Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 15
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Capítulo 15

El reverendo Shackleford pasó la noche en blanco. No era algo que ocurriera a menudo, pues solía dormir a pierna suelta y con la conciencia tranquila, como le gustaba recordarle a Percy.

Pero lo cierto era que le había soltado a Agnes tres trolas en tres días y, aunque estaba convencido de que tenía una buena razón para cada una de ellas, no estaba del todo seguro de que el Todopoderoso fuera a verlo igual.

Y el hecho de saber por experiencia que demasiadas mentirijillas solían volver para morderle a uno en las partes innombrables, no ayudaba a tener dulces sueños.

Dicho eso, no podía evitar la sensación de que la tercera trola había sido más una omisión que una mentira descarada.

No estaba seguro de que semejante sutileza fuera a granjearle la gracia del Todopoderoso cuando compartiera con Él su primera tetera, pero, por si acaso, pensó que sería aconsejable repasar sus excusas con Percy por cuarta vez.

Este, por su parte, no parecía mostrar la singular atención que, a juicio del reverendo, merecía una confesión de esa naturaleza. De hecho, Augustus Shackleford estaba muy preocupado por si el coadjutor había llegado incluso a sofocar un bostezo.

Iban sentados en un carruaje perteneciente al duque de Blackmore; por desgracia, no era el de los cojines con mullido extra, algo que las posaderas del reverendo habrían corroborado de buen grado.

Todavía era temprano, y Agnes, por lo que él sabía, se hallaba en aquel momento incorporada en la cama con su gaceta de cotilleos y una taza de chocolate caliente.

Naturalmente, él le había dicho que iba a hacer un recado. Lo cual era del todo cierto. Lo que no le había dicho era que el recado era en Exeter y que, en realidad, se trataba del mismo recado por el que Agnes había insistido en acompañarlo menos de veinticuatro horas antes.

El reverendo Shackleford suspiró y se recostó contra los cojines tapizados con agradable comodidad.

Ya no había nada que hacer. Solo podía aceptar que estaba metido en un buen lío.

Tanto que, a decir verdad, en aquel momento le preocupaba menos su conversación con el Todopoderoso que la conversación con su esposa.

A menos, claro, que una condujera a la otra.

Augustus Shackleford sacudió la cabeza y miró por la ventanilla. El camino de tierra había dado paso a los adoquines, lo que indicaba que se acercaban a su destino. Miró a Percy. El coadjutor había dejado de bostezar y ahora se dedicaba a roncar a dúo con Flossy.

—Rayos y centellas, todo el maldito Exeter sabrá que hemos llegado gracias a vosotros dos —masculló Augustus Shackleford, irritado.

Percy abrió los ojos, se estiró y se inclinó hacia delante para mirar a su vez por la ventanilla.

—¿Estamos ya cerca, señor?

—En unos veinte minutos, más o menos, deberíamos llegar al palacio episcopal —respondió el reverendo—. Y recuerda, Percy, intenta parecer inteligente. No queremos que ningún meapilas te arrebate el puesto de próximo vicario de Blackmore.

—¿Qué puedo decir, señor? —balbuceó Percy, que se puso colorado—. Me honra que tenga usted tanta fe en mí.

El reverendo Shackleford le dio unas palmaditas en la rodilla.

—Llevas preparándote para este papel desde el día en que llegaste, Percy —declaró con emoción—.

Y, aunque admito que en ocasiones te ha faltado un poco de carácter, e incluso has sido un poco cabeza hueca, si soy sincero...

—Se interrumpió y frunció el ceño—. Y aunque, a decir verdad, tampoco estoy del todo seguro de que los muchos golpes en la cabeza que has sufrido a lo largo de los años no te hayan dejado un poco atontado, no permitiré que venga ningún petimetre afectado a quitarte el puesto en tus narices.

Sobre todo, porque eso significaría que Agnes y yo tendríamos que marcharnos de la vicaría.

Grace abrió con avidez la misiva de su mejor amiga y antigua mentora.

—¿Qué dice, mamá? —preguntó Jennifer, cerrando la tapa del piano.

Aunque habría preferido la muerte antes que admitirlo, Grace agradeció aquel respiro con toda el alma. El talento de su hija no se inclinaba hacia la música; estaba claro que había salido a su... Bueno, en realidad, a toda la familia.

La duquesa recorrió con la mirada la carta de la mujer a quien todos conocían como la señorita Felicity Beaumont. Sin embargo, para quienes la conocían mejor, era la señora Felicity Mackenzie.

—Según Felicity, los Huxley eran nuevos ricos —declaró.

—¿Eran? —preguntó Jenny, que fue a sentarse.

Su madre asintió.

