Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 7
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Capítulo 7

George vio muy poco a su patrón durante los tres días siguientes.

Anthony pasaba cada minuto de luz en el tejado con Will y Luke.

Por lo que ella había podido deducir, los dos hombres eran hermanos.

Y, mientras Will necesitaba por lo general que le pincharan el culo para arrancarle una sola palabra, a Luke habría que habérselo pinchado para que se callara.

El condenado charlatán era tan pesado que George se sorprendía de que Anthony no lo hubiera empujado ya desde el tejado.

Aun así, aquello hacía las cenas más entretenidas.

La primera noche, cuando solo estaba Will, George sintió la tentación de darle en la cabeza con una teja, solo por comprobar si tenía entre las orejas algo más que aire.

Pero, después de conocer al hermano de Will, George comprendió que el pobre diablo probablemente jamás había conseguido meter baza, así que acabó por rendirse.

Con una risa entre dientes, George subió el cubo por la escalera para empezar con los dormitorios, con Nelson a la zaga.

Era la primera vez que se aventuraba más allá del pie de la escalera, y George sintió una emoción nerviosa.

A decir verdad, nunca había estado en una casa tan formidable como aquella, aunque estuviera descuidada, y le costaba imaginar cómo sería tener un dormitorio propio.

Uno más grande que una maldita caja de zapatos, al menos.

Se detuvo ante la primera puerta que encontró, giró el pomo y la empujó con el hombro, solo para detenerse con vacilación en el umbral.

Era evidente que aquel era el dormitorio de Anthony.

Aunque sobrio para los criterios de cualquier persona acomodada, contenía una gran cama con dosel —sin duda, ya usada— y un enorme armario.

George tragó saliva y se internó un poco más en la estancia.

Anthony no se había molestado en quitar el polvo, y sus huellas se distinguían con claridad sobre el suelo de madera.

Al mirar hacia el armario, George vio varias camisas y pantalones colgados en la barra y, al fondo, un montón de ropa blanca, bastante sucia.

Frunció el ceño. Ninguno de los dos había lavado una sola prenda desde que estaban allí.

Aunque su patrón le había proporcionado ropa de recambio, ella seguía llevando la camisa y los pantalones con los que había llegado.

Ahora que lo pensaba, tampoco había hecho mucho más que lavarse la cara en...

bueno, a decir verdad, ni siquiera recordaba si alguna vez se había bañado.

Los Grimm creían que lavarse demasiado provocaba fiebres.

¿Se había ocupado Anthony de su propio aseo?

George miró a su alrededor y vio una jofaina en el alféizar de la ventana.

Estaba claro que él se había esforzado más que ella.

A modo de prueba, George se olisqueó las axilas y retrocedió con una mueca.

Maldita sea, bastante milagro era que Anthony no hubiera dicho nada.

Se mordió el labio. ¿Cómo demonios iba a arreglárselas para lavarse el cuerpo?

Hacer sus necesidades no había supuesto un gran problema: salía afuera y buscaba un rincón al fondo del jardín asilvestrado.

¿Qué hacía Anthony? ¿Había retrete? George sacudió la cabeza.

No era momento de preguntarse cómo meaba su patrón.

Tenía que limpiar el dormitorio antes de que él bajara del tejado.

Luego pensaría en lavarse.

Al final, fue la señora Parsons quien sacó el asunto a relucir un día después en la cena, al informar con viveza a los que estaban sentados alrededor de la mesa que apestaban peor que una letrina de un puerto.

Después le ordenó a George que reuniera la ropa sucia y se la dejara preparada por la mañana.

—Yo no, señora —dijo Luke, estremeciéndose—. Me di mi baño anual hace menos de seis meses y, además, Will y yo no tenemos más ropa de trabajo. —Sonrió, mostrando la falta de varios dientes—. A menos que no le importe que subamos al tejado como Dios nos trajo al mundo...

La señora Parsons resopló y apretó los labios, pero no mordió el anzuelo.

—Le ruego que acepte mis más humildes disculpas, señora Parsons —intervino Anthony a toda prisa—.

Admito sin reservas que he descuidado por completo mi aspecto y que no he pensado en el disgusto que eso podía causarle.

Pero puede estar segura de que tengo intención de remediarlo de inmediato.

George le entregará nuestra ropa sucia —naturalmente, no espero que la lave sin una compensación— y mañana los dos nos bañaremos.

George se quedó helada.

—Espere un momento... —empezó a decir, procurando que el pánico no se le notara en la voz.

Su patrón levantó una mano, y ella se calló al instante.

—Nada de quejas, George —ladró él, evidentemente empeñado en dejar claro ante su ama de llaves que hablaba en serio—. Hay una tina de hojalata en el establo. Arrástrala hasta el pozo y encárgate de llenarla.

—Pero estará hela... helada —balbució George, con el miedo corriéndole por las venas.

—Eso es bueno para el alma —replicó Anthony sin la menor compasión—. Y tampoco hace frío fuera.

—Tengo jabón —intervino la señora Parsons, claramente apaciguada por las palabras de su patrón—. Me aseguraré de traerlo mañana.

