Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 8
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Capítulo 8

A la mañana siguiente, el reverendo Shackleford seguía dándole vueltas al problema del joven George.

No recordaba si el muchacho había dado alguna vez su apellido, pero de algún modo le parecía que no.

Había algo decididamente turbio en todo aquel asunto, aunque, cuando se lo mencionó a Agnes durante la cena, ella le dijo que era víctima de una imaginación desbordada, quizá por culpa de un exceso de queso, y se ofreció a administrarle una de sus pociones.

El reverendo sacudió la cabeza, terminó el último trozo de tostada y llamó a Flossy. No era momento de divagar sobre asuntos sospechosos; tenía que ocuparse de sus rondas parroquiales.

Cuando salió de la casita de la vieja señora Morton, ya pasaba del mediodía.

Si aquella mujer no tenía noventa años, poco le faltaba, y el reverendo había empezado a visitarla a diario para comprobar que no se hubiera ido al otro mundo durante la noche.

El reverendo estaba pensando si le daría tiempo a tomarse una rápida jarra de cerveza antes de regresar a la sacristía, cuando vio un elegante coche de cuatro caballos detenido frente a la posada.

Aquello zanjó la cuestión, y se dirigió deprisa hacia el carruaje, con un repentino presentimiento que le formó un incómodo nudo en el estómago.

No había cochero sentado en el pescante ni escudo alguno en el lateral, pero todo en aquel coche hablaba de riqueza.

Augustus Shackleford no perdió mucho tiempo inspeccionando el interior, solo el suficiente para asegurarse de que estaba vacío.

Fuera quien fuese su propietario, había entrado en el Red Lion y, al parecer, se había llevado consigo al cochero.

Cogió a Flossy en brazos, abrió la puerta de la posada y se quedó un segundo inmóvil para que los ojos se le acostumbraran a la penumbra del interior, iluminado por velas.

—Aquí está Su Reverencia —dijo una voz potente desde detrás de la barra—. Puede preguntárselo usted mismo.

La voz del posadero era cuidadosamente inexpresiva, pero el reverendo llevaba frecuentando el Red Lion casi tanto tiempo como Harry llevaba siendo su dueño, y supo de inmediato que algo no iba bien.

El hombre que estaba de pie ante la barra vestía como un caballero, pero el que se encontraba a su lado —a todas luces su cochero— parecía encajar mejor en un cuadrilátero de boxeo.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? —preguntó Augustus Shackleford mientras se acercaba a la barra, procurando que su voz sonara debidamente obsequiosa.

—Busco a una muchacha —declaró el desconocido sin rodeos.

El reverendo Shackleford sintió una inmediata oleada de alivio, que se disipó con las siguientes palabras del hombre.

—Aunque creo que podría estar haciéndose pasar por un joven.

Harry dejó una jarra de cerveza sobre la barra, y el reverendo la cogió para beber un largo trago, en un intento de ganar tiempo y decidir qué responder. Por dentro, empezaba a sumar dos y dos. George era una maldita chica. Claro que lo era.

—¿Y por qué iba una joven a hacer semejante cosa? —preguntó al cabo, con tono afable.

El desconocido apretó los labios y miró al matón que tenía al lado. Durante un segundo, el reverendo Shackleford pensó que el hombre no iba a contestar, pero, después de unos segundos, respondió de forma seca.

—La chica es una ladrona. Le robó un anillo a mi esposa. —Hizo una pausa y añadió—: Era sirvienta en nuestra casa. El anillo era una valiosa reliquia familiar y, como es natural, mi esposa está destrozada.

—Qué terrible... —se compadeció el reverendo—. ¿Cuándo ocurrió eso?

La respuesta fue breve, como si el hombre empezara a irritarse por tantas preguntas.

—Hace unas cinco semanas, aproximadamente. Como era de esperar, la muchacha huyó en cuanto comprendió que habíamos descubierto el robo.

A primera vista, la historia era muy plausible. Si George había robado alguna joya de su señora, se enfrentaría a la horca si la atrapaban, de modo que no se habría quedado por allí. Y hacía algo más de un mes que Anthony la había encontrado cojeando por la carretera hacia Blackmore.

Pero había algo en aquella historia que no sonaba cierto.

Para empezar, el reverendo habría apostado la vida a que George no era una sirvienta.

Ni lo había sido jamás. Sus modales no encajaban en absoluto.

Se había metido en el papel de un chico con demasiada facilidad como para que no le resultara familiar, y estaba flaca como un palo.

Según su experiencia, los criados no solían pasar hambre, y ella no había hecho un viaje lo bastante largo como para perder tanto peso.

Además, si había trabajado en una casa adinerada, ¿cómo demonios había conseguido ponerse tan sucia en tan poco tiempo?

