Capítulo 12
La noticia de que la perseguían no solo su padre adoptivo, sino también un desconocido de la alta sociedad, le infundió a George un terror tan agudo que le costaba respirar.
A pesar de la afirmación de su patrón de que jamás la encontrarían allí, lo único que deseaba era coger su hatillo y salir corriendo.
Acurrucada en su improvisada cama, palpó las monedas, a salvo bajo las vendas que le ceñían el pecho.
Se había retirado a su pequeño cubículo tan pronto como la familia de Anthony se marchó, y nada de lo que este dijera o hiciera logró hacerla salir.
Así que Anthony decidió dejarla en paz, al menos durante un par de horas.
El hambre, pensó, acabaría por sacarla de allí.
Y tenía razón, aunque solo en parte. A George nunca le había importado un comino lo que pudiera ocurrirle.
Se había pasado toda la vida cuidando de sí misma hasta que, al final, aquello se había convertido en un instinto.
Pero tener de pronto a alguien que se preocupara por ella —y no solo una persona— era una experiencia nueva por completo.
Una de la que le resultaría muy difícil alejarse.
Al cabo de unas horas, su necesidad de estar sola se vio superada por el deseo de consuelo, y George salió de su escondite con vacilación.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Anthony con tranquilidad. Ella asintió—. La señora Parsons nos ha dejado estofado de conejo. Siéntate y te serviré un poco.
George miró hacia fuera mientras se sentaba. Aún no había anochecido, aunque el ama de llaves ya se había marchado, lo que indicaba que pasaban de las seis. Nelson se acercó y le restregó el hocico contra la mano hasta que George cedió y le acarició la cabeza.
—Toma. —Anthony dejó el cuenco delante de ella y puso otro en el suelo para Nelson, quien, como era de esperar, abandonó a George de inmediato.
—Traidor... —murmuró ella, cogiendo la cuchara.
Con la cabeza gacha, se comió el guiso con la determinación propia de alguien que no sabía cuándo podría volver a alimentarse.
—¿Vas a algún sitio? —comentó Anthony con suavidad.
Ella levantó la vista, sobresaltada, y luego se encogió de hombros.
—No tengo adónde ir.
—Entonces, ¿por qué comes como si fuera tu última comida?
Ella esbozó una sonrisa a regañadientes.
—Por cotumbre .
—«Costumbre». Te has comido la s —dijo él, devolviéndole la sonrisa.
—Bueno, visto que parece que podría ser la hija bastarda de algún ricachón... —George dejó la frase en el aire y volvió a encogerse de hombros antes de añadir—: Seguro que quien dejó embarazada a mi verdadera madre es la misma persona que ha estado pagando a los Grimm.
—Pero esa persona también podría ser tu madre —replicó Anthony—. Si quedó encinta tras una indiscreción, podría ser su familia la que pagara tu manutención.
—Lo que no entiendo es por qué no me dejaron simplemente a las puertas del hospicio.
Quiero decir, si soy la hija ilegítima de algún noble, lo lógico es que no quieran que salga de la nada tantos años después.
—George soltó una risa sombría antes de añadir—: Supongo que ahora mismo se estarán arrepintiendo de haberse tomado tantas molestias y que, en cuanto me atrapen, lo más probable es que me maten en mi cama antes que acogerme en el seno de la familia.
—Quizá lo hubieran hecho cuando estabas sola, pero ahora tienes amigos que se preocupan por ti.
—¿Eso es lo que es usted, entonces? ¿Un amigo? —preguntó George con ironía—. ¿Debería empezar a llamarlo Tony? —Negó con la cabeza y se puso en pie—. Dios sabe que le estoy agradecida por todo lo que ha hecho por mí, pero usted no es mi amigo, ni podría serlo jamás.
Sin esperar la respuesta de Anthony, George empujó la silla hasta colocarla bajo la mesa y se dirigió hacia la puerta.
—Creo que daré una vuelta por el jardín —decidió—. ¿Vienes, Nelson?
Anthony permaneció sentado mientras escuchaba los sonidos cada vez más lejanos de George y Nelson.
Ella tenía razón. Había sido una estupidez decir eso.
¿Cuándo se habían difuminado tanto los límites entre ellos?
Incluso antes de descubrir que era una mujer, había encontrado en su compañía una satisfacción que no había sentido con nadie más, y eso incluía a Peter, que era casi un hermano para él.
Pero cuando la había visto en la bañera...
Anthony apretó los dientes, tratando de borrar la imagen que parecía grabada a fuego en su cerebro.
Su polla le decía que eso era más fácil de decir que de hacer.
No tenía ni idea de por qué le afectaba tanto.
Él se había acostado con un buen número de mujeres y, Dios lo sabía, George no tenía ni las artimañas ni el refinamiento de ninguna de ellas.
Se sorprendió riendo entre dientes al pensar en sus modales.
No era de extrañar que él no se hubiera dado cuenta de su disfraz.
Ella había vivido como un chico toda su vida y tendría que aprender a comportarse como una mujer.
En cierto modo, le recordaba a sus hermanas, sobre todo a Prudence. Su prima Mercy tampoco tenía precisamente unos modales refinados. Estaba convencido de que a ambas les gustaría George cuando la conocieran al fin...
