Apnea 1. Una décima
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Por Maite Alai

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1. Una décima

A las seis menos diez el agua todavía no es de nadie.

Me gusta llegar cuando la piscina está así, plana, con las corcheras tensas y la luz de los focos partida en el fondo como si alguien hubiera roto un plato ahí abajo.

Huele a cloro y a calefacción recién encendida.

Fuera, San Sebastián sigue a oscuras y llueve de lado, esa lluvia de febrero que no cae sino que se te mete.

Dentro, el agua está a veintisiete grados y medio.

Lo dice el termómetro de la pared y lo dice mi cuerpo antes que el termómetro, porque llevo diecinueve años metiéndome en agua a veintisiete grados y medio y hay cosas que una ya no necesita leer.

Dejo la mochila en el banco, me bajo el pantalón del chándal, me recojo el pelo dentro del gorro. Todo en el mismo orden de siempre. Soy una persona de órdenes. No de darlas: de seguirlas.

—Ibarra, hoy toca sufrir —dice Bego sin levantar la vista de la carpeta.

—Como todos los días.

—Hoy más.

Bego tiene sesenta y dos años, un cronómetro colgado del cuello desde antes de que yo naciera y una manera de hablar que no admite conversación. No es antipática. Es que no le sobra ninguna palabra, igual que a una buena nadadora no le sobra ninguna brazada.

Las demás van llegando. Irati, con los cascos puestos y la boca abierta de sueño, veintidós años y la cara de que alguien la ha sacado de la cama a traición.

Las mellizas de espalda. Maialen, que nada braza y se queja de las rodillas.

Nahia también está hoy; entrena con nosotras algunos días, no siempre.

Y la última, cuando faltan dos minutos, Leire.

Leire Aramburu no llega tarde nunca, pero llega la última siempre.

Es una forma de entrar que tiene: empuja la puerta del vestuario con el hombro, ya en bañador, con las gafas colgando de dos dedos y el gorro en la otra mano, y cruza la playa de la piscina como quien cruza su salón.

Es la capitana. Lo es desde hace tres temporadas y lo habría sido antes si alguien lo hubiera votado, porque hay gente que manda sin que nadie se lo haya pedido, y a esa gente se la sigue.

—Buenos días, señoras.

—Serán para ti —contesta Irati.

Leire se ríe. Tiene una risa corta, de garganta. Se mete el pelo en el gorro de un solo gesto, escupe en las gafas, las aclara. Calle cuatro. Yo, calle cinco. Llevamos siete temporadas así, ella en la cuatro y yo en la cinco, y si un día Bego nos cambiara creo que nos hundiríamos las dos.

El calentamiento no cuenta. Son mil doscientos metros en los que el cuerpo va recordando lo que es: primero los hombros, que se quejan; luego la espalda, que se abre; luego las piernas, que son las últimas en despertarse y las primeras en morir.

Nado sin pensar. Es lo mejor que tiene el agua.

Fuera soy una mujer de veintiséis años con un alquiler, un novio, una madre que pregunta cuándo voy a dejar esto y ponerme a trabajar de lo mío.

Dentro soy un cuerpo que avanza. Nadie me pregunta nada debajo del agua.

—¡Fuera! —Bego da dos palmadas—. Seis doscientos. Los cinco primeros a ritmo de carrera más dos. El sexto, desde arriba y a muerte. Aramburu, Ibarra, vosotras marcáis.

Nosotras marcamos. Eso también es de siempre.

Hay una cosa que nadie sabe de nadar al lado de Leire, y es que yo respiro por la derecha y ella por la izquierda.

Parece un detalle. No lo es. Quiere decir que en los largos de ida nos damos la nuca, cada una mirando a su pared, y que en los de vuelta, cada tres brazadas, saco la boca del agua y me encuentro su cara.

Y ella la mía. Media cara, en realidad: una mejilla, la boca torcida buscando aire, el cristal ahumado de las gafas. Un segundo. Luego agua. Luego otra vez.

Siete temporadas mirándonos así, a trozos, cada tres brazadas, en los largos de vuelta. Calculo que le he visto la boca abierta más veces que a ninguna otra persona en el mundo.

Los cinco primeros doscientos salen como tienen que salir: duros y limpios.

Tocamos la pared casi a la vez, nos colgamos de la corchera, veinte segundos, fuera otra vez.

No hablamos. No hay aire para hablar. Oigo su respiración al otro lado del plástico, rápida, con ese pequeño silbido que le sale cuando va justa, y sé por el silbido cómo va ella igual que ella sabe por mis hombros cómo voy yo.

—El último. Arriba.

Subimos al poyete. El agua me chorrea por las piernas.

Tengo las manos frías y el pecho caliente, y esa mezcla es la que busco, la que me dice que el cuerpo está donde tiene que estar.

A mi izquierda, Leire se agacha, agarra el borde, mete la cabeza entre los brazos.

