Capítulo 3
Cuando George llegó a la cima de la colina, por fin distinguió un grupo de casas a lo lejos.
Si aquel era el pueblo del que había hablado el cochero, sospechaba que algunos de los pasajeros menos afortunados acabarían refugiándose en un granero.
Se detuvo, se protegió los ojos del sol poniente y admiró el ondulado paisaje del sur de Devon.
A la izquierda del pueblo, en un pequeño valle, se veía una gran casa.
Sin duda, la residencia campestre de algún señoritingo.
Murmuró las dos últimas palabras en voz alta con lo que ella consideró un aceptable acento de aristócrata, y luego sonrió para sus adentros.
—Vaya, milord —declaró con altivez, dando golpecitos con un abanico imaginario en una muñeca igual de imaginaria—.
Le ruego que aparte de mí esas manos inquietas.
No soy ninguna furcia para permitir tales libertades.
De hecho, voy a casarme con... —Se detuvo y frunció el ceño—.
Voy a casarme con Edward Bolsillos de Oro, vizconde de Bolsillos Repletos.
—Se irguió, fingiendo indignación, y se volvió de espaldas con el frufrú de unas faldas inexistentes.
Por desgracia, como nunca había llevado una falda en su vida, calculó mal el movimiento y estuvo a punto de acabar entre los matorrales del borde del camino.
—Nunca serás una maldita dama, George. Eso seguro —murmuró para sí mientras empezaba a bajar la colina.
Había dejado a propósito que sus compañeros de viaje se adelantaran bastante y, en el crepúsculo cada vez más oscuro, era la única persona en el camino.
Al llegar al pie de la colina, comenzó a buscar algún sitio donde pasar la noche.
No quería acercarse demasiado al pueblo, por si alguien la veía y la echaba de allí a la fuerza, pero tampoco deseaba alejarse tanto que no pudiera correr a pedir ayuda si la necesitaba.
Entornó los ojos y distinguió una pequeña arboleda a unos veinte metros.
Aquello serviría. Al acercarse, sacudió la cabeza.
Estaba un poco más cerca de la civilización de lo que habría deseado, aunque tampoco era probable que alguien pasara por allí durante la noche.
Se internó con cuidado entre aquel pequeño grupo de árboles y escogió un claro cubierto de musgo en el centro. Dejó el hatillo en el suelo y se sentó a modo de prueba. Desde luego, había dormido en sitios peores. Por fortuna, la tierra estaba seca.
Rebuscó en su bolsa y sacó el panecillo y el pedazo de queso que había comprado para el viaje.
Partió ambos por la mitad, guardó una de las mitades y devoró deprisa la otra.
Después, al no verle sentido a quedarse allí sentada sin más, sacó el cuchillo, se lo metió dentro de la chaqueta, se acurrucó de lado y cerró los ojos.
Lo último que pensó antes de quedarse dormida fue que al día siguiente tendría que levantarse bien temprano, si no quería que el coche se marchara sin ella.
Anthony estaba terminando su segunda jarra de cerveza cuando entró de pronto en la taberna un grupo de desconocidos.
Al escuchar su conversación, Anthony dedujo que a su coche se le había aflojado una rueda en la carretera de Plymouth.
El cochero había enviado a los pasajeros al alojamiento más cercano.
Por desgracia, la mayoría no iba a tener suerte.
Que él supiera, el Red Lion solo tenía dos dormitorios, y uno lo ocupaban el posadero y su...
bueno, nadie tenía la osadía de preguntar si Harry y Mary, la madre de Percy, habían pasado de verdad por el altar.
Anthony se recostó en la silla y observó divertido el inicio de la puja por el único dormitorio, aunque hizo una mueca al oír el precio final que Mary selló con un apretón de manos.
Al corpulento caballero que había ganado la habitación se le borraría de la cara aquella sonrisa satisfecha en cuanto viera el cuarto.
Anthony había dormido allí alguna que otra vez, cuando estaba demasiado borracho para encontrar el camino de vuelta a la vicaría y, aún en su estado, le había parecido que la alcoba dejaba mucho que desear.
Los demás pasajeros refunfuñaron mientras entregaban sus monedas por un sitio en el granero, situado al lado de la posada. Después, la mayoría optó por probar uno de los pasteles de cordero de Mary, ya que era lo único que había en el menú.
Sonriendo, Anthony apuró la cerveza y apartó la silla para marcharse.
—¿Te vas tan pronto, Tony?
Al oír aquella voz coqueta, que no escuchaba desde hacía casi tres meses, Anthony volvió la cabeza.
—¡¿Nancy?! —exclamó con auténtico deleite—. Creía que te habías ido a vivir con tu esposo.
La exuberante pelirroja hizo un mohín y se sentó en la silla libre.
—Ese aburrido bastardo... Es mejor cuando solo tengo que verlo tres veces al año.
Creo que fui una imbécil al pensar que podíamos vivir juntos sin matarnos el uno al otro.