Sus pensamientos se detuvieron en seco.
¿Cómo iban a conocerla jamás? Y, si lo hacían, sería como George, la criada. Una sirvienta.
Anthony apretó los puños. No. Después de todo lo que había pasado, nunca podría aceptarla como sirvienta en su casa.
«¿Y qué?», dijo una voz maliciosa en su cabeza. «¿Preferirías tenerla como amante?».
Con esfuerzo, Anthony apartó esa idea de su mente. George merecía algo más que eso. Merecía un marido que cuidara de ella.
Pero no sería él. Anthony conocía bien su deber. Dios mío, nunca había odiado tanto aquella palabra como ahora...
Se levantó y recogió los platos. George tenía razón. No eran amigos. Nunca podrían serlo. Pero Anthony empezaba a darse cuenta de que el motivo por el que él también lo pensaba era muy distinto del de ella...
En cuanto el nombre del muchacho salió de sus labios, Agnes deseó poder retirarlo.
La mirada del desconocido pasó de suplicante a evasiva en una fracción de segundo.
Y, en ese mismo instante, ella supo que sus intenciones hacia el chico eran de todo menos afectuosas.
Por instinto, Agnes dio un paso atrás, pensando deprisa, y, antes de que el hombre tuviera ocasión de responder, negó con la cabeza y frunció el ceño.
—Oh, no, ahora que lo pienso, me refería al hijo de Albert. —Ella soltó una risita avergonzada—. Juro que últimamente estoy muy despistada.
El hombre dio un paso adelante, y el corazón de Agnes empezó a latir con fuerza. Por fortuna, en ese preciso momento Lizzy dobló la esquina. Tras lanzar una última mirada de pánico al desconocido, ahora amenazante, Agnes se apresuró a ir hacia su amiga.
—Lizzy, querida, qué casualidad, justo iba a visitarte. —Se cogió del brazo de una desconcertada Lizzy y, haciéndola girar, la arrastró de vuelta a la esquina mientras decía en voz alta—: ¿Cómo está ese hijo tuyo, tan alto y musculoso? ¿Ha participado en algún combate de boxeo últimamente?
Por suerte, Lizzy estaba demasiado sorprendida para responder de inmediato y, como Henry Atkins solo podía ver la espalda de las dos mujeres, este no se dio cuenta de que la recién llegada miraba a su amiga como si pensara que se había vuelto loca.
No fue hasta que regresaron a la casa de Lizzy, unos minutos más tarde, cuando Agnes volvió a hablar; y entonces su murmullo se limitó a una sola palabra:
—Sales. —Se hundió en una silla y rebuscó en su ridículo.
—¿Qué demonios te pasa, querida Agnes? —se atrevió a preguntar Lizzy al fin—. ¿Quién era ese hombre con el que hablabas?
—Eso no importa —replicó Agnes, lo bastante recuperada como para recordar por qué se dirigía a casa de su amiga—. ¿Te ha dicho Percy dónde está Augustus?
Lizzy frunció el ceño, sin entender el abrupto cambio de interés de su amiga desde un hijo ficticio, alto y musculoso, a un marido desaparecido.
—¿Cuándo lo viste por última vez? —preguntó con cautela.
Agnes le lanzó una mirada fulminante.
—Se marchó ayer después de decirme que iba a acompañar a la anciana señora Morton a su descanso eterno.
—¡Oh, lo siento mucho! —exclamó Lizzy—, aunque confieso que empezaba a preguntarme si ella seguiría aquí cuando todos nosotros estuviéramos ya criando malvas.
—Bueno, esa es la cuestión —declaró Agnes—. No está muerta. Al menos no lo estaba cuando la dejé hace veinte minutos.
—Oh, bueno... Eh... Eso está bien —respondió Lizzy—. ¿Y qué dijo el reverendo?
Agnes chasqueó la lengua con irritación.
—Ese es el problema. No tengo ni idea de dónde está ese sapo embustero para preguntárselo.
Victoria Huxley se miró fijamente en el espejo del tocador.
A veces le parecía que la imagen del cristal reflejaba otra persona, atrapada en algún mundo alternativo.
Extendió la mano y tocó la superficie fría.
No podía comprender por qué tenía aquella sensación de estar de algún modo incompleta, pero ese sentimiento la había atormentado desde que tenía uso de razón.
Retiró la mano, se la llevó a la cara y, con las yemas de los dedos, trazó el contorno de sus rasgos mientras observaba cómo su reflejo imitaba sus movimientos.
De vez en cuando, se preguntaba si no estaría perdiendo la cabeza, pero su abuelo desestimaba sus temores con un gesto de la mano y se limitaba a decir que estaba claro que había salido a su madre.
«Siempre tan voluble...», solía decir él, como si aquello lo explicara todo.
A decir verdad, Victoria no creía que a su abuelo le importara en absoluto, ni en un sentido ni en otro. Para él, «ojos que no ven, corazón que no siente». Y, puesto que las habitaciones de ella se encontraban justo en el piso superior, Victoria estaba, sin duda alguna, fuera de su vista.