Le veo la espalda. Los dorsales abiertos como dos alas plegadas, la línea de la columna, el agua que le baja despacio hasta el borde del bañador.

Lo veo como lo veo todos los días: sin verlo.

—Preparadas.

El silbato.

Entro bien. Lo sé antes de salir a la superficie: el agujero ha sido pequeño, las piernas han entrado por donde la cabeza.

Cuatro patadas de delfín, arriba, primera brazada.

Leire va medio cuerpo por delante, como siempre en la salida; tiene más explosión que yo.

Yo tengo más fondo. Nuestra historia cabe entera en esa frase.

Primer cincuenta. No respiro hasta la cuarta brazada. Viraje. Me empujo de la pared y ahí está, en el largo de vuelta, su cara. Mejilla, boca, cristal ahumado. Va fuerte. Voy fuerte.

Segundo cincuenta. Los brazos todavía son míos.

Tercer cincuenta. Aquí se decide un doscientos. Aquí es donde el cuerpo te pregunta si de verdad quieres seguir y tú tienes que mentirle. Noto el ácido subiéndome por los antebrazos, las piernas que empiezan a pesar. Leire sigue ahí, un hombro por delante. No se va. No la alcanzo.

Último viraje. Último largo, de vuelta. Su cara.

Y entonces pasa algo que no pasa casi nunca: la veo mirarme.

No el vistazo ciego de quien respira, sino mirarme, medio segundo, con la boca abierta y el agua resbalándole por los dientes.

Aprieto. No sé de dónde saco lo que saco, pero lo saco, y le como el hombro, y luego media cabeza, y a falta de diez metros vamos tan juntas que su ola y la mía son la misma ola.

Toco la pared con los dedos estirados hasta el dolor.

Me quedo colgada del borde, con la frente en el brazo, sin ver nada. El pecho me sube y me baja como si quisiera salírseme del bañador. Arriba, la voz de Bego:

—Aramburu, dos cero cero uno. Ibarra, dos cero cero dos.

Una décima.

Me río. No tengo aire, pero me río, porque es eso o darle un puñetazo al agua. Una décima. Lo que dura un parpadeo. Llevo siete años perdiendo contra Leire Aramburu por lo que dura un parpadeo.

—Me has tirado tú —dice ella al otro lado de la corchera. Se ha quitado las gafas. Tiene el cerco rojo alrededor de los ojos y la boca todavía buscando aire—. En el último largo. Te he visto venir.

—No lo bastante.

—Contigo nunca es lo bastante, Ibarra.

Lo dice sonriendo. Se impulsa, sale del agua de un salto, sin usar la escalera, y se queda de pie en el borde, chorreando, con las manos en la cintura. Yo sigo abajo. Desde abajo, Leire es toda piernas.

—Venga, arriba. Que te enfrías.

Me da la mano. La cojo. Tira de mí.

El vestuario es el único sitio del mundo donde una deja de tener cuerpo.

Sé que suena raro. Lo que quiero decir es que, cuando llevas desde los siete años desnudándote delante de las mismas veinte personas, el cuerpo de las demás se vuelve mobiliario.

Están ahí las tetas de Maialen, la cicatriz de la rodilla de Irati, los muslos de las mellizas, idénticos hasta en el lunar.

Las conoces como conoces el horario del autobús: sin haberlo mirado nunca.

Me quito el bañador debajo de la ducha. El agua caliente me cae por la nuca y por un momento no existe nada más.

A mi lado, bajo la alcachofa de siempre, Leire se enjabona el pelo con los ojos cerrados.

Tiene el pelo corto, castaño, y se lo frota con las dos manos como si quisiera arrancarse el cloro de raíz.

La espuma le baja por el cuello, por la clavícula, se le divide entre los pechos.

Pechos pequeños, altos, de nadadora. La marca del bañador le cruza la espalda, blanca sobre una piel que ni en febrero termina de perder el moreno.

Yo soy lo contrario. Más alta, más larga, más fina.

Tengo la piel clara, de las que se queman en mayo, una melena rubio oscuro que tardo diez minutos en meter en el gorro, los ojos grises de mi padre y un lunar en el hombro derecho.

Ella nada de negro; yo, de azul marino. Ella es la explosión y yo soy el fondo. Se nos nota hasta en el cuerpo.

No estoy mirando. Lo sé todo de ese cuerpo y no lo he mirado nunca.

—Leire —grita Irati desde el banco—, ¿hoy también has quedado?

—Y a ti qué te importa.

—Me importa porque llevas tres semanas viniendo con una cara que da asco. ¿Cómo se llama esta?

—No te lo voy a decir.

—¿Es la de la bici?

—La de la bici fue en noviembre, Irati. Hay que estar más atenta.

Risas. Yo también me río, con la boca llena de agua.

Leire sale con chicas. Lo sabe el equipo, lo sabe Bego, lo sabe el conserje.

