Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 10
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Capítulo 10

—Será bastante tarde cuando lleguemos a Little Bovey, y no creo que presentarnos sin avisar en casa de Anthony sea lo más prudente —declaró Grace cuando el carruaje se puso en marcha—. Sobre todo, porque dudo mucho que tenga habitaciones preparadas para recibir visitas.

—Y, si aparecemos de improviso, quizá asustemos a la muchacha y la hagamos huir —añadió Jennifer.

El reverendo Shackleford frunció el ceño, pero, al cabo de un segundo, asintió.

—No me vendría mal una jarra de cerveza —murmuró—. Me estoy haciendo demasiado viejo para andar de acá para allá.

Grace soltó un resoplido incrédulo.

—No he notado que se hayan reducido sus ganas de entrometerse —replicó.

El reverendo suspiró.

—Es un aburrimiento infernal estar solo con Agnes en la vicaría —admitió—. De hecho, tengo que hablar con ella.

—Después de todo el empeño que usted puso en vernos casadas a todas... —lo provocó la duquesa, esforzándose por no reír—. Además, ¿qué fue de la dama de compañía de Agnes?

Esta vez fue el reverendo quien resopló.

—Duró tres semanas escasas. Dijo que temía por su vida después de que Agnes le diera un mejunje para ayudarla con las hemorroides.

Grace hizo una mueca.

—Creo que debería poner freno de una vez por todas a la obsesión de Agnes por los remedios —declaró—. Especialmente, su tendencia a probarlos con cualquiera que se cruce en su camino. Es solo cuestión de tiempo que mate a alguien.

—A mí, sin ir más lejos —masculló su padre—.

Y no creas que no lo he intentado, pero siempre que tenemos esa conversación, ella se desmaya sobre el objeto más cercano, lo cual está muy bien, salvo cuando ese objeto soy yo.

La última vez que tuve que llevarla en brazos hasta el salón, poco faltó para que me diera una maldita apoplejía.

El reverendo sacudió la cabeza y suspiró, convertido en la viva imagen del martirio.

Grace apretó los labios para no soltar una risita y compuso una expresión compasiva, pero entonces miró a Jennifer, y su hija se apresuró a toser contra el pelo de Flossy.

—Creo que hay una posada en Little Bovey con una reputación bastante aceptable —dijo Grace cuando por fin logró dominar las ganas de reír—. Le he dicho a Thomas que nos lleve directamente allí. Tomaremos una habitación para pasar la noche y visitaremos a Anthony por la mañana.

Su padre se animó de inmediato y asintió.

—Con un poco de suerte tendrán un buen estofado de ternera —declaró, frotándose las manos—. Por muy sabrosos que sean, no digo que no, confieso que empiezo a estar harto de los pasteles de cordero de Mary.

—No llegó hasta Plymouth, milord. Apostaría la vida.

—Yo no haría semejante apuesta si estuviera en tu lugar.

La helada respuesta hizo que a Henry Atkins se le perlase la frente de sudor.

—La encontraré, Su Señoría —juró Atkins, notando cómo el sudor nervioso empezaba a resbalarle por detrás de las orejas.

—Sabemos que subió al coche que se dirigía a Plymouth —continuó la fría voz con absoluta calma, ignorando la promesa del hombre—.

Tuvo un problema con una de las ruedas no lejos del pueblo de Blackmore.

El cochero recuerda a un muchacho que bajó con todos los demás pasajeros para dirigirse al Red Lion, pero el chico no se presentó a la mañana siguiente.

Según quienes estaban allí aquella noche, no había ningún muchacho entre los que llegaron a la posada en busca de alojamiento.

Sin embargo, cuando interrogué al reverendo, noté que me ocultaba algo. Estoy seguro.

A Atkins el sudor comenzó a resbalarle por el cuello.

—Yo no vi a ningún santurrón —dijo—, pero nadie con quien hablé había visto a ningún muchacho —se apresuró a afirmar.

—Hay otra cosa que debes tener en cuenta —continuó la voz, de nuevo convertida en hielo—. Blackmore es la residencia campestre de Nicholas Sinclair. Si ella llega a llamar la atención del duque, digamos que para ti será infinitamente peor, Henry.

—Sujétalo bien —gruñó Anthony—. Hagas lo que hagas, no lo muevas.

—¿Cuánto tiempo? —jadeó George—. Le juro que el mismísimo Goliat ya lo habría soltao .

—«Soltado» —la corrigió Anthony mientras estudiaba el listón de madera. Después de unos segundos, asintió para sí y clavó tres clavos a intervalos exactos—. Ya está. Puedes soltarlo.

—Me-mecachis, pues ya era hora —refunfuñó George, limpiándose las manos en sus pantalones, ya bastante sucios.

