándonos a trozos.
Hoy no me parece una curiosidad. Hoy cada trozo se me queda.
Saco la cabeza, la veo, meto la cabeza, y la imagen no se va con el agua como se ha ido siempre: se queda pegada por dentro de los párpados, y a la siguiente respiración le sumo otra, y otra, hasta que voy nadando con una Leire hecha de pedazos.
La forma en que tuerce la boca. La vena del cuello cuando aprieta.
El hombro saliendo del agua, redondo, brillante, con una gota que le corre hacia la axila.
Me trago media piscina en el quinto cuatrocientos.
—¡Ibarra! —grita Bego—. ¿Dónde tienes la cabeza?
No lo sé. Esa es la verdad. No tengo ni idea de dónde la tengo.
En el vestuario hago lo de siempre. Me quito el bañador bajo la ducha, cierro los ojos, dejo que el agua caliente me caiga por la nuca. Lo de siempre.
Y entonces abro los ojos.
Leire está bajo su alcachofa, de espaldas a mí, con la cabeza echada hacia atrás.
El agua le pega el pelo corto al cráneo y le baja por la espalda en una lámina, siguiendo el canal de la columna, abriéndose en la cintura.
Tiene dos hoyuelos encima del culo. No lo sabía.
Siete años y no lo sabía. Tiene el culo alto, duro, de nadadora, y unos muslos largos por los que el agua resbala despacio, y cuando levanta los brazos para aclararse el pelo se le marcan todos los músculos de la espalda, uno por uno, como si alguien los fuera encendiendo.
Se gira.
Yo no aparto la vista a tiempo, pero ella tiene los ojos cerrados. Se pasa las manos por la cara, por el cuello. El agua le cae entre los pechos. Los pezones oscuros, pequeños, apretados por el cambio de temperatura. La tripa plana. Más abajo, una línea estrecha de vello castaño, recortado, mojado.
Noto una cosa en el estómago. Una caída. Como cuando el autobús coge un badén.
Cierro los ojos. Me pongo de cara a la pared. El corazón me va como al final de un doscientos y no he hecho nada, estoy quieta debajo de una ducha, mirando un azulejo.
Es la plaza, me digo. Es que la estás midiendo. Miras a la rival: los hombros, las piernas, de dónde saca la salida. Es eso.
Nadie mide a una rival mirándole los pezones, me contesta otra voz, más bajita. La hago callar.
Salgo de la ducha la primera. Me seco deprisa, mal, con la piel todavía húmeda.
Mi taquilla está al fondo del pasillo, que es estrecho, un banco a cada lado y el sitio justo para que pase una persona.
Se me cae el bote de champú. Rueda debajo del banco.
Me agacho a cogerlo, con la toalla mal anudada, y en ese momento oigo los pies descalzos de Leire detrás de mí, y la voz de Irati, que viene en dirección contraria con la bolsa al hombro y sin mirar:
—¡Paso, paso, que pierdo el bus!
No hay sitio para tres. Irati empuja. Leire se echa a un lado para dejarla pasar, y el lado soy yo.
Dura un segundo. Puede que menos.
Su cuerpo contra mi espalda. Entero. Mojado todavía, caliente de la ducha.
Un pecho contra mi omóplato, pequeño y firme, con el pezón duro, lo noto exactamente, como un dedo.
Su tripa en mis riñones. Su muslo entre los míos, porque estoy medio agachada y no hay otro sitio donde ponerlo.
Y su mano, que busca dónde apoyarse para no caerse encima de mí y encuentra mi cadera, desnuda, justo donde se me ha abierto la toalla.
Cinco dedos. Los noto uno por uno.
—Perdona.
Lo dice muy bajo, casi dentro de mi oreja.
Y se aparta como si se hubiera quemado. No es una forma de hablar: se aparta de golpe, da un paso atrás, choca con el banco.
Cuando me incorporo y me doy la vuelta ya está a un metro, con la toalla agarrada delante del pecho, que es una cosa que no le he visto hacer en la vida.
—Perdona —repite—. Irati, joder, mira por dónde vas.
—¡Que pierdo el bus!
—No pasa nada —digo yo.
Me sale una voz rara. Leire me mira un momento sin sonreír. Tiene una expresión que no le conozco, seria, casi asustada, y le dura lo que tarda en darse cuenta de que la estoy viendo. Entonces la borra. Se encoge de hombros, abre su taquilla, me da la espalda.