—Se inclinó hacia delante, y sus generosos pechos estuvieron a punto de derramarse por encima del escote en las manos de Anthony—.
¿Tienes dinero suficiente para subir? —le preguntó ella con un guiño.
Y ese era otro de los motivos por los que Anthony se quedaba en la taberna en alguna que otra ocasión...
—Mi querida Nancy —dijo él—, nuestra alcoba ya está ocupada esta noche.
—Anthony notó que la polla se le animaba.
No había disfrutado de un revolcón desde que se marchó a Londres.
No había sido por falta de oportunidades, sino que algo en su interior se rebelaba ante la idea de cortejar a una joven inocente mientras disfrutaba del placer en los brazos de una cortesana.
Nancy, por su parte, no era ninguna inocente y, por lo que él había visto, no había ninguna virgen remilgada en las cercanías
—Siempre podemos escabullirnos al granero —ronroneó ella antes de darle un rápido lametón en la oreja.
Anthony estuvo a punto de soltar un gemido.
—También está ocupado, me temo —consiguió decir, señalando con la cabeza a los nuevos parroquianos sentados en una mesa del rincón—. Un coche estuvo a punto de perder una rueda en la carretera de Plymouth, así que el cochero ha enviado a sus pasajeros aquí para pasar la noche.
Nancy se echó hacia atrás con aire malhumorado, para gran diversión de Anthony.
—Muy bien —suspiró él al fin con dramatismo—. Si estás decidida a salirte con la tuya, conozco un pequeño lugar privado donde nadie nos molestará.
—¿Está fuera? —Nancy frunció el ceño, no muy convencida.
—Yo te mantendré caliente —prometió Anthony con un guiño. —Se puso en pie y le tendió la mano.
Ella lo observó en silencio durante un segundo, luego soltó una breve risa entrecortada y aceptó la mano que él le ofrecía para ayudarla a levantarse.
—Ay, cuánto te he echado de menos, Anthony Shackleford —murmuró Nancy mientras él la conducía hacia la puerta.
George despertó sobresaltada. Durante un segundo permaneció inmóvil, con los ojos cerrados; era una costumbre que había adquirido en sus años con los Grimm.
Que una bestia salvaje la despedazara justo al despertar no era algo que temiera.
La gente, en cambio... La experiencia le había enseñado que fingir estar dormida, aunque solo fuera durante los primeros segundos, solía darle una pequeña ventaja: le permitía despertarse del todo y valorar la situación sin que el sueño le enturbiara el juicio.
No sabía qué la había despertado con tanta brusquedad, y sacó con cuidado el cuchillo del interior de la chaqueta.
De pronto oyó una risita suave, seguida de un suspiro y de un «sí» susurrado.
Con cautela, George levantó la cabeza. A menos de metro y medio, una pareja yacía entrelazada sobre el musgo.
Ella los miró con incredulidad mientras el hombre levantaba la cabeza y empezaba a tirar del corpiño de su acompañante; entonces, con el corazón desbocado, George cerró los ojos de golpe y volvió a apoyar la cabeza en el brazo.
No se atrevía a moverse. En ese momento, ellos no tenían ni idea de que contaban con público, y, si George se quedaba quieta, tal vez seguirían sin advertirlo.
No tendría que haberse preocupado. A decir verdad, podría haberse puesto en pie y dudaba que la hubieran visto.
Intentó con desesperación no escuchar los gemidos y suspiros, que acabaron volviéndose cada vez más urgentes.
Una extraña agitación le nació entre las piernas cuando la mujer soltó de pronto un grito.
De forma impulsiva, George abrió los ojos y volvió la cabeza para mirar.
La mujer tenía las piernas separadas sin pudor, y el hombre estaba colocado entre ellas, con el torso elevado sobre su cuerpo.
La luz de la luna que se filtraba entre los árboles revelaba sus movimientos apremiantes.
Él tenía una expresión casi dura cuando dejó escapar un súbito gemido ronco.
Con el corazón martilleándole en el pecho, George cerró los ojos con determinación y hundió la cara en el hueco del codo.
Durante los diez minutos siguientes soportó más susurros y risas ahogadas, hasta que, por un segundo espantoso, pensó que iban a empezar de nuevo.
Pero, en lugar de eso, un roce de telas le indicó que ambos se habían puesto en pie.
Por fin, justo cuando creía que iba a gritar, los oyó alejarse de vuelta hacia el camino.
George se tumbó boca arriba y escuchó cómo sus voces se iban apagando.
Durante las dos horas siguientes, por mucho que lo intentó, Georgiana no consiguió volver a dormirse.
Por algún motivo, la imagen del hombre en el momento de alcanzar el placer parecía habérsele quedado grabada a fuego en la memoria.
Sentía una inquietud que la hizo dar vueltas y más vueltas sobre la dura tierra hasta que todo el cuerpo le dolió como si se hubiera pasado el día a lomos de un caballo.
Después, justo cuando pensaba que más le valía rendirse, se hundió por fin en un sopor misericordioso y sin sueños.