Capítulo 5
Pasaron otros dos días antes de que George averiguara el nombre de su salvador, aunque no fue él quien se lo dijo.
Estaba practicando cómo apoyar peso sobre el pie cuando oyó un vozarrón declarar que, «si Percy no le ha echado narices a estas alturas, difícilmente va a hacerlo en un futuro cercano».
George frunció el ceño, se asomó por la puerta del establo y vio a un hombre corpulento vestido con una sotana negra.
Aparte de la ropa, George pensó que no tenía el aspecto de un clérigo.
—Muy bien, ¿dónde está ese condenado granujilla que Anthony ha traído a casa?
Al darse cuenta de que hablaba de ella, George se apartó de la puerta con el corazón desbocado.
Para ella, el hecho de que aquel hombre fuera un clérigo no significaba nada.
Había conocido a muchos supuestos representantes de Dios en la tierra que habían cometido pecados mucho mayores que los de la gente a la que, en teoría, habían sido llamados a guiar.
La puerta del establo se abrió, y la figura oronda del vicario de Blackmore avanzó, bloqueando casi toda la luz.
Nelson soltó un pequeño gruñido, pero no se movió de la cama que ocupaba en un rincón.
Al menos hasta que un pequeño torbellino de pelo pasó disparado entre las piernas del reverendo y se lanzó derecho hacia el chucho.
George observó cómo Nelson aguantaba el tipo durante cinco segundos enteros y luego hizo lo que la mayoría de los machos haría ante una hembra decidida —y estaba claro que aquella era una hembra muy decidida—: se tumbó boca arriba y le enseñó la tripa.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —El tono del reverendo era brusco, pero no desagradable.
—George..., señor.
—No hace falta que me llames señor, muchacho. Con «reverendo» bastará. Así que Anthony me ha dicho que trabajarás para él cuando ese tobillo esté curado...
Por un instante, George se quedó mirando al reverendo con la boca abierta. Su primer pensamiento: «él se llama Anthony», fue seguido de un alivio tan profundo que de pronto se sintió ligera como el aire. Entonces asintió con tanto ímpetu que temió que la cabeza se le desprendiera del cuello.
—Eso es, señor... Re-reverendo —tartamudeó—. Haré todo lo posible para devolverle su bondad.
—No dudo de que te ganarás el sustento, joven —declaró el reverendo Shackleford—. Aunque más vale que te advierta que Bovey Manor no es lugar para espíritus delicados.
«¿Bovey Manor?».
—Aun así, se nota que no eres ajeno al trabajo duro, muchacho.
Mantén la cabeza baja, haz lo que se te diga, y estoy seguro de que Anthony y tú os entenderéis bastante bien.
—Se volvió hacia los dos perros, que ya retozaban entre el heno—.
Rayos y centellas, Flossy, no eres más que una maldita buscona.
Si tienes que escoger un galán con el que revolcarte, al menos elige a uno que no parezca que se ha tragado una avispa.
—Dicho aquello, se palmeó el costado y regresó por el sendero—.
¡Seth! —bramó—. ¡Me habría dado tiempo de caminar hasta el maldito Torquay con lo que estás tardando en enganchar a Delilah al carro!
Flossy le dio a Nelson un último lametón a modo de disculpa y salió corriendo tras su amo.
George se apoyó contra los fardos de heno del año anterior que cubrían la pared del establo y fue resbalando poco a poco hasta sentarse en el suelo.
El alivio inicial, abrumador, ya empezaba a dar paso a la inquietud.
¿Dónde demonios estaba Bovey Manor? Bien podría hallarse al otro lado del maldito país.
Aunque, pensándolo bien, ¿acaso importaba?
Solo había pensado ir a Plymouth porque no tenía dinero suficiente para ir más lejos.
Si se iba con Anthony, quedaría a merced de un hombre al que apenas conocía; pero, por otro lado, los Grimm seguramente no la encontrarían jamás...
Se detuvo y examinó sus propios pensamientos. ¿Por qué le preocupaba tanto que Henry y Martha Atkins fueran tras ella? A decir verdad, lo más probable era que se sintieran contentos por tener una boca menos que alimentar. Entonces recordó el arrebato de Martha. ¿Quiénes eran los Uxley?
Alguien había pagado a los Grimm para que cuidaran de ella desde que George recordaba.
¿Algún miembro de la familia Uxley? Tal vez ella fuera una hija ilegítima.
Pero, si ese era el caso, habrían dejado de pagar por su sustento hacía años.
A nadie le importaban los bastardos. Y menos aún las bastardas.
George había peleado con aquella idea desde la primera vez que oyó el apellido.
Y siempre llegaba a la misma conclusión: su verdadero nombre era Georgiana Uxley y, en el fondo, no creía que los Grimm fueran a dejarla marchar sin más.
—Tengo entendido que mi padre ya te ha comentado mi deseo de que vengas a trabajar para mí en cuanto se te cure el tobillo. —Anthony llevaba dos cuencos en las manos, y George esperaba que uno contuviera su cena. Acertó. Él dejó uno en el suelo para Nelson y le entregó a ella el otro.