Un palmo. Siete años dejando un palmo, y hoy nada.
Me visto sin secarme del todo. Me pongo las bragas con las manos torpes. Me arde la cadera. Me miro, disimulando, convencida de que voy a encontrar una marca, cinco dedos rojos, algo. No hay nada. Solo mi piel, con la carne de gallina.
El resto del día pasa sin nada especial.
Como en casa de mi madre, que me pregunta si lo del Europeo se paga.
Por la tarde doy mis dos horas de clase a los críos del cursillo, veinte niños de seis años con manguitos que me llaman «profe» y se me agarran al cuello.
Vuelvo a casa oliendo a cloro por segunda vez.
Íñigo ha tenido un día largo; cenamos una tortilla de pie en la cocina, él me cuenta algo de una pieza que no encaja en una línea de montaje y yo digo «ya» en los sitios donde hay que decir «ya».
No pienso en ello. Estoy bastante orgullosa de lo poco que pienso en ello.
A las once estamos en la cama. Íñigo me da un beso en la frente, se da la vuelta, y en tres minutos respira hondo y regular, con esa facilidad suya para apagarse que siempre le he envidiado.
Yo me quedo boca arriba, a oscuras. Repaso la carrera, como todas las noches. Solo que hoy no ha habido carrera. Ha habido ocho cuatrocientos, y no me acuerdo de un solo parcial.
De lo que me acuerdo es de un pasillo.
Viene sin que la llame. Estoy pensando en la normativa, en Carlota Rey, en trece semanas, y de pronto tengo otra vez un cuerpo mojado contra la espalda.
Lo tengo con una precisión que me asusta.
El calor. El peso. El pezón contra el omóplato, duro, pequeño.
Sus cinco dedos en mi cadera. Su aliento en mi oreja, perdona, y cómo se me erizó la nuca hasta el pelo.
Me muevo en la cama. Aprieto los muslos.
Y entonces lo noto.
Tardo en entenderlo, porque no tiene sentido. Me quedo muy quieta, con los ojos abiertos en la oscuridad. Luego, despacio, como quien comprueba una cosa que prefiere no saber, bajo la mano por debajo de la sábana y me toco por encima de las bragas. Solo eso. Solo los dedos, por fuera, un momento.
Están empapadas.
No húmedas. Empapadas. La tela pegada a mí, caliente, resbaladiza, y debajo yo, hinchada, abierta, latiendo contra mis propios dedos como si tuviera ahí un segundo corazón. Retiro la mano. Me la miro en la oscuridad, aunque no se ve nada. Me froto las yemas y están mojadas.
A mi lado, Íñigo respira.
No me ha tocado nadie. Llevo media hora tumbada, quieta, pensando. Anoche, con su boca entre mis piernas y todo el cuidado del mundo, no me puse así. No me he puesto así en cuatro años. No sé si me he puesto así alguna vez.
Y ha sido un roce. Un segundo de un cuerpo que conozco desde hace siete temporadas, en un pasillo, por culpa de una niña que perdía el autobús.
Pienso en la ducha. No quiero, pero pienso.
La lámina de agua bajándole por la espalda.
Los dos hoyuelos. Cuando se giró. Los pezones oscuros, apretados.
Me imagino, sin querer imaginarlo, que no aparto la vista.
Que ella abre los ojos y me pilla mirando, y no dice nada, y sigue pasándose las manos por el cuello, más despacio.
Me late tan fuerte entre las piernas que me duele.
No me toco. Que quede claro: no me toco. Pongo las dos manos encima de la sábana, a la vista, como una niña en clase. Respiro. Cuento. Me sé muy bien cómo se le da órdenes a un cuerpo; llevo toda la vida haciéndolo.
Es la ovulación, me digo. Son los nervios, lo de las plazas, la adrenalina, que no sabe por dónde salir y sale por ahí. Es el cansancio, que hace cosas raras. Es cualquier cosa. Mañana se me ha pasado.
Me levanto sin hacer ruido. En el baño, con la luz apagada, me quito las bragas. Las dejo en el fondo del cesto, debajo de una toalla, como quien esconde una prueba. Me lavo con agua fría. Me pongo otras, limpias, de algodón, blancas.
Vuelvo a la cama. Íñigo no se ha movido.
Cierro los ojos, y lo último que veo antes de dormirme no son parciales. Son cinco dedos.