Capítulo 13
Cuando llegaron a Little Bovey media hora después, el cielo azul empezaba a desaparecer poco a poco tras unas nubes cada vez más oscuras.
—Ya hacía falta un poco de lluvia —murmuró Anthony, mirando con aprensión aquella masa gris que se acercaba—. Más vale que me dé prisa si no queremos quedar empapados.
Bajó del carro y le dijo a George que no se alejara demasiado del caballo y del coche.
George saltó al suelo y deambuló con curiosidad por la pequeña plaza del pueblo, con sus diminutas casas de tejado de paja y su estanque.
Una posada completaba la escena idílica, aunque una inspección más atenta le reveló que el establecimiento necesitaba una buena mano de pintura.
Distraída, cogió un palo y se lo lanzó a Nelson justo cuando oyó el primer y débil retumbo de un trueno.
Las orejas del chucho se le pegaron de inmediato a la cabeza, y el animal correteó hasta ella, olvidándose por completo del palo.
George alzó la vista hacia el cielo con inquietud.
Las nubes del oeste eran casi negras. Tras un destello amenazante, estalló de nuevo el sonido de un trueno, esta vez un poco más fuerte.
Nelson gimió a sus pies, y ella se agachó para tomarlo en sus brazos.
—Cobardica... —lo reprendió, mirando alrededor en busca de su patrón.
Anthony apareció justo cuando empezaban a caer las primeras gotas. Le hizo una seña a George y esta se apresuró a volver al carro.
—No llegaremos muy lejos si esto empeora —predijo mientras la lluvia arreciaba—, y es probable que Horatio se desboque con los truenos.
Anthony sujetó al caballo mientras George volvía a subir al pescante, con Nelson temblando entre sus brazos.
—Nos refugiaremos en el Green Man —decidió él al fin y, agarrando las riendas del caballo, guio al animal hacia la posada.
George inclinó la cabeza sobre Nelson para protegerlo de la lluvia, que ya caía con violencia, mientras Anthony conducía al caballo, cada vez más nervioso, al patio de cuadras de la posada.
—¡Entra! —le gritó él a George.
Impotente, ella lo observó un segundo, hasta que un relámpago seguido de un trueno ensordecedor la impulsó a moverse. Con Nelson sujeto bajo el brazo, corrió hacia la puerta de la posada justo cuando alguien salía a ayudar a Anthony con el caballo.
Diez minutos después, Anthony entró en la posada, calado hasta los huesos.
—Va a coger una maldita pulmonía si no se quita esa ropa mojada —le aconsejó George, haciéndose a un lado para que él pudiera acercarse más al fuego.
—Por desgracia, olvidé traer ropa de repuesto —respondió Anthony con sequedad, sin molestarse en reprenderla por el juramento—. Tendrá que bastar con un trago de brandy. —Se sentó en un banco de piedra junto a la chimenea—. ¿Qué tomarás tú, George?
—Supongo que lo mismo que usted, si le alcanza el dinero.
Anthony le dedicó una mirada irónica y pidió dos brandis.
—No nos esperábamos esto —comentó el posadero mientras servía las dos bebidas—. No he visto semejante diluvio desde el diecinueve. —Señaló con la cabeza la lluvia que golpeaba contra la ventana—. Si sigue así, me parece que la carretera desaparecerá.
—¿Desaparecer? —preguntó Anthony mientras pagaba.
—Sí. Si el río sube mucho más, se desbordará y la inundará.
—Mierda... —masculló Anthony en voz baja.
De todos los días en que podía venir al pueblo, tuvo que elegir este... Volvió a sentarse junto al fuego y le tendió un vaso de brandy a George.
—¿Cree que nos quedaremos atrapados? —preguntó ella, dando un pequeño sorbo.
Él arqueó las cejas y se encogió de hombros.
—No podemos hacer nada. Tendremos que pasar aquí la noche si el camino queda impracticable. —Luego se dirigió al posadero—. ¿Hay habitaciones libres?
—Sí, nos queda una, y esta noche tenemos un buen estofado de rabo de buey.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y entraron dos hombres a toda prisa.
—Estoy empapado hasta los calzones —se quejó el primero con acritud.
—El camino está cortado —añadió el otro—. Más vale que se prepare para recibir a unos cuantos clientes más, Jack.
El posadero miró a Anthony.
—¿Se queda entonces con esa habitación?
Anthony suspiró y asintió.
—Y tráiganos pan con mantequilla, si tiene, y dos jarras de cerveza.
—¿Quieren unos huevos encurtidos para acompañar?
—Ay, sí —respondió George con entusiasmo—. Me encantan los huevos encurtidos.
—Prescindiremos de los huevos, gracias —interrumpió Anthony con rapidez—. Puede que tenga que compartir habitación contigo —declaró ante el ceño fruncido de George—, pero no pienso compartirla también con tus flatulencias.
