Capítulo 37
Carmen
Nunca, nadie, jamás de los jamases, never, jamais, nie, mai (y lo diría en chino y hasta en ruso si supiera), nunca de los nunca, NADIE, nadie me había besado como Nilo me besó. NA-DIE.
Me temblaron las piernas, los sentidos, los centros; el alma entera me tembló; me cosquilleó el cuerpo entero, sin excepciones; escuché a una voz de mi cabeza chillar como una adolescente; el corazón se me puso otra vez como un mono loco, pero un mono que estaba más que contento. Un subidón de adrenalina sin igual.
Me aferré a él, con todas mis ganas, perdí la noción del tiempo y del lugar en sus brazos.
Perdí hasta el miedo y el vértigo que había sentido momentáneamente en los instantes previos del beso.
Esos que se llenan de dudas tontas sobre si una se acordará de cómo besar a alguien, de si no será todo un torpe intento y el otro quedará decepcionado.
Sin embargo, sentí que, aunque ese beso hubiera sido el más desastroso de la historia, habría sido hermoso, y Nilo y yo nos habríamos muerto de la risa después.
Si la persona te gusta, lo bueno de los besos que no son tan buenos es que hay que seguir intentándolo; lo bueno de que sean mejores que ningún otro es que quieres repetir.
Y eso quería yo. Repetir y repetir hasta que se me gastasen los labios besando a Nilo.
¡A Nilo!
Por la Virgen del Carmen que si me hubieran dicho unos años antes que acabaría en ese roquedal en brazos de Nilo Rubio jamás lo habría creído.
¿Unos años? ¡Y unas semanas! ¿Por qué no lo había hecho antes?
, me dije a mí misma. Me había perdido veinte años de aquello.
De esa calidez, de esa suavidad, de esa pasión que rezumaba su piel mientras se fundía con la mía.
De ese apretaito de su cuerpo contra el mío; de la firmeza de sus manos. De… de todo él.
Él, simplemente él.
La vida siempre busca el modo de sorprenderte, y me había sorprendido, esa vez, para bien.
En ese lugar y con Nilo, al final, después de todo, había comprendido qué era lo que llevaba buscando toda la vida, eso que no sabía, siquiera, que andaba buscando: una orillita tranquila en la que pararme a estar y ser.
Ni más ni menos. No siempre son lo mismo, pero cuando suceden a la par la existencia cobra un sentido pleno, enorme y satisfactorio.
Con Nilo podría estar y ser. De eso estaba segura.
Supe, desde ese preciso instante, que caería, irremediablemente, enamorada de él.
Que nuestro amor se construiría, poco a poco, con la sólida base de la amistad y la comprensión, gracias a habernos encontrado y entendido incluso en la tormenta.
Estarían muchas más por llegar, desde luego.
Aunque sí hay besos perfectos como ese, no hay relaciones perfectas.
Pese a que hay algunas que se hunden cual barcos en un naufragio, otras saben salir a flote con sus imperfecciones.
Son estas, precisamente, las que uno empuja gracias al valor, la voluntad y el cariño de pulir esas imperfecciones hasta hacerlas brillar hermosas, como sucede con esos cristalitos que el mar y su sal pulen y hacen parecer joyas.
Así que sí, vendrían tormentas. Así que sí, teníamos mucho trabajo por delante que hacer juntos, pero también un montón de experiencias bonitas y alegres que me moría por vivir.
Un montón de vida por delante, con planes o sin ellos, pero que nos hiciera felices.
Viniera lo que viniera, siempre seríamos un amor de sol y sal.
Siempre, Carmen y Nilo.
Esos que un día jugaron de chiquillos a hacer castillos de arena y que, de adultos, jugarían a construir un hogar juntos. Tan sólido que ni la ola más grande podría derribar.
FIN
[i] Nombre tradicional que recibe el maestro en el oficio de controlar el fuego, espetar la sardina y asarla en su punto. También: espetador, moraguero.
[ii] Hospital de la ciudad.
[iii] Nombre que se le da en Málaga a los taladros, derivado de la marca Warrington.