—Señora Parsons, es usted maravillosa. —Anthony dedicó al ama de llaves su sonrisa más desarmante, una sonrisa que George habría dado el brazo izquierdo por borrarle de la maldita cara en aquella precisa ocasión.

—Creo que mañana quedará terminado —comentó Will en una de sus raras frases completas.

—El rejuntado no está ni la mitad de mal de lo que temíamos —añadió Luke—. Lo peor era el tejado. Pero, si ahora entra agua por ahí, soy un maldito imbécil.

—Gracias, caballeros —dijo Anthony—. No podría haberlo hecho sin vosotros. Os debo a los dos una jarra de cerveza cuando vuelva a Blackmore.

— Aye , me parece bien —dijo Luke con una sonrisa—. Y quizá más de una. —Sacudió la cabeza—. Vamos, Will, acabemos de una vez con esto. Los campos no se van a arar solos.

Anthony observó cómo ambos hombres empezaban a tapar los huecos de los grises muros de piedra.

Muy despacio, la casa empezaba a parecer un hogar.

Aún faltaban muebles, pero George había hecho un buen trabajo limpiando la planta baja y, cuando terminara con la primera, llegaría el momento de ocuparse de reparar el interior.

Desde las ventanas abiertas podía oír al muchacho dar golpes y armar estrépito, con algún que otro «maldita sea, Nelson».

El perro le había cogido cariño al chico, sin duda porque Nelson dormía con él todas las noches en su cama.

George, por lo visto, creía que aquello era su secreto.

Anthony sacudió la cabeza e hizo una nota mental de revisar el colchón por si había pulgas.

Luego soltó una risa para sus adentros al recordar la cara de George cuando le dijeron que tendría que bañarse.

Cualquiera habría pensado que el chico era alérgico al agua.

Pero la señora Parsons tenía razón. Apestaban.

Anthony no se había dado cuenta de cuánto hasta que el ama de llaves lo mencionó.

Aun así, ella se había llevado el montón de ropa sucia y, si él tenía que arrastrar a George hasta la tina entre patadas y gritos, que así fuera.

Los golpes y el estruendo de George no se debían tanto al entusiasmo como al mal genio.

Con cada colchón que sacudía y cada palmo de suelo al que arrojaba agua, imaginaba estar golpeando la dura mollera de su patrón.

En realidad, se sorprendía a sí misma por aquella inclinación a la violencia, aunque, en el fondo, sabía que lo que sentía era miedo.

La tina era enorme. Si la llenaba tal y como Anthony le había pedido, podía ahogarse en ella. Por no mencionar que acarrear tanta agua bastaría para mandarla a criar malvas.

Pero, si no la llenaba hasta arriba y Anthony la veía, él sabría de inmediato que era una chica.

No. No una chica. Una mujer.

A George se le encogió el corazón de puro terror. ¿La echaría a la calle? ¿Tal vez pensaría que era una buscona? Apretó los puños y cerró los ojos con fuerza, tratando de apartar sus morbosas fantasías.

—¡George! —La voz de Anthony llegó desde abajo.

El pánico amenazó con paralizarla. Miró por la ventana y, en efecto, el sol empezaba a proyectar sombras más largas. Tragó saliva y respiró hondo varias veces, intentando recuperar la compostura.

—¿Qué es lo peor que puede hacer? —murmuró para sí mientras recogía el cubo.

Anthony no podía obligarla a bañarse. Además, si ella se tomaba su tiempo, solo llenar la maldita tina le llevaría hasta que oscureciera del todo. Y entonces él no podría verla de ningún modo.

Satisfecha de tener al menos un plan vago, salió al rellano. Luego, ignorando su estómago revuelto, bajó de nuevo la escalera.

Anthony no estaba en la cocina cuando ella entró, y George no tenía ninguna intención de ir a buscarlo. En lugar de eso, abrió la puerta de la cocina y sacó fuera el cubo para tirar el agua sucia. Él ya había movido la tina. Estaba junto al pozo, una enorme maquinaria de condenación.

—¡¿George?! —la llamó de nuevo, esta vez en voz más alta y sin duda más irritada.

Perdiendo la paciencia por completo, ella dejó caer el cubo en la hierba y rodeó la casa a zancadas hasta la fachada principal.

—¡¿Qué pasa ahora?! —gritó, solo para detenerse al ver que Will y Luke se preparaban para marcharse.

—Pensé que querrías despedirte. —El tono de Anthony fue suave, pero frío. George hizo una mueca, consciente de que él sin duda le cantaría las cuarenta por su grosería en cuanto se quedaran a solas.

Por todos los demonios del infierno, tenía que serenarse como fuera.

—Lo siento —murmuró al cabo de unos segundos, sorprendida al descubrir que lo decía de verdad—. Estoy agotá y de muy mal humor. —Miró a Will y a Luke—. Os echaré de menos a los dos —confesó con cierta tristeza—. Las comidas serán aburridas sin vosotros. —George ignoró las cejas alzadas de Anthony.