Oh, le permitían salir de sus aposentos de vez en cuando; o, mejor dicho, la sacaban en silla de ruedas cuando su abuelo necesitaba mostrársela a alguna visita.
Siempre y cuando se mantuviera dócil, por supuesto.
Victoria sospechaba que él no dudaría en confinarla en su alcoba y tirar la llave si ella se negaba a seguirle el juego.
Pero, a veces, solo deseaba saber en qué consistía aquel juego.
Por desgracia, cuando el reverendo Shackleford llegó a la vicaría con la buena noticia de que la señora Morton no estaba, de hecho, a punto de estirar la pata, Agnes estaba hecha una furia.
Al reverendo le resultó evidente que Percy, aquel traidor desagradecido, lo había abandonado en cuanto se olió el pescado, lo que había dado lugar a que Agnes se pasara la última hora cantándole las cuarenta a voz en grito.
Aun así, el reverendo consiguió desconectar de buena parte de la reprimenda, en parte porque gran parte de ella era repetitiva —en concreto, las palabras «cerebro de escarabajo», que Agnes empleaba con gran efecto junto con «alimaña», «canalla» y «sinvergüenza»—, pero, sobre todo, porque Augustus estaba más preocupado al imaginar su reacción cuando tuviera que explicarle dónde había ido él en realidad.
El reverendo se preguntó si podría salir del paso con otra mentira, pero, teniendo en cuenta la gravedad de la situación, decidió que sería mejor sincerarse sobre todo aquel extraño asunto.
Así que esperó hasta que ella se detuvo por fin para tomar aliento y se le ocurrió de pronto hacer la pregunta que él más temía.
—La cuestión es, palomita...
El reverendo se interrumpió cuando Agnes levantó la mano.
—No me vengas con «palomita», Augustus Shackleford. Y, si se te ocurre siquiera intentar colarme otro cuento chino... —Dejó la frase en el aire y el resto a su imaginación.
Él soltó un suspiro ofendido y se sentó.
—¿Recuerdas a aquel muchacho que Anthony trajo a casa?
¿El del tobillo hinchado? ¿El que se llamaba George?
—Agnes frunció el ceño y abrió la boca para hablar, pero, antes de que tuviera ocasión, su esposo añadió—: Bueno, en resumen.
Para gran sorpresa de Anthony, el joven George resultó ser la joven Georgiana...
A la mañana siguiente, George declaró que ya no estaba preocupada. Mientras atacaba el desayuno, informó a Anthony con altivez de que una sana dosis de precaución era una cosa, pero que solo un cabeza de chorlito se quedaría encogido en la cama todo el día.
Había llegado a aquella conclusión alrededor de las tres de la madrugada.
Todavía despierta y anegada por los «¿y si...
?» y el miedo, se había incorporado de repente y le había anunciado a Nelson que ya era suficiente.
Tenía un techo sobre la cabeza y comida en el estómago.
Por ahora, eso era todo lo que necesitaba.
Si quienquiera que la estuviera buscando lograba descubrir su paradero, se ocuparía de ello cuando llegara el momento.
Todavía tenía sus monedas y dos malditas piernas.
Si necesitaba correr, eso era exactamente lo que haría.
En privado, también concluyó que andar suspirando por un hombre que nunca podría ser suyo era una completa estupidez. Aunque, por muy cierto que fuera, no resultaba tan fácil dejarlo a un lado.
—Tengo que llevar el carro a Little Bovey esta mañana para comprar más clavos y madera para el panelado —decidió Anthony.
Si le sorprendió el repentino cambio de actitud de George, no lo dijo—.
¿Tu recién descubierta valentía alcanza para acompañarme?
—Cuando ella vaciló, él añadió—: El aire fresco te sentará bien.
—El aire fresco no m’ha hecho nunca ningún bien hasta ahora —refunfuñó ella, poniéndose en pie.
—No me ha hecho nunca ningún bien —corrigió Anthony, antes de añadir—: Aunque estoy convencido de que el aire que respirabas cuando vivías con los Grimm era justo lo contrario de fresco.
—Sobre todo con la letrina pública ahí mismo, calle arriba —dijo George con una sonrisa, y soltó una carcajada al ver la expresión horrorizada de Anthony—.
¿Demasiado refinado para hablar de mierda, eh?
Y, hablando de necesidades, ¿va a poner un retrete en la casa?
Si no, se le van a congelar las pelotas cuando llegue el invierno.
Anthony hizo una mueca y suspiró mientras la seguía por la puerta de la cocina, con Nelson bailoteando entre ambos.
—Por favor, abstente de hablar de pelotas o de cualquier otra parte de la anatomía masculina en público —la reprendió—. Bastante tengo ya con escuchar tu repugnante cháchara.
En respuesta, ella se rio aún más fuerte y echó a correr hacia el establo, con el perro pisándole los talones.
Anthony la siguió más despacio y la vio desaparecer tras la esquina antes de permitirse reír.
A pesar de su vulgaridad, George era la persona más divertida que había conocido jamás.
Solo podía esperar que adquirir buenos modales no tuviera como precio su vivacidad.