Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 4
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Capítulo 4

George despertó de golpe al oír a dos cuervos pelearse con estrépito en los árboles sobre su cabeza.

Durante un segundo se sintió desorientada; luego recobró de golpe la memoria, y con ella, la súbita certeza de que el sol estaba ya demasiado alto para que aún fuera temprano.

Soltó una maldición, se puso en pie de un salto, guardó el cuchillo en el hatillo y echó a correr hacia el camino.

—Maldita sea, maldita sea, maldita sea... —masculló mientras corría de vuelta hacia la carretera principal de Plymouth—. Por favor, por favor, por favor, que no se hayan ido.

Le ardía el pecho y apenas podía mantenerse en pie cuando coronó por fin la última colina, solo para ver que el coche desaparecía a lo lejos entre una nube de polvo.

De pronto, se dejó caer en la tierra, mientras unas lágrimas de frustración se deslizaban por el rostro rojo y sudoroso.

Durante largos minutos, George se limitó a llorar.

Era la primera vez que lo hacía desde que había escapado de los Grimm y, en el fondo de su ser, sabía que llevaba demasiado tiempo conteniendo esas lágrimas.

Cuando estas se redujeron por fin a algún que otro hipo entrecortado, George se limpió la cara con el dorso de la mano, sin darse cuenta de que, por el contrario, se había manchado de barro las mejillas.

¿Qué demonios iba a hacer ahora?

No tenía ni idea de cuánto tardaría en llegar andando a Plymouth, y que la sorprendieran sola en una carretera tan transitada era una receta segura para el desastre.

Por puro reflejo, palpó las formas duras de las monedas, escondidas entre sus pechos.

George sabía que las perdería si alguien la atacaba y, en cuanto su agresor descubriera que era una chica, el dinero no sería lo único que perdiese.

Se puso en pie con cansancio, cojeó hasta apartarse un poco del camino, lo bastante para que no la vieran con facilidad, y se sentó junto a una gran mata de helechos. Encogió las piernas y apoyó la cabeza en las rodillas.

Todo era culpa de aquella maldita pareja.

De todos los rincones resguardados donde podían ir a darse un revolcón, habían tenido que invadir el suyo.

George sabía de sobra que había sido la imagen de lo que habían hecho, grabada en su mente, lo que la había mantenido despierta, y eso la enfurecía aún más.

Estuvo a punto de gritar para descargar su frustración cuando, de pronto, oyó cascos de caballo.

Se encogió deprisa y se hundió entre los helechos, sin moverse hasta que el sonido se perdió en la distancia. No podía quedarse allí.

George se incorporó con cautela, miró por encima del arbusto y se sintió aliviada al comprobar que el camino estaba vacío.

Entonces, a falta de algo mejor que hacer, comenzó a regresar hacia el pueblo, sin dejar de pensar en cómo solucionar su problema.

Quizá pudiera encontrar trabajo allí. Sería más seguro que una gran ciudad.

Le resultaría más fácil mantener su disfraz.

Tal vez, en la casa que había visto la noche anterior necesitaran un jornalero.

Aunque ella era pequeña y delgada, también era fuerte.

Sus años partiendo leña y haciendo otras tareas serviles se habían encargado de ello.

Mientras caminaba, George miró los campos maduros a su alrededor. En pocas semanas llegaría la cosecha, y estaba segura de que entonces habría trabajo de sobra. Lo único que necesitaba era asegurarse de no morir de hambre mientras tanto.

Aunque Anthony estaba resuelto a no implicar a su cuñado en la reforma de Bovey Manor, tampoco era tan arrogante ni tan necio como para creer que no necesitaba ninguna orientación.

También sabía que a Nicholas le encantaría participar en al menos una pequeña parte de la restauración, aunque solo fuera como consejero.

Así que, en cuanto terminó de desayunar, escribió una larga lista de cosas que necesitaba preguntarle al duque y envió una nota con Maisie para saber si Su Excelencia estaría disponible después del almuerzo. Hasta entonces, decidió empezar con el adiestramiento de Nelson.

En cuanto el perro vio a Anthony en la puerta del establo, se incorporó sobre sus tres patas y movió la cola con entusiasmo.

—Vamos, muchacho, empezaremos con un pequeño paseo. —Anthony se palmeó el costado y caminó hacia atrás—. Nelson, ven —lo llamó.

Después de una breve vacilación, el animal fue tras él sin mucha dificultad. Era evidente que estaba acostumbrado desde hacía tiempo a la ausencia del miembro perdido. Cuando alcanzó a Anthony, este se agachó, le dio unas caricias y un pequeño trozo de queso.

Aquello marcó el tono de la siguiente media hora, aunque Nelson ya no parecía necesitar ningún incentivo para quedarse junto a su nuevo amo. «¿Y por qué iba a necesitarlo?», pensó Anthony, teniendo en cuenta el lugar del que lo había sacado.

Avanzaron despacio por la carretera, alejándose del pueblo.

Era un día hermoso, y los únicos sonidos era el de los pájaros, alguna oveja lejana y los resoplidos de Nelson mientras husmeaba entre la maleza.

