Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 9
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Capítulo 9

—Bueno, ¿qué demonios ha sido todo eso? —Harry negó con la cabeza y miró hacia la ventana para ver cómo se alejaba el carruaje del desconocido.

El reverendo luchó por mantener el rostro impasible mientras, por dentro, se preguntaba con auténtico frenesí qué diablos debía hacer.

—No tengo ni idea —logró responder al cabo de unos segundos, con fingida despreocupación. Luego cogió la jarra y dio otro trago de cerveza.

—¿Una maldita chica vestida de muchacho? Jamás oí cosa igual —declaró Harry.

—Una patraña como una casa, si quieren mi opinión —dijo uno de los parroquianos.

—Yo no he visto a ninguna moza, con pantalones o sin ellos.

—¿Qué va a hacer, reverendo? —preguntó Harry al fin.

—¿Hacer? —El reverendo Shackleford volvió a dejar a Flossy en el suelo—. Naturalmente, tal como le he dicho al caballero, rezaré para que el asunto concluya de manera satisfactoria.

—Perdone, pero no es propio de usted quedarse sentado y rezar, reverendo. Aquí hay algo que me huele muy mal. No me han gustado los ojos de ese señorito. Los tenía muertos.

El reverendo terminó su pinta con decisión.

—En fin, si por casualidad me tropiezo con una jovencita vestida de muchacho, ya pensaré entonces cuál es la mejor forma de proceder.

Vamos, Flossy. —El reverendo echó a andar hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir y se volvió—.

Si alguno de ustedes, caballeros, llega a ver semejante irregularidad, estaré en la vicaría.

El reverendo no tenía por costumbre presentarse sin avisar en casa de los duques de Blackmore, pero su inquietud era tal que decidió ir directamente hasta allí a pie. Su yerno sabría qué hacer.

Por desgracia, solo se encontraba en la residencia su hija Grace, la duquesa.

—Nicholas ha ido a Wheal Tredennick para una reunión con Jago —explicó ella a su padre mientras esperaban el té.

—¿Y por qué no fuiste con él? —preguntó el reverendo con el ceño fruncido—. Estoy seguro de que Charity se habría alegrado de verte.

—Lo haría, de estar allí —respondió Grace—, pero ha ido a Cottesmore para visitar a Chastity.

—La duquesa esperó a que Huntley, que acababa de entrar, dejara sobre la mesita una bandeja con té y pastas—.

Bien —comentó cuando el mayordomo se marchó—.

Por mucho que sea una delicia verlo, como siempre —dijo, a la vez que le servía al reverendo una taza de té—, ¿por qué ha venido?

El tono de Grace fue directo, pero con un matiz de recelo.

La duquesa conocía a su padre lo bastante bien para saber que su presencia allí no era casual, sobre todo, porque los problemas solían seguir al reverendo como su sombra.

Grace cogió una pasta, la partió en trozos y se los fue dando a Flossy, que la miraba con adoración.

—La cuestión es... —empezó a decir el reverendo Shackleford, pero se calló cuando Grace levantó una mano.

—¿Se está usted entrometiendo en asuntos que no son de su incumbencia, padre?

—Por supuesto que no —replicó el reverendo, indignado—. ¡Rayos y centellas, me hieres en lo más hondo con semejante acusación! Ninguna de vosotras estaría hoy casada de no haber sido por mi despliegue de ingenio a lo largo de los años.

Grace enarcó una ceja. Si todas sus hermanas habían contraído buenos matrimonios, había sido a pesar de la intervención de su padre, no gracias a ella.

Bueno, quizá aquello no fuera del todo cierto, pero cada vez que lo dejaban campar a sus anchas, las cosas se iban al garete de la forma más estrepitosa.

Grace suspiró para sus adentros. Nadie podría tildar jamás a su padre de ser aburrido.

Así, Grace apretó los dientes, se obligó a esbozar una sonrisa conciliadora y le ofreció una pasta.

Cuando el reverendo vio que podía retomar la palabra, continuó donde lo había dejado.

—La cuestión es que Anthony ha encontrado a un peón para que lo ayude con las reformas de Bovey Manor. —Hizo una pausa para dar un sorbo a su té.

—¿Y...? —lo animó Grace.

—Pues bien, el primer problema es que parece que ese maldito peón podría ser en realidad una mujer, pero Anthony no lo sabe. —El reverendo frunció el ceño—. Al menos, no creo que lo sepa. Y, desde luego, espero así sea, porque no lo eduqué para que fornicara con sus empleados.

—¿De qué demonios está hablando, padre? —lo interrumpió Grace, exasperada por aquella diatriba—. ¿Cree usted que Anthony mantiene una relación ilícita con una mujer que se hace pasar por hombre?

—No..., sí..., bueno, a decir verdad, no sé si hay algo indebido en esa relación.

Grace parpadeó.

—¿Y ese es solo el primer problema? —La duquesa cogió a Flossy y la sentó en su regazo. De lo contrario, quizá no habría podido evitar levantarse para darle un buen tirón de orejas a su padre—. Le sugiero que empiece por el principio.

Grace empleó su voz cortante de duquesa de Blackmore, que solía resultar eficaz para lograr que el reverendo expusiera los hechos sin recurrir a sus legendarias evasivas.

