Capítulo 3 #2
—Anthony, cariño, has vuelto. ¿Qué demonios es esa... esa... cosa que llevas en brazos?
—Es un perro, madre —respondió Anthony con alegría—. Se llama Nelson. Estaba a punto de darle un baño. ¿Qué hace usted levantada y por aquí tan temprano?
Dado que su madre no solía abandonar la cama hasta bastante después de las once, aquella repentina aparición junto al establo antes de las ocho resultaba, cuanto menos, inusual.
—Esta mañana voy a asistir a la misa de maitines temprano —respondió Agnes, con un temblor muy estudiado en la voz—, para rezar por tus próximas nupcias.
—¿Qué próximas nupcias? —Anthony depositó con cuidado al inquieto perro en la gran tina de hojalata.
—Las que tu padre y yo hemos esperado desde el día en que naciste —contestó ella, aumentando su tono estremecido y añadiendo unos cuantos sollozos lastimeros por si acaso.
Absorto en limpiar con delicadeza las heridas del pequeño y escuálido perro, Anthony no respondió de inmediato.
—Dime que tienes a alguna joven en mente —exigió su madre, optando por el dramatismo al comprobar que su voz temblorosa no la llevaba a ninguna parte.
—Ni una sola —respondió Anthony con despreocupación mientras levantaba con cuidado al animal y lo envolvía en una vieja manta.
—Pero... pero... Tenía entendido que el duque había celebrado un baile por ti... y por el querido Peter, claro —dijo Agnes, acercándose un paso por pura frustración, solo para acabar empapada de agua sucia cuando el perro flacucho se sacudió.
Anthony alzó los ojos al cielo y se puso en pie de un salto, a la espera de la reacción histérica de su madre. Esta no lo decepcionó: retrocedió tambaleante con una mano en la frente mientras murmuraba la palabra «sales» casi sin aliento.
Con un suspiro, Anthony le ordenó a Nelson que se quedara quieto, tomó a su madre del brazo con suavidad y la condujo de vuelta por el sendero hacia la casa.
—Es demasiado temprano para usted —la tranquilizó, una vez dentro—. Necesita tumbarse. Deje que la ayude a llegar al diván; luego la señora Tomlinson le traerá una buena taza de té y unas tostadas con mantequilla.
—Pero ¿y los maitines? —susurró ella con la voz quebrada.
—Los maitines pueden esperar a mañana —respondió él con paciencia, ayudándola a acomodarse en el asiento.
—Pero ¡¿cómo voy a descansar sabiendo que vas a estar solo en esa... esa... casucha, sin una esposa que cuide de ti?! —exclamó ella con teatralidad, llevándose la mano al corazón con evidente angustia.
Anthony suspiró una vez más mientras buscaba las sales en el ridículo de su madre.
—¿Y dónde supone usted que voy a encontrar una joven rica y consentida, dispuesta a rebajarse a cuidar de mí? —respondió él con sequedad, agitando el frasco bajo la nariz de su madre—. De veras, tengo una ama de llaves que bastará para ocuparse de mis necesidades.
—Y también tienes un perro, por lo visto —resopló Agnes. Al darse cuenta por fin de que el histerismo no le estaba sirviendo de nada, apartó la mano de Anthony y se incorporó.
—Para protegerme —dijo él con expresión impasible.
—Desde luego, no de las pulgas —replicó ella con acritud.
El deber, siempre al acecho, volvió a hacerse presente, y Anthony sintió una súbita punzada de culpa. Dejó escapar un breve gemido y se puso en pie.
Casi desde el día en que nació, sus padres se habían aferrado a la esperanza de que él se casara, y de que se casara bien. Y, por supuesto, en cuanto Grace fue elevada a auténtica duquesa, su madre había elevado sus aspiraciones para él en consonancia.
Y Anthony no tendría un instante de paz hasta que le diera a su madre algo a lo que agarrarse.
—Hubo varias debutantes que me parecieron interesantes —dijo con cautela—, pero debe saber, madre, que ahora mismo no estoy en condiciones de tomar esposa. En cuanto Bovey Manor esté reformada, le prometo que escogeré una novia.
—Pero ¿por qué no puedes pedirle a Nicholas que se encargue de las reformas? —preguntó Agnes con petulancia.
—Creo que quizá se ha acostumbrado usted demasiado a la generosidad del duque de Blackmore —declaró Anthony—. Nicholas me ha favorecido con una casa y tierras propias. Algo con lo que jamás habría soñado siquiera de niño. No puedo permitir, en conciencia, que pague también la reforma.
Agnes abrió la boca para decir algo más, pero, al ver la obstinada expresión de su hijo, se calló de mala gana.
—He aprovechado bien los años desde que dejé Eton, madre —insistió Anthony—. Sé lo que hay que hacer en Bovey Manor. En cuanto la casa esté terminada, tendrá una señora. —Hizo una pausa y tomó la mano de su madre antes de añadir—: Y siempre habrá allí un lugar para usted y para padre.
—Rayos y centellas, cualquiera diría que tengo ya un pie en la maldita tumba.
—El reverendo entró a grandes zancadas en el salón con Flossy acunada bajo un brazo; estaba claro que había oído el final de la conversación—.
Te he dicho que dejes al muchacho en paz, Agnes.
Se casará cuando esté preparado y le apetezca.
—Has cambiado de parecer, Augustus —dijo su esposa con brusquedad—. ¿Por qué demonios te tomaste tantas molestias para procurarles a las chicas buenos matrimonios, si no era para ofrecerle a nuestro hijo lo mejor?
El reverendo vio demasiado tarde la trampa en la que había caído.
—Y tendrá lo mejor, palomita —se apresuró a decir cuando el rostro de Agnes empezó a adquirir un alarmante tono púrpura—.
Como tú dices, estamos en posición de proporcionarle a Anthony el dinero que necesite para asegurarnos de que Bovey Manor sea una casa digna de un caballero.
—Cambió de tema sin perder un segundo y volvió a mirar a Anthony—.
Por cierto, ¿sabes que hay un chucho feísimo con solo tres patas junto al establo?
—Se llama Nelson —dijo Anthony con aire desafiante.
El reverendo abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Nelson..., por supuesto —respondió al fin con un suspiro.