Ocupado en elaborar otra lista mental, Anthony no vio la figura que cojeaba hacia él.

Fue Nelson quien lanzó un breve ladrido de aviso.

Sobresaltado, Anthony levantó la vista y frunció el ceño.

Fuera quien fuese, aquella persona había sufrido algún tipo de lesión y caminaba con la mirada fija en el suelo irregular.

—¡Hola! —dijo él, acelerando el paso.

La figura alzó la cabeza, alarmada.

—¿Necesita ayuda? —continuó Anthony, tendiéndole la mano en un gesto conciliador.

La figura se detuvo y miró hacia un lado del camino.

Era evidente que estaba valorando si intentar echar a correr o no.

Después de unos segundos, el sentido común se impuso, y el desconocido se quedó quieto, esperándolo.

Al acercarse más, Anthony pudo ver con claridad que se trataba de un chico.

La edad era difícil de calcular, pero sospechó que rondaría los catorce o quince años.

El muchacho era pequeño y delgado, con el pelo cortado a tajos, seguramente con un cuchillo.

La chaqueta era sin duda de segunda mano y le quedaba demasiado grande.

—¿Estás herido? —preguntó Anthony cuando por fin llegó hasta él.

—¿Muerde?

Anthony miró por encima del hombro a Nelson, que se mantenía algo rezagado, con clara ansiedad.

—No lo creo —respondió.

—¿Que no lo cree? ¿Cómo es que tiene un perro, y no sabe si la maldita bestia muerde o no?

—No hace mucho que lo tengo. —Anthony se encogió de hombros—. ¿Qué te ha pasado en la pierna?

—Me he torcido el tobillo al pisar una maldita piedra, nada más. —Esta vez fue el muchacho quien se encogió de hombros.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Anthony.

—¿Quién quiere saberlo?

Anthony se limitó a arquear las cejas y esperó.

—George —dijo el chico de forma hosca unos segundos después.

—Bien, George, ¿quieres que le eche un vistazo a ese tobillo?

El muchacho lo observó con aprensión durante un momento, luego volvió a encogerse de hombros y señaló el pie hinchado.

—Haga lo que pueda. No voy a ganar ni una moneda sin mis dos malditos pies.

Así que el chico buscaba trabajo. Anthony dudaba que encontrara mucho en Blackmore.

—¿Por qué no te sientas ahí? —sugirió Anthony, señalando una gran roca a un lado del camino.

El chico miró con inquietud a Nelson, que por fin se había acercado para investigar, y retrocedió antes de cojear hasta aquel asiento improvisado.

Anthony se quitó la chaqueta, la extendió en el suelo, se arrodilló y tomó el pie sorprendentemente delicado del muchacho.

—¡Ay! —protestó el chico en voz alta cuando Anthony le tocó el tobillo hinchado—. Con cuidado, señor. Usted no es ningún matasanos para andar metiendo los dedos donde no debe.

—No está roto —observó Anthony, ignorando el arrebato—, pero tienes un esguince bastante serio. —Se sentó sobre los talones—. Te aseguro que no vas a poder hacer trabajos físicos durante una temporada.

—Maldita sea... —masculló el chico, apoyando el pie sobre el zapato.

—¿Tu madre no te dijo que era de mala educación soltar maldiciones? —comentó Anthony con suavidad.

El muchacho lo miró con los ojos entornados.

—No tengo madre —replicó—. Al menos, no creo que la tenga —añadió casi en un murmullo inaudible.

—¿Cómo has llegado hasta aquí, George? —preguntó Anthony—. ¿Tienes dónde quedarte?

Al oír su nombre, el chico se echó hacia atrás y miró a su rescatador con desconfianza. Anthony pudo ver con claridad el dilema que se libraba en la mente del muchacho: ¿debía arriesgarse a admitir que no tenía techo, o sería mejor mentir y probar suerte por su cuenta?

—Mi padre es el vicario de Blackmore —dijo Anthony, con la esperanza de ganarse la confianza del chico.

—¿Así se llama este sitio? ¿Blackmore?

Anthony asintió.

—Yo iba en ese coche —confesó al fin el muchacho.

—¿El que ha tenido un problema con una rueda?

El chico movió la cabeza en gesto afirmativo.

—¿El cochero te echó?

—No, no me echó, maldita sea. No soy ningún ladrón.

Anthony tuvo que contener las ganas de sonreír ante el tono indignado del muchacho.

—Me quedé dormido y se marchó sin mí —confesó el chico al cabo de unos segundos.

—Entonces no tienes ningún sitio donde ir.

—Dormiré en el establo, si tiene uno —sugirió el chico, que al parecer había decidido que, de perdidos, al río—. Pero no pienso quedarme en la casa de un vicario. Rezando a todas horas, mañana, tarde y noche.

—Está claro que no conoces a mi padre —respondió Anthony, luego se puso en pie, le ofreció el brazo como apoyo y esperó. Tras una mínima vacilación, George volvió a meter el pie hinchado en el zapato y se levantó con esfuerzo.