—Es fundamental que la primera pieza quede exactamente en su sitio —respondió Anthony, retrocediendo para admirar el friso restaurado de la sala de estar.

—¿Tenemos que hacer esto con cada pieza? —George miró la pared con desolación—. Tardaremos una eternidad.

Anthony negó con la cabeza.

—Solo con las que tengan carcoma o estén podridas. ¿Ves? —Señaló un listón con pequeños agujeros.

—¿Hay gusanos ahí dentro? —murmuró George, a la vez que daba un paso atrás.

—No, no son gusanos de verdad, más bien insectos pequeños.

George hizo una mueca de asco y Anthony se echó a reír.

—Vamos —dijo él—, sustituyamos el siguiente trozo.

—Bueno, ese lo quita usted —dijo ella con un estremecimiento—. No pienso... —Se interrumpió y torció el gesto—. No voy a acercarme a ningún gusano.

Anthony sacudió la cabeza y fue a coger el martillo, cuando de pronto oyó el sonido de un carruaje.

Miró a su acompañante con el ceño fruncido, dejó el martillo y cruzó el recibidor a grandes zancadas para abrir la puerta principal.

Aprensiva, pero curiosa, George lo siguió, procurando mantenerse detrás de su patrón.

—¡Grace! —Oyó exclamar a Anthony, con evidente asombro en la voz. Luego, él añadió—: ¿Padre?

George asomó la cabeza y sintió que el corazón le daba un vuelco al ver el lujoso carruaje.

Empezó a retroceder un paso cuando, de pronto, un pequeño torbellino de pelo saltó del coche como una flecha y se lanzó hacia ellos, solo para ser interceptado por Nelson, que había aparecido por un lateral de la casa.

Los dos perros rodaron por el suelo, evidentemente encantados de verse, y George se descubrió sonriendo.

La sonrisa se le borró de la cara en cuanto vio que una joven empezaba a bajar del coche.

—¿Qué demonios haces aquí, Jenny? —Anthony sacudió la cabeza antes de quejarse—. Si pensabais organizar una excursión familiar, habría venido bien una nota avisándome de la visita.

—Lo siento muchísimo, querido —dijo la mujer elegantemente vestida que, al parecer, se llamaba Grace, mientras se acercaba a ellos.

De camino, tropezó con una piedra, y George tuvo que contener una pequeña risita. Anthony sonrió.

—Y eso que todavía no has entrado en la casa, querida hermana.

¿Hermana? Vencida por la curiosidad, George se movió hacia un lado para verla mejor. Cuando por fin pudo ver a la dama de cerca, advirtió que era bastante mayor que Anthony y que no parecía en absoluto avergonzada por el tropiezo, ya que abrazó a su hermano sin ceremonia alguna.

—Perdona esta llegada tan imprevista —declaró Grace, apartándose para observar a Anthony con ojo crítico—. Tienes buen aspecto, Tony. Está claro que el trabajo duro te sienta bien.

Anthony le dedicó una mirada seca y se volvió hacia su padre y hacia la joven a la que había llamado Jenny.

George la observó con curiosidad. Era evidente que la muchacha era sobrina de su patrón.

Se parecía a su madre como dos gotas de agua.

De pronto, George comprendió que también la estaban examinando a ella.

Con la cara encendida, dio otro paso atrás al darse cuenta de que no solo la miraba la joven: los tres visitantes la estaban observando con atención. George alzó la vista hacia Anthony, resistiendo el impulso de agarrarse a su brazo.

—¡Hola de nuevo, George! —bramó el reverendo con jovialidad—. ¿Cuándo pensabas decirle a Anthony que eres una mujer?

Se produjo un silencio atónito. Grace y Jenny le lanzaron al reverendo una mirada fulminante. George no tenía ni idea de qué hacer. Su instinto era salir corriendo, sin más, pero, antes de que pudiera moverse, Anthony se interpuso delante de ella.

—Ya estoy al tanto de ello —comentó él con serenidad—. ¿Es por eso por lo que habéis venido?

Grace le dedicó a su padre un gesto de censura y dio un paso adelante.

—Tenemos mucho que contarte, querido —explicó—. Tenemos información que creo que... Georgiana, ¿verdad?... querrá conocer, sin duda. ¿Podemos hablar en algún lugar más cómodo?

Durante un segundo, Anthony permaneció inmóvil. Luego, con un leve suspiro, se hizo a un lado.

—Iremos a la cocina —murmuró—. Tú primero, George.

Con una mirada insegura hacia su patrón, Georgiana resistió el impulso de huir por la puerta abierta y los condujo hacia la parte trasera de la casa.

