Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 16
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Capítulo 16

—Muy bien, Percy, deja que hable yo. El señor obispo es un hombre endemoniadamente susceptible incluso en sus mejores momentos y, puesto que queremos entrar y salir cuanto antes, no tiene sentido que tú lo pongas de uñas.

Así que lo mejor será que cierres el pico.

—Estaban de pie ante el palacio episcopal, contemplando la imponente fachada—.

Ah, y ya que estamos, esconde a Flossy debajo de tu sotana.

—¿Por qué tengo que meterla yo bajo mi sotana, señor? —protestó Percy—. Es su perra.

El reverendo soltó un doloroso suspiro.

—Bueno, por mucho que me cueste decirlo, muchacho, he ganado un poco de peso en los últimos meses y, a decir verdad, la sotana me queda un pelín ajustada.

—Miró a su escuálido coadjutor y añadió—: La tuya, en cambio, podría albergarte a ti y a todo el primer banco de la iglesia.

Así que es poco probable que el obispo se dé cuenta de que llevas un animalito peludo dentro de los calzones.

Con la vieja certeza de que discutir con su superior era inútil, Percy suspiró, se agachó para coger a Flossy y se la fue pasando por las mangas hasta dejarla oculta bajo la sotana, cómoda sobre el cinturón de cuero que le ceñía la prenda.

—Estoy ridículo —se quejó, mirando el bulto con ojo crítico.

El reverendo lo observó sin la menor compasión antes de soltar una risita.

—Quédate detrás de mí, Percy, y estoy seguro de que nadie lo notará.

Diez minutos después los condujeron a un gran despacho situado junto a la sala de audiencias del obispo. El silencio solo se veía interrumpido por el rasgueo de la pluma del secretario, que trabajaba en un libro de cuentas.

De pronto, al otro lado de la puerta cerrada sonaron voces airadas. Aunque el secretario no levantó la vista, el reverendo miró a Percy con aprensión. Las voces volvieron a oírse, y Flossy emitió un gruñido bajo. Por desgracia, esta vez el escribiente sí levantó la mirada con el ceño fruncido.

—Gases —explicó el reverendo Shackleford a toda prisa.

Percy se encogió de hombros, impotente, y dio unas torpes palmaditas al bulto. El secretario carraspeó y volvió a su escritura con los labios apretados en una mueca de desagrado.

Cuando las voces sonaron de nuevo, Flossy dejó escapar otro gruñido, esta vez más fuerte.

El secretario dejó la pluma y alzó la vista, con el rostro como una nube de tormenta, justo a tiempo para ver que el bulto sobre el cinturón del coadjutor empezaba a moverse en círculos.

Con un sonido estrangulado, el funcionario se puso en pie a toda prisa en el mismo instante en que la puerta de la sala de audiencias se abría de golpe.

—Puede estar seguro de que no olvidaré esto, señor obispo —anunció un caballero, que cruzó el umbral con paso rápido.

Su voz era fría y cortante, y el reverendo estaba seguro de haberla oído antes.

Sin dedicarles siquiera una mirada, el hombre atravesó el despacho, salió al pasillo y cerró la puerta tras él de un portazo.

El reverendo se quedó mirando en su dirección, atónito y desconcertado. Era el caballero al que había visto por última vez en el Red Lion. La razón por la que ellos estaban en Exeter.

El hombre que buscaba a George.

Tardaron casi dos horas en llegar a Bovey Manor.

La carretera principal seguía inundada, así que Anthony tuvo que conducir el carro por una sucesión de estrechos senderos.

Por fortuna, no quedaron varados en el barro, ya que el único peso que transportaban era una gran bolsa de clavos.

Ansioso por volver, Anthony había declarado que regresaría a recoger los tablones que había encargado cuando el camino fuera transitable.

Durante el trayecto apenas hablaron, y George se contentó con ver a Nelson entrar y salir disparado de los setos, sin prestar la menor atención al fango.

El hecho de tener solo tres patas no parecía entorpecerlo y, cuando doblaron hacia el camino de entrada de la mansión, el pequeño chucho estaba sucio y feliz.

Anthony le ordenó a George que se quedara en el carro y entró de inmediato en la casa para comprobar si el tejado había resistido la tormenta. Quince minutos después, reapareció con el rostro iluminado por una sonrisa.

—Seco como un hueso —anunció, con claro alivio en su voz—. Yo desengancharé a Horatio mientras tú limpias a Nelson.

Al oír su nombre, el perro irguió las orejas y meneó la cola.

—No estarás tan contento cuando te meta en el maldi... en el pozo —gruñó George mientras le ponía al chucho la correa.

Después de cinco cubos de agua, Nelson estaba limpio dentro de lo razonable, pero, al mirarse a sí misma, George decidió que la mayor parte del barro había acabado sobre ella.

Tendría que preguntar si la señora Parsons podía hacer otra colada.

Sabía que era demasiado pronto, pero, por alguna razón, ya no sentía la misma indiferencia ante la ropa mugrienta.

De hecho, quizá incluso tuviera que plantearse lavarse ella también.

No, bañarse no. Jamás volvería a hacer tal cosa si podía evitarlo.

