Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 14
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Capítulo 14

George no tenía ni idea de qué la había despertado, y se quedó tumbada mirando a la oscuridad durante unos segundos, desconcertada por completo, hasta que los recuerdos le inundaron la mente.

Todo estaba en calma. La lluvia había amainado y el viento ya no silbaba alrededor de los aleros como un espíritu enfurecido.

Estaba a punto de darse la vuelta, pero se quedó rígida al recordar que Anthony estaba en la cama a su lado.

Inmóvil, aguzó el oído, pero no oyó nada.

Su patrón no roncaba. Sin embargo, al menos debería poder oírlo respirar en medio del silencio.

Sin pensarlo, se dio la vuelta y miró con sorpresa el espacio vacío junto a ella. Al deslizar la mano, notó que las sábanas estaban frías. Era obvio que Anthony no se había acostado. Con el corazón latiéndole con fuerza, se incorporó. Él no la habría dejado sin más, ¿verdad?

Giró la cabeza y pudo distinguir el pequeño bulto acurrucado a su lado. Nelson ni siquiera se había movido. Su jefe podría haberla abandonado a ella, con el problema que representaba, pero nunca se habría ido sin su perro.

Con cuidado, para no despertar al perro dormido, retiró las sábanas y se acercó de puntillas a la ventana.

Por lo que pudo ver, el patio de las caballerizas estaba oscuro, en silencio y vacío, salvo por la lluvia que caía sin cesar.

No pudo distinguir si Horatio seguía en su cuadra, pero el carro se adivinaba como una silueta difusa bajo el porche.

George se apartó de la ventana. Quizá Anthony había decidido dormir abajo, en el bar.

Resopló; lo más probable era que hubiera caído desplomado y estuviera durmiendo en cualquier lugar.

George sacudió la cabeza ante la estupidez de los hombres y se dirigió de vuelta a la cama.

Pero ¿y si el tonto se había dado un golpe en la cabeza?

Se detuvo, con una rodilla sobre el colchón lleno de bultos.

Maldita sea, lo último que quería hacer era registrar la posada en ropa interior.

Murmurando entre dientes, avanzó a tientas hacia el único mueble de la habitación aparte de la cama —una silla desvencijada y vieja—, agarró sus pantalones, se los puso a toda prisa y metió los pies en las botas.

La habitación estaba casi a oscuras, pero no tenía pedernal para volver a encender la vela.

Tendría que bajar las escaleras en completa oscuridad y esperar no romperse el maldito cuello.

Luego buscó la puerta, y al fin divisó su contorno rectangular. Lentamente, con los brazos extendidos, se arrastró hacia ella y, una vez que sus manos tocaron la madera, localizó el pomo.

Tras respirar hondo, abrió la puerta con cuidado y se asomó al pequeño rellano. Un fuerte ronquido a sus espaldas le indicó que Nelson no tenía intención de unirse a su temeraria escapada y, tras una última mirada hacia el perro dormido, salió al descansillo de la escalera.

No había barandilla, y el corazón se le subía a la boca con cada paso que daba.

No tenía ni idea de cómo demonios no acababan los huéspedes estrellados en el suelo.

Las escaleras eran una maldita trampa mortal.

Pero, sin duda, no había muchos huéspedes tan descerebrados como para deambular en mitad de la noche sin una condenada vela.

Tardó casi diez minutos en llegar por fin a la puerta del bar, y para entonces estaba furiosa. Si Anthony Shackleford no estaba muerto, estaría muy tentada de acabar con él ella misma. Agarró el pomo, le dio un fuerte empujón y se precipitó al interior del bar.

Que estaba vacío.

Las ventanas dejaban entrar suficiente luz como para asegurarse de que no había nadie sentado en ninguna de las sillas ni, de hecho, tirado por el suelo.

George se mordió el labio y se quedó indecisa en el umbral.

El sentido común le decía que volviera a la cama.

Pero ¿adónde la había llevado hasta ahora el sentido común?

Quedaba un lugar más por buscar. Y aunque no le hacía precisamente gracia empaparse por segunda vez en veinticuatro horas, sabía que no podría dormir sin comprobar que aquel idiota se encontraba a salvo.

Lo más probable era que estuviera en el establo con Horatio.

Pero no podía estar segura de que no hubiera salido a hacer sus necesidades y ya no hubiera vuelto a entrar.

Con un suspiro, George abrió la puerta que daba a la cocina y al patio.

No había ventanas en el pequeño vestíbulo cuadrado, pero sí muchos obstáculos, y murmuró varios improperios cuando estuvo a punto de caer de espaldas sobre un par de botas y luego se rompió una uña al intentar quitar el cerrojo de la puerta exterior.

Al fin, sin embargo, logró abrir la puerta y salir al exterior.

Aún bajo el alero, esperó un segundo para orientarse.

La lluvia era constante ahora, cayendo en vertical como si Dios estuviera vertiendo agua desde el cielo con una gran jarra.

Ojeó el patio, pero no vio rastro alguno de un cuerpo tendido.

