Capítulo 36
Nilo
Carmen me había citado en el roquedal del pulpo.
Ese en el que tantas cosas habían pasado a lo largo de los años.
Ese que había presenciado nuestras idas y venidas, su desolación y la mía.
Saber que íbamos a vernos allí me ponía aún más nervioso, porque convertía el encuentro en algo más especial si cabía.
No era vernos, simplemente, era citarnos en ese lugar que tanto significaba.
Solo esperaba que ella no hubiera elegido aquel escenario con la intención de hacerlo el lugar de una despedida.
Eso sería absurdo, nos llevábamos mejor que nunca.
Había… feeling , como dicen algunos. Yo la sentía cada vez más cerca y sería extraño que ella me apartase del todo.
Me puse todo lo guapo posible. Quería que ella me viera bien.
Oler bien. Ir bien peinado. Camisa blanca, pantalones beige.
Al principio me costó atinar con la ropa.
Dicen que los tíos nos ponemos lo primero que pillamos, pero quizá no para un evento como ese.
Aunque no es mi caso, igual estaba haciendo el tonto, porque no era ninguna clase de evento, solo un reencuentro entre amigos en un lugar bonito al atardecer.
Es que, encima, al atardecer. ¿Era una alegoría de nuestra relación? ¿Estábamos en nuestro propio ocaso?
Sacudí la cabeza.
—Nilo, tío, no te rayes tanto.
Me miré en el espejo y llené los pulmones de aire.
Luego me miré el reloj. Si no salía, llegaría tarde.
Aprisa, me planté allí. El aire estaba fresco, preludio de las noches de septiembre que asomaban ya las orejas.
Las gaviotas recortaban el aire con sus giros.
Algunas se mecían en el mar, algo rizado.
Unos bañistas se resistían a dejar las playas.
A esas horas es cuando se está mejor. Además, pocos atardeceres más hermosos que los de Málaga.
Ver el sol perderse tras las montañas, estando en el agua, es una de esas cosas que hay que vivir al menos una vez en la vida.
Apenas puse un pie en las rocas, la vi sobre ellas.
Era como un faro hecho de fuego, con ese vestido rojo que me cortó el aliento.
Resaltaba en su piel morena, igual que el oro de su medalla.
A pesar de todo, seguía con ella. Hay cosas de las que no somos capaces de desprendernos por más que nos recuerden, a veces, a personas que nos hirieron.
Quizá porque también nos recuerdan lo fuertes que somos.
Llevaba una bolsa de tela en las manos, que apretó contra sí. Me recordó a aquel día de los tomates, y tuve miedo de que fuera una barrera como aquella bolsa lo fue. Sin embargo, Carmen pronto sonrió de oreja a oreja.
—¡Nilo! —llamó mi nombre con cariño. Solo ella tenía ese tono meloso y animado al pronunciarlo.
Sonreí también, todo lo que me dieron los labios.
Levanté una mano para saludarla. Ella caminó hacia mí un poco, con cuidado de no caerse.
Apenas llegué a la misma roca que ella, la cogí en brazos, la estreché con fuerza y la levanté del suelo.
Rio con ganas. Su cabello me rozó las mejillas y el cuello, me llenó de su aroma a jazmines.
—Carmencita qué guapa estás. —La puse sobre la roca y la miré a los ojos—. Estás que quitas el hipo, ¿eh? ¿Has quedado con alguien después?
—Contigo, con quién voy a quedar —dijo algo sonrojada.
—Ah, ¿conmigo? —Me señalé el pecho—. No tenía noticia. Ahora tendré que llevarte a cenar por ahí, no sé si me va bien, pero…, bueno, lo haré.
—Idiota —soltó entre risas, y luego me tendió la bolsa—. Ten, esto es para ti.
Lo cogí, intrigado, y saqué lo que contenía.
Tuve en mis manos un tazón de gazpacho parecido al que se había roto, aunque mucho más especial.
Se notaba que lo había hecho ella. Esas imperfecciones de lo hecho a mano le daban más valor.
El tacto de la cerámica me hizo sentir bien; la emoción me calentó las orejas y llevó un borde de lágrimas a mis ojos.
Más aún cuando leí, escrito en el filo lateral, entre dibujos de tomates bien rojos, una inscripción que significaba un mundo.
—«Amor de sol y sal» —Llevé la mirada a Carmen—. El amor de mis abuelos.
—Es que yo…
Sus ojos también estaban vidriosos. Se mordía los labios que el púrpura del atardecer pintaba con su color.
Esos labios que habría podido morirme besándolos y morir más que contento.
Inspiró aire profundamente. Si ya era guapa, en ese momento…
, no puedo describirlo con palabras. Pero habría querido dibujarla así, capturarla en ese instante para siempre.
Ese en el que aún no sabía qué quería decirme, en el que todo era posible.
—¿Tú?
Llevó la mirada hacia la bahía. El viento movió sus cabellos, que bailaron en su cuello.
Levanté una mano y se los coloqué tras la oreja.
El roce de su piel en mis dedos me estremeció.
Quise poder acariciar su piel de pies a cabeza, acariciarla hasta que no hubiera un mañana.
En su mejilla derecha se conjuró un pequeño hoyuelo, despierto por una bonita sonrisa.
Cuando regresó la vista hacia mí, y la posó en la mía, seguía sonriendo.
—Ostras, Nilo, esto no es fácil, ¿eh?
—No tienes por qué decirlo. No ahora. Sea lo que sea.