Lo dijo ella misma el primer año, en una cena, con la misma naturalidad con la que dijo que era alérgica al kiwi, y desde entonces forma parte del vestuario como las taquillas.

Las chicas de Leire van y vienen. Nunca duran.

Nunca las trae. Tienen nombres que Irati apunta y que yo olvido.

—¿Y tú qué, Paula? —Leire abre un ojo bajo el agua—. ¿Cena con el ingeniero?

—Cena con el ingeniero.

—Qué vida más loca llevas.

—Calla.

Cierra el grifo. Se escurre el pelo con una mano, coge la toalla, se la echa al hombro sin taparse.

Pasa por detrás de mí. No me toca. El vestuario es estrecho y en siete años he aprendido que Leire no roza a nadie nunca, ni sin querer.

Deja siempre un palmo. Es tan exacta en eso que hasta hoy no se me había ocurrido pensar que un palmo, mantenido durante siete años, no es una casualidad.

Pero hoy tampoco me detengo en ello. Hoy solo pienso en la décima.

Íñigo hace merluza al horno, patatas y una ensalada.

Me pregunta por el entrenamiento y yo le cuento lo de los doscientos y él dice «joder, qué cerca» con la cara de quien lo siente de verdad.

Lleva cuatro años sintiéndolo de verdad.

Es ingeniero en una empresa de Hernani, tiene las manos grandes y limpias, recoge la mesa sin que se lo pida.

Mi madre lo adora. Yo también, supongo. Nunca me he parado a comprobarlo, igual que no te paras a comprobar si respiras.

En la cama me besa el cuello.

Sé lo que viene porque viene siempre igual, y no lo digo como queja.

Me gusta saber lo que viene. Primero el cuello, luego el hombro, luego su mano grande abierta sobre mi tripa, bajando despacio, pidiendo permiso sin palabras.

Se lo doy abriendo un poco las piernas. Me acaricia por encima de las bragas, con cuidado, con ese cuidado suyo que es casi una forma de educación.

Estoy cansada. Tengo los hombros cargados y el cuerpo todavía lleno del agua de esta mañana.

Veintiocho nueve en el primer cincuenta.

Me quita la camiseta. Me besa los pechos, uno y luego el otro, el mismo tiempo en cada uno, justo como un reparto.

Tiene la boca caliente y se le da bien. Noto cómo se me endurecen los pezones, cómo algo se me afloja debajo del ombligo.

El cuerpo responde. El cuerpo es obediente; lo he entrenado para eso.

Treinta cuatro.

Baja. Me quita las bragas, me separa los muslos con las dos manos, y su lengua me encuentra a la primera, porque en cuatro años ha aprendido el camino y no se desvía nunca.

Es agradable. Es más que agradable: cierro los ojos, le pongo la mano en el pelo, respiro por la boca.

Me va subiendo un calor lento, redondo, conocido.

Treinta ocho. Ahí. En el tercer cincuenta. Ahí se me ha ido.

—¿Así? —pregunta contra mi piel.

—Así.

Siempre pregunta «¿así?» y yo siempre digo «así». Nunca le he dicho otra cosa. Nunca se me ha ocurrido que hubiera otra cosa que decir.

Sube. Me besa, y me sabe a mí. Entra despacio, mirándome, y yo le rodeo la espalda con los brazos y la cintura con las piernas, y nos movemos juntos, bien, acompasados, como dos personas que llevan cuatro años aprendiéndose.

Él respira en mi oído. Dice mi nombre. Yo no digo nada.

No hablo cuando lo hago; no sabría qué decir.

Me muerdo el labio y me agarro a sus hombros y dejo que el calor suba hasta donde tiene que subir.

Treinta uno el último. Con ella mirándome.

Me corro. Es un orgasmo pequeño, limpio, educado. Me cruza el vientre como una ola corta y se va. Íñigo termina un momento después, con la frente apoyada en mi clavícula, y se queda encima de mí, pesado y tibio, hasta que se le calma el pecho.

—Te quiero —dice.

—Y yo.

Se duerme enseguida. Siempre se duerme enseguida, de lado, con una mano en mi cadera.

Yo me quedo boca arriba, mirando el techo.

Fuera sigue lloviendo. Tengo el cuerpo satisfecho y la cabeza despierta, y hago lo que hago todas las noches antes de dormir: repaso la carrera.

Veintiocho nueve, treinta cuatro, treinta ocho, treinta uno.

Dos cero cero dos. Busco la décima. La busco en la salida, en los virajes, en el tercer cincuenta, donde la busco siempre.

Pero esta noche la serie no se me queda en los números. Se me queda en el último largo. En esa media cara saliendo del agua, la boca abierta, los dientes mojados, y los ojos detrás del cristal ahumado, que por una vez no buscaban aire.

«Te he visto venir», ha dicho.

Me doy la vuelta. Cierro los ojos. La mano de Íñigo se me resbala de la cadera y no la vuelvo a poner.