Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Anthony se incorporó y se secó el sudor de la frente de un manotazo.

Debería estar ocupándose del interior de la casa, no perdiendo el tiempo allí fuera, en un huerto que no pensaba plantar hasta el año siguiente.

Pero, por alguna razón, no soportaba la idea de quedarse encerrado donde pudiera oír a George trajinar.

Necesitaba espacio para estar a solas con sus pensamientos.

Anthony soltó una risa seca. No le estaba sirviendo de mucho.

Se apoyó en la guadaña y soltó un suspiro. ¿Por qué demonios estaba tan enfadado? En realidad, nada había cambiado. George ya había demostrado ser una trabajadora incansable y había llevado a cabo todas las tareas que él le había pedido, y más.

Así que al final su peón no tenía pelotas... ¿Qué diferencia suponía eso? Y cuando la casa estuviera terminada, sin duda sería una... bueno, probablemente sería una...

Anthony imaginó a George haciendo reverencias, deshaciéndose en zalamerías ante sus invitados, y de pronto estalló en carcajadas. La verdad era que sería una criada espantosa. Negó con la cabeza. Dios Santo, qué desastre.

Pero no podía despedirla sin más. ¿Adónde demonios iba a ir?

La idea de George sola en Plymouth le revolvía el estómago.

Pese a toda la valentía y el coraje de la muchacha, solo era cuestión de tiempo que se topara con una situación de la que no pudiera escabullirse.

Le gustara o no, George era responsabilidad suya.

Y, al reconocerlo, Anthony sintió que una repentina calma lo inundaba. Su ira se desvaneció. George estaba bajo su cuidado, y eso era todo.

Anthony decidió no detenerse a pensar por qué aquel reconocimiento le provocaba semejante alivio. En lugar de eso, devolvió la guadaña al establo y, después de dedicarle unas cuantas atenciones a Horatio, volvió a la casa.

—¡George! —gritó desde el pie de la escalera—. ¡Mueve el culo y baja!

A primera hora de la tarde, por fin habían limpiado toda la casa por completo.

—Y ahora podremos volver a ensuciarlo todo en cuanto empecemos las reparaciones del interior —declaró Anthony de buen humor en la cocina, mientras se quitaba el barro de las botas.

George lo miró con recelo. ¿Por qué diablos estaba de tan buen humor?

Apenas unas horas antes, Anthony la había amenazado con el asilo de pobres.

George estaba sentada a la mesa, puliendo los pocos objetos de latón que aún quedaban en la casa, y entre una pieza y otra lanzaba un palo a Nelson por la puerta abierta de la cocina.

La joven no sabía muy bien qué decir ni cómo actuar.

Se sentía incómoda sin razón aparente, presa de un nerviosismo que nunca había experimentado cuando Anthony creía que ella era un muchacho.

Él, en cambio, parecía tranquilo y relajado, algo inesperado si se tenía en cuenta la furia que lo había dominado solo unas horas atrás.

George había aprendido por las malas a no confiar en los cambios de humor repentinos.

El viejo Grimm solía rematar una sonrisa con una bofetada.

Anthony era tan distinto de su padre adoptivo como el día y la noche, y eso hacía que su cambio de actitud resultara peligroso de una forma desconocida para ella.

Así que George centró toda su atención en Nelson y en los objetos de latón, y trató de no recordar la imagen de su patrón desnudo en la bañera.

—Un penique por tus pensamientos.

La voz grave de Anthony interrumpió sus cavilaciones.

George alzó la vista y lo miró con aprensión.

Sus ojos parecían de una plata oscura, y llevaba el pelo recogido en la nuca de forma descuidada.

George apenas alcanzaba a verle un rastro de vello por encima de la camisa abierta, y pensó que jamás había visto a nadie tan hermoso.

De golpe, volvió a concentrarse en la pieza que estaba puliendo.

—No estoy pensando en na —murmuró—. Pensar solo trae problemas.

Durante unos minutos, Anthony no respondió, pero George notó que él la observaba mientras ella mantenía la mirada fija en el latón. Por fin, Anthony se dio una palmada en la pierna y se puso en pie.

—No tiene sentido hacer nada más esta tarde —decidió—.

Mañana nos levantaremos al alba y empezaremos con el salón.

—Anthony consultó su reloj de bolsillo y fue a cerrar la puerta—.

Aún faltan dos horas para que llegue la señora Parsons.

Cuando termines con el pulido, ¿te apetece una partida de cribbage ⁠ 1 ?

George alzó la vista y se encogió de hombros.

—Nunca he jugao —respondió, y lo observó con cautela cuando él volvió a sentarse a la mesa.

Anthony apoyó el codo y la miró fijamente.

—¿Qué? —preguntó George, incómoda, después de unos segundos.

—Tendremos que trabajar tu dicción —suspiró él—. A veces resulta muy difícil entender lo que dices, sobre todo, cuando te alteras.

—Yo no m'altero nunca —gruñó George.

—«Me altero» —la corrigió Anthony, y ella lo fulminó con la mirada—. Si vas a seguir trabajando para mí, es importante que causes una buena primera impresión. Pero si vas a discutir conmigo a cada paso...

Anthony dejó la frase en el aire y enarcó las cejas.

Con un suspiro, George cedió.

—Nunca me altero —repitió con sorna.

Anthony ignoró su sarcasmo y asintió.

—Bien. Y ahora, ¿te gustaría jugar una partida de cribbage ?

George frunció los labios antes de contestar con altivez:

—Jamás he jugado, pero, si usted desea enseñarme, señor mío, estoy segura de que antes de que termine la velada le habré pateado el culo.

Anthony la miró durante un segundo y luego rompió a reír. George le dedicó una amplia sonrisa mientras él negaba con la cabeza y se marchaba a buscar las cartas.

George dejó de sonreír en cuanto Anthony le dio la espalda. De alguna manera, tenía que librarse de la estúpida atracción que sentía por él. Anthony Shackleford no era para alguien como ella, y George no se atrevía a olvidarlo.

1   Nota de la traductora: Juego de cartas tradicional británico que se puntúa con clavijas en un tablero.