Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 6
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Capítulo 6

Al día siguiente se levantaron justo después del amanecer.

George había dormido en un pequeño trastero junto a la cocina.

Había improvisado un lecho con un jergón de paja que habían encontrado en uno de los dormitorios y las mantas que habían traído consigo.

No tenía ni idea de en qué dormitorio estaba Anthony, y se dijo a sí misma que tampoco quería saberlo.

Se sentía aliviada de dormir tan lejos del único otro ocupante humano de la casa.

Eso le daba la intimidad que necesitaba y significaba que era poco probable que él adivinara su secreto en un futuro próximo.

Nelson se había acostado en la cocina, pero sus gemidos al verse solo en un lugar extraño obligaron a George a dejarlo entrar en su habitación, donde el perro se acurrucó feliz a su lado en la cama improvisada.

Nelson le proporcionaba calor extra, y George no podía imaginar que tuviera más pulgas que ella.

Al entrar en la cocina, la luz de la mañana se filtraba por las ventanas, dando a la estancia un aspecto acogedor, muy diferente al de la noche pasada, y estaba claro que la escurridiza señora Parsons había estado ocupada.

George podía ver ahora que todo a su alrededor estaba resplandeciente.

Por espartana que fuera, la futura ama de llaves de Anthony al menos se había asegurado de que el suelo estuviera lo bastante limpio como para comer en él.

Hablando del rey de Roma... La puerta del huerto se abrió de repente y su patrón entró a zancadas llevando una gran jarra de leche fresca. George lo miró con los ojos como platos. Nunca había visto tanta leche de una sola vez.

—¿De dónde diablos...? ¿De dónde ha sacado eso? —soltó, olvidando su enfado de la noche anterior.

—La encontré en la verja —explicó Anthony—.

Supongo que la habrá enviado la granja de al lado —sonrió Anthony, dejando la jarra sobre la mesa antes de buscar dos vasos.

Puso el resto del pan junto a la jarra y un tarro de mermelada casera de fresa—.

Todo un festín —declaró después, a la vez que cogía la jarra y llenaba los vasos hasta arriba.

George no pudo evitarlo; le devolvió la sonrisa antes de agarrar su vaso y apurar la leche de un trago.

Suspiró y chasqueó la lengua, a punto de eructar, cuando recordó sus modales.

El sabor cremoso era una delicia. Alargó la mano y se sirvió pan y mermelada.

—Caramba, estoy llena —murmuró al cabo de diez minutos, dándole a Nelson el último trozo de su tercera rebanada—. ¿Qué vamos a hacer hoy, entonces?

Una hora más tarde, deseó no haber hecho esa pregunta.

Aunque la señora Parsons había limpiado la cocina y los alrededores hasta dejarlos relucientes, Anthony le había ordenado a la mujer que dejara como estaba el resto de la casa.

George no tenía ni idea de por qué ese maldito idiota había pensado en hacer algo así.

De hecho, en su cabeza, pasó a usar nombres mucho peores que «maldito idiota».

El lugar estaba asqueroso. George perdió la cuenta de las veces que tuvo que ir al pozo a por agua.

Por suerte, Anthony le había dicho que empezara por la planta baja, por lo que al menos no tuvo que subir y bajar los cubos por las escaleras.

Por ahora. Aun así, al final del día, el salón principal estaba lo bastante aseado como para recibir invitados.

A las cinco en punto llegó la señora Parsons. Resultó ser una mujer atractiva con un aire competente y práctico, que a George le resultó irritante de inmediato, sobre todo, cuando la matrona pasó los dedos por la repisa de la chimenea del salón con los labios fruncidos.

Sin embargo, era buena cocinera, eso había que reconocerlo.

Anthony se sentó en el tejado y se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa.

Entrecerrando los ojos ante el sol, buscó cualquier rastro de un carro.

Por suerte, el tiempo se había mantenido clemente desde su llegada, aunque Anthony sabía que su suerte se acabaría muy pronto.

Aun así, las tejas debían llegar hoy, y si la esperada lluvia se demoraba solo un par de días más, podría acabar de reparar el tejado y tenerlo en perfectas condiciones.

Oyó una maldición entre dientes y miró hacia abajo.

George estaba de pie, rodeado de un charco de agua fangosa.

Anthony contuvo una sonrisa. El chico se había obligado a no decir palabrotas en su presencia, pero Anthony le había escuchado soltar una gran variedad de obscenidades mientras él estaba sobre el tejado, fuera de su vista.