Era evidente que el tonto de su patrón había decidido irse a dormir con Horatio.

George gimió con alivio. Ya podía volver a la cama.

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo de repente.

¿Y si el caballo le había dado una patada en la cabeza?

«Maldita sea, George», murmuró para sí misma con frustración.

«Es tu cabeza la que necesita atención».

Miró al otro lado del patio, donde apenas podía distinguir la puerta del establo.

Tenía dos opciones: correr hacia allí o rodear la posada, tratando de mantenerse a cubierto tanto como fuera posible.

Tras dudar unos segundos, optó por intentar mantenerse seca y comenzó a avanzar con cuidado a lo largo de la línea del alero, refunfuñando: «Debo de estar loca por completo».

Le llevó casi cinco minutos sortear barriles y cajas de madera, por no hablar del carro, pero aún estaba relativamente seca cuando llegó a la puerta del establo.

Después de una breve y nerviosa pausa, levantó lentamente el pestillo y empujó la puerta hacia dentro, solo para encontrarse con una sombra gigante que empuñaba lo que parecía una horquilla enorme.

«Un paso más y te ensartaré como a un cerdo», le advirtió la sombra.

Con un chillido, George dio un paso atrás, pero tropezó con los adoquines, y acabó sentada en el suelo bajo la lluvia torrencial.

—La desaparición de la muchacha se ha convertido en algo más que un inconveniente.

Su Señoría conserva una salud inquietantemente robusta, pese a su avanzada edad.

Si la chica aparece mientras ese bastardo aún conserva todas sus facultades, todo aquello por lo que he trabajado no habrá servido de nada.

—Simon Linfield se sirvió una generosa copa de brandy y la vació de un trago.

—¿Tanto se parece a la señorita Huxley?

Linfield apretó los dientes y se recordó que necesitaba paciencia. El linaje del conde de Ruteledge era complicado, incluso para quienes conocían su historia. Suspiró, se sirvió una segunda copa de brandy y volvió a acomodarse tras el escritorio antes de responder.

—Es su viva imagen. El conde no tendría ninguna duda de que son gemelas.

—Pero ¿por qué demonios habría de importarle? Él no muestra ningún afecto por la nieta que vive bajo su techo. No creo que la muchacha haya salido de esa casa en toda su vida.

—Mientras crea que es la bastarda de su nuera, lo más probable es que nunca lo haga.

—Entonces, ¿por qué iba la aparición de la otra gemela a convencer al conde de lo contrario?

Simon Linfield se inclinó hacia delante en la silla y juntó las puntas de los dedos sobre el escritorio.

—El primogénito de cada generación de la familia Linfield siempre tiene un gemelo. Ha sido así desde que la familia llegó de Normandía con el duque bastardo. Además, uno de los hermanos —y no siempre el mayor— posee una marca de nacimiento distintiva en algún lugar del cuerpo.

—¿Tiene usted un gemelo?

Linfield negó con la cabeza.

—Solo afecta a la línea directa.

—¿Y Georgiana Huxley tiene esa... marca de nacimiento?

Linfield asintió.

—Si llega a conocimiento de mi primo y él descubre la marca, sabrá que las muchachas eran hijas de Roland.

Y, si eso ocurre, dejar de ser su heredero será la menor de mis preocupaciones.

—Se encogió de hombros y apuró el brandy antes de añadir—: O, dicho de otra manera, ser primo segundo del conde no me garantiza que mi cabeza siga sobre mis hombros.

—Bueno, si las gemelas nacieron bajo su techo, ¿por qué no mandó usted asfixiar a una de ellas al nacer?

—Oh, créame, ganas no me faltaron, pero mi queridísima esposa no quiso ni oír hablar del asunto.

—Sacudió la cabeza—. De pronto le dio por desarrollar unos malditos principios morales, quién iba a decirlo...

Después de enviar con Edward a la niña que no tenía la marca de nacimiento, quiso quedarse con la otra.

Dijo que Julia Huxley había sido su mejor amiga y que tenía un deber con su hija.

Juró que Edward jamás sabría de su existencia.

—Linfield se bebió el brandy y estampó la copa contra el escritorio—.

Le seguí la corriente durante dos malditos años, pero veía que se estaba encariñando con la mocosa.

La estúpida zorra no me permitió meterla en el asilo de pobres, así que le dije que la niña iría con una buena familia que la criaría como era debido.

—Linfield soltó una risa oscura—. Y, mientras la muchacha siguiera con Atkins, resultaba bastante fácil tenerla vigilada.

Hasta que ese bastardo lascivo no pudo mantener la verga dentro de los malditos calzones.

—¿Y entonces fue cuando ella huyó?

Linfield asintió de nuevo y miró con desafío al médico del conde, adicto al opio.

—Así que dígame, ¿está conmigo?

—Me ha contado lo suficiente como para enviarlo a la horca. ¿Qué me impide denunciarlo? Es probable que el conde me pague generosamente por hablarle de la víbora que tiene en el nido.

Simon Linfield soltó una breve carcajada.