Dejó al perro fuera para que meditara sobre sus errores y entró en la cocina, donde encontró a Anthony ocupado en freír huevos. El olor era celestial, y entonces comprendió que estaba hambrienta. Se sentó a la mesa y cogió la jarra de leche que había dejado la señora Parsons.

—¿Puedo tomar un poco de leche? —preguntó despacio y con cuidado.

Anthony deslizó los huevos a dos platos, se volvió y arqueó las cejas.

—Puedes —respondió con idéntica cortesía.

George frunció el ceño, consciente de que él estaba intentando no reírse.

Con un resoplido, se sirvió leche y arrancó un buen trozo de pan. Después de untarlo con mantequilla, lo hundió con entusiasmo en el primer huevo y lo comió con los ojos cerrados de placer.

Aunque ella tenía un hilo de yema escurriéndose por la barbilla, Anthony sintió que la polla se le ponía dura ante aquella expresión casi extasiada de su rostro.

—Nunca había catado... —George se calló y torció el gesto—. Quiero decir, nunca había comido un guevo fresco —declaró mientras se servía más pan.

Anthony no se molestó en corregirla y le sonrió, complacido al ver a una mujer disfrutar de la comida.

Sus hermanas jamás habían adoptado ese hábito femenino de comer como pajaritos, y todas tenían un apetito saludable.

Pero, desde que Prudence se había casado, él se había acostumbrado a ver a damas bien educadas picotear la comida.

—¿Qué comías cuando vivías con tus padres adoptivos? —le preguntó.

—Pan y papas —respondió ella al instante—. Un poco de gachas al principio de la semana si John y Frank no llegaban antes.

—¿Papas? —preguntó Anthony.

—Ya sabe, esas cosas que crecen bajo la tierra.

—¿Te refieres a patatas?

Ella asintió, soltó un suspiro burlón y repitió con acento exagerado:

—Pa-ta-tas. —Luego añadió—: No me diga que usted no las llamaba papas cuando era niño, antes de volverse tan fino y remilgado.

Anthony negó con la cabeza, y George frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo es que el hijo de un vicario tiene dinero para poseer un lugar como este? —Agitó el trozo de pan en el aire—. ¿Y qué pasa con su hermana? Ella no... Quiero decir, no parece corta de dinero, con sus vestidos tan elegantes.

Anthony comprendió de golpe lo poco que ella sabía en realidad de él. Si le contaba la verdad, ¿aumentarían o disminuirían las posibilidades de que aceptara su propuesta de matrimonio? Y aquel pensamiento lo condujo a una segunda revelación.

Estaba desesperado por que ella dijera que sí.

Cogió otro trozo de pan y empezó a untarlo despacio con mantequilla. Al verlo, George arqueó las cejas, consciente de que él le estaba dando largas.

Desde el primer encuentro, su relación había estado plagada de medias verdades y mentiras completas. Anthony sabía muy bien que si algún día quería ganarse su confianza absoluta, había llegado el momento de sincerarse. Ella le había contado su pasado, y ahora le tocaba a él.

Anthony dejó el pan, respiró hondo y empezó por el duque de Blackmore.

Tardó casi una hora en llegar a la parte en que Nicholas le había regalado Bovey Manor y, durante todo su relato, George no lo interrumpió ni una sola vez. Sin embargo, cuando él se quedó al fin en silencio, ella sacudió la cabeza con asombro y murmuró:

—Suena como un maldito cuento de hadas. ¿Está seguro de que no hay un hada madrina rondando por su familia?

El reverendo Shackleford se puso en pie de un salto y asomó la cabeza por la puerta aún abierta de la sala de audiencias, donde el obispo se estaba sirviendo un brandy.

—¡Lo siento, milord! —bramó, y estuvo a punto de hacer que su superior se metiera el licor por la nariz—. Tendrá que disculparme. El Señor sea con usted. —Trazó una vaga cruz en el aire y se apresuró de vuelta hacia la puerta del pasillo.

—Muévete, Percy —masculló.

El secretario del obispo permaneció clavado en el sitio, pero empezó a murmurar el Padrenuestro cuando el coadjutor se puso en pie de un salto, acunando el bulto que todavía ondulaba bajo su sotana y que ahora además parecía gemir.

Percy le dedicó una sonrisa temblorosa al aterrorizado escribiente, agarró la protuberancia palpitante y salió disparado tras su superior.

—¿Lo ves? —siseó el reverendo en cuanto el coadjutor lo alcanzó fuera.

—¿A quién? —jadeó Percy mientras liberaba a toda prisa a Flossy de su acogedor escondite, para profundo disgusto de la perrita.

—Ay, si Freddy siguiera aquí... —se lamentó Augustus Shackleford.

—¿A quién buscamos? —repitió el coadjutor, agachándose para acariciar a Flossy un momento.

—Al condenado caballero que se acaba de marchar —susurró el reverendo, mirando a su alrededor con desesperación—. Era él, Percy. Sé que era él.

De pronto, Flossy empezó a gruñir otra vez y tiró de la correa. Los ojos de ambos hombres siguieron la dirección hacia la que la perrita se esforzaba por avanzar.

—¿Qué hacía con el obispo? —preguntó Percy, intentando ver qué le había erizado el lomo a Flossy.

—¿Y cómo demonios voy a saberlo? —masculló el reverendo.

—¿Es ese, señor?