Sin embargo, fiel a su palabra, el muchacho había trabajado duro sin quejarse.

—Mierda, Nelson —dijo George—, ¿tienes que pisarme los talones cada vez que salgo por la maldita puerta?

Anthony hizo una mueca de dolor. En cuanto contratara más personal, tendría que poner fin de una vez por todas a la boca sucia de George.

Tomó un sorbo de agua de la botella que colgaba de su cintura y, sin que George se diera cuenta, se sentó y observó al golfillo marchar hacia el pozo por enésima vez. Anthony había despejado la zona de alrededor, pero el resto del jardín llevaba mucho tiempo descuidado.

No era nada propio de su cuñado dejar que una de sus propiedades se deteriorara así, pero Anthony sabía por qué Nicholas lo había hecho en esta ocasión.

Bovey Manor había sido el lugar favorito de Peter, el hermano mayor de Nicholas. Aunque este hablaba muy poco de él, incluso después de tantos años, Anthony estaba al tanto de que, de pequeños, los dos chicos venían aquí cada verano.

A la muerte de Peter, el viejo duque había cerrado la casa con llave y prohibido la entrada a cualquiera. Y cuando Nicholas regresó tras el fallecimiento de su padre, incapaz de enfrentarse a los fantasmas del pasado, simplemente le había resultado más fácil borrarla de su memoria.

Hasta que empezó a buscar una propiedad y unos terrenos para regalárselos a su cuñado más joven.

Desde que dejó Eton, Anthony siguió durante cuatro años los pasos del administrador de la finca de Nicholas, aprendiendo a gestionar una gran propiedad.

En un principio, la intención del duque era contratarlo una vez que Jarvis se jubilara.

Sin embargo, poco a poco, vio que Anthony, aunque aprendía rápido y era muy capaz, no aceptaba bien las órdenes.

Era demasiado independiente, y Nicholas se dio cuenta de que Anthony necesitaba ser su propio amo.

Sin que Grace lo supiera, Nicholas cabalgó hasta Bovey Manor y se sorprendió al descubrir que, aunque los recuerdos agridulces permanecían en cada piedra, ya no lo abrumaban. Era hora de devolver la vida y la alegría a la casa, y sabía que Anthony era el hombre indicado para hacerlo.

El duque había pensado en un principio renovar la propiedad por completo, pero una inspección minuciosa reveló que la casa había resistido los años de abandono mejor de lo esperado.

Cuando le mencionó su propósito al hermano menor de su esposa, Anthony se quedó primero sin palabras y luego se mostró decidido a encargarse él mismo de las reparaciones necesarias.

Una repentina nube de polvo que apareció en el horizonte hizo que Anthony bajara a toda prisa del tejado, gritando: «¡Ya están aquí las tejas!

». Cinco minutos después, George apareció por la puerta principal.

Estaba sucio y desaliñado, con manchas negras en la cara y con los pantalones aún empapados.

Anthony lo miró de arriba abajo.

—Parece que hayas estado en una maldita mina —comentó.

—Usted dijo que nada de palabrotas —replicó George con una sonrisa.

—Eso iba por ti, no por mí. —Anthony le devolvió la sonrisa. De repente, sintió una conexión entre ellos... y algo más. Eso lo desconcertó. Anthony frunció el ceño y se giró con rapidez hacia el carro que se acercaba—. Hola, Will —saludó al hombre que conducía el carro cuando este se detuvo.

—Sí. —Fue la respuesta taciturna del hombre y, sin más preámbulos, bajó de un salto y comenzó a descargar las tejas.

Anthony levantó las cejas, miró a George, y ambos fueron a ayudar.

—Pensaba que Luke estaría contigo —resopló Anthony mientras levantaba la primera carga de pizarras.

—Mañana —murmuró el hombre—. ¿Dónde quiere que las deje?

Anthony señaló una zona despejada cerca de su escalera. Estaba claro que el hombre no era muy hablador, pero, al fin y al cabo, eso significaba que el trabajo se haría mucho más rápido.

El reverendo Shackleford terminó de leer el sermón de Percy en un tiempo récord.

Tenía que admitir que, desde que el coadjutor se había casado, sus escritos se habían centrado menos en el fuego y el azufre y más en el reino de los cielos.

Aunque al reverendo le costaba admitirlo, sin duda Lizzy había cambiado las inclinaciones teológicas de su marido.

Por supuesto, también podría deberse al hecho de que la madre de Percy vivía en pecado con el propietario del Red Lion.

