Capítulo 7 #2
— Aye —masculló Will, y acto seguido chasqueó las riendas para girar el carro hacia el largo camino de entrada.
Cuando el carro desapareció de la vista, George miró a su patrón con aprensión, esperando que le soltara una buena reprimenda. Pero Anthony se limitó a decir con sequedad:
—Empieza a llenar la tina.
Y desapareció en dirección al establo.
George tardó casi una hora en llenar la tina hasta el borde, y empezaba a esperar que quizá le diera tiempo a meterse y salir antes de que él regresara.
Hundió un dedo en el agua y se estremeció.
Como había previsto, estaba helada. Contuvo un quejido.
Primero tendría que esconder sus monedas y coger el jabón de la señora Parsons.
Mascullando para sí, entró deprisa en la cocina y se dirigió a su pequeño cubículo.
Una vez allí metió la mano bajo su camisa, tiró de los vendajes para sacar sus preciosas monedas y las ocultó con rapidez bajo el jergón.
Con el corazón desbocado, agarró el jabón de la mesa y volvió afuera.
Solo para frenar en seco nada más salir por la puerta.
Anthony estaba sentado en la tina, claramente desnudo. Sus pantalones y su camisa yacían tirados en el suelo.
—Menos mal que tenemos pozo propio —gruñó él—. Has gastado aquí agua suficiente para toda una semana. ¿Tienes el jabón?
George se acercó despacio y le tendió el jabón. No pudo evitar fijarse en que él tenía los labios azules, y resistió el impulso de murmurar «te está bien empleado».
—Acabo de darme cuenta de que aún no le hemos puesto nombre al caballo —dijo Anthony, a la vez que se enjabonaba el pelo—. ¿Qué te parece Horatio?
—Vaya un nombre estúpido... —murmuró ella, mirando a cualquier parte salvo al torso esbelto de Anthony mientras él estiraba los brazos por encima de la cabeza.
—Era el nombre de pila del almirante —argumentó él—. Así tendremos a Horatio y a Nelson. Es perfecto.
George ahogó un jadeo y clavó su mirada en el suelo con determinación cuando Anthony se puso en pie y empezó a enjabonarse... otras zonas.
—¿Puedes coger el cubo y echarme agua por la cabeza? —preguntó después de un par de minutos.
Ella esperó hasta oír el chapoteo que indicó que Anthony volvía a sentarse, luego levantó la vista y fue con mucho cuidado hacia la tina.
—Solo tienes que meterlo ahí —indicó él, señalando la zona sombría entre sus piernas—. Pero ten cuidado con lo que sacas. —Anthony soltó una risa obscena, y George no pudo evitarlo: el rostro le ardió.
Con cautela, ella llenó el cubo de agua y se lo volcó sobre la cabeza.
—Maldita sea, tenías razón —masculló él—. Está congelada. Una más y luego puedes traerme un lienzo de baño. La señora Parsons dejó dos colgados junto al fuego para que se calentaran.
George le echó por encima otro cubo de agua y luego se escabulló agradecida hacia la cocina. Empezaba a sentirse un poco febril. No podía hacerlo. Sencillamente no podía.
—Date prisa, George —le dijo Anthony a sus espaldas—. Como siga mucho más tiempo aquí sentado, se me van a subir las pelotas al ombligo.
George agarró a toda prisa uno de los lienzos y volvió fuera justo cuando Anthony se levantaba de la tina.
Durante un segundo, se quedó paralizada.
Su cuerpo era perfecto. Delgado, pero firme, con cada músculo dibujado con cruel nitidez mientras el agua resbalaba por los planos duros de su pecho y por los muslos hasta caer en la tina.
Luchando ahora contra unas lágrimas absurdas, George extendió el paño hacia las manos que lo esperaban y se apresuró a regresar hacia la dudosa seguridad de la cocina.
—¡Es tu turno! —gritó Anthony mientras se cubría los hombros con el lienzo y salía de la tina pisando la ropa sucia.
Ella no contestó. No podía.
—Vamos, fuera los pantalones —ordenó él con alegría al seguirla a la cocina—. Solo serán unos minutos, y te ayudaré igual que tú me has ayudado a mí.
«Oh, no lo harás», pensó ella, al borde de la histeria.
—Quítatelos, George, o lo haré yo por ti.
Ella empezó a forcejear con los botones de los pantalones.
—¿Y si me ahogo? —susurró, con la voz quebrándose de una forma patética.
Anthony frunció el ceño y dejó de secarse en el acto.
—¿No sabes nadar?
Ella negó con la cabeza y sintió una súbita llamarada de esperanza. Quizá él no la obligara, después de todo. Entonces Anthony sacudió la cabeza y soltó una carcajada.
—No te preocupes, muchacho. No hay agua suficiente para que te ahogues. Al menos, no sin ayuda. Y cuando terminemos las reparaciones, te enseñaré a nadar.
Para mortificación de George, Anthony dejó caer el paño que lo envolvía y se dirigió hacia el fuego para coger unos pantalones limpios.
Temblando, ella se bajó los suyos hasta los pies y se quedó en camisa y calzones.
—Vamos, cuanto antes entres, antes saldrás. El agua no te va a matar.
George siguió clavada en el sitio, retorciéndose las manos, y Anthony frunció el ceño.
—¿Qué demonios te pasa, muchacho? Seguro que te has bañado antes.
George tragó saliva y negó con la cabeza.
—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —declaró Anthony, no sin cierta simpatía— y, a decir verdad, hueles fatal.
—Dio un paso persuasivo hacia George y ella retrocedió otro tanto, lo que hizo que Anthony chasqueara la lengua, exasperado—.
Confía en mí. Te sentirás mucho mejor cuando estés limpio.
Con un enorme nudo en la garganta, George se limitó a negar otra vez con la cabeza.
Anthony lo observó con gesto grave.
—Vas a entrar en esa tina, aunque para ello tenga que llevarte en brazos.
La miró fijamente, y George supo el instante exacto en que él comprendió que ella iba a huir. Ni siquiera se le pasó por la cabeza qué esperaba conseguir: la razón la había abandonado por completo. Actuaba solo por instinto, con un único objetivo: superar el obstáculo que tenía delante.
—George... —empezó a decir Anthony, levantando una mano apaciguadora.
De pronto, ella vio su oportunidad y salió disparada alrededor de la mesa en un intento de llegar a la puerta antes que él.
Casi lo logró. Anthony le enganchó la parte trasera de la camisa y tiró de ella hacia atrás, estampándola contra su pecho.
George luchó igual que un animal acorralado, pero él se la echó al hombro como si fuera un saco de patatas.
El muy bastardo ni siquiera respiraba con dificultad.
Implacable, la llevó hacia la tina y, sin más contemplaciones, la lanzó dentro.
La impresión la dejó sin aliento cuando el agua le cubrió la cabeza.
Segundos después, George salió a la superficie dando manotazos y gritos como una banshee 1 .
De pronto, al darse cuenta de que Anthony no la sujetaba, se apoyó en el borde de la tina, se impulsó hacia arriba y empezó a incorporarse, solo para ver cómo la miraba él con absoluta incredulidad.
Con el corazón golpeándole las costillas, George bajó la vista.
La venda que aprisionaba su torso se había soltado y flotaba sobre el agua, mientras sus pechos se perfilaban de forma descarada a través de la camisa empapada.
Era como si estuviera desnuda.
1 Nota de la traductora: En el folclore irlandés, espíritu femenino cuyo grito anuncia una muerte.