—Al parecer, la familia era rica como Creso. —Grace volvió a mirar la carta—. El dinero lo hizo un tal Josiah Huxley, un comerciante de paños de Manchester. Se casó muy tarde y tuvo una sola hija. Por lo visto, su esposa murió en el parto y él nunca volvió a casarse.

—Qué triste... ¿Y qué fue de Josiah y de su hija?

—Bueno, Felicity dice que el pobre Josiah contrajo unas fiebres, pero, antes de morir, arregló que su hija Julia se casara con una familia de enorme influencia.

—Grace miró a Jennifer—. Y de esta familia sí que he oído hablar.

A la cabeza está Edward Linfield, conde de Ruteledge.

—Se estremeció—. Un viejo odioso. No me fiaría de él lo más mínimo y, si Nicholas estuviera aquí, casi seguro que tendría mucho más que decir al respecto.

—Entonces Julia se casó con el conde —dijo Jennifer, ansiosa por saber más.

Grace negó con la cabeza.

—Se casó con su hijo, Roland. —La duquesa dejó la carta y arrugó la frente, pensativa—. Ahora que lo pienso, creo recordar que el hijo murió poco después de la boda, y Julia menos de un año más tarde. Fue todo muy triste. No tenía ni idea de que su apellido de soltera fuera Huxley.

—¿Cómo demonios sabe Felicity todas estas cosas? —dijo Jennifer.

Grace soltó una risita.

—Lleva mucho tiempo moviéndose por la sociedad.

Las interrumpió la llegada del ama de llaves, que traía una bandeja de té y pastas caseras.

—Nos está mimando demasiado, señora Tenner —sonrió Grace—. Galletas caseras cuando apenas ha pasado una hora desde el desayuno. Todavía estoy llena con el delicioso bizcocho de miel de la señora Higgins.

—Hable por usted, madre —dijo Jennifer con una sonrisa mientras se servía. Dio un mordisco y cerró los ojos de puro placer—. Aún están calientes —suspiró—. La señora Higgins es un verdadero tesoro.

La señora Tenner soltó un suspiro fingido.

—No le transmitiré esos comentarios a la cocinera, Su Gracia —dijo con una risita—. La señora Higgins está bastante insoportable desde que sus pasteles ganaron el primer premio en la feria de Totnes. —Le guiñó un ojo a Jennifer al hacer una pequeña reverencia.

—Tiren de la campanilla si desean otra tetera.

Grace observó con afecto cómo se marchaba la mujer.

—Fueron la señora Tenner y la señora Higgins quienes hicieron mi vida soportable cuando me convertí en duquesa —recordó.

—¿Y Huntley? —preguntó Jennifer—. Él ya estaba aquí cuando papá era niño, ¿verdad?

Grace sonrió.

—Huntley fue y sigue siendo una roca. Pero siempre ha sido, ante todo, el hombre de tu padre. Incluso ahora, daría la vida por él si tu padre se lo pidiera.

—Bueno, teniendo en cuenta que debe de haber pasado ya de los setenta, quizá no hiciera falta pedírselo —bromeó Jennifer, aunque su risa tenía un matiz compungido—. La joven hizo una pausa antes de añadir—: Seguro que papá no era tan horrible cuando usted se casó con él.

—Peor que horrible —comentó su madre con alegría, y cedió al fin para coger una galleta—. Era absoluta e insoportablemente insufrible.

Jennifer se echó a reír. Habían mantenido aquella conversación muchas veces, y su padre siempre acababa aceptando el punto de vista de su madre. Puede que él hubiera empezado su matrimonio con mal pie, pero estaba claro que aprendía muy deprisa.

—Entonces, ¿qué hemos averiguado hasta ahora sobre los Huxley y George? —preguntó Jennifer mientras servía té para ambas.

—Nada que los relacione con Georgiana —admitió Grace, dando un sorbo—. Y, por lo que sabemos, la familia Huxley se extinguió con Julia.

—¿Podría ser entonces el conde de Ruteledge quien la busca? —preguntó Jennifer.

—Lo más probable es que George sea una hija ilegítima —reflexionó Grace—. El conde debía de ser ya bastante mayor cuando Roland se casó hace tantos años, así que dudo que sea hija suya. Pero supongo que podría ser de su hijo Roland.

—¿Cuánto hace que murió? —preguntó Jennifer.

Su madre frunció el ceño y luego se encogió de hombros.

—Hace unos dieciocho años, supongo. Así que, si George es hija de Roland Linfield, tendría que haber sido concebida poco antes de morir él.

—Bueno, es evidente que Julia no fue su madre. No alcanzo a imaginar por qué el conde habría querido deshacerse de una nieta legítima. —Jennifer hizo una pausa y añadió—: El hombre con quien habló el abuelo en el Red Lion parecía sobrado de dinero...