—Es que necesito decírtelo. —Miró el tazón y extendió la mano hacia mí para que se lo diera. Así lo hice. Sus ojos bailaron en él, como si estuviera estudiándolo. Sus dedos surcaron los relieves—. Es un desastre.
—No lo es. Es el tazón más bonito del mundo.
—Bueno… —Se encogió de hombros.
Puse el pulgar y el índice en su barbilla y la hice mirarme.
—Es el tazón más bonito del mundo, niña, y tú eres preciosa también.
La persona más bonita que han visto mis ojos y que verán jamás.
Y te quiero, te quiero tanto que me duele el pecho cuando pienso en ti, en que no te tengo del modo que querría, pero ya sabes que nuestra amistad es más importante que todo lo demás.
Sea lo que sea lo que vayas a decirme, lo entenderé y me quedaré a tu lado, si es lo que quieres.
¿Sabes eso que dijo el soñador en Noches Blancas ?
«Que tu cielo esté siempre despejado, que tu querida sonrisa sea siempre brillante y feliz, y que seas por siempre bendecido por ese momento de dicha y felicidad que le diste a otro corazón solitario y agradecido...
». Pues eso basta, Carmen, un momento de dicha contigo es más que suficiente para toda mi vida.
Siguió mis palabras sin dejar de mirar a mis ojos. Una ola restalló en el roquedal, se coló entre las rocas, nos salpicó con su espuma. Su sonrisa se estiró dulcemente. El corazón y su mágica retina grabaron también esa imagen para rememorarla siempre.
—No quiero un solo momento, Nilo. Los quiero todos —dijo entonces—.
Te quiero, no solo como amigo, te quiero con todas sus letras.
Quiero construir contigo un amor como este —levantó el tazón—, un amor de sol y sal para que cualquier cosa nos valga para ser felices: un kilo de tomates, un paseo, un rato de charla al frío de un congelador o al calor de una playa.
Quiero que seamos… una receta perfecta, como los tomates bien frescos y maduros, espolvoreados con sal, con su poquita de aceite, no hace falta mucho más.
Como el gazpacho de mi madre y el gazpachuelo de la tuya.
No sé… —miró brevemente al atardecer— como ese cielo tan bonito al que no le falta de na.
—Carmen… —musité, preso de la emoción más intensa que había vivido jamás.
La chica de mis sueños, el amor de mi vida, esa de la que llevaba enamorado más de veinte años, mi amiga desde siempre me había dicho tantas cosas tan bonitas que me costaba digerirlas todas.
El corazón… me iba a dos mil por hora. No sabía si eso estaba pasando de verdad o era un sueño.
Las piernas me temblaban. Apenas podía respirar.
Se pegó más a mí, y con toda la seguridad del mundo, dijo:
—Seamos un amor de sol y sal, Nilo.
Posé las manos en sus mejillas. Las acaricié con los pulgares. Un cosquilleo me recorrió desde ellos hasta el centro de la espalda. Allá donde nacían las alas que ella me había puesto con su cariño.
—Lo que tú quieras, eso seremos. El mundo entero para ti si es que me lo pides.
—Empieza por darme un beso, anda —dijo risueña.
—¿En serio? —Tragué saliva.
Llevaba años esperando ese momento. Tantos que se me habían hecho eternos.
Asintió. Su mirada no soltó la mía. Ya eran juntas la receta perfecta.
Siempre lo habían sido. Esbocé media sonrisa, ella miró mis labios y entreabrió los suyos, qué dulces se veían…
El aroma a mar y jazmín que impregnaba su piel me llenó la nariz de un modo más intenso.
Se grabó en mi memoria, asociándose a aquel momento, para siempre.
Estuviese donde estuviese, cuando cerrase los ojos, recordaría aquel beso.
Pero si el aire se llenaba de aroma a mar y jazmín, al rumor del mar y las gaviotas, lo viviría como si fuera la primera vez.
Aproximé los labios a los de ella, poco a poco.
Su mano libre, esa que no sostenía el tazón, se posó en mi espalda y me atrajo más hacia sí.
Un poco más… Solo un poco, lo justo para sentir el calor de su aliento.
Aferró mi camisa con los dedos, hizo más presión.
Me acerqué. Entre nosotros no medió un ápice de distancia.
Nuestros párpados fueron cediendo al deseo del beso y cayeron hasta cerrarse.
Nuestros labios, finalmente, se rozaron.
Acaricié los suyos con los míos, suavemente, dando espacio al anhelo que ya nos consumía, que nos empujaba a juntar las bocas y dejarlas así para siempre.
Respirar el uno a través del otro, respirar el mismo aire.
Bebernos del otro las horas, los minutos, los segundos.
Bebernos los problemas, las alegrías, las penas, lo bueno y lo malo, el amor a sorbos o a grandes tragos, pero siempre de los labios del otro.
La humedad de su boca llenó la mía. Fueron una sola, como las olas y la arena. Inseparables, como seríamos nosotros por siempre.
Me estremecí, lleno de un sentimiento nuevo y cálido. Un sentimiento que me hizo sonreír por dentro y querer más. Más de esos labios. Más de ese momento.
Cualquier cosa que hubiera pasado había merecido la pena si nos había llevado hasta allí.
A veces, las expectativas nos juegan malas pasadas, y cuando uno se pasa media vida esperando algo, quiere que sea tan sorprendente y especial como siempre ha anhelado.
Bueno… mi beso con Carmen fue eso y mucho más.
Sus labios fueron ese hogar al que siempre regresaría, al igual que sus abrazos y su sonrisa, que todas las pequeñas o grandes cosas que la componían.
Al igual que ella.
Simplemente ella.