George lo cogió con avidez, hundió la cuchara dentro, la llenó y se llevó a la boca el guiso caliente. Estaba muerta de hambre.
No vio que Anthony arqueaba las cejas ante su apetito voraz, pero, aunque lo hubiera visto, le habría importado un rábano. En el mundo de George, si le ofrecían comida, se comía lo más deprisa posible.
—Me pareció que no había mucho que yo pudiera decir —declaró ella por fin, con la boca aún llena.
—Pese a la manera poco sutil de expresarse de mi padre, no te obligaría a venir a trabajar para mí.
—Me gustaría ver cómo lo intenta —se burló George, dejando por fin el cuenco vacío en el suelo.
Con un suspiro, Anthony se sentó a su lado, y Nelson se acurrucó de inmediato junto a él.
—Eres libre de marcharte cuando quieras, por supuesto —dijo Anthony—.
No tienes ninguna obligación. Desde luego, no tienes por qué venir a trabajar para mí.
—Hizo una pausa y se encogió de hombros—.
Pero dijiste que buscabas trabajo, y yo necesito contratar a alguien, así que...
—La frase quedó en el aire mientras acariciaba distraído las orejas de Nelson.
—¿Qué es Bovey Manor? —preguntó George.
—Mi hogar —respondió Anthony—. O lo será. Hay que hacer algunas... obras de restauración para que sea del todo habitable.
A George no se le escapó la pausa. Seguramente, la maldita casa se caía a pedazos.
—Ya he contratado a dos hombres para que me ayuden a arreglar la parte exterior —continuó Anthony—, y cuento con una especie de ama de llaves que vendrá a diario para asegurarse de que comemos.
Ahora necesito un peón. Alguien dispuesto a trabajar duro a cambio de un techo bajo el que dormir, comida en el estómago y diez chelines a la semana.
—Anthony miró a George con ojo crítico—.
Eres bastante pequeño, pero sin duda crecerás un poco más, y me dijiste que eras fuerte.
Ja. Él tendría suerte si la veía crecer otro maldito palmo. Pero diez chelines a la semana era más de lo que probablemente ganaría en Plymouth, y eso sin contar la comida y el alojamiento. Mientras durara...
—¿Qué pasará cuando la casa esté terminá ? —preguntó George—. ¿Me echará a la calle?
Anthony frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No tengo por costumbre echar a la calle a quienes me sirven bien.
Habrá multitud de tareas diarias que hacer en la casa, sobre todo, cuando me case.
—Esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza—.
Ahora mismo no tendrás mucha experiencia con el bello sexo, George, pero no vas a ser un muchacho para siempre y, si lo deseas, también habrá sitio para tu esposa, si llegara el caso.
Georgiana dejó de escuchar cuando Anthony dijo «cuando me case». Por algún motivo, no quería pensar en su rescatador tomando esposa.
—¿Dónde está la casa? ¿Aquí, en Blackmore?
Anthony negó con la cabeza.
—A unos dieciséis kilómetros, más o menos. Justo a las afueras del pueblo de Little Bovey. La casa se alza en unos doce acres que tengo intención de cultivar... —Hizo una pausa antes de terminar—: Entonces, ¿qué dices? ¿Vendrás a trabajar para mí?
A decir verdad, George tenía pocas opciones.
¿Qué otra cosa iba a hacer? Bajó la vista al suelo del establo y empezó a toquetear una brizna de paja.
Al menos tenía que fingir que se lo estaba pensando de verdad.
Después de un par de minutos, volvió a levantar la cabeza y lo sorprendió mirándola con aire pensativo.
Con el rostro encendido, George se irguió con altivez y aceptó concederle seis meses de prueba.
«Seis meses de prueba». Anthony no pudo evitar soltar una risita.
Menuda desfachatez tenía el muchacho. Aun así, era un granuja simpático y, en conciencia, Anthony no podía abandonarlo a su suerte.
En Blackmore habría poco trabajo y, aunque sabía que ni su padre, Grace o Nicholas dejarían al chico sin techo, George no era responsabilidad de ellos.
Anthony ignoraba por qué sentía con tanta fuerza que debía llevarse al muchacho a Little Bovey; solo sabía que era lo correcto.
Desde que había divisado aquella figura lejana que cojeaba por el camino, había sentido el impulso de cuidar de él.
Supuso que aquello significaba que, al menos, él sería un buen padre.
Sonrió para sus adentros. Dos criaturas rescatadas en apenas dos semanas.
Peter pensaría que le faltaba un tornillo.
Llegaron a Bovey Manor justo cuando el sol empezaba a ponerse y arrojaba largas sombras sobre el descuidado camino de entrada.
George no sabía muy bien qué había esperado encontrar, pero desde luego no una casa que parecía salida de las páginas de un cuento, con sus muros desmoronados de piedra gris y las ventanas con parteluces.
Eso de que necesitaba una reforma era una patraña de tomo y lomo.
Más bien habría que derribarla. Miró a Anthony, que irradiaba entusiasmo.
—¿Qué te parece? —preguntó él, volviéndose hacia ella.