Es difícil predicar sobre la pendiente hacia la condenación cuando es probable que sea tu propia madre la que sostiene la señal que indica el camino.

Con una pequeña risita, Augustus Shackleford volvió a colocar las hojas de papel sobre el escritorio de la sacristía y consultó su reloj de bolsillo.

Eran casi las cinco de la tarde. Con un poco de suerte, Percy ya habría terminado de pulir los candeleros del altar y podrían tomarse una jarra de cerveza antes de la cena.

—¿Ha sabido algo de Anthony, señor? —preguntó Percy mientras se acomodaban en su mesa habitual en el rincón.

El reverendo se dio una palmada en la rodilla para invitar a Flossy a sentarse en su regazo.

—El viejo Will se fue esta mañana con las tejas —declaró—, así que seguramente nos avisará en cuanto termine el tejado.

—¡Toma, hijo! —La estridente voz de Mary Noon los interrumpió—. ¡Esto te dará ánimos! —exclamó a la vez que dejaba dos jarras delante de ellos.

—¡Madre! —protestó Percy, sonrojándose un poco. Como era de esperar, la única respuesta de su progenitora fue una risa obscena.

El reverendo Shackleford sacudió la cabeza.

—No sé por qué le haces caso —murmuró, cogiendo su pinta.

Esperó a que Flossy se acomodara sobre sus piernas y luego dio un gran sorbo de cerveza—.

¿Te apetecen unos torreznos? —le preguntó a Percy.

Ante el asentimiento del coadjutor, Augustus Shackleford hizo un gesto hacia la barra—.

¡Un plato de torreznos, por favor, Harry! —gritó.

Se quedaron sentados en un silencio cómplice durante unos minutos, escuchando con aire distraído la conversación en la barra.

—¿Te refieres a esa maldita tropa de viajeros que apareció hace un par de semanas?

—Sí. Le dije que no había ningún chico con ellos.

Al oír la palabra «chico», el reverendo aguzó el oído con interés.

—No me gustan nada los forasteros que vienen haciendo preguntas.

—¿Había un forastero haciendo preguntas? —intervino el reverendo.

— Aye , Su Reverencia —respondió el parroquiano—. Le preguntó a Harry por aquellos tipos del coche de la carretera de Plymouth.

—Esa noche me dejó un buen beneficio —dijo Harry con una risita mientras llevaba a la mesa del reverendo el plato de torreznos.

El señor Shackleford frunció el ceño.

—¿Qué es eso de un chico?

—Quería saber si iba un muchacho con ellos —le informó Harry—. Dijo que era rubio y flaco.

—Eso es un poco extraño —dijo Percy—. ¿Qué relación tenía el forastero con él?

—Según explicó, era el padre del chico. Pero tenía una pinta taimada. Y era feo con ganas, además. Con una cara como los nabos del viejo Bernard.

Se alzó un coro de risas.

—¿Qué le dijiste? —El reverendo interrumpió la diversión general.

—Nada. No me gustó su aspecto —declaró Harry—. Demasiado sombrío. Y, de todos modos, con ellos no iba ningún chico —añadió, zanjando el asunto.

—¿Y el chico que Anthony se llevó a Little Bovey? —le preguntó Percy en voz baja a su superior—. ¿No venía en ese coche?

El reverendo asintió, pensativo, le dio un torrezno a Flossy y luego apartó el plato, pues había perdido el apetito por completo.

—Aquí hay algo que no encaja, Percy, pero no termino de ver qué es. Si ese sinvergüenza buscaba a George, no era con ningún propósito que fuera a beneficiar al muchacho.

—Bueno, no es probable que el tipo pueda seguirle la pista hasta Bovey Manor —razonó el coadjutor—, pero quizá convenga enviar una nota, por si acaso. Si George está metido en algún asunto turbio, Anthony tiene que saberlo.

Una hora después, Augustus Shackleford regresaba a la vicaría con Flossy trotando feliz a su lado. Por algún motivo, no lograba quitarse de la cabeza la idea de que alguien estaba buscando al joven peón de Anthony. Según su experiencia, solo podía ser por una de dos razones: afecto o dinero.

Y, dado que el muchacho no tenía pinta de haber probado una comida decente en toda su vida, el reverendo dudaba mucho que aquello obedeciera a una preocupación paternal. Así que solo quedaba el dinero.

Pero ¿qué posible ganancia podía sacar aquel desconocido al averiguar el paradero de un muchacho andrajoso, que no parecía tener ni seis peniques que rascar?