—Dudo mucho que fuera el propio conde —declaró Grace—. Un hombre como Ruteledge no se ensuciaría las manos, y no parece que el hombre con quien habló tu abuelo fuera un anciano.

—Quizá sea un hermano o un primo. Algún miembro menor de la familia.

Grace chasqueó la lengua, irritada.

—Y podría no tener ninguna relación con el conde de Ruteledge.

La única pista que tenemos es el apellido Huxley.

Y ahora estamos dando palos de ciego. —Apretó los labios—.

Empiezo a pensar que debería pedirle a tu padre que regrese aquí cuanto antes.

Creo de verdad que necesitamos su ayuda para resolver este misterio.

—Si encontramos a ese hombre, es probable que nos lleve hasta quien esté buscando a George.

—Bueno, tendremos que confiar en que tu abuelo descubra algo sin meterse a sí mismo y al pobre Percy en un buen lío.

George abrió los ojos cuando sintió una mano posarse con suavidad en su hombro. Se volvió y se encontró con los ojos de Anthony.

—Ha dejado de llover —dijo él—. Voy a bajar a enganchar a Horatio. ¿Puedes estar lista en quince minutos?

George asintió con cautela y vio cómo Anthony se volvía deprisa hacia la puerta y llamaba a Nelson para que lo siguiera.

Al verlos marcharse a los dos, Georgiana tuvo que contener las lágrimas. Cerró los ojos con fuerza y se preguntó qué demonios iba a hacer ahora.

La noche anterior lo había cambiado todo.

Pero, aunque tuviera la oportunidad de hacer retroceder el tiempo, no lo haría.

No podría. Cuando le dijo a Anthony que recordaría lo ocurrido entre ellos hasta el día de su muerte, no había dicho más que la verdad.

Aunque ahora casi parecía un sueño, aún podía sentir aquella maravillosa sensación de pertenencia.

De ser apreciada. Eso, incluso más que el asombroso placer que él le había dado, sería lo que guardaría en su corazón.

Por mucho que él jamás la amaría como ella lo amaba a él.

Se pasó una mano por el pelo enredado, apartó las mantas y salió de la cama.

Ella y Anthony habían regresado al dormitorio hacia las cuatro de la mañana, justo cuando el horizonte empezaba a clarear. Aún llovía, pero había amainado lo suficiente para cruzar el patio sin acabar empapados de nuevo. Por suerte, lograron llegar al dormitorio sin que nadie los viera.

Al abrir la puerta, habían descubierto que Nelson seguía enroscado exactamente en la misma postura en que ella lo había dejado.

«Maldito vago...», había mascullado George al meterse en la cama junto al perro.

Su ropa seguía húmeda, pero eso no era ninguna novedad. Luego había mirado a Anthony, que aún vacilaba junto a la puerta.

«Los dos estamos vestidos de pies a cabeza», había murmurado ella con sequedad. «Le juro que no intentaré tocarle el aparejo».

Luego le había dado la espalda para escabullirse hasta el borde de la cama.

Unos segundos después, había sentido que el colchón cedía cuando él se hubo metido también en la cama.

El deseo de darse la vuelta y arrojarse a sus brazos había sido tan intenso que George había tenido que agarrarse al borde del colchón hasta que, al fin, oyó sus suaves ronquidos.

Y así había permaneció, inmóvil, viendo salir el sol por el horizonte hasta que al fin cayó en un sueño inquieto.

Mientras enganchaba a Horatio, Anthony se sintió el mayor bastardo que había pisado la tierra. Sería fácil culpar a la embriaguez de lo ocurrido con George, pero, a decir verdad, había sido el deseo desesperado por tocarla lo que lo había llevado a emborracharse.

No tenía ni idea de cómo proceder. Lo único que sabía era que no soportaba pensar en no volver a verla jamás. No estaba seguro de poder conseguir que las cosas volvieran a ser como antes; de hecho, tampoco estaba seguro de querer hacerlo.

George había dejado claro que sentía algo por él. Pero ¿qué sabía ella del amor? Nadie le había mostrado jamás el menor afecto. Era comprensible que se aferrara a la primera persona que le había ofrecido algo parecido.

«¿Y de veras vas a excusar lo que hiciste, llamándolo una muestra de afecto?», se recriminó a sí mismo.

Anthony dejó lo que estaba haciendo y se cubrió los ojos. No. No podía. No tenía excusa. Se había aprovechado de una muchacha indefensa. Una muchacha que estaba a su cuidado.

Su única opción era pedirla en matrimonio.

En cuanto aquel pensamiento le cruzó la mente, sintió al instante una extraña calma. Tal vez fuera porque sabía que pedirle que se casara con él era lo correcto. Pero, en realidad, se sentía como si hubiera vuelto a casa

Solo Dios sabía qué iba a decir su madre...