Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Recuerdas qué edad tenías cuando fuiste a vivir con los Atkins?

La compasión en la voz de Grace hizo que Georgiana tuviera que tragar saliva varias veces antes de poder articular una respuesta.

—Supongo que no debía de tener más de dos o tres años —logró decir al fin, con voz ronca—. Pero tampoco sé muy bien cuántos tengo ahora.

Grace miró de manera fugaz a los dos hombres presentes antes de preguntar en voz baja:

—¿Cuánto tiempo hace que tienes la menstruación?

George se sonrojó, pero respondió sin dudar.

—Más de seis años.

—Entonces diría que tienes al menos diecisiete años, quizá dieciocho —calculó la duquesa.

—La misma edad que yo —declaró Jennifer con una cálida sonrisa.

Georgiana se descubrió devolviéndole la sonrisa, aunque con vacilación.

—¿Recuerdas algo de antes de esa época? —preguntó Anthony.

George empezó a negar con la cabeza, pero luego frunció el ceño.

—Solo destellos —murmuró al fin—. Recuerdo a alguien llorando. Lloraba con tanta fuerza como si le hubieran roto el corazón. —Entrecerró los ojos, perdida en sus pensamientos, y finalmente negó con la cabeza y se encogió de hombros—. Eso es todo.

—¿Era una mujer? —preguntó Jennifer, intrigada.

George frunció el ceño, esforzándose por recordar.

—No lo sé —admitió al cabo de unos segundos—. Quiero decir, lo más probable es que fuera una mujer, pero... —Dejó la frase en el aire.

—Si alguien ha estado pagando a Henry y Martha Atkins para que cuidaran de ti —declaró el reverendo Shackleford—, eso me dice que alguien quería quitarte de en medio. Probablemente naciste fuera del matrimonio.

—Lo he pensado —asintió George—. Nunca hablaron de ello, salvo una vez.

—Hizo una pausa para ordenar sus recuerdos—.

Se me derramó un poco de leche y Martha se enfadó muchísimo.

Me gritó a la cara. Dijo que yo no valía las miserables monedas que recibían por mí.

Luego dijo: «Malditos Uxley». —George miró alrededor de la mesa, en silencio—.

Supongo que ese podría ser mi verdadero apellido. Georgiana Uxley.

—¿Conoces a alguna familia acomodada con ese apellido? —le preguntó Anthony a su hermana.

Grace negó con un gesto.

—Eso no significa gran cosa. Felicity tendría muchas más posibilidades de identificarlos.

—Pero no es probable que la veamos hasta finales de mes —refunfuñó Jennifer—, y seguro que no podemos permitirnos esperar tanto.

—Pero ¿qué posibilidades hay de que alguien encuentre aquí a la muchacha? —preguntó el reverendo—. Little Bovey no es precisamente un lugar muy conocido, ni siquiera para quienes viven en Devonshire.

—Pero la mayoría de los aldeanos de Blackmore saben dónde estoy —replicó Anthony—. Si quienes buscan a George están lo bastante decididos en dar con ella, solo será cuestión de tiempo que alguien mencione que traje conmigo a un muchacho desconocido para que me ayudara con el trabajo.

—No creo que nadie en Blackmore haya visto a George —replicó su padre—. Y, desde luego, yo no he mencionado que hayas contratado a un chico para ayudarte aquí.

El reverendo Shackleford recordó la incómoda sensación que había tenido en el Red Lion cuando oyó hablar por primera vez de aquel tipo barrigón que tal vez fuera Henry Atkins.

—Will y Luke lo saben —dijo Anthony de pronto.

Su padre levantó una ceja.

—Will no es ningún problema —dijo el reverendo—. Tendrán suerte si consiguen arrancarle un gruñido. Pero Luke... Por todos los cielos, ese hombre es un auténtico charlatán. Pregúntale la hora y te explicará cómo fabricar un maldito reloj. —El reverendo sacudió la cabeza con frustración.

—Si volvemos a Blackmore de inmediato, quizá lleguemos a tiempo de asegurarnos de que no diga nada —declaró Grace—.

Quiero decir, es poco probable que esos sinvergüenzas regresen tan pronto.

—Sacudió la cabeza y se volvió hacia George—.

Creo que lo más seguro para ti es que te quedes aquí con Anthony —le dijo con voz suave—.

Nosotros volveremos a Blackmore enseguida y buscaremos a Luke y a Will.

—Luego dirigió su atención a Anthony y añadió—: Le enviaré una misiva a Felicity cuanto antes para preguntarle si sabe algo de los Uxley.

—Y Percy y yo iremos a Exeter —agregó el reverendo—. Hace mucho tiempo que no le presentamos nuestros respetos al obispo. Mientras estemos allí, podremos hacer algunas averiguaciones discretas.

Georgiana sintió que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.

—Todos han sido muy amables conmigo —susurró—. Y se lo agradezco desde lo más hondo de mi corasón . No sé cómo podré pagárselo jamás.

Miró a Jennifer y vio que la otra joven la observaba de una forma extraña.

—Cuando dices «corason», ¿quieres decir «corazón»? —preguntó Jennifer.

George hizo una mueca de dolor y miró a Anthony antes de asentir, claramente avergonzada.