Augustus Shackleford respiró hondo y después le contó los detalles tal y como él los conocía.

Cuando terminó, Grace se limitó a mirarlo fijamente, sin decir nada.

¿Cómo era posible que su familia se viera envuelta una y otra vez en sucesos tan extraños?

La duquesa habría considerado que todo este asunto no era más que una sarta de tonterías, de no ser por la descripción del caballero que buscaba a ese tal George.

Para ganar tiempo, Grace se inclinó hacia delante, cogió otra pasta y la mordisqueó con aire distraído antes de darle a Flossy el último trozo.

En ausencia de Nicholas, la duquesa no pudo evitar desear que Felicity estuviera allí, pero la matrona se encontraba visitando a unos amigos en Bath, y no tenía intención de volver a casa hasta finales de mes, cuando Nicholas y Malcolm regresaran.

—¿Y qué piensas, entonces? —le exigió el reverendo cuando ya no pudo esperar más—. Naturalmente, le habría expuesto todo este turbio asunto a Nicholas si él hubiera estado aquí.

Grace negó con la cabeza.

—La verdad es que no sé qué pensar —confesó—. Ni siquiera sabemos si esa... persona desaparecida es el mismo peón que Anthony contrató.

—Bueno, dado que aquel individuo no fue el primero en preguntar por él, y que ese George encaja con la descripción... —El reverendo Shackleford dejó la frase en el aire.

—¿El muchacho mostraba algún ademán femenino? —preguntó la duquesa—. ¿Algo, lo que fuera, que pudiera hacerle pensar que no era un chico?

Su padre negó con la cabeza.

—Era pequeño, eso sí. Pero tenía la cara tan endemoniadamente sucia que resultaba difícil distinguir bien sus rasgos.

—Entonces debemos suponer que Anthony sigue creyendo que ese George es un muchacho, y la única forma de comprobarlo será ir a Bovey Manor y averiguarlo por nosotros mismos.

—Grace se puso a Flossy bajo el brazo, se levantó y fue a tirar del cordón de la campanilla para llamar a Huntley—.

Si ese peón resulta ser una mujer, sabremos que ella es la persona a la que buscan esos individuos desagradables.

Y, como mínimo, debemos advertir a Anthony.

En cuanto dejó a Grace, el reverendo regresó a toda prisa para poner a Percy al corriente del estado actual de las cosas. No podía desaparecer para marcharse a Little Bovey sin confiarle el asunto al coadjutor, sobre todo porque él no tenía la menor intención de revelarle a Agnes su destino.

Aunque sus seres más cercanos y queridos pudieran burlarse, lo cierto era que al reverendo Shackleford no le gustaba demasiado decir embustes; más que nada porque su memoria ya no era la de antes, y cada vez le resultaba más difícil llevar la cuenta de sus invenciones.

Aun así, estaba convencido de que el Todopoderoso no tenía objeción en que echara alguna mentira piadosa, siempre que fuera por una buena causa.

Y, en lo que al reverendo respectaba, mantener a su esposa en la ignorancia entraba sin duda en esa categoría.

En consecuencia, cuando salió trotando de la casa, Agnes creía que él iba a pasar la noche con la anciana señora Morton para hacerle compañía mientras esta se disponía a reunirse con el Creador.

A juicio del reverendo, aquello no se alejaba demasiado de la verdad, puesto que era muy probable que se pusiera en camino en un futuro muy próximo...

Apenas tres horas más tarde, el reverendo subía al cómodo carruaje del duque de Blackmore.

—¡Flossy!

Una voz juvenil que no esperaba oír resonó dentro del coche. Jennifer Sinclair tendió las manos hacia la perrita mientras el reverendo se sentaba.

—¿Qué diantres haces aquí? —le preguntó el reverendo Shackleford con su habitual brusquedad.

—Yo también me alegro de verlo, abuelo —respondió la joven con sequedad, y acto seguido le quitó de los brazos a la perrita, que se alzó encantada sobre sus patas para que la muchacha le besara el hocico húmedo.

El reverendo resopló y se volvió hacia Grace.

—Habría traído a Agnes si hubiera sabido que íbamos de excursión.

Grace chasqueó la lengua y suspiró.

—A veces es usted condenadamente cabezota, padre. Si esa persona llamada George resulta ser una joven, entonces Jenny es justo a quien necesitamos para que la tranquilice y la convenza de que nos cuente lo que está pasando.

Anthony atacó la maraña del fondo del jardín con una ferocidad que habría impresionado a Peter si su mejor amigo hubiera estado allí para presenciarla, aunque quizá le habría sorprendido descubrir que la ira era el motor de aquel arrebato, puesto que Anthony rara vez perdía el control.

Lo cierto era que ni el propio Anthony sabía por qué demonios estaba tan furioso.

De acuerdo, George le había mentido. Tampoco era como si ella no hubiera tenido buenas razones para hacerlo, y sin duda él habría hecho exactamente lo mismo de haberse encontrado en su lugar.

Anthony cercenó con saña un gran matojo de grama.

No necesitaba a una maldita criada. Había contratado a un peón. A un hombre que trabajara para él.