Amor de sol y sal Capítulo 34
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Capítulo 34

Nilo

La distancia me había hecho más consciente incluso de que lo que sentía por Carmen era real.

De que la quería. De que daría lo que fuera por volver a abrazarla.

Así que, en cuanto Nefer me dijo que se sentía segura para quedarse sola, cogí un billete a Málaga.

Mientras hacía la maleta, le mandé un mensaje a Carmen.

Nilo: Carmencita, que mañana vuelvo a Málaga. ¿Te veo en el Alborán? ¿Dónde te veo? Dónde digas. Quiero verte, es lo único que me importa. Te voy a abrazar como si fuera un cangrejo… ¡o un pulpo! Ten cuidado con las gafas nuevas.

Apenas lo vio, me llamó.

—¡¿Ya vienes?! ¡No te creo! —Alargó la o con todas sus ganas—. ¡Mañana! Qué fuerte, nos vamos a ver. —Un chillido emocionado—. Ah, perdón. Estoy medio loca por verte.

—¿Solo medio? —Reí, con las mejillas ardiéndome por la cálida sensación que me provocaban sus ganas de mí.

—Bueno, tres cuartos de loca. El otro cuarto todavía me lo guardo.

—Me parece bien. —Metí una camiseta bien doblada en la maleta—. ¿Dónde nos vemos entonces?

—Pues no lo sé, te escribo luego y te lo digo. ¿Vale? Está aquí mi sobrino, y planeaba llevarlo a la playa. —En tanto que yo asentía, ella dijo—: Oye, tengo que contarte una cosa. Y tengo que soltarla ya, porque si no, no duermo tranquila. Iba a contártela hoy, así que no esperaré a mañana.

—¿Qué es? —dije preocupado, pues por su tono no desprendí nada.

—Vi a Cristian.

Me senté, de golpe, al filo de la cama. Sentí la presión del mundo sobre los hombros. Solo esperaba que no la hubiera hecho pasar un mal trago.

—¿Te ha hecho algo? Te juro que… —Inspiré por la nariz y contuve el aire.

—No, no, no me ha hecho nada. Al revés, vas a flipar cuando te cuente lo que pasó.

—Okey… —Dejé salir el aire contenido, y me eché en la cama. Cerré los ojos, tratando de encontrar la calma—. ¿Quieres contármelo ahora entonces?

—Sí, ahora. Es largo, ¿tienes tiempo?

—Para ti, siempre.

Soltó una risa con los labios cerrados. Luego se lanzó a narrarme lo pasado con él. Cuanto más me contaba, más se diluía mi preocupación. Escucharla hablar de él con esa fuerza, esas ganas y esa rabia bien dirigida, me hizo feliz. Cuando concluyó, solo le pude decir una cosa:

—Eres muy valiente, una guerrera. Te…, te quiero.

El silencio que se hizo estuvo a punto de aplastarme el corazón, pero Carmen lo rompió e hizo que la presión en el pecho se esfumase y que a mi corazón le salieran alas.

—Gracias, Nilo, yo también te quiero. Tela. Luego te escribo, ¿vale? ¡Hasta mañana! —Otro chillido—. Qué emoción.

Me despedí de ella, sintiendo que yo también tenía alas, que estaba sobre una maldita nube.

Íbamos a vernos, y aunque lo que yo quería con ella eran dar pasos de gigante, aceptaría que solo fueran pasitos pequeños, aceptaría ser su amigo y nada más para el resto de mi vida, si es que podía quedarme a su lado para vivir cada momento con ella, para verla celebrar, para verla feliz y, sobre todo, para estar a su lado en esos días en los que la vida le diera un zarpazo.

La abrazaría y la ayudaría a seguir adelante.

Haría todo eso que no había hecho en aquellos veinte años…

Eso y mucho más. Lo que fuera por verla feliz.