El reverendo tomó otro sorbo de cerveza mientras pensaba qué decir, pero, al llevarse la jarra a los labios, percibió un gruñido bajo su brazo.

Era Flossy. Y, aunque el reverendo no confiara en su propio instinto, sí confiaba en el de la perrita. Ella no era ajena a la crueldad y, reconocía a un canalla en cuanto lo veía.

Augustus Shackleford volvió a dejar la jarra sobre la barra y sacudió la cabeza con aire pesaroso.

—Lamento que su esposa haya perdido algo tan preciado para ella, y puede estar seguro, señor, de que rezaré para que regrese a casa sano y salvo.

—Adoptó una expresión piadosa antes de añadir—: Naturalmente, también rezaré por la persona descarriada que tanto se ha apartado del camino de la rectitud.

—Entonces, ¿no ha visto a nadie que responda a mi descripción? —preguntó el desconocido entre dientes.

—Mi querido señor, en realidad aún no me ha dado usted una descripción de la persona en cuestión. Pero, si alguien por aquí ve a una joven disfrazada de hombre, ¿hay alguna dirección a la que podamos enviar una misiva?

El hombre miró al reverendo con los ojos entornados, sin saber si el religioso intentaba tomarle el pelo.

—Ella... o él, como sospechamos, es de complexión menuda, con el cabello rubio oscuro, cortado más o menos así.

—Alzó una mano hasta la altura del hombro—.

Por desgracia, su aspecto no tiene nada de particular —declaró, y empezó a ponerse los guantes—.

No importa. Sospecho que la muchacha ya estará lejos.

El desconocido lanzó una mirada a su cochero, que de inmediato apartó de un codazo a quienes escuchaban sin el menor disimulo, y luego se dirigió hacia la puerta sin mirar atrás.

George no había visto a Anthony desde que la descubrió en la tina la noche anterior.

Él no había vuelto para cenar y, al final, ella había comido en un silencio angustioso, con cada bocado amenazando con regresar por donde había entrado.

Terminó dándole su cuenco a Nelson, a quien, por lo visto, le traía sin cuidado que ella fuera hombre o mujer.

La señora Parsons había ido para traer la cena de aquella noche y luego se marchó con las últimas prendas sucias. Cuando la mujer preguntó por el paradero de Anthony, George se encogió de hombros y le comunicó de forma abrupta que su patrón no había tenido a bien compartir esa información con ella.

Una vez en la cama, George no durmió nada.

Se pasó la noche dando vueltas, atormentándose con la idea de coger sus escasas pertenencias y marcharse.

Metió la mano bajo el jergón y sacó las monedas que le quedaban.

Podría llegar a Plymouth sin dificultad.

Seguro que alguien del pueblo le diría dónde podía tomar el coche más cercano.

El problema era que no quería irse. Ni ahora ni nunca.

Pero ya nada volvería a ser igual. Anthony jamás volvería a tratarla con esa amistad informal que hasta entonces había caracterizado su relación.

George repasó mentalmente las pocas semanas que había pasado con Anthony Shackleford, y por fin reconoció que habían sido las mejores de toda su vida.

Contuvo un sollozo y volvió a esconder las monedas bajo el colchón.

Ya no podría ocultarlas en un corpiño...

, si es que conseguía encontrar uno. Si él le permitía quedarse, no sería simulando que ella era un chico.

¿Y qué demonios diría la señora Parsons cuando se enterara?

Había sido una maldita idiota. ¿Cuánto tiempo había creído que podría engañarlo? ¿Engañar a cualquiera? ¿Y qué sería entonces de ella? Tendría suerte si acababa en una casa de citas. La alternativa, «trabajar» en la calle, sería muchísimo peor.

Ya no pudo contener las lágrimas. Se abrazó las rodillas, hecha un ovillo, y lloró hasta que, agotada emocional y físicamente, cerró los ojos y se durmió.

—¿Cómo te llamas? Tu verdadero nombre.

George levantó la cabeza de golpe. Nelson salió disparado hacia su amo, que estaba en el umbral. Anthony se inclinó distraído para acariciar al perro, pero no apartó la vista de ella. Aún aturdida por el sueño, George se restregó los ojos con la manga.

—Georgiana —susurró ella al fin.

Él permaneció allí un segundo más, luego suspiró y se volvió.

—Vístete. —Fue todo lo que dijo, con una voz brusca y fría.

Con el estómago revuelto e incapaz de dejar de temblar, George se puso los pantalones y se remetió la camisa por dentro. No tenía sentido volver a vendarse los pechos. Aquel barco ya había zarpado. Por fin, después de frotarse la cara con los dedos, se dirigió vacilante hacia la cocina.

La puerta exterior estaba abierta, y Anthony se apoyaba contra el marco, mirando la maleza que en otro tiempo había sido un huerto. No se movió cuando ella entró.