Muy a su pesar, George soltó una carcajada.
—Los huevos encurtidos son mortales —convino.
Ella bebió el brandy entre risitas hasta que, de pronto, se dio cuenta de lo que él había dicho: compartir habitación. Abrazó a Nelson contra sí y hundió la cara en su pelaje para ocultar el rostro encendido. Estaba claro que Anthony ya había olvidado que ella era una mujer...
—Rayos y centellas, Agnes, a veces eres una parlanchina de mil demonios.
—Solo le pregunté si el muchacho al que buscaba se llamaba George —respondió su esposa, indignada—. Hay muchos Georges en el mundo y, si no hubieras intentado colarme una sarta de embustes antes de desaparecer sabe Dios dónde, habría tenido la cabeza más despejada.
—Pues menos mal que Lizzy apareció. No me habría extrañado que ese canalla te hubiera mandado a dormir de un palazo.
—El reverendo soltó un sonoro suspiro—. Todo este asunto se vuelve más turbio por momentos, y no me importa reconocer que echo mucho en falta la presencia de Nicholas.
Menos mal que encontramos a Luke antes de que tuviera ocasión de abrir la boca.
—¿Crees que Anthony está en peligro? —susurró Agnes, retorciéndose las manos—. Se me ponen los pelos de punta al pensar que esté encerrado en su casa con alguna... indeseable. Debe de ser espantoso para él. Es demasiado bondadoso para su propio bien.
El reverendo, con prudencia, se abstuvo de mencionar que Anthony no parecía precisamente abatido. En lugar de eso, asintió con gravedad y le dio a su esposa unas palmaditas en el brazo.
—Lo ha heredado de ti, palomita.
Agnes sorbió por la nariz.
—Debo admitir que me siento tentada de ir a verlo —confesó, secándose los ojos con un pañuelo—. Hay momentos en que solo el consuelo de una madre sirve de algo.
Alargó la mano hacia una galleta, así que por suerte no vio la repentina expresión de alarma de su marido.
—No creo que eso sea prudente, querida —respondió el reverendo con cautela—. Anthony es un hombre adulto y debemos confiar en su instinto, el cual ha podido desarrollar gracias a los sabios consejos que le has dado durante tantos años.
Por un segundo, el reverendo pensó que tal vez se había pasado un poco con el halago, porque Agnes le lanzó una mirada entornada; pero luego ella la remató con un suspiro dramático.
—Ser madre es agotador para los nervios —murmuró con voz quebrada.
Augustus Shackleford asintió con compasión mientras pensaba: «sobre todo los viernes por la tarde entre las tres y las cuatro...».
—¿Cuándo vais Percy y tú a Exeter? —preguntó Agnes de pronto, tomando otra galleta.
El reverendo parpadeó ante el brusco cambio de tema.
—Pensaba que podríamos tomar prestado uno de los carruajes de Nicholas e ir mañana —respondió—. No tiene sentido andarse con dilaciones. Cuanto antes lleguemos al fondo de este embrollo, antes podrá Anthony... esto... librarse de su jornalera impostora.
—Entonces Lizzy y yo os acompañaremos —declaró Agnes, para horror del reverendo.
Él abrió la boca, decidido a protestar, pero, antes de que consiguiera decir una palabra, ella añadió:
—Ya que no puedo ofrecerle a mi querido muchacho un refugio seguro en brazos de su madre, convertiré en mi deber sagrado liberarlo de la indeseable que reside actualmente en su casa.
Andrew Pettigrew observó con atención la miniatura.
—Puede que tenga el pelo algo más oscuro y que vaya vestida de muchacho, pero, por lo demás, se parece bastante.
—Y dice que desapareció de aquí, de Exeter.
Un breve asentimiento confirmó la pregunta.
—Creemos que tomó un coche hacia Plymouth, pero este perdió una rueda y los pasajeros se vieron obligados a buscar refugio en el pueblo de Blackmore.
Al parecer, nadie en el pueblo recuerda haber visto a alguien que respondiera a su descripción, así que debió de ocurrir algo que le impidió volver a subir al coche a la mañana siguiente. Le sugiero que empiece por allí.
—¿Seguía vestida de chico?
—Para eso te pago, para que lo descubras.
Pettigrew se guardó la miniatura en el bolsillo. Sabía que era mejor no hacer más preguntas. Probablemente, la muchacha que buscaba era una bastarda de aquel noble, pero, al fin y al cabo, eso no era asunto suyo.
—¿Cómo me pongo en contacto con usted cuando la encuentre?
—Llévela a esta dirección.
Pettigrew tomó la tarjeta que le ofrecían y arqueó las cejas.
—No pienso meterme ahí —declaró con vehemencia—.
Bastante suerte tendré si salgo de una pieza.
—Alzó la vista—. ¿Qué le parece si envío recado aquí?
