Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

«Es una maldita ruina» estuvo a punto de escapársele, pero George consiguió decir con un hilo de voz:

—Tenemos mucho trabajo por delante.

—Creo que se ve peor de lo que es en realidad —dijo Anthony con una risa mientras bajaba del carro y sujetaba a un inquieto Nelson—.

Ve a abrir la puerta y luego me ayudas a descargar.

—Le mostró a George una llave grande y ornamentada y, con una repentina e inexplicable oleada de emoción, ella la cogió y se apresuró hacia la gran puerta principal.

La cerradura estaba dura, y George tuvo que forcejear para conseguir abrir la puerta.

Esta daba a un amplio vestíbulo, pero, antes de que pudiera entrar a investigar, Anthony gritó:

—¡Mueve el culo, George! Quiero meterlo todo dentro y acomodar al caballo mientras haya luz.

Tanto el caballo como el carro habían sido un regalo de última hora de Nicholas.

El duque le había dicho que no solo quería que Anthony llegara sano y salvo a su destino, sino que su esposa no habría vuelto a dirigirle la palabra si él le hubiera dejado recorrer a pie esos dieciséis kilómetros cargando todas sus pertenencias a la espalda.

Una hora después, Anthony y George habían apilado todo el contenido del carro en el suelo de una estancia que, por lo visto, en sus mejores días había sido un estudio.

Nelson había sido de muy poca ayuda, pues se había pasado todo el tiempo corriendo frenético de un lado a otro.

En cierto momento, George tuvo que contener la risa cuando el chucho estuvo a punto de mandar a Anthony de cabeza en la maldita chimenea.

Ya era noche cerrada cuando dieron de comer y de beber al caballo y lo dejaron instalado en lo que, de forma muy vaga, podía considerarse un establo.

George estaba hambrienta de verdad. La temperatura también había bajado de manera notable, y temblaba cuando Anthony los hizo entrar por fin en la casa a ella y a Nelson, antes de cerrar la puerta principal de una patada.

El vestíbulo tenía un aire sepulcral en la oscuridad, y George apenas distinguía la escalera que subía hasta una galería en el primer piso.

—Espero que la escalera aguante —murmuró Anthony mientras rebuscaba en los bolsillos para encontrar pedernal y yesca—. Debería de haber una vela en esa mesa. —Señaló con la cabeza una forma vaga junto a otra puerta.

—A este paso voy a romperme el maldito cuello —masculló George mientras avanzaba a tientas hacia allí, y suspiró con alivio cuando su mano se cerró alrededor del candelero.

Encontrar el camino de vuelta fue más fácil gracias a la escasa claridad que entraba por una pequeña ventana junto a la puerta de entrada. Al llegar hasta su patrón, él ya había conseguido prender la yesca, y unos segundos después ambos estaban de pie en un círculo de luz.

—Muy bien —declaró Anthony—. Veamos qué nos ha dejado la señora Parsons.

George lo siguió deprisa cuando él se dirigió hacia la puerta situada junto a la mesa, ahora visible.

La primera habitación en la que entraron era grande y conservaba algunos restos de muebles cubiertos con sábanas llenas de polvo.

George creyó ver algo que se movía debajo de ellas, y casi le pisaba los talones a Anthony cuando este abrió la puerta que daba a otro pasillo, esta vez pequeño y estrecho.

Atravesaron una puerta más y entraron en una cocina grande y cavernosa.

—Sujeta esto —le ordenó Anthony, entregándole el candelero antes de acercarse a una gran mesa situada en el centro de la estancia.

En cada extremo había colocadas otras dos velas.

Anthony encendió solo una, pero fue suficiente para que George pudiera ver por fin la cocina con claridad.

Se acercó a la mesa, colocó encima su vela y se sentó con cansancio en una de las duras sillas.

Nelson acudió de inmediato y apoyó la cabeza en su rodilla.

Para sorpresa de George, que jamás había estado en situación de considerar a ningún animal como una mascota, no había tardado en encariñarse con el chucho.

Aunque la estancia del perro en el establo había sido bastante más breve que la de ella, Nelson iba a verla todos los días cuando su amo lo dejaba salir, y parecía disfrutar yendo a buscar el palo que ella le tiraba, una vez que George pudo caminar lo bastante bien para aventurarse fuera.

En honor a la verdad, no la habían obligado a vivir, comer y dormir en el establo durante su recuperación.

De hecho, Anthony le había ofrecido una habitación propia, pero ella prefería mantenerse apartada antes que tener que cuidar sus modales en una maldita vicaría, nada menos.

Aunque le habían proporcionado un cubo de agua para lavarse la cara, atender sus necesidades había resultado lo más complicado, ya que no tenía acceso a un retrete y no se atrevía a permitir que nadie la viera asearse; pero, de algún modo, se las había arreglado.

—Voy a ver si encuentro algo de comer —declaró Anthony, acercándose a la despensa.

Un par de minutos después salió con una hogaza de pan y una pieza de jamón. A George se le hizo la boca agua, y Nelson la abandonó de inmediato en favor de su estómago.

Anthony cortó para los tres un par de generosas lonchas y repartió la hogaza. George pensó que nunca había probado nada tan delicioso. Apenas tenía grasa. Con los Grimm, la grasa era prácticamente lo único que le daban.

—¿Nunca te han dicho que es de muy mala educación comer con la boca abierta? —comentó Anthony al cabo de un rato—. Casi puedo verte la garganta.

George cerró la boca de golpe y fulminó a Anthony con la mirada.

—Solo lo estaba disfrutando, maldita sea.

—Y, a partir de ahora, nada de blasfemias mientras estés a mi servicio —añadió Anthony—. Tienes una lengua muy sucia, y no deseo ofender oídos sensibles.

—Aquí no hay oídos sensibles —protestó George—, y no creo que a Nelson le importen una mierda mis modales.

—Nelson no es tu patrón. Yo sí.

Era la primera vez que su rescatador empleaba un tono duro con ella, y George sintió que el rostro se le encendía.

—Lo que ocurra dentro de tu cabeza es asunto tuyo —dijo Anthony, pero lo que sale de tu boca es asunto mío.

George tragó saliva y, al cabo de un segundo, hizo un breve gesto de asentimiento antes de bajar la vista hacia la comida. Qué amable por su parte permitirle pensar lo que quisiera... Palpó los bordes de las monedas, y luego tuvo que contener una risa.

«¡Bastardo!», gritó para sus adentros. «¡Bastardo, bastardo, bastardo!».