—¿Tienes té? —le preguntó Grace a su hermano mientras miraba alrededor de la impecable cocina con aprobación.

—Claro que tenemos té. No somos unos salvajes —dijo Anthony, dirigiéndose al fogón instalado en la enorme chimenea.

Los visitantes se sentaron a la mesa mientras George permanecía cerca de la puerta trasera, observándolos con recelo.

—Las reformas parecen ir bien —comentó Grace.

Anthony asintió y le entregó una taza de té.

—El exterior está terminado, y esta mañana hemos empezado con el interior de la casa.

—Debo decir que está más limpio de lo que esperaba —declaró Grace con una risita.

—Tenemos una ama de llaves que viene dos veces al día —informó Anthony al sentarse.

El hecho de que él hubiera dicho «tenemos» dos veces no se les escapó ni a Grace ni al reverendo. Tampoco se les escapó la sonrisa que Anthony le dedicó a George cuando le pidió que se acercara a la mesa.

Después de una breve vacilación, George se apartó de su única vía de escape y tomó asiento junto a Anthony. Por instinto, buscó con la mirada a la única otra joven de la habitación. Jennifer le sonrió con expresión afable.

—Así que, por mucho que me alegre veros —dijo Anthony con suavidad—, ¿por qué estáis aquí? Supongo que no habréis hecho este viaje solo para decirme que mi peón es una mujer.

Grace miró al reverendo con ansiedad.

—Vamos, padre, suéltelo de una vez.

Estaba claro que la paciencia de Anthony empezaba a agotarse.

Augustus Shackleford carraspeó antes de respirar hondo y luego se volvió hacia George.

—Hay gente buscándote, muchacha —declaró sin rodeos—. Y no son personas con las que me agradaría toparme en un callejón oscuro.

A George se le revolvió el estómago y, durante un horrible segundo, pensó que iba a vomitar.

—¿Dijeron por qué? —La serena respuesta de Anthony calmó un poco su remolino interior.

El reverendo negó con la cabeza.

—El primero que apareció por el pueblo parecía no haberse lavado en la última década.

Un tipo barrigón con pocos dientes y todavía menos pelo.

No mencionó que la persona a la que buscaba fuera una muchacha.

—El reverendo Shackleford se dirigió hacia George, que había adquirido una palidez enfermiza—.

¿Te suena esa descripción? —preguntó con brusquedad.

George tragó saliva de forma convulsiva y se giró hacia Anthony sin darse cuenta.

—Es Atkins —susurró ella, con la voz llena de terror.

Anthony alargó una mano y le tocó el hombro en un gesto tranquilizador.

—Ha dicho que ese hombre fue el primero, padre. ¿Quién era el otro?

El reverendo se encogió de hombros.

—Ni idea, pero tampoco me gustó su aspecto.

Vestía como un caballero y tenía modales acordes, pero había algo raro en él.

—El reverendo hizo una pausa para pensar—.

Dijo desde el principio que buscaba a una muchacha.

No caí de inmediato en que ambos hombres buscaban a la misma persona.

Hasta que dijo que la muchacha en cuestión quizá fuera vestida como un chico.

—El reverendo se detuvo para tomar un sorbo de té antes de mirar a George—.

Ese tipo dijo que habías robado una reliquia familiar —declaró con brusquedad.

Georgiana negó con la cabeza, luchando por contener las lágrimas.

—Sea quien sea ese hombre, les ha contado una patraña —susurró. Luego miró a Anthony antes de añadir—: Me apostaría un chelín a que el primer tipo era mi padre adoptivo, aunque no tengo ni idea de por qué pierde el tiempo en buscar a alguien como yo.

—¿Así que no tienes la menor idea de quién puede ser ese caballero ni de por qué te busca? —preguntó Grace.

—No le he robado nada a ningún señoritingo —reafirmó George—. Por qué demonios me busca... —Abrió las manos en un gesto de desconcierto.

—Creo que ayudaría que le explicaras a mi familia lo mismo que me explicaste a mí —sugirió Anthony—. Te prometo que nada de lo que digas saldrá de esta habitación.

—No creo que podamos prometer tal cosa —lo interrumpió Grace—. Si George está metida en algún problema, enterrar la cabeza en el suelo no servirá de nada.

George miró alrededor de la mesa. Por algún motivo, los Grimm la estaban buscando; y no solo ellos, sino también algún señorito.

Las tripas le decían que estaba en apuros, aunque no alcanzaba siquiera a imaginar por qué.

Las cuatro personas sentadas en aquella cocina no la habían juzgado y habían aceptado sin más su palabra de que no había robado la reliquia familiar de ningún aristócrata.

George respiró hondo y se lo contó todo.