—Yo pago mis deudas —declaró, aferrándose a los hombros de su rescatador mientras echaban a andar—. No espero caridad.

Anthony no respondió. Emitió un breve silbido, y Nelson, que estaba olisqueando algo repugnante en el seto, alzó al instante la cabeza. Sin dudarlo ni un segundo, trotó tras ellos. Al verlo, Anthony soltó una risa para sus adentros. A ese paso, el maldito establo no tardaría en estar lleno.

Era el maldito tipo de la noche anterior. George estaba segura. Había reconocido su voz. Vaya con el hijo del vicario...

Se removió para librarse de una brizna de heno que se le clavaba a través de la manta que él le había llevado y se terminó las gachas.

Luego miró su pie, hinchado hasta casi el doble de su tamaño, y suspiró.

Las cosas podrían estar muchísimo peor. Podría estar magullado y al raso.

Al menos allí estaba caliente, seca y con el estómago lleno.

Se recostó y apoyó la cabeza en un montón de heno, sin apartar la vista del chucho acurrucado cerca de la puerta.

Nelson, lo había llamado él. George no sabía mucho de historia británica, pero todo el mundo conocía al almirante que había perdido un brazo.

El perro solo tenía tres patas, así que su rescatador, al menos, tenía sentido del humor.

Solo esperaba que el perro no acabara dentro de un barril de licor como su tocayo⁠ 1 .

George intentó mover el pie a modo de prueba y soltó un jadeo cuando el dolor le subió por la pierna.

El hijo del vicario tenía razón: no podría hacer ningún trabajo físico durante una temporada.

Conteniendo unas súbitas lágrimas, cerró los ojos.

¿Se alargaría la caridad de aquel hombre hasta que ella se recuperara?

¿Debería ofrecerse a pagar por su comida y su techo?

De algún modo, George no creía que él quisiera aceptar su dinero más de lo que ella deseaba desprenderse de él.

Las monedas sujetas contra su pecho eran lo único que la separaba de la miseria absoluta.

Y aunque de momento le permitieran quedarse, en cuanto su tobillo mejorase, tendría que buscar trabajo.

Estaba muy bien declarar que ella siempre pagaba sus deudas, pero no podía vivir del maldito aire mientras tanto.

Con un gemido, cerró los ojos y recordó la primera vez que había visto a su rescatador, con la cabeza arqueada hacia atrás en pleno éxtasis.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba él. Era apuesto, eso había que reconocerlo.

George entendía por qué aquella mujer desconocida había sucumbido a sus encantos.

La noche anterior, George no había podido distinguir el color de los ojos de él, pero aquel día había descubierto que eran de un gris plateado y que poseían una franqueza desconcertante.

Su pelo era una madeja de ondas por las que muchas mujeres habrían dado el brazo derecho, aunque era evidente que él apenas le prestaba atención.

Pero aquel color lo haría destacar incluso entre la mayor de las multitudes.

Era alto y esbelto, aunque la luz de la luna había revelado un pecho firme y musculoso, salpicado de vello.

De forma inesperada, George sintió otra vez aquel cosquilleo en la boca del estómago.

Maldita sea, eso no podía ser. No se atrevía a mostrar ninguna atracción hacia él.

No tenía ni idea de qué haría él si descubría que era una chica.

A pesar del dolor del tobillo, George se volvió con determinación sobre el otro costado y sofocó la súbita y disparatada idea de que tal vez debería averiguarlo.

—Entonces, ¿cree que bastarán dos obreros para ayudarme con el trabajo?

Anthony apretó los labios, concentrado, mientras estudiaba el dibujo que Nicholas había sacado de algún lugar y que mostraba los planos originales de la casa.

— Aye , siempre que sepan lo que hacen. —Malcolm, el poco ortodoxo ayuda de cámara del duque y su amigo más cercano, señaló las zonas sombreadas del tejado—. Aquí es donde se han desplazado las pizarras, así que lo primero será asegurarse de que el tejado quede impermeable antes del invierno.

—Organizaré la entrega de las tejas en las próximas dos semanas —añadió Nicholas, y levantó una mano cuando Anthony empezó a protestar—. Concédeme ese capricho.

Al cabo, Anthony suspiró y asintió.

—Esta noche bajaré al Red Lion y preguntaré si hay alguien en busca de trabajo.

—No creo que tengas problema —reconoció Malcolm—, siempre que puedas garantizar que la mayor parte de las reparaciones estará terminada antes de la cosecha.

—No hay tiempo que perder —convino Anthony—. Mi intención era marcharme a final de mes, pero ahora estoy pensando en adelantar mi viaje a dentro de dos semanas.

Nicholas asintió.

—Dime qué más necesitas. —Ante la expresión obstinada de Anthony, Nicholas añadió con un suspiro dolorido—: No te preocupes. Me aseguraré de que me lo devuelvas.

1   Nota de la traductora: Tras su muerte en Trafalgar, el cadáver del almirante Nelson fue conservado en un barril de licor durante el viaje de regreso a Inglaterra.