Amor de sol y sal Capítulo 35
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Capítulo 35

Carmen

Al día siguiente, diario en mano, me senté en la terraza del Alborán.

Era temprano, la playa aún no se había llenado de gente.

Además, en los días de feria, casi todo el mundo dormía hasta tarde.

Pronto llegaría la marabunta, pero, hasta entonces, el aire soplaba fresco, el sol estaba bajo y el mar, tranquilo.

Un té verde con menta nadaba en hielo para refrescarse.

Di un sorbo, llené los pulmones de aire y abrí el diario.

Sus hojas se mecieron con la brisa salada.

Ya en la primera página, leí:

«Si Nilo me dijese que le gusto, me iría con él sin pensarlo.

Lo de Cristian está bien, pero Nilo… es Nilo.

Me gusta. Lo que pasa que mis otros amigos dicen que Cristian mola más, y si les digo que me gusta Nilo me van a mirar raro.

Porque Nilo es raro en verdad. Lo que pasa que sus cosas raras me gustan.

Debo de ser rara también, pero nadie puede saberlo, solo tú y yo, diario.

A la gente no le gusta la gente rara, y yo quiero ser como los demás, ser guay como ellos, que me echen cuentas».

—Tía…, ¿dónde tenías la cabeza? —suspiré.

Seguí leyendo; empecé a entenderlo todo. Hasta esa tontería del póster de la actriz. El problema no era ella. Era guapísima, ideal, además de una gran actriz. El problema era que sabía que a Nilo le gustaba. Y yo quería gustarle yo. Eso quería. Ser la única a la que mirase.

—Qué tonta fui.

Pero sin esa Carmen tan tonta, tan injusta y niñata, no sería la que era ahora.

Ella tenía que gatear para que yo pudiera andar.

Debía de ser magnánima con ella. No castigarla.

Comprenderla, porque lo hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo.

Con el mundo que la rodeaba y las perspectivas que los demás tenían de ella.

Aunque, cuanto más leía, más ganas me daban de cambiar la narrativa de aquella historia que tan mal se contó.

Sin embargo, las cosas que viven en el pasado son granjas de elefantes a los que ya no se les debe dar de comer, porque no son de verdad, solo decorados de cartón piedra del mundo en el que un día vivimos.

Ya no estamos ahí. No se ha de permitir que la imaginación construya cosas en el pasado.

Tampoco en el futuro. Lo uno ya pasó y lo otro aún no ha llegado. Nos resta, por tanto, el presente.

En ese presente, mientras miraba al mar, me dije:

—La Carmen de hace veinte años ya no puede recuperar a Nilo, pero esta no dejará que nada nos separe. Ni mis miedos ni mi dolor. Ni el pasado ni las dudas. Nada. Aunque tengamos que ir despacito, iremos.

Sonreí, imaginándomelo a sus cinco, haciendo castillos conmigo en la arena.

A sus diez, jugando los dos a perseguirnos por la orilla, echando campeonatos con las palas y apostándonos un helado a quien ganase más partidos.

A sus quince, con sus bermudas, sus granos y su camiseta de Futurama.

A sus dieciocho, antes de irse… diciéndome adiós con la mano cuando me montaba en la moto de Cristian.

Esa expresión de tristeza tenía que haber valido para darme cuenta de que él estaba enamorado de mí. Pero… ¿qué sé yo? Estaba ciega.

Llevé entonces la vista hacia el Mediterráneo, el chiringuito, y la clavé en Suiza.

Verdaderamente, lo de hacer algo con ese espacio era una idea genial.

Estaba dispuesta a apoyar a Nilo en eso.

A romper así la maldición que nos separaba.

Las viejas rencillas. Los secretos. El engaño de mi padre.

La pérdida y el dolor.  Llenaríamos ese sitio de alegría y vivencias increíbles para que los bailes y las risas de las gentes barriesen con todo lo malo.

Lo imaginé allí, con su camisa de lino, su cabello húmedo y sus pintas de pijo.

Estaba tan guapo… Pero guapo de verdad. Con esa guapura que tienen los tíos que son como él, se pongan lo que se ponga, se peinen como se peinen, porque su guapura va, sobre todo, por dentro.

Porque son atentos, amables, cariñosos y divertidos.

Esos tíos que te derriten con una sonrisa y una broma.

Esos que son capaces de pedir perdón cuando la cagan.

Esos que de verdad merecen la pena. Esos en los que, en sus brazos, te sientes capaz de todo.

Que te impulsan a darlo todo para hacerlo mejor pero que entienden cuándo debes parar.

Esos por los que vale intentarlo, aunque sea una vez más.

Esos… que son hogar.

El corazón se me saltó un par de latidos. En el alma me bailaron… no mariposas, me bailaron dinosaurios.

Ya sabía dónde y cuándo teníamos que volver a vernos.