—Miró alrededor de la concurrida posada—.
La esconderé en algún lugar seguro antes de mandar la nota.
¿Qué nombre debo usar? —Pettigrew se obligó a sostener la mirada pétrea de su nuevo patrón.
Si cedía ahora, no sobreviviría más de un día después de atrapar a la muchacha.
—Diríjala al señor Field. —Fue la respuesta, fría como el hielo.
Pettigrew asintió y se volvió para marcharse.
—Y, señor Pettigrew...
El detective privado se detuvo y se giró.
—Ni se le ocurra intentar engañarme. Si lo hace, esa bonita joven a la que tanto le gusta visitar todos los viernes... bueno, digamos que no seguirá siendo tan bonita cuando mis asociados terminen con ella.
Para cuando les sirvieron el prometido estofado de rabo de buey, George sospechaba que estaba algo más que un poco achispada.
La tarde había sido animada, rozando lo bullicioso.
Con el aguacero rugiendo fuera, un buen número de aldeanos se había congregado en el Green Man en busca de refugio y, al menos para el posadero, la tormenta le estaba resultando bastante rentable.
Durante la mayor parte del tiempo, George permaneció encogida en un rincón, observando cómo Anthony intercambiaba insultos bonachones con los lugareños.
Era evidente que los habitantes del pueblo estaban encantados de que Bovey Manor volviera a ser un hogar, y los más mayores tenían muchas historias entretenidas que contar sobre las correrías del anterior propietario durante los veranos que este pasaba en la mansión.
Anthony no le había dicho a George quién había sido el dueño de la casa antes que él, pero, por la conversación, ella sospechó que aquello podía tener algo que ver con su hermana Grace.
A decir verdad, Anthony sabía mucho más de George que ella de él.
Pero, aunque su patrón tenía pocos de los modales y altivez que ella había llegado a asociar con los que nadaban en la abundancia, no creía que él procediera de un entorno humilde, a pesar de que su padre fuera vicario rural.
Su hermana y su sobrina vestían con las mejores galas y, aunque George ignoraba si él tenía más hermanos, estaba claro que al menos una de sus hermanas se había casado bien.
Aunque ella estaba sin duda algo bebida, para las ocho Anthony estaba ya borracho como una cuba.
A medida que las bromas y los comentarios se volvían más subidos de tono, George empezó a convencerse cada vez más de que él, en efecto, había olvidado que ella era mujer.
Debatiéndose a partes iguales entre el alivio y la irritación, George decidió al fin subir a su dormitorio mientras aún estaba a tiempo.
Con suerte, cuando Anthony subiera, olvidaría que ella estaba allí y simplemente caería redondo.
Al menos eso pensaba George mientras permanecía en la puerta, observando cómo Nelson levantaba la pata sobre el poste más cercano y se calaba hasta los huesos.
Ver al perro hacer sus necesidades le hizo desear que la habitación tuviera un orinal, aunque tendría que usarlo antes de que Anthony se acostara.
—Maldita sea, Nelson —refunfuñó cuando el chucho se sacudió al volver a cubierto, salpicándola de agua.
Con cuidado, George tomó en brazos al perro mojado, cruzó de nuevo el salón de la posada y, sin mirar a Anthony, subió por la empinada escalera de caracol que conducía a los dormitorios.
George se había equivocado al suponer que Anthony había olvidado que ella era mujer.
De hecho, era tan dolorosamente consciente de ello que había decidido emborracharse a propósito, con la esperanza de caer redondo en cuanto lograra llegar al cuarto.
No soportaba la idea de tumbarse junto a ella sobrio sin poder siquiera tocarla.
Al menos en Bovey Manor había una planta entera entre los dos.
Se aseguró de quedarse abajo, en el salón, hasta que el último cliente se marchó.
Luego, tras darle las buenas noches al posadero, Anthony salió y corrió hacia el establo para comprobar cómo estaba Horatio.
Por suerte, el caballo no parecía demasiado alterado por el temporal; de hecho, estaba medio dormido.
Acariciándole el hocico, Anthony miró de nuevo al exterior.
Ya estaba medio empapado. Volver por donde había venido terminaría de rematar la faena.
A menos que se quedara allí.
El establo era lo bastante cálido, y había paja de sobra para cubrirse si le entraba frío.
También lo mantendría lejos de la tentación.
Anthony se acercó a la puerta del establo y alzó la vista hacia la ventana del dormitorio.
Todo estaba a oscuras, así que George sin duda estaba dormida.
Si subía ahora, tropezando en aquella negrura, casi con toda seguridad la despertaría.
Pese a la embriaguez, su polla se alzó en una entusiasta respuesta, y Anthony dejó escapar un gemido bajo, apoyando la cabeza en el marco de la puerta.
Quedarse allí era, sin duda, la decisión correcta, pero eso no significaba que fuera fácil.