—¿Qué demonios voy a hacer contigo? —murmuró él.

George no tenía una respuesta que pudiera mejorar las cosas, así que permaneció en silencio, secándose las palmas sudorosas en los pantalones.

Después de otros cinco minutos, Anthony se volvió por fin. Su rostro estaba impasible y no revelaba nada de lo que pensaba.

—¿Tienes hambre? —preguntó, señalando el pan y las confituras que ya estaban sobre la mesa.

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, siéntate de todos modos —continuó él—. Ya que vamos a hablar, más vale que estemos cómodos.

George estaba lo más lejos posible de sentirse cómoda, pero apartó la silla y se sentó obediente, retorciéndose los dedos sobre el regazo.

—Si te pregunto por qué, ¿me dirás la verdad? —dijo Anthony con voz serena.

George se miró las manos, luego alzó la vista hacia él y asintió. ¿Qué tenía que perder?

Tardó casi una hora en contarle su historia entera y, durante todo el relato, Anthony no dijo nada; se limitó a dejarla hablar. Cuando George llegó por fin a la parte en la que perdió el coche que la habría llevado a Plymouth, se quedó sin palabras y se encogió de hombros.

Durante un momento, él guardó silencio.

—¿Robaste las monedas?

Ella abrió la boca para responder con indignación, pero Anthony levantó la mano.

—Si vuelves a mentirme, te juro que te llevaré yo mismo al asilo para pobres.

Su tono era duro, su expresión sombría, y George supo que lo decía en serio.

Ella tragó saliva y negó con la cabeza.

—No sé quién era aquella dama... —susurró—, pero me ofreció las tres guineas.

A-al principio me dio miedo aceptarlas. —Su voz ganó fuerza—.

He oído hablar de supuestas señoras que peinan las calles buscando a gente como yo, les prometen comida caliente y una cama, mientras lo único que esperan es sacar un jodido beneficio vendiéndonos al mejor postor.

—Nada de palabrotas —comentó Anthony, casi distraído, antes de hacerle un gesto para que continuara.

George respiró hondo.

—La dama me cogió la mano, me puso las monedas en la palma y me cerró los dedos sobre ellas. Así. —Reprodujo el gesto—. Luego echó un vistazo rápido alrededor y se marchó sin más.

—¿Qué pasó después?

George hizo una mueca.

—No pensaba quedarme allí esperando a que me robaran, desde luego. A saber qué carterista podía habernos visto. Así que salí corriendo. —Bajó la vista al regazo—. Aquella mujer me salvó la vida. Pude comprarme ropa y llenarme el estómago. El resto lo guardé pa cuando llegara a Plymouth.

—¿Quieres continuar tu viaje a Plymouth? —preguntó Anthony con sequedad.

George negó con la cabeza.

—No, nunca —dijo con vehemencia. Entonces tragó saliva y soltó de golpe—: Quiero quedarme aquí, con usted y con Nelson.

Anthony se echó sobre el respaldo de su silla y se pasó los dedos por el pelo rebelde.

—Ya sabe que trabajo duro —dijo George—, y juro que nunca volveré a contarle una mentira.

Ella vio cómo él cerraba los ojos y apretaba los labios con una expresión tensa.

George se sintió como si él fuera un maldito juez, decidiendo si la enviaba a la horca.

Pero cuando Anthony abrió los ojos, ella lo supo. Supo que no iba a echarla.

—Creo que, de momento, mientras solo estemos nosotros dos en la casa, deberías seguir vistiéndote como un muchacho —dijo él al fin. Hizo una pausa antes de añadir con cierto pesar—: Creo que la señora Parsons sufriría una apoplejía si te viera de repente con un vestido.

Sin confiar en su voz, George se limitó a asentir, por miedo a romper a llorar de alivio.

—En cualquier caso, no necesito una criada —continuó Anthony—, pero, cuando terminen las reparaciones y empiece a contratar personal, si todavía deseas quedarte, entonces aparecerás como Georgiana y solicitarás el puesto de...

—Vaciló, intentando pensar en una función que pudiera ser adecuada para ella.

Al final, Anthony sacudió la cabeza y se encogió de hombros—. Lo decidiré cuando llegue el momento.

—No se arrepentirá, se lo prometo —declaró George.

—En cuanto hayas comido, será mejor que vayas a... hacer lo que sea que hagas para ocultar tu... tu feminidad. —Anthony señaló de forma vaga la zona del pecho de ella mientras se concentraba con gran determinación en untar mermelada en un bollo.

—Lo haré —respondió George, sintiéndose como si le acabaran de regalar la luna. Entonces, al descubrir de pronto que tenía apetito, cogió otro bollo y añadió—: Y nadie lo sabrá jamás.