—Anthony... Quiero decir... El señor Shackleford está intentando que hable de forma correcta, pero creo que sería más fácil que me cortara la lengua.

Jennifer extendió la mano hacia ella y negó con la cabeza.

—No, no... Lo siento mucho, no estaba criticando tu forma de hablar. —Hizo una pausa y luego miró alrededor de la mesa—. ¿Y si no fuera Uxley, sino Huxley?

Anthony asintió lentamente.

—Eso tendría sentido —convino.

—Huxley —reflexionó Grace, con una sonrisa de aprobación hacia su hija—. Eso suena más probable.

—Bien, Anthony, muchacho —murmuró Augustus Shackleford—. Creo que con un poco de pan y queso podremos ponernos en marcha.

Agnes no podía evitar preguntarse cómo estaría la pobre señora Morton. Cierto era que había superado con creces los setenta años y que, probablemente, el Todopoderoso llevaba veinte preparándole un sitio a la vieja chocha. Pero, aun así, Blackmore no sería lo mismo sin ella.

Mientras sorbía el té, Agnes soltó una risita.

Si la situación se parecía en algo a la última vez, Augustus se empeñaría en enviarla al otro mundo.

De hecho, cuando en aquella ocasión él le administró los últimos auxilios espirituales, la señora Morton le dijo sin dejar lugar a dudas que había cambiado de opinión y que no pensaba morirse antes de la boda de Prudence. Y de eso hacía ya seis años.

Aun así, el hecho de que su marido aún no hubiera regresado le indicaba a Agnes que, esta vez, la señora Morton sí estaba verdaderamente de camino al cielo, aunque estaba claro que se lo tomaba con calma.

Agnes se sirvió un trozo del pastel de manzana de la señora Tomlinson y miró hacia el jardín.

Era un día precioso. Desde luego, no era el tipo de día en que a una le apetecería abandonar este mundo.

Tras dar un bocado al pastel, Agnes pensó que tampoco era el tipo de día para pasárselo tumbada en un diván.

Sorprendida por aquel pensamiento repentino y preguntándose de dónde demonios había salido, volvió a dejar el trozo de tarta en el plato. Quizá le pidiera a Seth que enganchara a Delilah al carro y la llevara al pueblo.

Agnes se levantó, cogió lo que quedaba del pastel y lo llevó a la cocina, donde pidió a la señora Tomlinson que lo envolviera en un paño de muselina.

Había decidido llevárselo a Lizzy. Sin darse cuenta en absoluto de que la cocinera miraba a su señora como si de pronto le hubieran salido dos cabezas, Agnes salió en busca del mozo de cuadra.

Le llevó un rato explicarle a Seth lo que quería.

Cualquiera habría pensado que el hombre era corto de entendederas.

¿Qué dificultad tenía entender «es una tarde preciosa y me gustaría dar un paseo hasta el pueblo»?

Desde luego, eso no justificaba la expresión de total desconcierto que se había instalado en su rostro.

Aun así, al final se pusieron en marcha, y ahora se dirigían a Blackmore, aunque las constantes miradas de perplejidad que Seth le lanzaba empezaban a volverse pesadas.

Al acercarse al pueblo, a Agnes se le ocurrió de pronto una idea.

Quizá a Augustus le apeteciera un trozo de tarta, ya que la señora Morton parecía estar tardando una eternidad en estirar la pata.

Refunfuñando ante la falta de consideración de algunas personas, ordenó a Seth que detuviera el carro frente a la casita de la anciana y la ayudara a bajar.

Agnes no se molestó en llamar a la puerta, pues era posible que hubiera llegado en un momento inoportuno y no quería distraer a su marido si por casualidad estaba supervisando el ascenso de la señora Morton a las puertas del Paraíso.

En lugar de eso, empujó la puerta, fue hasta el pie de la estrecha escalera y aguzó el oído.

Tras unos segundos, frunció el ceño ante el silencio absoluto.

Procurando hacer el menor ruido posible, pues no quería molestar a Augustus mientras hablaba con el Todopoderoso, Agnes subió con sigilo.

El silencio, en realidad, resultaba bastante reconfortante, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Por muy cascarrabias que hubiera sido la anciana señora Morton, había criado a ocho hijos y había visto partir a tres maridos, y aquello requería fortaleza.

Al llegar al piso de arriba, entró en el pequeño dormitorio y divisó la figura que yacía inmóvil en la cama.

Buscó a tientas su pañuelo y se secó los ojos, de pronto orgullosa de su marido.

Qué hombre tan valiente y honorable era...

Dio un paso hacia la cama y frunció el ceño al advertir de pronto que su valiente y virtuoso esposo no estaba por ninguna parte.

Evidentemente, la señora Morton ya estaría tomando el té con Dios, y Augustus habría ido a buscar al enterrador.

Suspirando, Agnes decidió presentar sus últimos respetos antes de marcharse.

Se acercó a la cama y contempló con tristeza los rasgos apacibles de la señora Morton.

Parecía simplemente dormida. Se secó de nuevo los ojos y se inclinó para depositar un ligero beso en la frente de la anciana, pero, justo cuando tenía el rostro a cinco centímetros del suyo, los ojos del cadáver se abrieron de golpe.